martes, 25 de junio de 2019

Entrevista a Leila Guerriero: “La peor pesadilla de una persona es no tener vocación”




Nando Varela Pagliaro
El Libertador es un bar que está en la esquina de Corrientes y Dorrego, a unas cuadras del cementerio de Chacarita. Hasta ahí llega caminando Leila Guerriero. Se sienta, apoya sobre la mesa el libro que trae en las manos y se dispone a hablar. Ha hecho esto muchas veces y con las figuras más importantes de nuestra cultura, pero esta vez es no es ella la que enciende su grabador. Quizás, ese detalle vuelva aún más interesantes a los protagonistas de las historias que relata. Pide un agua con gas y enseguida se entrega a la conversación.
Acaba de publicar Opus Gelber. Retrato de un pianista (Anagrama). A lo largo de un año, Leila visitó a Gelber en su departamento del barrio de Once, lo observó, lo acompañó en distintas situaciones de su cotidianeidad, entrevistó a su familia y amigos y rastreó casi toda la vida de este pianista único, compañero de generación de Martha Argerich y Daniel Barenboim. El resultado, en palabras del escritor español Juan José Millás, “suele despertar la vieja polémica sobre las fronteras entre el periodismo y la literatura. Pero como en el resto de sus libros, esa frontera está borrada. Lo leemos como una larga crónica (quizá, como una biografía) porque así es como nos lo venden, pero lo leeríamos como una novela si hubiera aparecido bajo esa etiqueta.”
 - Cada vez que empezás un nuevo perfil, decís que detrás de la persona que elegís hay una pregunta que no encontrás respondida en ninguna de las entrevistas previas que se le han hecho. En el caso de Bruno Gelber, ¿cuál era esa pregunta?

-El libro está recorrido por dos preguntas de fondo: una es por qué Bruno Gelber está viviendo acá, por qué volvió y la otra es cómo es él cuando está solo. Ahora, las preguntas que yo me hacía antes de conocerlo tenían que ver con la curiosidad enorme que me provocaba ver cómo era la vida de este sujeto. Él decía cosas muy interesantes en los reportajes, pero nunca le preguntaban por la minucia, nunca había un detalle.

-Decías que una de las preguntas que te planteaste fue cómo es Bruno Gelber cuando está solo, ¿pensás que lograste responderla en el libro?

-No, en absoluto. Yo creo que el libro es una confesión de humildad, no de fracaso. Bruno, en el fondo, es una persona muy críptica, muy abierto, muy entregado, pero que también tiene zonas a las que no te permite pasar. Yo le pedí que me dejara verlo estudiar, me dijo que sí durante mucho tiempo, hasta que un día, la anteúltima vez que lo vi me dijo: “eso no va a suceder nunca”. Yo le pregunté por qué y el me respondió: “ver estudiar a una persona es aburrido”. No quería que viera esa parte, porque sería el equivalente a verlo desprolijo. Hay mucha parte de su vida que permanece detrás de un muro. No es que oculte cosas extrañas, pero no es una persona a la que uno pueda imaginar en una continuidad entre lo que es su vida en relación y su vida en soledad.

- ¿Por qué creés que no se atrevió a abrir esas puertas?

-No es que no se atrevió, no hay manera de saber cómo es una persona cuando está sola, es imposible. Siempre tengo la sensación de que algo de la vida en soledad, luego se cuela en la forma en cómo uno se comporta cuando está acompañado. En cambio, para mí con Bruno esto no pasa. Tiene un sentido muy pudoroso de lo que se expone y lo que no, es una persona muy educada en la rigidez del protocolo.

- ¿De entrada sabías que tus encuentros con él se iban a transformar en un libro o primero lo pensaste como un perfil más breve?

-Después de que terminé de escribir el libro me di cuenta de que en mis dos libros anteriores: Una historia sencilla y Los suicidas del fin del mundo y en este también, todos los empecé con la idea de hacer un artículo. De hecho, cuando lo fui a ver le propuse eso, pero a partir de la segunda entrevista, ya empecé a tener claro que tenía un libro.

- En cuanto a la metodología, ¿ibas a cada encuentro con un cuestionario previo o te dejabas llevar por la conversación?

-Le hice muchas entrevistas, pero como viajo mucho, esas entrevistas a veces quedaban separadas por una o dos semanas. Entonces, cuando terminaba una entrevista, tomaba nota de cosas que quería repasar en la siguiente, pero la verdad es que es casi imposible darle una dirección a una conversación con Bruno.

- ¿Sabés si ya leyó el libro?

-Debe haberlo leído, pero no lo volví a ver, pero porque le di el libro hace tres semanas y después me fui de viaje. Mi plan es llamarlo esta semana y ver qué le pareció.

- ¿Te preocupa la devolución que pueda hacerte?

-Sí, claro, es una relación de dos años, uno de entrevistas y luego siguió y pasaron cosas espléndidas. No quise incluir nada de eso en el libro porque me interesaba que el libro terminara donde termina.

- ¿Creés que puede enojarse por alguna de las cosas que contás?

-No lo sé, Bruno es completamente impredecible.

-En tus otros libros, tu figura estaba más bien al margen, en este ocupás un lugar mucho más central. En gran parte, porque Bruno todo el tiempo quería que vos también fueras su entrevistada. ¿Accedías a responder todas sus preguntas?

-Trataba de ser elusiva cuando las preguntas eran demasiado íntimas o incómodas porque sabía que todo lo que me preguntaba lo hacía para volver a referirse a él. Yo soy muy reservada, no me gusta hablar de cosas íntimas, salvo con un círculo muy cerrado y mi analista, pero también entiendo que en una relación de entrevistador y entrevistado hay cosas que son muy poco adecuadas. Sería una falta de educación no responder, más cuando el otro tiene la generosidad de contarte toda su vida. Después, en el libro no me pareció apropiado poner todas esas respuestas, porque en realidad lo que importaba era lo que pasaba con Bruno a partir de eso.

- ¿Y vos te expondrías a que hicieran un perfil tuyo?

-No, jamás.

- ¿Te lo propusieron?

-Sí, pero no con demasiado entusiasmo porque yo misma no soy muy entusiasta con esas propuestas. Creo que mi lugar es el de contar al otro, no el de que me cuenten a mí, creo que sería malo para mi trabajo. Los focos tienen que estar al otro lado, no sobre mí.

