jueves, 4 de agosto de 2016

Entrevista a Pedro Mairal:“Está bueno sacar a la literatura de un lugar de pureza”


Nando Varela Pagliaro
Pedro Mairal estuvo mucho tiempo sin publicar una novela. De Salvatierra a La Uruguaya pasaron cerca de diez años. Sin embargo, en esa “década ganada” se dedicó a escribir cientos de columnas para diarios y revistas de distintos países. Muchas de ellas fueron recopiladas en sus libros El Equilibrista y Maniobras de evasión. Su regreso al género, no pudo ser más celebrado. Desde su publicación, por las redes sociales, circulan a diario comentarios muy elogiosos sobre la nueva novela del autor de Una noche con Sabrina Love. Es que La uruguaya es un libro redondo; con una dosis pareja de humor y melancolía, pero sobre todo con un ritmo y una fluidez en la narración que hace que se lea de una sentada. Como escribió Tamara Tenenbaum, “La uruguaya te deja con la sangre caliente, como una montaña rusa o una vacuna, cosas que se terminan antes de que puedas pensar en lo que estabas haciendo”.
-Siempre decís que te sentás a escribir cuando tenés una idea que resuena mucho en tu cabeza. Junto a la idea, ¿también tenés el final?
-Tengo una intuición de final, pero no sé exactamente cómo va a ser. A veces, los libros terminan antes o después de lo que pensaba en una primera instancia. Casi siempre es antes, porque el final se intuye. En El Sur, Borges dice: “Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”. Ya entendés que va a morir apuñalado, pero Borges no lo dice porque no hace falta. Los finales, muchas veces, suceden adentro de la cabeza del lector. Eso me parece que es efectivo porque es el lector y no el autor el que termina el libro.
-Y en La uruguaya, ¿cómo fue el proceso de escritura?
-Fueron más o menos tres meses de escritura. Me despertaba a las seis de la mañana y me sentaba a escribir hasta las ocho, que tenía que llevar a mi hija al jardín, después corregía un poco a la tarde. Tuve que quitarle horas al sueño porque me cuesta escribir con el día funcionando a pleno. Lo que hacía, para no distraerme, era desenchufar el Wifi. En una hoja al costado, ponía las cosas que se me ocurrían para buscar en Google, así evitaba entrar todo el tiempo en Internet.
-En Maniobras de evasión, el libro que salió unos meses antes que La uruguaya, decís que “escribir siempre es algo que va a suceder mejor, más adelante”. ¿Cuán importante es la reescritura en tu forma de trabajar?
-Mi manera de escribir en cierta forma tiene algo de rulo. Avanzo de la “A” a la “F”. Y al otro día, cuando vuelvo a sentarme, leo desde la “C” hasta donde escribí y arranco otra vez. Me gusta que el texto tenga una continuidad. También me gustan los saltos de tono, pero eso lo busco con los diálogos o con los cambios de capítulos.
-Maniobras de evasión lo trabajaste con Leila Guerriero como editora. En La uruguaya, ¿tuviste a algún editor detrás?
-La uruguaya lo escribí muy solo. Se lo mostré un poco a amigos uruguayos. Ellos me corrigieron cosas como los nombres de las calles o ciertas expresiones que los uruguayos no usan. Eso fue muy importante porque yo necesitaba ese aval. Una cosa es la mirada de un argentino en Uruguay, pero otra cosa es una uruguaya allá. Esa no podía fallar.
-Y cuando trabajaste con Leila, ¿eras permeable a sus sugerencias?
-Fue un lujo trabajar con ella. Yo le mandé un montón de textos a los que le venía dando vueltas, para ver cómo era ese libro que quería hacer. Primero le había puesto de título El señor de abajo, después Pedro y el lobo. Le metía de todo adentro, hasta pornosonetos. Cuando se lo mandé a Leila, ella empezó a sacar de todos lados y encontró muy bien en ese conglomerado cuáles eran los textos que formaban el libro. Además, me hizo escribir cosas nuevas. Cuando tenés un buen editor, es invaluable la posibilidad de escucharlo.
-Este estilo de libros como Maniobras de evasión o El equilibrista, ¿te representan mejor?
-La No ficción es claramente más autobiográfica. Maniobras de evasión tiene algo de biografía de manera involuntaria. En La uruguaya hay un montón de cosas mías, pero hay otro tanto que son inventadas.
-Decís que en La uruguaya también hay mucho de autorreferencial. ¿Pagaste algún costo por eso?
