domingo, 22 de marzo de 2015

Cemento, el semillero del rock


Nando Varela Pagliaro

“Chabán estaba muy contento con la idea del libro. Cuando empecé a ir visitarlo, él ya estaba internado en el Santojanni haciendo quimioterapia porque tenía cáncer. Nos juntamos durante varios días, comíamos algo y hablábamos un poco de cada banda. Yo le tiraba un nombre y él me decía algo gracioso, un recuerdo o algo del show. Después, cuando pasó a su casa, porque le dieron prisión domiciliaria por la enfermedad, también iba a visitarlo ahí. Además de Cemento, hablábamos mucho de literatura, de cine, de teatro. Aprendí mucho con él. Creo que armamos una linda relación”, dice Nicolás Igarzábal en un bar en Palermo, muy cerca de la redacción en la que trabaja. Como resultado de esos encuentros nació Cemento, el semillero del rock (Gourmet Musical), un libro que incluye cientos de entrevistas, a partir de las cuales se intenta reconstruir la historia de ese reducto que Omar Chabán y Katja Aleman abrieron en 1985 y por el que desfilaron los grupos más importantes de los últimos treinta años del rock argentino.

Entre tantas otras cosas, Chabán le contó que Cemento estuvo a punto de llamarse Malvinas, que antes era un viejo estacionamiento de 1500 metros cuadrados, que para transformarlo en esa especie de templo rockero invirtió cerca de 300 mil dólares y que la financista fue Katja Aleman, su mujer de ese entonces.
En sus inicios, el emprendimiento de la excéntrica pareja funcionó como discoteca con un espacio para el teatro under y la danza. Pero muy pronto el rock se apropió del lugar.
Lo más interesante del trabajo de Igarzábal, sin duda, son los testimonios de músicos, periodistas y productores. Todos tienen una historia, una anécdota en ese refugio que era una caja adentro de otra caja, en ese escenario inmenso, en esos baños donde Mario Díaz, responsable de las vallas y el cacheo, cuando se juntaba mucha gente pedía: “Chicos, rápido y sin sacudirla”, en esos camarines que Iván Noble define como “horrorosos y míticos” y Vitico dice que “eran tan asquerosos que había que subir una escalera y esconderse en un lugar para darse un saque”.

“Las historias que más me gustan son las más delirantes. Me acuerdo la de Francisco Bochatón, el cantante de Peligrosos Gorriones. Él me contó que un día le pidió a Raúl Villarreal, de vender él mismo las entradas en la puerta y nadie lo reconoció”, dice Igarzábal. Es que para muchas de las bandas que hoy son consideradas grandes,  el boliche del barrio de Constitución fue su semillero, su potrero antes de jugar en primera. Los Redondos presentaron Gulp ahí ante 850 personas. “Todavía no estábamos a la altura de llenarlo”, confiesa Willy Crook, saxofonista de la banda por esa época. Cuando Igarzábal le pregunta por las instalaciones, Crook agrega: “Era un lugar áspero y no había dónde hablar, dónde apoyarse; las chicas pasaban por la puerta y se quedaban sucias. No era para ir a curtir, ningún romance era posible ahí”. Sin embargo, no son pocos los que guardan otro tipo de imágenes en sus retinas. Fabián Prado, tecladista de Memphis La Blusera, recuerda que: “Una noche estaba tocando y desde el escenario vi una chica medio agachada y me desconcentré. Estaba abrazada a un tipo, cruzándole el brazo, y había otro atrás cogiéndosela. Hasta que en un momento [el tipo] miró para el costado y se dio cuenta de que había alguien garchándose a su novia, ¡Se armó un quilombo infernal!”. Prado no es el único,  Roberto Pettinato también tiene un recuerdo parecido. Cuando Igarzábal le pregunta qué es lo primero que le viene a la cabeza si se le dice Cemento, Pettinato responde: “el baño sin puertas y una chica diciendo “por favor no me vayas a acabar adentro de la boca” y alguien haciéndolo igual”.

“Las anécdotas de camarines y las que tienen que ver con los comienzos de las bandas también me encantan. Por ejemplo, la primera vez que Bersuit se puso pijama para tocar fue en Cemento en el marco de un concurso para un programa de ATC que conducía Tom Lupo “, repasa Igarzábal. “Ir a Cemento era ir al infierno. Yo ahí le vi la cara a mucha gente y el corazón, vi quiénes eran muchos y también ellos vieron quién era yo. Era un lugar sagrado donde teníamos nuestra propia ley”, sentencia Gustavo Cordera desde las páginas del libro.