- ¿Por eso tampoco se sabe tanto acerca de lo que pensás políticamente, por ejemplo?

-Yo hablo solo de lo que me exige mi trabajo. Muchas veces me han invitado a hablar de cosas sobre las que no me siento cómoda y no acepto. No hay tantos temas de los que me interese hablar en público. En mi columna semanal en El País, escribo bastante sobre política, pero mi mirada política es más una mirada sobre lo social, sobre los efectos colaterales que tiene la política partidaria. No hay manera de que una persona lea lo que yo escribo y no sepa para dónde marchan mis ideas, quizá no partidariamente, pero me imagino que se darán cuenta de que no soy ni de derecha ni de centro derecha.

-Luego de tantos encuentros con Bruno, se podría decir que lo conocés bastante, ¿en qué te ves parecida a él?

-Sería muy pretenciosa si dijera que me veo parecida porque él es un genio.

- ¿Pero sí hay rasgos que compartís con él?

-Creo que sí hay una convicción y una entrega con lo que hago que se parece mucho a lo que hace Bruno. Él llega de una cena y se pone a estudiar cuatro horas de piano. Yo no hago eso, pero sí soy capaz de dejar de lado muchas actividades mundanas de las que podría disfrutar simplemente porque quiero escribir. También comparto la disciplina, la necesidad de llegar a un estado de concentración y de preservarlo como lo opuesto a la cultura del rendimiento y el multitasking que se instala como una virtud de estos tiempos, la no necesidad de estar opinando todo el tiempo de distintas cosas a través de redes.

- ¿No pensás que en tu trabajo te sumaría tener alguna red social?

-A mí las redes sociales me parece que tienen una gran capacidad de astillamiento de lo que yo necesito que es la concentración para escribir. Cuesta mucho lograr concentrarse en la escritura y en la edición. Uno tiene tendencia a la procrastinación, a la distracción y esto con las redes sociales se multiplica al infinito. Además, tengo una personalidad bastante adictiva. Por ejemplo, con el mail no soporto tener más de cuatro mails en mi bandeja de entrada sin contestar. A veces, cuando estoy escribiendo, en las etapas en la que todo es engorroso, me escapo todo el tiempo a la web, miro Facebook, Twitter, leo diarios y revistas. Si además tuviera mi propia cuenta, estaría pendiente todo el tiempo y lo querría hacer súper bien. Estaría dos horas por días pensando en mantener el Twitter y otras tres con Facebook.

-Bruno en el libro dice que para ser un gran pianista hay que dormir ocho horas, estudiar ocho horas y pasar otras ocho horas pensando en lo que se estudió. Si tuvieras que hacer una comparación con tu profesión, ¿cómo repartirías el tiempo?

-Te diría que paso veinticuatro horas pensando en lo que voy a escribir, ocho horas escribiendo y otras ocho pensando en lo que escribí. Con esto de las veinticuatro horas te quiero decir que uno está todo el tiempo pensando. Yo ahora tengo que escribir la columna para la semana que viene y ya estoy pensando sobre qué voy a escribir.

- ¿Te preocupa que no puedas encontrar el tema?

-Me pesa tener que encontrarlo, pero sé que lo voy a encontrar.

- ¿Y no quedar conforme con lo que encontraste?

-Las veces que menos conforme estoy con la columna que escribí, al otro día tengo un montón de mails de felicitaciones. Entonces, es muy raro. Lo que me pesa, dependiendo del momento del año, es tener que escribirla. Pero también tengo que decirte que disfruto mucho de escribir estas columnas. Es un desafío, es un espacio cortito, muy difícil de resolver, hago algunos experimentos que me divierten mucho, que desde el punto de vista formal para mí son muy interesantes.

-Bruno también decía que una de las enfermedades más lindas que existen es la vocación, ¿vos también vivís a tu vocación como una enfermedad?

- Para mí la peor pesadilla de una persona es no tener vocación, no tener un llamado. Eso es terrible y tener ese llamado y no poder realizarlo es casi tan terrible como no tenerlo. Yo creo que la vocación tiene efectos colaterales y no todo el mundo los lleva bien. La idea de que la vocación, cuando uno la puede realizar, solo produce disfrute, es una mirada engañosa y no digo esto por la razón obvia de que todos los trabajos tienen momentos que no son tan agradables, sino porque la escritura misma es un bicho muy egoísta, muy peligroso, que te exige mucho, que te llena de dudas, que te generan mucha angustia, mucha ansiedad. Igual, si me dan a elegir, cien veces prefiero esto que no tener vocación o que tenerla y no poder hacerla. Ser escritor o ser músico en tus ratos libres es muy difícil. Tiene que ver con esto de la entrega que dice Bruno, por eso él se enoja tanto con sus alumnos. Él toma discípulos y cuando elige a alguien y ve que no se entrega por completo, lo va alejando hasta que siente algo del orden de la desilusión.

- ¿Imagino que no da clases por una cuestión monetaria?

-No, si supieras lo que cobra, no lo podés creer. En el libro no está porque llegamos a ese acuerdo. Hablar de dinero es una de las cosas más íntimas y difíciles de conversar. No te diría que es un regalo lo que cobra, pero sí que es más que asequible. Él cree que enseñar es una tarea muy noble y le encanta hacerlo. Pero cuando ve que la gente no se entrega ciento por ciento al piano, se desilusiona. Por eso, además de ser un genio, tenés que tener la capacidad de desarrollar esa genialidad.

- ¿Sentís que acá no tiene el reconocimiento que debería tener?

-Me parece que ha tenido una gran carrera. Tal vez su imagen más extravagante, su estilo más cercano a la gente, para el público en general tal vez hace que no tome real dimensión de su figura, pero para el público que sabe de música clásica, sabe muy bien lo que vale y lo respeta mucho.

- ¿Vos escuchabas música clásica antes de acercarte a él?

-Yo toco la guitarra clásica desde chica y toqué hasta los diecisiete. Estudié, sé leer música, pero no soy una melómana, mi mundo es más del rock. Ese era un temor porque no sabía si iba a poder entrar en este mundo.

- ¿Leíste mucho para hacer el libro?

-Leí mucho sobre él y sobre compositores del período romántico, que es el que interpreta Bruno, porque me interesaba poder llevar la conversación hacia ese lado.

