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miércoles, 12 de octubre de 2011

Mi fórmula secreta


En la televisión no hacían más que hablar de bombas y muertos. En todas las imágenes de los noticieros se veían aviones destrozando una ciudad. Los diarios cubrían sus portadas con fotos trágicas y titulares de fuerte impacto. Saddam Hussein, ese nombre difícil de pronunciar, estaba en boca de todos. Corría el verano del ’91 y la Guerra del Golfo mantenía en vilo al mundo entero. Yo tenía ocho años y mucho, mucho miedo. Estaba de vacaciones en Mar de Ajó con mi madre y mi hermano; mi papá sólo venía los fines de semana. “¿Y si tiran una bomba acá?”, solía preguntarle a mi madre. “No, hijo, eso es imposible. Nosotros no tenemos nada que ver con ese conflicto. Además, Mar de Ajó está muy lejos del Golfo”, me decía. “Sí que tenemos que ver, mamá, no me mientas. ¿No viste que el presidente mandó un montón de soldados para allá? ¿Mirá si ahora a ellos les agarra bronca con nosotros y empiezan a bombardear Mar de Ajó?”, le replicaba.
Lo cierto es que por las noches, antes de irnos a dormir, la obligaba a que cerrara todos los postigos y las ventanas de la casa. Después, sin que nadie me viera, agarraba mi almohada y me escondía debajo de la cama. Esa era mi fórmula secreta para despertarme a salvo y pasar otro día jugando en la playa.