Según escribe  Igarzábal en “40 personas ahí en el piso”, en el espacio de la calle Estados Unidos Divididos tuvo noches memorables y otras para olvidar. Pasaron etapas de alta convocatoria, a tocar para muy poco público. En uno de esos shows los vio Federico Gil Solá. “Había poca gente, unas 40 personas. Se sentaban alrededor del escenario, en los costados, como de campamento”, rememora Gil Solá, que luego estaría al frente de los parches en Acariciando lo áspero y La era de la boludez.
“Las Pelotas tocó durante trece de los veinte años que existió Cemento. Tenían que esperar tanto entre la prueba de sonido y el show que se llevaban las paletas y jugaban al ping pong en la mesa agujereada del camarín. Me contó Tomás Sussmann, guitarrista de la banda, que una vez por inventiva de Chabán, su mujer se pasó más de dos noches amasando para preparar las pastafrolas que entregaron de regalo con las entradas, en uno de los shows aniversario”, detalla Igarzábal refiriéndose a los otros ex Sumo.
La de Las Pelotas no es la única. Los Piojos también tuvieron su experiencia rockera gastronómica en Cemento. La Nochebuena de 1993 convocaron a su público y prometían pan dulce y sidra para las primeras 500 personas, pero según recuerda Piti Fernández, guitarrista del conjunto de Palomar, “Eran las tres y no había nadie. Tocamos a las cuatro para 40 parientes”.

“Hay bandas que no podían no estar en el libro, en los noventa: A.N.I.M.A.L, Fun People, Los Brujos, Peligrosos Gorriones, Catupecu Machu, Flema, 2 Minutos, La Renga, Viejas Locas y Caballeros de la Quema, explica Igarzábal.

La década del dos mil sería complicada para el país y para Cemento. Sin embargo, los años previos a la noche trágica en Cromañón y al cierre definitivo del local, desplegaron su música bandas como: El Otro Yo, que incluso grabó un disco en vivo; Carajo, que tomaron de Chabán la idea de tirar papel higiénico al público en su canción “Sacate la mierda”;  los internacionales Queens of the Stone Age, que cortaron sólo 144 entradas; Miranda, con Ale Sergi a la cabeza. Créase o no, el cantante de voz aguda confiesa que, como público del lugar, le encantaba hacer pogo en los recitales de Divididos y Las Pelotas. Los dos mil en Cemento también fueron los años del desembarco de las bandas uruguayas La Vela Puerca y No Te Va Gustar; los años del despegue de Los Tipitos, Árbol y La Mancha de Rolando; de bandas más combativas como Manos de Filippi o más punks como Cadena Perpetua; los años de la cumbia villera, Damas Gratis tuvo su noche en Cemento junto a Fidel Nadal y la propuesta despertó cierto enojo en los sectores más conservadores del rock. No obstante Chabán brindó su apoyo al grupo de Pablo Lescano. “Cemento nunca se cerró, los grupos marginados tuvieron su lugar aquí y así conformamos el rock crítico. Agradezco que Damas Gratis realicen su recital acá así como lo hizo La Mona Jiménez en su momento”, opinó el agitador cultural desde las páginas del Suplemento Sí!.
La figura de Chabán es controvertida como pocas. Aspiraba a ser un director teatral y terminó convirtiéndose en una especie de padrino del rock under. Según cuenta en una nota que le hizo el periodista Pablo Plotkin, hasta los 29 años vivió con la plata que sacaba de la caja del bazar de su padre, Ezzeddin Chabán, nacido en Siria y radicado en Villa Ballester. Luego de un viaje a Alemania, donde fue con la idea de hacerse famoso, regresó a Buenos Aires a comienzos de los ochenta, con la dictadura casi en retirada. A los treinta, para dejar de ser un mantenido, abrió Café Epstein en sociedad con Sergio Aisenstein y Helmut Zieger (“Eramos un árabe, un judío y un nazi”, decía como gracia). En ese legendario local ubicado en Córdoba y Pueyrredón hicieron sus primeras apariciones grupos como Sumo, Soda Stereo y Virus. Pocos años después inauguraría Cemento, su  “obra cumbre”.