- ¿Alguna vez fuiste a hacer una nota sin saber nada del personaje que vas a entrevistar? ¿Ves mal que alguien piense a una entrevista desde la candidez del no saber?

- No tengo una respuesta muy taxativa para eso porque hay una periodista que me encanta que se llama Susan Orlean, la autora de El ladrón de orquídeas, que hace eso que vos decís. Ella dice que va a que la eduquen y es una de las personas que más admiro. Yo no recuerdo haber ido sin saber nada a hacer una nota, primero porque me da mucha inseguridad, segundo porque me parece una falta de respeto y tercero porque tengo miedo de que me vendan lo que quieren. Además, es muy difícil que el otro te tome como un interlocutor válido si demostrás que no tenés la menor idea de quién tenés adelante. La ignorancia del entrevistador es muy difícil de remontar.

-Nombrabas El ladrón de orquídeas, ¿te gustaría trabajar en cine?

-Lo pensé y me lo han ofrecido, pero por ahora no encontré el momento. Además, es un laburo más de equipo y a mí me gusta más hacer las cosas sola.

-En eso de trabajar sola también te parecés a Bruno, ¿te llevás bien con la soledad?

-Siempre me gustó mucho estar sola. No soy nada fóbica, pero llega un momento que, como dicen los mejicanos, quedo engentada, llena de gente y necesito tiempo para mí, para estar sola, leyendo o mirando Netflix.

- ¿Con qué series te enganchaste?

- Mad Men y Breaking Bad, como clásicos. Después miré Better call Saul, Dark, Ozark, El método kominsky y Grace and Frankie, por nombrarte las que más tengo presentes. Después tengo placeres culposos como The Walking Dead. Puedo mirar ocho días seguidos, diez horas de The Walking Dead, las distopías apocalípticas me pueden.

- ¿Seguís saliendo a correr?

-Ahora estoy más yendo al gimnasio porque el invierno pasado fue horrible y a mí no gusta correr en condiciones espantosas.

- ¿Disfrutás de correr o de haber corrido?

-No, de correr. Escribo mucho cuando hago algún ejercicio físico. A veces siento que tengo como una especie de elevación. Correr te da una sensación de libertad absoluta. Cuando alcanzás una velocidad crucero pareciera que nadie puede pararte.

-Para terminar, te hago algunas preguntas del estilo de las que te hacía Bruno, ¿hay algo que querrías tener y no tenés?

-Me cuesta pensar en esos términos. Si vamos para el lado de lo material, mis ambiciones son muy modestas. Tal vez me gustaría poder manejar mejor los efectos colaterales de la escritura. Me gustaría tener más capacidad de ocio.

- ¿Vivís con culpa el tiempo de ocio?

-Lo hago poco, pero sí es culpa porque pienso que debería estar trabajando. Mi oficio me gusta tanto que casi todo lo que hago lo reciclo en escritura.

- ¿Cuándo sentís que tuviste un día productivo? ¿medís el día en esos términos?

-Lo mido, lo cual me parece horrendo. Por ahí el día que siento que no hice tanto, lo mido en términos productivos, el día que siento que fue un buen día, lo mido en términos de satisfacción. Para eso, tengo que haber escrito, haber corrido y haber cocinado. Esas tres cosas y en ese orden.

- Por último, si pudieras salvar un solo libro de los que tenés en tu casa, ¿cuál te llevarías?

-Sin duda, sacaría el diario de Cesare Pavese, que es de segunda mano y está toda subrayado por un sujeto que no sé quién es, pero a juzgar por lo que subrayaba, se debe haber suicidado. Ese libro es fundamental en mi vida.

Publicada originalmente en Revista Quid.

martes, 9 de abril de 2019

Entrevista a Patricio Pron: “La literatura es frágil y siempre está acabándose”


