martes, 25 de marzo de 2014

La nueva aventura de Casciari


Por Nando Varela Pagliaro

Hernán Casciari debía tener no más de cuatro años cuando sus padres le enseñaron las únicas dos cosas del mundo que todavía hoy hace con placer: leer y escribir. Una tarde, como tantas otras en su Mercedes natal, se vería obligado a arrancar la primera hoja en blanco del cuaderno de matemáticas y al igual que Twain, Poe o Stevenson, también debería echar luz sobre sus miedos y sus sueños para que alguien los leyera. Sin embargo, confiesa que tardó muchos años en considerarse un escritor: "Mi viejo estaba en el baño leyendo una revista que yo hacía en Mercedes. Él nunca había leído nada. Y cuando escuché una carcajada suya sabía que estaba leyendo algo que yo había escrito en esa revista. Porque uno en realidad se considera escritor cuando puede enganchar al lector que a uno más le importa que lea. Y en mi caso siempre fue mi viejo. Yo creo que a los diecisiete, dieciocho, cuando escuché que él entendía lo que estaba haciendo, aunque lo mío no fuera el deporte, que era lo que él quería, cuando entendió que escribir estaba bien, me parece que sentí por primera vez que tenía algún sentido lo que estaba haciendo".

En sus primeros pasos como lector, fue de vital importancia una bolsa enorme repleta de libros que le regaló su tía Ingrid. En esa bolsa estaba casi toda la colección Robin Hood: Doyle, Verne, Salgari y tantos más. Pero fue con El gato negro y Los crímenes de la calle Morgue de Edgar Allan Poe que Casciari descubrió una literatura superior. Algo mucho más potente, algo que de verdad lo asustaba. Se dio cuenta de que era muy impresionante lo que le podía pasar a una persona cuando leía. A partir de entonces comprendió que él haría lo imposible para provocar esa misma sensación, esos mismos sentimientos en sus lectores.

Pese a que desde muy pequeño Casciari supo cuál sería su vocación, entre los dieciocho y los treinta años tuvo una época larguísima en la que, según dice, no entendía nada de literatura y suponía que ser escritor era una tarea demasiado compleja.

"Cuando escribía periodismo me salía todo muy suelto, porque realmente no me importaba, y cuando me sentaba en la máquina de escribir a hacer literatura era como si me pusieran una corbata y me salían unas cosas horribles. Recién en España, cuando empecé a escribir para Internet, para nadie, sin ninguna intencionalidad de publicación, encontré mi voz".

Fue gracias a Internet que Casciari se transformó en el narrador virtual más leído en lengua española. Sus obras, escritas "en directo" frente a miles de lectores, han impulsado un nuevo género, la blogonovela, que mezcla la literatura con las nuevas tecnologías. Su primera obra online, Más respeto, que soy tu madre (2007), fue leída por más de cien mil internautas en todo el mundo y galardonada con el premio al mejor blog del mundo por la cadena alemana Deutsche Welle; su versión teatral, protagonizada por Antonio Gasalla, se convirtió en la comedia más taquillera del teatro argentino. No obstante, el escritor no ve a la Web sólo como una fuente de prestigio o como un motor que lo impulsa a sentarse a escribir, sino que la considera antes que nada una distracción de la necesidad de trascendencia. "Ese sentimiento de estar haciendo algo que necesariamente debe pasar a una posteridad, me parece que es un palo en la rueda muy grande para un escritor".

Casciari se define como un escritor instantáneo más que uno de complejidades. "Me encanta la literatura compleja, pero no soy suficientemente inteligente para llegar a ese lugar. Yo lo que puedo hacer es entretener y emocionar rápidamente, pero con esa estructura de café instantáneo. No busco en ningún caso ser el mejor café. Si alguien quiere tomar un buen café no tiene que venir a mi casa. Yo lo que hago es batirte un cafecito, tomamos un café y charlamos, pero lo mío es más parecido a una charla, a una conversación de sobremesa y no a una buena literatura", dice.