Como plantea Igarzábal, nadie sabe quién es el dueño del Luna Park, de La Trastienda o de Niceto. En cambio en Cemento,  todo el mundo sabía quién era Chabán. Y hasta la noche del 30 de diciembre de 2004, Chabán era para los ojos de los medios y el público que frecuentaba recitales, un personaje pintoresco, entre delirante y bizarro. Pero también muy querible. 

“El libro termina reivindicando al Chabán de antes de Cromañón, el Chabán productor, el agitador cultural, como dice en el prólogo el periodista Jose Bellas. Yo fui a su funeral y estaba lleno de músicos y eso fue muy emocionante. Supongo que con el tiempo se convertirá en un mito, en una leyenda”, cuenta Igarzábal. Lo cierto es que en las 150 entrevistas que él realizó, los músicos en su gran mayoría sólo tienen buenas palabras referidas a Chabán. “Rescato la honestidad de Omar con la guita, una honestidad abrumante”, dice Juanse. “Chabán me cuidó más que mi mamá y mi papá”, dice Mariano Martínez de Ataque 77. Como “una persona culta e inteligente”, lo describe Walas de Masacre. “Omar siempre fue un hombre de bien, que me sugería cosas positivas. Me decía: “Ricardo, ¿Por qué no estudiás inglés? cuando en los primeros tiempos del metal salían grupos que cantaban en inglés. Nunca pasó que te dijera: “Mirá qué lindo culo tiene ese pendeja, ¿por qué no te hacés chupar la pija?”. Jamás”, narra Ricardo Iorio que frecuentó Cemento primero con Hermética y luego con Almafuerte.

Omar Chabán murió el 17 de noviembre de 2014 en el Hospital Santojanni, donde estaba internado por un linfoma de Hodgkin. Cuando le pregunto a Igarzábal cómo cree hubiera sido recibido el libro con Chabán vivo, me responde:

“Yo casi lo tenía terminado y un poco estaba compitiendo contra su muerte porque él varias veces se había despedido de sus familiares y de nosotros, sus allegados. Nos llamaba para que fuéramos al hospital a saludarlo, pero ya después no lo tomábamos en serio. Me hubiera encantado que lo leyera. En el hospital le leía los borradores. Habíamos hablado del título del libro y él quería un título con más punch que hablara más de la ética de Cemento, pero nunca me propuso ninguno. Me quedó esa bronca. Me hubiera encantado que lo hubiera visto terminado”, dice con cierta tristeza.

A treinta años de su inauguración, y Cromañón de por medio, hoy Cemento no existe más. En su lugar hay un depósito del Ministerio de Educación porteño. Al terminar el libro de Igarzábal, me pregunto ¿Cómo recordaremos esas paredes cuando pase más tiempo? ¿Quedará en el habla popular esa frase “Yo los vi en Cemento”  para sacar chapa de haber conocido un fenómeno cuando todavía no era masivo?
Según palabras del Indio Solari: “Más allá de lo que significó Cemento para Los Redondos, ese templo de Omar fue el lugar donde todos los extraviados fuera de los límites de las convenciones que gobernaban la cultura, encontraron la atmósfera apropiada para descorchar sus bellezas. Bellezas áridas, oscuras, cómicas y marginadas por una sensatez que un tiempo luego se dejaría alumbrar por ellas”.

Publicada en Ni a palos (Suplemento joven de Tiempo Argentino), marzo 2015.

martes, 17 de marzo de 2015

Entrevista a Guillermo Martínez: “Un poco de éxito ya es un pecado en el mundo literario argentino”


