domingo, 14 de septiembre de 2014

Entrevista a Eduardo Sacheri: El libro que escribo es el que quiero y el lector de ese libro soy yo


Foto y texto: Nando Varela Pagliaro

 “No me cuesta considerarme escritor porque la verdad es que mi familia come de ahí. En ese sentido, tengo una perspectiva muy de familia de inmigrantes: sos aquello de lo que comés, aquello de lo que trabajás y ganás un sustento”, dice Eduardo Sacheri, a metros de la Estación Castelar. Por esas calles, cercanas a las vías del Sarmiento, se crió jugando al fútbol con sus amigos del barrio y leyendo, siempre leyendo. En su casa se leía mucho y a él lo cautivaba ese rito en el que veía a todos con un libro en la mano.  Cuando tenía apenas cuatro años, la encargada de enseñarle a leer fue su hermana mayor. A partir de entonces, siempre va a todos lados con un libro debajo del brazo. La escritura, en cambio, tardó en llegar. Tenía veintiséis años, ya era profesor e iba camino a recibirse de Licenciado en Historia, cuando empezó a escribir cuentos. Lo hacía para ordenarse la cabeza y para entender mejor algunas cosas; jamás pensó que con lo que escribía podía ganarse la vida. Uno de los principales responsables de su éxito fue Alejandro Apo. Desde su programa en Radio Continental, empezó a leer los primeros cuentos de Sacheri que tenían que ver con el fútbol. Esta difusión radial le permitió transformarse en un autor publicado. Luego de algunos volúmenes con sus cuentos, vendría la novela La pregunta de sus ojos, que junto a Juan José Campanella transformó en  El secreto de sus ojos, la película por la cual ganaron el Oscar en 2010. Después aparecería Aráoz y la verdad, que fue adaptada al teatro; Papeles en el viento, que Juan Taratuto está transformando en película y la reciente Ser feliz era esto. En esta última novela, Sacheri se aleja del fútbol para contar la historia de Sofía, una chica de catorce años que sale en busca de Lucas, su padre, un escritor conflictuado que no sabía de la existencia de ella. Se trata de un relato sencillo, con pocos personajes y la suficiente destreza narrativa como para abordar temas de gran profundidad sin caer nunca en una postura solemne ni intelectualoide. Sobre el libro, pero también sobre el fútbol y la sociedad, la crítica y la falta de reconocimiento, hablamos en esta entrevista con uno de los narradores más populares de la actualidad.

Generalmente a todos los escritores les cuesta considerarse como tales. Lucas, uno de los personajes de Ser feliz era esto, tiene un gran dilema con respecto a ese tema. ¿A vos también te cuesta considerarte escritor?

En este momento no me cuesta. A lo mejor hace diez años yo era un profesor de historia que escribía y sus libros empezaban a publicarse. Ahora mis libros se venden lo suficiente y esos ingresos, junto con lo del cine y con las columnas que escribo, hoy son más importantes en mi salario mensual que las horas de clase que sigo dando.

-¿Qué es lo que te hace no abandonar la docencia?

¿Y por qué debería abandonarla? Yo soy profesor y estudié Historia porque me gustaba. Empecé a dar clases y me di cuenta de que es un laburo útil para los demás. Educar a alguien es algo muy especial  y ni se me pasa por la cabeza dejar de hacerlo. Sí lo hago menos, porque no me da el tiempo como para tener sesenta horas de clases, como tenía antes.

-Lucas en la novela es autor de un libro muy exitoso, en un punto en eso se parece a vos. ¿Alguna vez sentiste que El secreto de sus ojos te pasaba por encima?

No, porque mi crecimiento como autor fue más gradual de lo que la gente supone. Antes de El secreto de sus ojos ya había publicado tres libros de cuentos en los que había mucho de fútbol y se vendían bien. Ya tenía una carrera editorial en marcha. Es cierto que a El secreto de sus ojos le fue muy bien, pero no es que yo puedo vivir de los derechos del libro de acá hasta que me muera. Lo que sí me dio todo el fenómeno fue muchas oportunidades de laburo.

Ser feliz era esto está narrado por la voz de una chica de catorce años. Alcanzar ese registro fue el mayor desafío de la novela, ¿cómo trabajaste eso?

Volviéndome chino. Ese es casi uno de los motivos del libro. Me interesa ser capaz de cambiar, de hacer algo distinto libro a libro. Yo venía de  Papeles en el viento, que es una novela de cuatro cuarentones, que se criaron en Castelar y son hinchas de Independiente. Es decir, comparten mucho conmigo. Entonces quería hacer algo distinto y cruzarme a la cabeza de una mujer de catorce años, me pareció que era un desafío interesante. Yo tengo una hija de esa edad y tengo un montón de alumnos adolescentes, así que ese registro es una música que tengo cerca de mi oído.

-Otro aspecto importante que remarca la novela es el cambio en el modo de asumir la paternidad y la maternidad. Antes la crianza de los hijos era una cuestión netamente femenina y ahora ya no. ¿Pensás que ese es un cambio muy notorio en la sociedad?