domingo, 23 de agosto de 2009

Instrucciones para sentarse en el colectivo

Por Valenka

A través de estas simples instrucciones podrá el lector acercarse al sutil arte de conseguir un asiento lo más rápidamente posible, sin recurrir a jugadas turbias que puedan poner en duda su calidad de persona de bien frente a la mirada acusadora del resto del pasaje.
El pasajero que viaja sentado es, en general, una estirpe difícil de tratar. Intentará por todos los medios retener el status que ha logrado a pesar de que su viaje sea breve. Descenderá, de hecho, a los resquicios más inmundos del alma humana si en su trayecto se cruzara una persona con más derecho intrínseco al beneficio adquirido: recurrirá a estratagemas de las más bajas para evitar cederlo, como los ataques de sueño, insólitas rengueras, o embarazos instantáneos. Este individuo ha sufrido la falta de asiento en carne propia, y ha aplicado sus propias estrategias para conseguirlo; sería apelar a la ingenuidad suponer que se desprenderá fácilmente de su logro. Por eso, no debemos confiar en la solidaridad ajena; nuestra capacidad para estar en el grupo de los pocos beneficiados por cada interno, reside más que nada en nuestra propia habilidad personal para observar, y no en la suerte como suele suponerse.
1°- Busque una persona blanco. En gran parte el éxito de la operación depende de este punto, cuya finalidad es detectar el pasajero con más chances de desalojar el asiento de todo el móvil.
Observe la vestimenta, el aspecto general y la carga que transporta el sentado. A modo de ejemplo le brindamos las siguientes situaciones:
*Los trajeados y las mujeres con zapato de taco alto suelen, sobre todo en horario pico, descender en zona de oficinas. No se confunda: sí, hay trajeados que toman transporte público.
*Las mujeres con niños y los ancianos, asimismo, no suelen en general realizar trayectorias largas. Un viaje en colectivo para ellos es un suplicio aún mayor del que Ud. sufre.
*El de un escolar con guardapolvos es también un probable súbito asiento libre, así como también el de un adolescente en traje deportivo con mochila. No espere que merced a la juventud de la que todavía gozan, se apiaden de Ud. y le cedan el asiento. Agradezca solamente que en caso de obtenerlo cuando desciendan del vehículo, no se lo dejen lleno de restos de semillas de girasol.
*No seleccione como objetivo a los borrachos. Su estado etílico genera que puedan descender en forma muy tardía del bus, a veces incluso en la terminal.
* El dormido no es un buen candidato a nuestros fines; por su larga permanencia suele hacer del vehículo un segundo hogar y de todo el pasaje una familia que conoce lo más privado de su ser. Además de hacerlo esperar pacientemente sin éxito, ya que seguramente baja después que Ud., lo hará testigo, como poco, de esporádicos ronquidos o cabezazos. Si quiere gozar de un viaje lo menos infernal posible, aléjese de esta casta.
2°- Tenga en mente la trayectoria de la línea que lo transporta. Este es un punto que aunque pareciera menor, determinará en gran medida a quién apuntar. La parada del 47 en el cementerio de la Chacarita nos mostrará que la anciana que porta las flores es la indicada, la del 8 en Hospital Argerich que el joven con uniforme médico, la del 53 un domingo en La Boca que el hincha enajenado. Todo un abanico de deducciones se abre así ante nuestros ojos.
4°-Intente escuchar. Este caso puede aplicarse cuando los individuos viajan en grupo o en parejas, aunque con los adelantos tecnológicos de hoy en día también en comunicaciones vía celular. En algunas conversaciones el sentado desliza el leitmotiv de su periplo, o bien interroga a su acompañante sobre la distancia faltante. Trate de prestar atención sin encimarse al sujeto, ni pedirle repeticiones en caso de no haber oído. No se atreva jamás a intervenir en la conversación: los sentados pueden sentirse ofendidos y ofrecer vengativamente el beneficio a otros pasajeros antes de bajar: ¡y todo su arduo trabajo de inteligencia previo estará perdido!.
Si bien este método puede no arrojar resultados, vale la pena llevarlo a la práctica a falta de mayores datos obtenidos por otros medios.
5°- Observe las posesiones de los viajantes. Es conveniente aguzar el sentido de la vista al máximo: el costo del boleto, por ejemplo, ofrece información adicional de la duración de la permanencia de esa persona en el vehículo. Esta estrategia ofrecía información valiosa, pero con el último cambio de secciones y la poca claridad de las tarifas, hoy en día su utilidad ha disminuido. Sin embargo, de encontrarnos con un poseedor de un boleto de costo 1,10$, estaremos ante un éxito casi seguro. Cuidado: podemos estar ante la posibilidad de que el miserable haya querido ahorrarse 15 centavos y se acomode para un trayecto larguísimo, dejando así a nuestra teoría sin fundamento.
6°-Póngase en el lugar del otro. ¡Piense como él! Pregúntese adónde va, qué va a hacer, quién es, de qué trabaja. ¡Por favor, no malinterprete esta recomendación en forma literal y se siente encima del observado!
7°-Siga su instinto. Si aplicando varias de las recomendaciones previas ha dado con más de una persona tendiente a desocupar el tan codiciado lugar, tendrá que reducir el espectro a unos pocos para tener éxito. Aunque pudiera parecer arriesgado, a veces una voz interior nos guía hacia el sujeto buscado.
Recuerde: hay muchos como Ud. esperando sentarse y la cantidad suele ir in crescendo a medida que el viaje prosigue. De poder, apuéstese en el sitio que más posibilidades de asiento probable le otorgue, la cola del vehículo con 8 ó 9 pasajeros sentados suele serlo, a menos que se contraponga con las advertencias de este informe.
7°-Estése atento a los movimientos. Cuando el/los sujetos ya han sido elegidos, es el momento de supervisarlos finamente. Se puede notar en forma imperceptible cuando alguno va a levantarse: el cuerpo se tensa y hay una leve inclinación hacia adelante, la vista busca la ventanilla y las manos sujetan con más fuerza los bártulos ¡Por favor, sea discreto, no les clave la mirada! Tenga ojos en la nuca, en cualquier momento un potencial logro puede estar por suceder.
8°-Elimine a la competencia. Trate de abarcar con todas las partes de su cuerpo el mayor volumen posible, puede incluso ayudarse con su equipaje. Tenga presente que hay todo un colectivo lleno de personas conspirando, trazando estrategias, para arrebatarle “su” asiento.
9°- Sea rápido. ¡No se distraiga! En vista de un pasajero que desocupa una silla, la regla es clara, primero siéntese y después piense. En el caso de existir varias posibilidades, ni se le ocurra deducir cuál será la mejor posición, agarre la que pueda y no se queje. Recuerde los momentos que viajó parado y cualquiera va a parecerle el sillón de su casa.
10°- Por último, ahora que está Ud. sentado, ya pertenece a la fina clase de los privilegiados. No sea idiota, aunque a esta altura quizás le quede poco de viaje remanente, no se le ocurra desprenderse de lo único que lo pone a años luz del resto. No se conmueva por nadie que pueda hacerle malograr el trabajo tan largamente acuñado.
Aplicando desde ahora estas recomendaciones claras, su viaje será tan placentero y fácil como subir y sentarse. El sentido de la observación se entrena, y a medida que lo perfeccione encontrar al ingrato personaje se volverá pan comido. Con asombro verá que cada vez es menor el tiempo que permanece parado dentro del vehículo.
Como último consejo, ahorre y cómprese un auto propio, ¡su edad no va a permitirle jugar eternamente al detective!