Nando Varela Pagliaro

“Todos mis cuentos tienen un primer germen en algo que tiene que ver con lo autobiográfico, con una experiencia que viví o vi de cerca ligada a una idea que aparece por el orden de la tradición literaria, de la filosofía o del pensamiento científico”, dice Guillermo Martínez, sentado a la mesa de un bar de Colegiales, el barrio en el que vive. El autor de Crímenes imperceptibles -novela que fue llevada al cine en Hollywood por Álex de la Iglesia- se refiere a los cuentos de Una felicidad repulsiva, su último libro. Fue publicado en 2013 por Editorial Planeta y en noviembre de 2014 resultó ganador de la primera edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, dotado de cien mil dólares. Los miembros del jurado, entre los que se encontraban la española Cristina Fernández Cubas, el salvadoreño Horacio Castellanos Moya, el mexicano Ignacio Padilla, el argentino Mempo Giardinelli y el colombiano Antonio Caballero, eligieron a la obra de Martínez por unanimidad y en el fallo destacaron “la unidad y solidez, la sutileza y el equilibrio, como características de la prosa, así como el dominio vigoroso del género. Este libro refleja, además, una mirada peculiar en la que el absurdo, el horror, lo fantástico y lo extraño que arranca de lo cotidiano son tratados con absoluta maestría".
Martínez, que además es Doctor en Ciencias Matemáticas por la Universidad de Buenos Aires y tiene un posgrado en Oxford, ya había sido distinguido como cuentista en 1988 al ganar el Premio del Fondo Nacional de las Artes por su libro Infierno grande. Pasaron veinticinco años y varias novelas entre aquel volumen y Una felicidad repulsiva.  “Volver a escribir cuentos fue un reencuentro feliz porque en el cuento uno puede saltar de registro en registro y tener ciertas libertades. Eso sería mucho más difícil de hacer en una novela. La novela fija bastante más el modo y el recorte del lenguaje”.

Se suele decir que los editores son reacios a publicar libros de cuentos, ¿Por qué pasa eso en un país donde nuestros dos escritores más importantes son cuentistas por excelencia?

Creo que sobre todo en Argentina hay un nicho para el cuento y tiene que ver con la gran cantidad de gente que empieza en su formación como cuentistas a partir de los talleres literarios. Lo que faltan son las ideas para conquistar ese nicho. En España hay una editorial que se llama “Página de espuma” que se dedica únicamente a publicar cuentos y que sobrevive y muy bien con un catálogo extraordinario. Es decir, hay un público, quizás no el más numeroso; pero hay un sector del público lector que está dispuesto. Pienso que premios como el García Márquez, también le dan una dignidad al género, se convierten en referentes, iluminan o van a iluminar a un libro por año de toda Hispanoamérica. Lo que hay que hacer es encontrar esa clase de iniciativas para volver a llevar al público lector a lo que es uno  de los modelos de la narración, que todavía persiste y que tiene una cantidad enorme de posibilidades. El cuento es potencialmente tan rico como la novela. No alcanzo a ver nada que exista en la novela que no pueda estar contenido en un cuento lo suficientemente largo o ambicioso. Es una cuestión de extensión la diferencia, pero ya el cuento lleva en sí toda la riqueza de la literatura, como además lo ha probado Borges en esa especie de encapsulamiento de la literatura que hacen sus cuentos.  
     
En tus libros siempre evitás darles demasiado color local a tus personajes; alguna vez dijiste que no hay que mencionar la cerveza Quilmes para tener contacto con el país, ¿Creés que hay mucho de demagogia en los nuevos narradores?

Esa es una tendencia mundial. En Estados Unidos hay novelas que son prácticamente listas de marcas y de referencias a lugares o canciones de moda. Esa no es mi manera de escribir, pero hay toda una literatura que toca lo que yo llamo la tecla sociológica, que aspira a construir algo así como un club de amigos. No es el tipo de literatura que a mí más me interesa y eso tal vez tenga que ver con cierta preferencia mía por la abstracción, con tratar de que los relatos estén encarnados, pero sólo lo suficiente para que se deje ver también una idea genérica o universal por detrás de ellos.

Todos tus personajes suelen tener un nivel intelectual muy alto. ¿A qué se debe esa elección?

Yo diría que es casi una reacción a algo que suele aparecer bastante en la literatura costumbrista que es cierta fascinación por el buen salvaje. Puede ser la impostación del barrabrava, la impostación del reviente suburbano, la impostación del delincuente o del marginal. Esos mundos o submundos de violencia y sordidez llaman mucho la atención sobre todo de los escritores de clase media que los conocen de lejos y que de algún modo van de visita al zoológico. A mí no me gusta ese toque de paternalismo que consiste en poner a hablar con esa especie de jerga a esta clase de personajes y lograr el exotismo de la literatura a partir de esas descripciones: me parece un recurso un poco fácil. Yo prefiero que los personajes que intento tengan lo que yo llamo todos los grados de libertad, que no estén limitados por aspectos educativos, que no sean demasiado pobres ni por supuesto demasiado ricos porque hay cierta banalidad en la riqueza excesiva, pero que tengan una educación y metas intelectuales porque al tener todos esos atributos ganan en grado de libertad y por lo tanto tienen mayor potencial expresivo en lo que pueden llegar a hacer narrativamente.