-La familia te mira un poco entre alarmada y asustada, aunque uno tiene que dejar bien en claro que es ficción. Pero como te conocen y ven que se superpone tu vida con la del personaje, les parece inquietante. De todos modos, a la única persona que le tengo que rendir cuentas es a mi mujer. Es muy interesante cómo se mueve la curiosidad del lector por lo autobiográfico y también el exhibicionismo del autor. Es un ida y vuelta totalmente legítimo. Uno, como lector, termina de construir al autor con los pedacitos de su vida que conoce. Me parece bien que el lector invente al escritor. Mi mamá, por ejemplo, estaba enamorada de Albert Camus. Estoy seguro que el Albert Camus que ella imaginaba era distinto del mío. De la misma manera, uno como autor se exhibe y se oculta, hay una relación un poco histérica entre ambos. A mí me parece totalmente legítima la lectura del voyeur porque al fin y al cabo vos estás espiando una vida ajena. Por otra parte, creo que si uno le pasa un resaltador flúo a las partes del libro que son verdad, lo termina matando. Lo que realmente importa es si el libro es verdadero, no si es autobiográfico o no.
-En Twitter, hace muy poco dijiste que cuando no estás escribiendo, no entendés cómo alguna vez fuiste capaz de escribir algo. En esos momentos, ¿te paraliza más la falta de ideas o de voluntad?
-Las dos cosas me paralizan. Es como en la música, a veces aparece la inspiración y podés hacer canciones y a veces no sale nada. Siempre me pregunto a qué obedece el músculo creativo. En ese sentido, estoy de acuerdo con lo que dice la mayoría. Lo mejor es que la inspiración te encuentre con las manos en el teclado. Escribir para mí implica ir un poco más allá de las ganas que tenga de escribir. Es decir, no sólo escribir cuando tengo ganas. Hay que sentarse y bancarse la frustración de que las cosas no salgan como uno pensaba.
-Me hablás de las canciones. ¿Estás componiendo música también?
-Estoy haciendo canciones de modo muy amateur y no se las muestro a nadie.
- ¿Pero tenés la idea de mostrarlas más adelante o preferís que mueran en tu cajón?
Quizás dentro de unos años, si logro tocar y cantar un poco mejor, las muestre en Youtube. Me doy cuenta de que no tengo talento musical. Hay cosas que tengo que aprender que tienen que ver con el pulso, con lo que llaman el groove de la canción. Con las palabras sé controlar el pulso, sé cuál es el pulso de La Uruguaya. Sé levantar algo en el aire con palabras y que le provoque algo a otra persona. Con la música, todavía no puedo hacer eso.
-Dejemos la música y volvamos a La uruguaya, ¿De algún modo es la primera novela del cepo cambiario?
-Pareciera que está muy fechada con algo que ya pasó. Pero Argentina es cíclica y todas las maniobras con respecto al dólar van a seguir existiendo siempre, esto del individuo tratando de zafar de las medidas del Estado. En la literatura argentina, en general el Estado es como un enemigo que te viene a poner a reglas. En la novela, Lucas Pereyra no sólo quiere saltar por encima del cepo cambiario, sino también del cepo matrimonial.
-Nombraste al protagonista de la novela, ¿Se puede pensar a Lucas Pereyra como una especie de álter ego tuyo que aparezca en otros libros?
- Creo que no porque a mí me gustan más los libros que son universos cerrados. Pero ahora que lo pienso, podría seguir en La chilena , La brasilera o La cordobesa. En realidad, en algún momento lo pensé, pero claramente como un chiste.
-¿Y te la imaginás llevada al cine?
- Hay un interés muy vago en filmarla, pero no sé si yo participaría mucho. El relato de la acción está contado en el libro, el problema son los flashbacks y los flashforwards, ¿cómo los metés sin que cansen? Yo pienso de una manera muy visual cuando escribo. Eso hace creer que mis libros son fáciles de llevar al cine, pero no estoy tan seguro de que sean materia cinematográfica tan directa. Igual, prefiero que los libros primero tengan su vida como libro porque una vez que se hace la película, ya no te podés imaginar a los protagonistas sin la cara de los actores.
-¿Y a qué actriz te imaginás como Guerra?
- No tengo idea. Podría ser una chica medio rollinga.
-Con respecto a las lecturas del libro, en Twitter compartiste un comentario de alguien que te dijo que le ganaste al clonazepam, alguien que leyó tu libro luego de haberse tomado una pastilla e igual no se durmió. ¿Cómo tomás las críticas de las redes sociales?
-Ese me pareció el mejor elogio del mundo. Para mí es una experiencia nueva ver el comentario casi minuto a minuto en redes sociales. Por ahora me está gustando mucho. Por otra parte, me sorprenden las lecturas y la posibilidad que te dan las redes de trabajar con la periferia del libro: las canciones que aparecen, los papelitos de las golosinas, algunas calles de Montevideo. Eso me parece muy interesante y hace que los libros crezcan en otro sentido.
-¿Y en general con las redes cómo te llevás? ¿Las ves como una pérdida de tiempo?
-Un poco sí, pero a la vez Twitter es una herramienta muy valiosa para promocionar cosas. Todo lo referido a mis talleres y a los libros yo lo pongo en Twitter y en mi blog. Los blogs ya no funcionan como red social, pero todavía sirven como herramienta de publicación.