miércoles, 29 de abril de 2009

Mi casa es esta mujer

Por Santiago Kovadloff

Mi casa es esta mujer que ahora duerme a mi lado. Como ella, con ella, todo a mi alrededor reposa. Cuando ella despierte, también lo harán las cosas. Volverán a abrirse las puertas, correrá el agua otra vez, los pasos avivarán la vieja escalera, caerá de nuevo la luz sobre las plantas. Yo retornaré a mi mesa, a las palabras, a su voz, como un halo, que cicundará mi día.
Cuando ella se haya ido a su trabajo, alzaré los ojos de la página, y un tapiz, un clavel, un amuleto inesperado en la cocina de la casa repetirán el nombre de esta mujer que todo lo pobló con su presencia y el acierto de sus manos.
Ella es mi casa, puerta mayor de acceso al sentido de estos cuartos.
Si el egoísmo o la indiferencia quiebran nuestro encuentro, la casa se oscurece. Como una dura denuncia de soledad sin remedio, las paredes se cargan de presagios, se repliega el color de cada cosa, la casa se vacía, y habitarla es quedar a la intemperie.
Mi casa es esta mujer que ahora duerme a mi lado. Cuando ella anda lejana, todo es lejano en la casa; con ella se van en tropel las cosas de mi entorno, y estar aquí se vuelve una tortura; acosa cada sitio, cada paso lastima, rincones y objetos se hacen inservibles. Y la casa recuerda, en un susurro triste, que alguna vez supimos ser mejores.
Si renace la alegría, renace la casa. Cuando la lucidez o el deseo vuelven a reunirnos, la casa otra vez se ilumina: tienen sentido mis papeles, cada cuarto es la evidencia de un proyecto. La casa entera es una fiesta y por la vieja escalera vuelve a correr el aliento suave y denso de la vida.

martes, 28 de abril de 2009

Escribir a la contra

Por Juan José Millás

Cuando me pregunto si tuve buenos educadores, los imagino a ellos, a mis educadores, preguntándose si tuvieron buenos alumnos. En general, creo que fuimos muy malos los unos para los otros, pero ya no tiene remedio. Entre los que recuerdo, hay un profesor de literatura que nos mandaba hacer unas redacciones curiosísimas. Por ejemplo, si una película nos había gustado mucho, teníamos que decir lo contrario, pero argumentándolo de tal manera que ningún lector fuera capaz de descubrir si mentíamos o decíamos la verdad. Haciendo aquellas redacciones, me di cuenta de que muchas películas que creía que me habían gustado me parecían en realidad detestables. También aprendí que con un poco de talento y práctica se pueden defender las posturas más insostenibles. Todavía utilizo el método de aquel profesor, pues muchos de mis artículos están escritos directamente contra mí. Desconfío tanto de lo que pienso que sólo tengo la impresión de acertar cuando me contradigo.
Cierto día, aquel profesor nos mandó hacer una redacción sobre nuestros padres. Nos pidió que imagináramos que uno de los dos tenía que morir y nosotros debíamos decidir cuál. Durante el recreo, no se habló de otra cosa.
—Yo elegiría a mi padre —decía uno—, pero es el que trae un sueldo a casa.
—No te preocupes —replicaba otro—, que tu madre cobrará la pensión.
—¿Qué es la pensión? —preguntaba el de más allá.
Yo no sabía a cuál de los dos liquidar. Fantaseé con ambas posibilidades y elegí la que me producía más culpa, pues ya era un experto, o eso creía, en escribir en contra de mis intereses. Maté a mi padre, pues, y obtuve una nota de 9, la más alta de las conseguidas en toda mi vida. Gracias a ella, no suspendí por primera vez en todo el curso la literatura de ese mes. Mi padre me felicitó y me dio un beso. Me parecieron la felicitación y el beso de un condenado a muerte.
Arrastré esa culpa durante años, hasta que el azar y los síntomas me llevaron al diván del psicoanalista y averigüé que todo niño desea matar a su padre para poseer en exclusiva a su madre. Hice, pues, lo correcto y así me lo explicó mi psicoanalista, sugiriendo que no debía culparme por ello. De lo que me culpo ahora es de haber hecho lo previsible. No dejo de preguntarme si, en el caso de haber acabado con mamá, me habrían dado un 10, incluso una matrícula de honor.