En Una felicidad repulsiva escribís que “La felicidad es como el arco iris, no se ve nunca sobre la casa propia, sino sólo sobre la ajena”, ¿Se puede ser feliz y escribir o si uno es realmente feliz no tiene la necesidad de escribir?

Yo creo que hay una cantidad de clichés románticos asociados con la literatura y no entiendo cómo en pleno siglo XXI todavía se sostienen en muchos suplementos culturales. Por ejemplo, cuando se habla de la infancia desgraciada de tal escritor, de la temporada en prisión o la experiencia con drogas de tal otro. Cuando uno lee los suplementos parece que están construidos no tanto sobre la literatura de cada autor, sino sobre los costados exóticos de su vida; cuando en realidad, mirando la historia de la literatura hay también tantos ejemplos de otros escritores que han sido perfectamente felices, burgueses, aburridos y que han hecho una literatura extraordinaria. Me parece que esa asociación entre vida privada tumultuosa y literatura es una especie de rezago del peor de los romanticismos. 
 
El narrador de Una felicidad repulsiva habla de lo difícil que es enseñarles literatura a las legiones de bestias de caras atontadas por la cerveza y deditos siempre ocupados por el celular. Teniendo en cuenta ese contexto, ¿Cómo pensás tus propios libros?

Uno no tiene que dejarse llevar  por lo que pasa a su alrededor en la sociedad porque si no hay que meterse debajo de la cama. Uno hace lo que puede y la sociedad hace lo que quiere. “No es necesario seguir al mundo, allí donde el mundo va”. Los escritores pueden tener una mirada totalmente a contracorriente, anacrónica o futurista, por fuera de lo que son las modas y las tendencias. Cuando yo empecé a escribir, en los años noventa, escribí una novela como Acerca de Roderer que tenía mucho que ver con la tradición fáustica, con un tema intelectual que se alejaba mucho de lo que hacían los escritores de mi generación en ese momento. Uno no tiene porque acompañar a su generación. Por supuesto, me parece fantástico que existan escritores que celebren su contemporaneidad, su pertenencia generacional, pero no me parece obligatorio.  
 
Hablando de nuevas tendencias en la narrativa argentina dijiste que ahora la obra en sí ya no interesa, lo que interesa son los procedimientos para crear la obra y que escribir mal es lo que está bien. ¿Por qué decís eso?

Lo que pasa es que nosotros tuvimos una tradición bastante exigente en lo literario. Entonces, seguir adelante en las huellas de esa generación es algo difícil porque de algún modo hay que ponerse a la altura de Borges y piense lo que uno piense también hay que estar a la atura de las cargas filosóficas de los libros de Sábato. Además, en la generación de los sesenta fueron todos excelentes narradores. Por el lado de la literatura heredera de Faulkner y Hemingway, tenemos una cantidad de escritores muy buenos como Piglia, Saer y Gandolfo.  Cualquiera de esas dos tradiciones tuvo desarrollos sofisticados; por lo tanto, seguir en esas líneas significa un gran esfuerzo intelectual. Por eso creo que hubo una especie de escapatoria en los años noventa que fue la celebración de una literatura más banal, que se ríe del esfuerzo de ahondar en algo ya hecho y prefiere la mezcla. Como consecuencia, la literatura que predominó es la literatura de circunstancias, la literatura que ponía en duda el sentido y la trama. Esa fue la literatura que se aprobó desde la crítica.

Decís que seguir con la tradición requiere un gran esfuerzo intelectual. También asociaste la pereza con la deserción de los escritores de los blogs a favor de Twitter ¿Realmente es así?

Yo vi toda esa eclosión que hubo de los blogs, la blogósfera y esa especie de asalto a la Bastilla. Decían que gracias a los blogs la literatura iba a circular de otra manera y al final lo que vi es lo que pasa siempre: cuesta llevar el día a día de cualquier cosa. Sea un blog o lavar los platos, hacerlo todos los días es difícil. Por eso, ¿cuánto duró? A los dos años la mayor parte de los blogs estaban cerrados y apenas apareció Twitter descubrieron que era más fácil insultar al resto del mundo en ciento cuarenta caracteres que escribir una página de un blog. Me parece que en la medida que desaparecieron los blogs hubo una involución, porque como herramienta me parecía que en teoría podían dar lugar a esa clase de cambio, pero después en la práctica los seres humanos demostraron una vez más cuánto pesa la cuestión de la pereza.