Nando Varela Pagliaro
“Tuve una especie de vislumbre un día, en el metro o subte de Madrid, cuando vi a varias personas a mi alrededor descartando a sus potenciales parejas con una simple mirada y un deslizamiento de un dedo sobre la pantalla. Pensé que había algo allí que hablaba de la forma en que pensamos el amor en nuestra época, o una de ellas”, dice Patricio Pron a pocos días de haber recibido el Premio Alfaguara de novela por Mañana tendremos otros nombres.
El autor de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia se impuso entre 767 manuscritos procedentes de España y Latinoamérica con una obra en la que aborda las nuevas formas de relacionarse y entender el amor en tiempos de redes sociales. El rosarino, que es el sexto escritor argentino en quedarse con la distinción, ya era una de las grandes figuras de la literatura en español y también uno de los más prolíficos. A la fecha, lleva publicados seis libros de relatos, siete novelas y un libro de ensayos. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones (entre otros, con el premio Juan Rulfo de Relato 2004), antologado de forma regular y traducido al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán, portugués y chino.
-Solés decir que los libros que más te interesan son los que proponen preguntas, no los que dan respuestas, ¿cuáles son las preguntas detrás de Mañana tendremos otros nombres?
-Quizás la más importante sea la de cómo definimos la intimidad y el deseo en un momento en que estos son asaltados por el dispositivo tecnológico y sometidos a una importante reformulación a consecuencia de movimientos como el #MeToo y el #NiUnaMenos, las discusiones en torno al aborto y la soberanía sobre los cuerpos, la pervivencia de las estructuras económicas y políticas que contribuyen a la desigualdad entre hombres y mujeres y los esfuerzos por transformarlas.
-Llama la atención que los personajes no tengan nombres y que simplemente los llames Él y Ella, ¿con qué tuvo que ver esa elección?
-Buena parte de lo que les sucede a los personajes del libro nos ha pasado a todos o pudo haberlo hecho. Por más que su historia sea, en algún sentido, diferente a otras, también es parte de una experiencia más o menos universal, que es la de la pérdida circunstancial o permanente de los vínculos que nos definen. Ponerles nombres a los personajes podía atentar contra la universalidad de esa experiencia y por esa razón sólo son “Él y Ella”.
-Al leer el veredicto en la ceremonia de premiación, Juan José Millás dijo que tu novela “es la fascinante autopsia de una ruptura amorosa que va más allá del amor, el mapeo sentimental de una sociedad neurótica donde las relaciones son producto de consumo”. En esta sociedad neurótica, ¿cuál es la importancia de las redes sociales a la hora de consumar nuevas relaciones amorosas?
-Parece evidente que esa importancia es absoluta, o al menos muy, muy grande para miles de personas, también para algunos de los personajes de este libro. De alguna manera, todos ellos aspiran a recuperar una autonomía de la que ya no disponen, sometidos como están a la mirada persistente y continuada de los otros. Pero este no es un libro “en contra de” las redes sociales o de los cambios que han introducido en la subjetividad: contempla y evalúa esos cambios, pero no los juzga.
-¿Cómo vivís estos cambios?
-Bueno, en tanto no transforman radicalmente la forma en que miro el mundo y lo habito, esos cambios me resultan más o menos indiferentes, excepto como parte de las transformaciones sociales y del ámbito de la subjetividad que son el tema por excelencia de la novela moderna.
-¿Realmente los algoritmos y los cerebros que están detrás de ellos saben más de nosotros que nosotros mismos?
-Al parecer sí. (Y si no lo saben, al menos lo creen, y millones de personas les dan la razón, de modo que sí: por otra parte, muchos están acomodando sus prácticas a lo que esos algoritmos determinan, de manera que, a más tardar en un futuro relativamente cercano, la experiencia amorosa tal como la conocemos nos parecerá una especie de antigüedad, como el matrimonio por conveniencia o el establecido por los padres, dos cosas que en Occidente no suelen ser habituales desde hace algo menos de un siglo.)
-La novela incorpora discusiones que son muy contemporáneas como, por ejemplo,
qué es el consentimiento, cuáles son los límites que no se pueden transigir en el ámbito de las relaciones entre hombres y mujeres, qué derechos que las mujeres han adquirido no deben ser entregados o descartados. Teniendo en cuenta el clima actual ¿Te da miedo cómo pueden ser recibidas estas cuestiones?
-No. El “clima actual” (como lo defines) parece presidido por una cierta incertidumbre acerca de estas cuestiones. Pero la literatura tiene su sitio natural en la falta de certezas y tiene que hablar de ellas si aspira a ser relevante.
-En un mundo en el que ya existe un App para cosas que ni imaginamos, ¿se puede todavía pensar en el ideal del amor romántico?
-Quizás sí. Pero habría que definir en detalle y con muchísima precaución qué denominamos “amor romántico”, en especial dado que éste está condicionado por aspectos económicos y políticos que no son menos inflexibles o más “justos” que los algoritmos, aunque nos resulten invisibles.
-Y entre tanto Tinder y Happn, ¿cuál es el lugar de la literatura?
-La literatura es una cierta memoria de la especie, ¿no? En un momento de transición como el presente, en el que la forma en que definimos la experiencia amorosa se transforma como no lo había hecho en los últimos doscientos años, tal vez una novela como ésta pueda aspirar a que se la contemple algún día como un documento, y al mismo tiempo, como una invitación a la conversación, que es lo que la literatura siempre es.
-¿Los escritores siguen teniendo injerencia en el debate público?
-No los que piensan que sí la tienen ni de la forma en que ellos creen.
-“-¿Cómo estás? –le pregunta Ella a Él hacia el final de la peripecia narrativa. -No lo sé –responde Él–, pienso que me ocurren cosas que confundo con una forma de progreso”, se lee en uno de los párrafos que se conocen de tu novela. ¿Qué sería progresar para vos?
-Supongo que estar emocional e intelectualmente vivos, que es lo que los personajes de este libro intentan hacer, o volver a hacer después de mucho tiempo.
-Hace un tiempo lo entrevisté a Hernán Casciari y me decía que a él el hecho de vivir afuera le dio cierta legitimidad a la hora de ser leído en Argentina. ¿A vos que te da el hecho de estar afuera? ¿Pensás en volver alguna vez?
-Yo no pienso en términos de legitimidad ni tengo la impresión de que los autores que me interesan aspiren a ella. Vivo en Madrid porque aquí están mi esposa y mis dos gatos y porque el pescado es muy bueno; más allá de eso no tengo ningún pensamiento ni reflexión particular sobre el asunto, excepto que “vivir afuera” (como dijo Fogwill) es experimentar una cierta intemperie que es la que yo prefiero para escribir.
-En alguna entrevista que leí dijiste que como lector tenés un cierto hartazgo de la autoficción, ¿por qué sentís eso con un género que vos mismo frecuentaste como autor?
-Ah, la autoficción… Tu pregunta admite dos respuestas, una larga y una corta. Vamos a apostar por la brevedad esta vez: porque yo ya estuve allí, como autor y, sobre todo, como lector. Y a mí (como a casi todos) me interesa mucho más ir a lugares donde no haya estado nunca que visitar una y otra vez el mismo sitio.
-En muchas de las notas que diste cuando publicaste El libro tachado dijiste que la literatura no solamente corre el riesgo de desaparecer junto con el modelo de negocio que la sostuvo en las décadas recientes, sino que también corre el peligro de convertirse en algo innecesario y estos fenómenos no están por fuerza vinculados con la proliferación de los medios audiovisuales o con nuestros hábitos en Internet, sino con un fenómeno mucho más interesante: la desactivación política de la literatura. ¿Por qué creés que ocurre esto? En Argentina, ¿pensás que fracasamos como país lector?
-En buena medida debido a ese mismo modelo de negocio, que tiende a comercializar la rutina. Y también a raíz de la contribución involuntaria pero muy importante de cientos de escritores y críticos, algunos de ellos enormemente populares, así como de muchos lectores y editores. No es un fenómeno exclusivamente nacional y no tengo la impresión de que señale ningún fracaso: la literatura es frágil y siempre está acabándose, en algún sentido.
-Por último, hace un tiempo lo entrevisté a Martín Kohan y me acuerdo que él me decía que para sentir que su día fue productivo tenía que al menos leer y escribir una cierta cantidad de hojas. En tu caso ¿cuándo considerás que tuviste un día productivo? ¿qué cosas deberías haber hecho para sentirte bien con vos mismo?
-Bueno, yo también tengo mi pensum… Pero lo que determina el éxito o el fracaso de una jornada de trabajo es, para mí, la posibilidad de que ésta me haya llevado a algún sitio al que no pensaba ir, que me haya arrastrado consigo a algún lugar insospechado o me haya dado otro nombre con el que vivir a partir de ese momento, como les pasa a los personajes de este libro.
Publicada originalmente en Revista Quid.

lunes, 18 de febrero de 2019

Algo más de 50 entrevistas a escritores y escritoras



Como en unos días se cumplen cinco años desde que empecé a trabajar en periodismo cultural, creí que era un buen momento para recopilar algunas de las entrevistas que hice en todos estos años. Entre escritores, músicos, actores, directores, etc., entrevisté a más de cien personas, a algunas incluso las entrevisté dos o tres veces. De ese puñado, elegí las conversaciones que tuve con cincuenta escritores y escritoras y las agrupé en este post. Aquellos que tengan ganas, pasen, lean y compartan.