-Si bien en La Uruguaya aparecen referencias a Onetti y Borges, hay muchas más referencias a canciones y fenómenos de Youtube, como Tiranos temblad, ¿con qué tuvo que ver esa decisión?
-Me gustaba la idea de que hubiera un imaginario armado en base a idas y vueltas de cosas que se mandan una mujer y un hombre por mail.
-Antes hablábamos de cómo el lector termina construyendo al autor. En La Uruguaya aparece un personaje que se llama Enzo, que es inevitable asociarlo con Elvio Gandolfo. Este personaje le dice a Lucas que esto de andar con varias minas y ganar mucha guita no les sale porque les incomoda la plusvalía. ¿Hay algo de eso en la elección de ser escritor?
-En todo caso es una consecuencia fatal. Nadie dice no quiero tener guita entonces voy a ser escritor. Igual, siempre hay gente dentro de la escritura que tiene una mentalidad empresarial muy fuerte y escriben libros que les hacen ganar mucha plata. En mi caso, sucede esporádicamente que gano plata con los libros. Generalmente, cuando cobro mis derechos de autor, me sirven para tapar baches. La verdad es que no podría pensar el tema de la escritura vinculado todo el tiempo a lo económico. Eso sí lo pensé con el periodismo y es muy interesante porque muchas veces sacar a la literatura de un lugar de pureza está muy bueno.
- ¿Y por qué dejaste de escribir tus columnas en Perfil?
-Me di cuenta de que estaba por empezar a hacerlas mal, sin interés. Me había agotado porque me exhibía mucho, usaba demasiado mis debilidades personales y de alguna forma, ese generador se había gastado. De todos modos, fueron cinco años, que no es poco tiempo. Si bien no es que estaba toda la semana haciéndolas, tampoco las escribía de taquito. Me identifico mucho con lo que hace Forn. Cuando leés sus columnas, te das cuenta que él no hace otra cosa que considera más importante y además hace estas notas. Al contrario, sentís que está todo puesto ahí. A mí me gustaba mucho eso. De las mías, algunas no salían y otras quedaban mejor, pero me daba cuenta de que estaba poniendo demasiada intensidad de escritura ahí. Por eso, cuando vi el libro armado, sentí que se había terminado el ciclo.
-Volvamos a la novela. En un pasaje del libro, Lucas dice que la plata marcó su forma de hablar, su lengua. Hace un tiempo lo entrevisté a Alejandro Zambra y él me decía que un escritor siempre termina interrogando a su propia clase. ¿Vos también pensás que es inevitable terminar escribiendo para los de tu misma clase?
-A mí me interesa mostrar ciertos tics de clase, que los personajes muestren de dónde vienen. Una cosa es para dónde se van las ramas, pero me parece importante saber cuáles son las raíces. ¿De qué está hecho?, ¿qué le enseñaron?, ¿qué relación tiene con su clase?, ¿Se camufla cuando está con otros?, ¿le da orgullo?, ¿le da vergüenza? Cuestionar eso vuelve interesante la vida de un personaje. Hay un texto de Lamberti en el que el protagonista se va al Malba y se cree mil. Después se sube a un ómnibus para volver a Córdoba y piensa: “claramente soy esta gente que se vuelve a Córdoba”. Lo interesante es poder dar un paso al costado y mirarte a vos mismo. Poder mostrar la debilidad de los personajes, pero sin juzgarlos. Chéjov dice que hay que perdonar al personaje, incluso cuando es culpable. Aunque el personaje sea desagradable, uno siempre tiene que mostrar el otro lado.
-Lucas es un tipo que, como canta la canción de Cabrera, “está en la lona” y a la vez no se entiende bien qué es lo espera de la literatura. En tu caso, después de varios libros, ¿sabés qué esperás?
-A mí lo que me pasa es que cuando no escribo me pongo muy tóxico. La literatura a mí me permite convertir las experiencias buenas y malas en algo. En cambio, cuando no estoy escribiendo, veo que todo está mal. Ahora ya me conozco, pero igual lo sigo haciendo. Si pienso un poco más, tal vez lo que espero de la escritura es que me ayude a vivir a mí y que también ayude al lector. No como un libro de autoayuda, sino que le sirva para darse cuenta de que su vida es importante. Gracias a los escritores, a los veinte años aprendí que en las situaciones horribles de la vida cotidiana -la cola de un banco, una sala de espera- también había algo; que hay que ser consciente de la infinita riqueza que hay en la experiencia; que todo se puede escribir. Eso me produjo una revelación que no termina nunca. Lo que me gustaría es que el lector, después de leer algo mío, sienta que su mirada se transformó; que mire su propia vida y se dé cuenta de que es interesante.
-¿Y la repercusión te importa?
-Me importa, pero no tanto. Como vengo del ámbito de la poesía, si salta un poco más allá del circuito familia y amigos, ya me parece que está bien. 

Publicada originalmente en la Revista Quid, agosto 2016. 


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