Con el paso del tiempo, cada vez es más consciente de lo que busca y a quién quiere llegar con sus textos. "Yo estoy mucho más contento con que me lea el que nunca leyó y no el crítico literario de La Nación. Lo que más busco es que un pibe de quince años que todavía no descubrió la lectura la pueda descubrir. Lo demás me chupa un huevo".

Casciari es tan vehemente como sus palabras. Fue esa vehemencia o locura lo que lo llevó a renunciar a escribir sus columnas en La Nación y El País y a dejar de publicar sus libros con Sudamericana en Argentina, Grijalbo en México y Plaza & Janés en España para dedicarse de lleno a su epopeya más ambiciosa, la revista Orsai: una revista literaria sin avisos publicitarios y con un sistema de distribución que apelaba a eliminar a los intermediarios. La cerró a fin del año pasado y ahora acaba de lanzar un nuevo proyecto con la misma fórmula, la revista infantil Bonsai, una comedia que aparece en papel cada dos meses pero avanza todas las semanas en Internet, "una revista chiquita, muy familiar, escrita en un porcentaje altísimo por Josefina Licitra y yo mismo". La primera preventa en la web agotó los 4.000 ejemplares.

Orsai también es el nombre de una editorial, con la cual, entre otros, ya lleva publicados Cuadernos secretos de Horacio Altuna, El gran surubí de Pedro Mairal y su último libro, Charlas con mi hemisferio derecho. En este tercer volumen con sus relatos, Casciari plantea que en su experiencia personal le resultaban más fructíferas esas "sesiones literapéuticas", a las que recurría para soltar la mano, que ir a una terapia o a un taller literario. "Ahora con Internet tenés lectores donde querés. Tirás un texto y vienen cuatro de Honduras y te dicen algo. Entonces, me parece que no hacen mucha falta los talleres literarios. Lo único que sí hace falta es leer y escribir mucho", afirma.

Cuando uno lee a Casciari tiene la sensación de que el desarraigo tuvo un papel preponderante en el desarrollo de su trabajo, no sólo porque sin él su primer libro de relatos, España, decí alpiste, jamás hubiera existido, sino también porque, como él mismo cree, quizás el hecho de estar viviendo en Barcelona le dio una cierta inmunidad inicial. "En 2002, 2003, a mí se me respetaba un poquito más por estar lejos. El estar lejos te abre un camino de descripción de tu propia tierra que es muy difícil de ver estando dentro", dice.

A Casciari le llevó dos años comprender de qué se reían los españoles. "Yo si no manejo la herramienta del humor no me puedo comunicar. Me pasó en la primera semana, en una reunión de amigos de mi mujer, donde me di cuenta de que era muy complicado hacer reír a esa gente. La ironía que manejan es un dos por ciento de la que manejamos nosotros, y se ríen de cosas más circunstanciales que abstractas".

Casciari habla de literatura hasta por los codos. Se podría decir que respira literatura desde que se levanta hasta que se acuesta. Se lo ve muy contento con poder publicar sus libros por medio de su propia editorial, y en cierta forma con tratar de seguir siendo amateur. No quiere creerse ninguna cosa rara ni que nada lo distraiga de su objetivo: seguir escribiendo y teniendo la suerte de poder publicar textos de otros autores de altísima calidad.

Orsai es su fervor y todos los proyectos que hasta hoy lo ocupan nacieron a partir de ese blog. La revista, el club, los masters de periodismo, la editorial y Bonsai son hijos de ese blog que no se llamaría así si Casciari no se hubiera atrevido a vivir en otra tierra, a vivir "fuera de juego". Orsai es un cuaderno que no cierra por melancolía; como el cuento de Isidoro Blaisten, es, en palabras de su autor, "un perro longevo, una mascota que morirá conmigo de idéntica enfermedad que su amo. Allí diré un día: ‘Tengo cáncer’, y otro día diré: ‘Tengo un nieto’, y otro día diré: ‘Ya no se me para la poronga’. Orsai es la sombra constante de mi memoria".

Publicada en Newsweek (Marzo 2014).

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