Las entrevistas:





























































Entrevista a María Gainza: Como caminar en la niebla



Nando Varela Pagliaro

A partir de la publicación de El nervio óptico, el nombre de María Gainza se asocia con la idea de literatura de alta calidad narrativa. Ese volumen inclasificable- publicado primero por Mansalva y luego reeditado por Anagrama- reúne una singular historia del arte en once capítulos, mientras que a la par conocemos los avatares de la narradora -una mujer de clase alta que elige salir de su zona de confort. Luego de esa primera incursión narrativa, que fue recibida con mucho entusiasmo por parte del periodismo cultural y los lectores, Gainza acaba de publicar La luz negra, una novela atrapante en la que también utiliza el mundo del arte como telón de fondo. En palabras de Hinde Pomeraniec, con esta segunda novela, “es como si, sin habérselo propuesto, María Gainza hubiera conseguido un tipo de narración perfecta y apropiada para el lector de hoy, un lector absorbido por las redes sociales y atrapado en la agobiante biblioteca de Babilonia que es Internet. Su delicado trabajo de recreación de personajes e historias reales, engarzados con creaciones propias y con episodios autobiográficos actúa como un reflejo estimulante en el lector, ya que provoca el interés por seguir testeando lo real y buscando la verdad y lo auténtico, como si la lectura fuera un sinuoso camino de hipervínculos”.
La entrevista que sigue se realizó vía correo electrónico.

-¿Cómo fue el proceso de escritura de La luz negra?

-Fue largo. Hubo una parte de investigación y otra de divagación. Mi sensación al escribir es como caminar en la niebla. Durante buena parte del proceso no veo mucho ni entiendo lo que estoy haciendo hasta que de golpe se abre un túnel en esa niebla y debo apurarme a terminar antes de que el túnel vuelva a cerrarse.

-Durante ese proceso, ¿qué libros de otros autores estaban sobre tu mesa de trabajo?

-No leo durante el proceso de escritura libros que me inspiren porque no creo que la inspiración sea lineal. Leo o bien lo que necesito para recabar información o leo lo que me llame al placer. A veces el impacto de un libro se siente muchos años después. Es probable que los efectos para La luz negra provengan de lecturas de mi adolescencia pero si abro mi agenda y miro los libros que leí durante los años 2015-1017 aparece un listado variopinto: Mario Levrero, Luciano Lamberti, Osvaldo Baigorria, J.R. Ackerley, Sergio Bizzio, Lytton Stratchey, Huysmans, Dawn Powell, Stendhal, Juan José Morosoli, Christopher Isherwood, Arthur Schnitzler, un abanico amplio, medio al tun tun. Podría seguir transcribiendo la lista y seguiría luciendo igual de dispersa. Tiendo a leer azarosamente, sin programa, como la mayoría de la gente supongo.

-Hay muchos hípervínculos a hechos y personajes reales, ¿cuánto trabajo de investigación hubo detrás para construir el libro?

-¿En términos de qué se mide una investigación? ¿en meses dedicados? ¿en material obtenido? En este caso la investigación se obstinaba por escapar de los cauces previsibles, el material que recababa me resultaba esquivo, tendía al hermetismo o se me deshacía entre los dedos. Pero para dar una medida más o menos concreta, me dediqué durante dos años al tema, discontinuamente por supuesto, porque la vida suele imponer sus propios tiempos.

-Cuando publicaste El nervio óptico no sabías que iba a pasar con el libro, supongo que no imaginabas que iba a tener la recepción que tuvo. A la hora de escribir La luz negra, ¿eso te condicionó? ¿Trabajaste teniendo algún tipo de lector en la cabeza?

-El nervio óptico tuvo una recepción inesperada. Nunca en mi vida fantaseé con esa posibilidad. Pero si bien tuvo una buena repercusión, no estamos hablando de un fenómeno. Es apenas un éxito moderado. Y gracias a que fue moderado y no descomunal, me condicionó de forma positiva. Básicamente me empujó a escribir otro. Escribo solo cuando tengo ganas y no tengo ganas muy seguido. Necesito un buen tema y eso no aparece a cada vuelta de esquina. En cuanto a la conciencia sobre el público, suena a cliché y tal vez como todo cliché esté bien arraigado en la experiencia, pero mi único público lector soy yo y como lectora quiero que las oraciones suenen bien, que en ellas viaje cierta elegancia, que la historia contenga honestidad (aunque no tenga muy en claro que es la honestidad) y que entretenga, no desprecio el factor entretenimiento, de hecho, me parece crucial.

- En varias notas leí que dijiste que tenías la intención de escribir La Biografía del humo, ¿ese fue uno de los títulos posibles o de entrada el libro se llamó La luz negra?

-Pensé en La biografía del humo como subtítulo en algún momento pero después me pareció demasiada información. Preferí un título menos pesado. El libro de entrada se llamó La luz negra aunque era un título tentativo, abierto al cambio si aparecía algo mejor en el camino, cosa que no sucedió. Lo mismo me pasó con El nervio óptico. Era título tentativo. Suelo trabajar con títulos improvisados porque necesito guardar el archivo de Word de alguna manera y porque tener un título me da un norte. Si no tengo título no puedo avanzar mucho, aunque después el título cambie.

- Tanto El nervio óptico como La luz negra tienen como telón de fondo el mundo del arte, ¿imaginás tu próximo libro dentro de ese marco o todavía no estás pensando en un tercer libro?

-A veces, cuando me aburro de mí misma, fantaseo con saltar a otro mundo pero siempre vuelvo a lo que conozco.