En uno de tus artículos te referís a un plus ideológico que tienen  las novelas que eligen temas sociales, de género  o relacionados con la dictadura. Guillermo Saccomanno alguna vez habló de un marketing del Holocausto, ¿a nivel literario se podría hablar de un marketing de la dictadura?

No creo. Eso sería muy duro para con aquellos autores que han escrito seriamente alrededor de ese tema. Lo que sí me parece es que las novelas sobre la dictadura durante mucho tiempo contaron con lo que yo llamo el plus ideológico, con algo así como una aceptación garantizada con respecto a la elección del tema. A mí la dictadura me dejó de interesar como tema porque me parece que ya fue demasiado transitado. Yo escribí Infierno grande durante la dictadura y después nunca más escribí sobre el tema porque de algún modo vi venir esta ola en la que la dictadura aparecía casi como el tema de los que no tenían tema. 

Abelardo Castillo sostiene que no es necesario que el pensamiento político del autor se refleje en su obra, ¿compartís su opinión?

Por supuesto, porque yo además tuve militancia política entonces nunca tuve la necesidad de mostrarme políticamente a través de mi obra. Además, nunca confié en el peso que pueda tener en cualquier lucha política una obra literaria. Pensemos que una obra  llega a una cantidad mínima de personas y en tiempos muy diferentes. Me parece absurdo que un militante o alguien que esté pensando en un país en un momento concreto se proponga militar a través de la literatura. El lugar de la militancia tiene que estar por afuera. Eso no quita que se pueda tomar como tema a la política. Justamente, a mí me gustaría que hubiera más novelas políticas  porque parte de esta especie de dominio de cierta idea única de la crítica literaria expulsa bastante a la novela política.

Durante la charla, nombraste varias veces la crítica. Alguna vez dijiste  que no ves una crítica independiente, que todos los críticos que colaboran en medios culturales tienen su obra escrita a la par y entonces compiten como juez y parte del mundo literario. ¿Por qué pensás así? ¿Qué mejor que sean los escritores los que hablen de libros?

Yo creo que lo que está faltando en la crítica literaria es algo que hay en la crítica científica. Cuando uno escribe un paper en ciencia, los referís del paper son los mejores científicos en cada área, mientras que en literatura, cuando uno escribe una novela, el referí es muchas veces un estudiante que apenas empieza a ejercer en el periodismo y que muchas veces critica desde una posición de guerra o de oposición.

- Además de críticos novatos, también hay críticos con mucha experiencia y capacidad.

Sí, por supuesto, pero no veo que haya en Argentina una escuela de críticos que se conformen con ser solamente críticos. Los grandes críticos de acá también tienen toda una obra literaria desarrollada y tienen sus posiciones, sus espacios de poder y sus estéticas como escritores.

¿Y eso anularía el pensamiento crítico?

No es que lo anule porque ahí también hay diferencias. Hay quien decide usar ese poder y quien no, tiene que ver con una cuestión de ética personal. Pero la verdad es que yo he conocido de cerca casos muy lamentables. Te digo más, acabo de escribir un pequeño artículo porque empecé a ver otra vez lo que yo llamo la crítica sicaria. Desde algún diario, el director de un suplemento cultural convoca al peor enemigo de tal o cual escritor para que destruya a su novela. Esos fenómenos ocurren en la literatura argentina.
 
 En tu caso, ¿cambió la relación con la crítica luego del éxito de Crímenes imperceptibles?


Totalmente, cometí el peor de los pecados que puede cometer un hombre: un libro mío tuvo un poco de éxito.  Un poco de éxito ya es un pecado en el mundo literario argentino. De todos modos, no me siento para nada una víctima. Fue algo temporal porque inmediatamente aparece otro que se gana algún premio o tiene éxito con un libro y pasa él a ser el nuevo enemigo. Forma parte del modus operandi del mundo literario con sus pequeñas miserias y resentimientos. 

Publicada en el Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino, 15 marzo de 2015.