martes, 21 de abril de 2009

Kilómetro 11

Por Mempo Giardinelli

—Para mí que es Segovia —dice Aquiles, pestañeando, nervioso, mientras codea al Negro López—. El de anteojos oscuros, por mi madre que es el cabo Segovia.
El Negro observa rigurosamente al tipo que toca el bandoneón, frunciendo el ceño, y es como si en sus ojos se proyectara un montón de películas viejas, imposibles de olvidar.
La escena, durante un baile en una casa de Barrio España. Un grupo de amigos se ha reunido a festejar el cumpleaños de Aquiles. Son todos ex presos que estuvieron en la U-7 durante la dictadura. Han pasado ya algunos años, y tienen la costumbre de reunirse con sus familias para festejar todos los cumpleaños. Esta vez decidieron hacerlo en grande, con asado al asador, un lechón de entrada y todo el vino y la cerveza disponibles en el barrio. El Moncho echó buena la semana pasada en el Bingo y entonces el festejo es con orquesta.
Bajo el emparrado, un cuarteto desgrana chamamés y polkas, tangos y pasodobles. En el momento en que Aquiles se fija en el bandoneonista de anteojos negros, están tocando “Kilómetro 11”.
—Sí, es —dice el Negro López, y le hace una seña a Jacinto.
Jacinto asiente como diciendo yo también lo reconocí.
Sin hablarse, a puras miradas, uno a uno van reconociendo al cabo Segovia.
Morocho y labiudo, de ojitos sapipí, siempre tocaba “Kilómetro 11” mientras a ellos los torturaban. Los milicos lo hacían tocar y cantar para que no se oyeran los gritos de los prisioneros.
Algunos comentan el descubrimiento con sus compañeras, y todos van rodeando al bandoneonista. Cuando termina la canción, ya nadie baila. Y antes de que el cuarteto arranque con otro tema, Luis le pide, al de anteojos oscuros, que toque otra vez “Kilómetro 11”.
El texto completo acá.

lunes, 13 de abril de 2009

La felicidad

Por Andrés Neuman

Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.
Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo. Domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.
Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, tanta, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los fornidos pectorales de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda ansiosa con los brazos abiertos.
A mí me colma de gozo semejante paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas y algún día, pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.

miércoles, 8 de abril de 2009

La canilla

Por Pedro Mairal


El otro día vi toda la infancia en una canilla. Una canilla de jardín rodeada de bombitas explotadas, el pico de la canilla repleto de gomitas de colores de las bombitas que explotaron antes de tiempo mientras los chicos las llenaban de agua. Y pedazos de bombitas naranjas, amarillas, azules, rojas, en el piso mojado. Ya todos los pendejitos se habían ido a joder a otra parte y ahí quedó la canilla repleta de colores y salpicaduras contra la pared. Una foto de carnaval.
Quiero describir cosas así sin que sean funcionales a nada. Estoy cansado de que las imágenes o las escenas tengan que encontrar un lugar en una novela alguna vez, que tengan que formar parte de una trama para existir. Por eso escribo poesía quizá. Porque no le encuentro un hilo narrativo a la vida. No sé qué quiere decir toda esta sucesión de imágenes y sueños, este desorden repleto de caras y palabras. De hecho no creo que quiera decir nada más que lo que es.