- La mayoría de las entrevistas que te hicieron fueron hechas vía correo electrónico y con la misma foto de prensa, ¿por qué? ¿qué es lo que no te gusta de estas cosas que rodean al mercado editorial?

-No creo que haya una regla: hay libros buenos con escritores que no dan notas y hay libros buenos con escritores que no paran de aparecer en los medios. No tengo un juicio de valor sobre lo que hacen los otros con su trabajo, porque en definitiva esto es un trabajo como cualquier otro. A mí me gusta la privacidad y aunque me encanta que mis libros tengan prensa prefiero que sean reseñas y no entrevistas. No creo tener nada muy interesante para decir y me aburre escucharme decir siempre lo mismo. Creo que los libros se arruinan cuando el escritor habla, pero hablar es el juego hoy en día. Yo lo padezco, aunque haga el esfuerzo como ahora. A la vez tampoco quiero hacerme la Greta Garbo y menos aún boicotear el trabajo de los editores, hay mucha gente involucrada en la publicación de un libro. En fin, es todo un lío en mi cabeza que no logro resolver, pero que, en definitiva, por suerte, no es tan importante para nadie.

-  Fogwill decía que para que un escritor existiera entre sus pares, era importante estar instalado en los circuitos de sociabilidad. En tu caso, se te ve bastante afuera de todo. ¿Cuán necesario es formar parte de la red de conflictos, amistades y vanidades para que una obra circule?

-“Circuitos de sociablidad”, qué expresión rara. No es necesario formar parte de nada. El nervio óptico circuló bien y no me conocía más que un puñado de gente y ni siquiera era gente del mundo de la literatura. El 90% de mis amigos pertenece al mundo del arte porque trabajé en ese mundo durante 15 años y me resulta un grupo inteligente, sensible y con una cuota de divina frivolidad que le da gracia a la vida.

- Pedro Mairal dice que a la hora de completar una ficha de embarque prefiere poner docente antes que escritor o poeta. En tu caso, ¿qué pondrías? ¿Por qué cuesta tanto asumirse como escritor?

-Me cuesta asumirme como escritora porque empecé grande, porque no soy una lectora voraz y porque cada vez que empiezo un nuevo libro siento que no tengo la menor idea cómo hacerlo. Me considero siempre en modo amateur. Además, hay algo que me suena pomposo cuando digo “soy escritora”. No me pasa lo mismo cuando otro dice que es escritor. Al otro lo respeto más se ve.

- Durante mucho tiempo trabajaste de crítica en varios medios periodísticos, ¿cómo te llevás con la mirada de los otros? ¿Te pesa?

-No leo mucho las críticas. A veces las leo a campo traviesa pero jamás en detalle porque, sean buenas o malas, me dan miedo. Creo que podrían afectarme: o volverme una creída o volverme una insegura. Trato de elegir la vía media de Kipling y hacer “la mía” sin prestar demasiada atención a los ruidos de la calle. Nada muy propio puede salir si una está pendiente de los gustos ajenos.

- Alejandro Zambra dice que “la clase media es un problema si se quiere escribir literatura latinoamericana”. En tu caso, que venís de una clase social más alta ¿Qué importancia tiene a la hora de querer ser escritora?

-No estoy segura de lo que quiere decir Zambra. Debería leer el texto completo para agarrar bien la idea porque creo hay muchos escritores de clase media que son alucinantes. Zambra debe estar apuntando a algo más que no alcanzo a entender en esa cita suelta. Y la verdad es que tampoco sé tanto sobre literatura para aventurar esos juicios, esas sentencias que pueden describir un paisaje en dos pinceladas me asombran, es como hacer un Turner del paisaje literario, soy completamente incapaz por falta de conocimiento. En mi caso la clase “más alta” (no diría “alta”) me ha dado un lugar desde dónde mirar el mundo y una conciencia feroz de la suerte que tienen unos pocos sobre una gran mayoría. Pero no creo que una clase te empuje a escribir y otra no.

Publicada originalmente en Revista Quid.


Entrevista a Guillermo Martínez: “No veo ninguna novedad en la literatura del yo”



Nando Varela Pagliaro

“Hay algo de la literatura que tiene que ver con la voz del escritor, con su lenguaje y con su mundo que para mí va más allá de la cuestión de los géneros”, dice Guillermo Martínez, sentado en el mismo escritorio en el que trabaja todas las mañanas, en su departamento del barrio de Belgrano. El escritor y matemático acaba de ganar el prestigioso Premio Nadal en su 75 edición con su novela "Los crímenes de Alicia", una suerte de secuela de su anterior Crímenes imperceptible, que fue llevada al cine por el director español Álex de la Iglesia como Los crímenes de Oxford. Si en la primera, el eje narrativo tenía que ver con la lógica matemática, en esta ocasión el motor son los símbolos que se encuentran detrás del universo del clásico de Lewis Carroll Alicia en el país de las maravillas. En esta entrevista con Quid, el autor nacido en Bahía Blanca habló de su flamante novela, pero también de la literatura del yo, del lugar de las redes sociales y la coyuntura política de nuestro país.

 -¿Cómo surgió la idea del libro?

-La primera idea que tuve para esta nueva novela tuvo que ver con un prólogo que me encargaron para un libro sobre Lewis Carroll que se llama Lógica sin pena. Realmente, hasta ese momento, no sabía nada sobre su vida y empecé a leer algunas biografías, otros artículos, uno de los prólogos de un libro con su obra completa. Dentro de los materiales que leí para ese prólogo había un texto en el que se comentaba que él había escrito sus diarios íntimos, que los familiares habían arrancado varias páginas y había una en particular, que correspondía al año 1863, que tenía que ver con una pelea que él había tenido con la madre de Alice Liddell, que es la niña que inspira Alicia en el país de las maravillas y a partir de esa pelea le habían impedido seguir viendo a Alice y a su hermana. Entonces, empecé a investigar qué había pasado exactamente, qué más se sabía y me encontré con una historia fascinante. Porque en el año 94, que es el año en el que sitúo mi novela, y que corresponde al año siguiente de mi novela anterior, Crímenes imperceptibles, en ese año, una joven dramaturga descubre en la casa museo de Carroll un pedazo de papel que tenía las anotaciones que habían hecho los familiares que habían arrancado las páginas. En esas anotaciones pusieron lo esencial que decía cada una de las páginas que arrancaron. Este descubrimiento pensé que podía dar lugar a una novela en la que se buscara qué era lo que estaba escrito en esa página arrancada.

-En tus novelas, mayormente hay mucho de ficción, pero imagino que esta vez también tuviste que sentarte a investigar mucho, ¿es así?

- Bueno, en Crímenes imperceptibles podría decirse que el trabajo de investigación fueron los veinticinco años que estudié lógica matemática, pero esta es la primera vez que para escribir una novela específicamente hago un trabajo de investigación. Leí los nueve volúmenes de los diarios de Carroll, varias biografías, artículos y todo lo que tiene que ver con Carroll como pionero de la fotografía. Todo eso aparece de alguna manera en la novela, pero lo que se refiere a la Hermandad Lewis Carroll no tiene nada que ver con la verdadera sociedad Lewis Carroll que está en Inglaterra y que fue la que publicó los volúmenes. Los biógrafos que yo imagino en la novela no tienen nada que ver con los biógrafos reales pero sí algunas cuestiones que se discuten alrededor de la figura de Carroll. Hay una especie de juicio desde la época contemporánea hacia la forma en que Carroll amaba a esas niñas. Todas esas opiniones las fui leyendo de distintas biografías. Es decir, todo lo que es trama ficcional es puramente imaginario, los personajes son todos imaginarios, pero el contenido de las discusiones tiene que ver con biografías documentadas, con hechos reales que existieron.

-Recién nombrabas Crímenes imperceptibles, en Los crímenes de Alicia aparecen los mismos protagonistas en el mismo escenario. Sin embargo, son historias totalmente independientes. Pensaba que para disfrutar mejor el libro, quizás nos sea necesario leer Crímenes imperceptibles antes, pero sí tener bien leído Alicia en el país de las maravillas, ¿Estás de acuerdo?

-En esta novela reaparecen los dos personajes principales de Crímenes imperceptibles, pero son historias independientes. En cuanto a Alicia en el país de las maravillas, ese es un libro que logra un milagro raro que pocos autores han logrado, pienso en Drácula o Frankestein, que es que sus creaciones están más allá de los libros; están en la cultura popular, en imágenes que todo el mundo ha visto. Por otra parte, del libro de Alicia en el país de las maravillas utilizo algunos acertijos y algunas frases, pero todo está debidamente citado. No creo que sea necesario leer el libro antes, pero por supuesto el que recuerde bien la novela podrá imaginar con más elementos qué otras muertes acechan.

-Me acuerdo que en una entrevista que te hice hace algunos años hablábamos de la imagen del escritor y lo preocupado que están determinados autores en construir una imagen que ayude a que sus libros sean más leídos. Esta novela, de algún modo tiene que ver con lo que hay detrás de la obra de Carroll. A vos, ¿cuánto te importa eso a la hora de abordar un escritor?

-En el principio de la novela, el personaje que narra la historia dice que él siempre prefirió dedicarse más a la criatura de ficción que al creador de carne y hueso. En general, ese siempre ha sido mi modo de pensar los escritores. He leído muy pocas biografías de escritores en mi vida, creo que las podría contar con los dedos de la mano. Antes de leer sobre sus vidas, prefiero creer en la maquinaria y en el acto de ilusionismo que es cada novela o cada cuento. En este caso si me interesé por la vida de Carroll, fue a partir de este hecho, que era para mí el hecho central del enigma que había alrededor de su vida y entonces leí para escribir esta novela.

-¿Los diarios de escritores tampoco te interesan como género en sí?

-No he leído muchos diarios de escritores. Leí los cuadernos de notas de Henry James, el diario de anotaciones de Bioy sobre Borges, que es extraordinario, pero no recuerdo muchos más.

-¿Vos llevás o llevarías un diario tuyo?

-No lo llevo, me encantaría hacerlo pero me cuesta tanto escribir que si además llevara un diario, sería demasiado. Escribo de una manera muy lenta y prefiero dedicarme a las historias de ficción.

-Se viene hablando cada vez más de la literatura del yo, de la autoficción. En este contexto, vos elegís escribir una novela clásica de enigama, ¿cómo te llevás con esa otra literatura?

-Yo no veo ninguna novedad en la literatura del yo. Es algo que corresponde a una literatura en primera persona que se viene haciendo desde Robinson Crusoe. Es decir, es un género totalmente clásico como cualquier otro. Si vos te fijás, todas mis novelas se pueden leer como pertenecientes a la literatura del yo porque están todas escritas en primera persona y con algunas referencias que se podrían asociar a una biografía si no fuera porque en general serían citas falsas. A mí me parece que la literatura del yo puede ser interesante en la medida que el mundo de ese yo lo sea.

-¿Qué es lo que te interesa de la novela de enigma?

- La analogía que a mí más me interesa tiene que ver con el acto de ilusionismo y eso está muy presente en la novela policial de enigma. La solución final, ese reordenamiento, esa nueva lógica con que se iluminan los hechos ya leídos, tiene algo del acto de ilusionismo. Además, es un género que siempre me ha dado mucha felicidad como lector y por ser un género que ha quedado desacreditado o anticuado respecto a la supuestamente más moderna novela negra, justamente me interesa hacer un rescate del género. Me parece que se pueden abordar una cantidad de cuestiones interesantes desde la novela de enigma. Lo que yo intento en Los crímenes de Alicia es una recreación de la idea de Borges alrededor Pierre Menard. Hay una relectura contemporánea de los mismos hechos que a Carroll le habían dado fama como fotógrafo y que serían delitos infames si los vemos con la óptica de hoy.

-¿Como lector hay algo que te interese de la literatura del yo?

-No leo por géneros, leo cuando me llegan noticias o voy a una librería y veo algo que me interesa. Últimamente, leí La familia de Gustavo Ferreyra y me pareció una novela extraordinaria, fuera de catálogos, imprevista, una gran novela de ideas con una enorme ambición literaria. Es una novela que seguramente alguien podría incluirla dentro de la literatura del yo, pero es muchísimo más que eso. También leí la Una muchacha muy bella de Julián López, que estaría más cerca de este género y me gustó mucho. Leí La hija del criptógrafo, la última novela de Pablo De Santis, que es un paso más allá en su obra porque logra incorporar la historia política argentina reciente de una manera absolutamente original.

-En tus novelas, los personajes siempre tienen un nivel intelectual bastante alto, ¿imaginás a tus lectores de ese mismo modo?

- En mis novelas me interesa que los personajes sean más inteligentes de lo que podría ser yo. Me parece que también es un desafío interesante para los lectores sentirse que están rodeados de gente inteligente, con ambiciones intelectuales. Me gusta esa clase de mundo. Para decirlo en el sentido opuesto: no me gustan las novelas que caricaturizan a la marginalidad, esa especie de estereotipo en la que se simula cómo hablaría un pibito chorro. Yo veo ahí cierto paternalismo o ciertos estereotipos que se filtran. Por eso prefiero que mis personajes pertenezcan a mundos más cercanos al conocimiento, al estudio, a la literatura o al arte.

-Por segunda vez volvés al mismo escenario y retomás personajes de Crímenes imperceptibles, ¿Se puede pensar en una tercera novela o es muy pronto?

-Me encantaría encontrar una buena idea pero sería para un futurísimo. Yo sentía que la idea que tenía para esta novela era tan buena que no podía dejar de escribirla. Además, como naturalmente el hallazgo transcurre en el año 94, era casi imposible no hacerla con estos mismo personajes.

-Me acuerdo que en esa nota anterior que te hice mencionaste que tenías una carpeta con todos los libros que tenés pendientes de escribir. ¿Ya estás trabajando en algo de esa carpeta?

-Estoy trabajando en una novela que empecé hace poco más de una semana. Apenas tengo la primera página. Es una novela que tiene que ver con mi libro La mujer del maestro, es una especie de recreación de un tema de Henry James, de su novela La próxima vez y la mía se va a llamar La última vez. Ahí vuelvo al mundo de los escritores, no quiero contar mucho más porque recién estoy empezando, si bien la tengo toda pensada soy muy lento para escribir.

-Hace tiempo fui entrevistar a Antonio Dal Masetto y él arriba de su escritoria tenía una frase que decía “Justificá tu día”. Desde entonces, tengo la costumbre de preguntarle a los escritores cuándo sienten que tuvieron un día productivo. En tu caso, ¿cuándo te sentís asÍ? ¿Qué tiene que pasar para que estés conforme con lo que hiciste durante el día?

-Hay una frase en latín que alguna vez me dijeron que es que no pase un día sin que escribas una línea, parece que es un lema famoso en latín para los escritores. En mi caso, siento que justifiqué mi día cuando escribí una página de la que estoy conforme.

-¿Solo con escribir alcanza para que tu día esté justificado no son importantes otras cosas? ¿Jugar al tenis por ejemplo?

-Por supuesto que es importante para mí jugar al tenis, pero como escritor te digo lo otro. Como persona me pasan cosas fantásticas en muchísimos otros aspectos. Seguramente si le hago un game a mi entrenador, también justico el día.

-¿Te da más felicidad hacerle un game o una página bien escrita?

-No, una buena página es mucha felicidad. Terminar una novela es una felicidad infinita.

-En esta relación con la productividad y el tiempo, ¿qué lugares ocupan las redes sociales?

-Desde hace un par de años tengo una cuenta de Twitter que se llama Leo y subrayo y la tomo como una especie de libreta de subrayado de los libros que estoy leyendo. Me resulta agradable saber que yo anoto alguna frase y hay unas quinientas o mil personas que leen la frase y por ahí después se interesan por el libro. Yo siempre creo que en todos los libros hay literatura, pero no todo el tiempo. Cada tanto aparece la literatura en una analogía feliz, en una buena frase, en un epigrama, esos momentos muchas veces se pueden capturar en un tweet. Mayormente uso mi cuenta para eso, por supuesto también aviso si hay una presentación de mis libros, una nota o ese tipo de cosas que tienen que ver con mis actividades, pero lo esencial de la cuenta son subrayados de otros autores.

-¿Y estar en las redes no te quita tiempo valioso de lectura?

-No porque no estoy mucho ahí, es algo muy esporádico. De todos modos, también me sirve para enterarme de cosas que tal vez no salen en los diarios.

-¿Los diarios sí los seguís leyendo todos los días?

-Las noticias sí trato de seguirlas todos los días. Es algo que me interesa mucho, que me angustia. Siempre hay una angustia con las noticias del país, vivimos en un estado de angustia. Desde la dictadura, la posdictadura fue tremenda también porque había una situación de zozobra, lo que fue el menemismo, el fracaso de la Alianza, los primeros años del kirchnerismo con todo el tema del no pago a la deuda, el terrorismo que había alrededor de que se dejara de pagar la deuda. Siempre hubo momentos angustiantes. Dentro de todo, para mí los años que fueron más normales fueron los años del kirchnerismos, que ahora los demonizaron, pero si uno mira a la distancia la historia argentina es una historia de angustia y sobresaltos permanentes.

-¿Te ves incluyendo la coyuntura política de nuestro país en un próximo libro?

-La verdad es que no. He militado mucho en mi vida, he participado en política, he tenido muchas discusiones y desencantos porque acá siempre se gira a la derecha, nunca nadie mira a la izquierda. Entonces llega un momento en el que decís “y bueno, les gustará esto”. De todos modos, escribí un par de piezas que tienen que ver con la política argentina. Pienso en Infierno grande y en un cuento que se llama Retrato de un piscicultor, pero no me imagino escribiendo muchas otras cosas. Para mí la ficción tiene que tener algo de mundo autónomo, obviamente siempre habrá un pie en la realidad, pero me gusta mucho la idea de la imaginación en la literatura. Me siento mejor inventando que tratando de hacer un retrato donde los personajes de algún modo reflejen situaciones contemporáneas.

-Por último, ¿caíste en la adicción a las series?

- La verdad que no, al contrario, lamento mucho que ya no se hagan tantas películas. Pareciera que ahora que el consumo obligatorio tiene que ser en formato serie, como si te quisieran vender un Big Mac de cinco pisos y uno por ahí solo quiere comer una hamburguesa sola. De todos modos, algunas vi. Mad men por ejemplo, después de verla por comparación todas las demás me parecían muy malas. Y por supuesto, mi serie favorita de todos los tiempos siempre fue Seinfeld.

Publicada originalmente en Revista Quid.