Yo creo que sí, que está cambiando muy rápido. Se está volviendo todo muy múltiple. Sin duda, quedan padres y madres a la antigua, pero junto a esas formas se han multiplicado otro montón de modos de ser. A mí me parece muy buena la multiplicidad porque te da mucha más libertad. En mi caso como padre, me siento mucho más feliz teniendo una paternidad mucho más participativa, mucho más maternal, por usar el estereotipo de asociar a lo maternal con el cuidado, la atención, el detalle de lo cotidiano. Probablemente si hubiera sido padre hace cincuenta años me hubiera sido mucho más difícil.

-Lucas dice algo muy sencillo y muy cierto: “un escritor es alguien que necesita escribir”. Para vos escribir, ¿cuánto tiene de necesidad, cuánto de placer y cuánto de sufrimiento?

Necesidad hay mucha, placer y sufrimiento te diría que se alternan porque cuando la necesidad se topa contra una pared, lo que hay es sufrimiento, frustración porque las cosas no salen,  porque sentís que el libro se te escapa y los personajes te huyen. Cuando sentís que entraste en sintonía es la etapa más placentera del asunto. Sentís que el libro fluye, que los personajes se sostienen y de algún modo viven. A lo mejor cuando terminaste con un libro, vuelve la parte de sufrimiento que tiene que ver por un lado con abandonarlo, con el duelo  de que esos personajes te vayan dejando y por el otro lado, esta cosa tediosa y necesaria al mismo tiempo que es corregir, un laburo muy importante para que el libro quede bien pero que es aburridísimo. Llega un punto en el que estás harto de leerte. Todo es previsible, todo es evidente, todo está impostado y sentís que le ves las costuras por todos lados y no ves la hora de que se publique porque ya no querés volver a verlo.

- “A veces uno vive una vida idiota, pero mientras no haya un testigo puede seguir”, dice Lucas en un pasaje del libro. ¿Cuánto pesa la mirada de los otros en un escritor como vos?

En un primer momento no pesa porque siempre el libro que escribo es el que quiero escribir y el lector de ese libro soy yo. No lo digo en un sentido ampuloso, como si yo fuera mi mejor crítico, sino en el sentido de que escribo para contestarme preguntas. Entonces el libro es un intento de respuestas a esas preguntas. En esa etapa, la mirada de los otros no es importante, pero apenas termina esa etapa, empieza a ser cada vez más importante. Si yo me siento conforme con el libro y siento que dije cosas que a mí me importaron, me encanta pensar que a alguien le pueda pasar algo con ese libro. A veces hablo con colegas que me dicen que les importa tres carajos si les gusta o no a los lectores. Yo lo respeto, pero no lo comparto. La verdad es que a mí me encanta que un libro mío guste. No me da lo mismo.

-En una entrevista reciente dijiste que hay autores que hacen de la incomprensión un culto, en cambio a vos te gusta que se entienda lo que escribís. ¿Por qué este tipo de literatura más cotidiana, no es tan valorado por los círculos académicos?

Creo que como en todo ámbito intelectual hay tendencias y modas, no lo digo en un sentido peyorativo. Hay momentos y esto uno lo ve con los grandes autores, que a veces son ensalzados y después vienen épocas de críticas, entonces mucho más para un autor cualquiera como puedo ser yo. A veces me da la sensación que en los círculos académicos falta un poco de complejidad en la mirada. Si a vos te gusta una literatura más hermética, está muy bien, pero si sólo miramos cierta literatura, nos quedan afuera otros ámbitos posibles. Me parece que la complejidad y la variedad es lo que más te enriquece.

-¿Realmente te importa ese reconocimiento, no te alcanza con ser tan leído?

Si tengo que elegir, prefiero que haya lectores a los que les guste lo que escribo. No es mi idea hacerme el combativo, ni el resentido, no me interesan ninguna de las dos posturas, pero ¿sabés en qué jode cuando la crítica va toda para un lado? En que la gente que está empezando a escribir se siente compelida a escribir sólo como lo hacen dos o tres popes de los reconocidos en Puán.

-Hoy que un escritor sea popular es muy extraño, ¿pensás que la popularidad tiene que ver más con los temas sobre los cuales se escriba o con el modo de hacerlo?

No tengo ni idea, pero tampoco me lo pregunto porque a veces siento que hay un riesgo grande. Si hay algo que sentís que te sale bien a mí me parece que está bueno no preguntárselo demasiado. Yo sé que tengo un cierto horizonte de temas y de mundos que me interesan y un cierto modo de narrarlos y me gusta así, pero  no porque se vendan los libros. Si se venden los libros, mejor. Sospecho que siempre voy a seguir escribiendo dentro de cierto ámbito, que es el mío, que es mi modo de hacer las cosas. Más allá de que yo me esfuerce de libro en libro en modificar cosas, habrá ciertas huellas que me van a perseguir siempre como escritor. Si los lectores siguen encontrándolo agradable, a mí me va a hacer feliz y si en algún momento los lectores se cansan y dejan de sentirlo agradable, será una pena, dejaré de vender libros, me conseguiré más horas de historia y seguiré la vida, no pasa nada, pero seguiré escribiendo del modo y de los temas que a mí me gusta escribir.

-El fútbol y Eduardo Sacheri parecen ser dos cosas indisolubles. ¿Estás cansado de que en cada entrevista que das muchas veces se termine hablando más de fútbol que de literatura?

Depende del contexto. Si me llaman a hablar de fútbol en un programa de fútbol, me considero un futbolero privilegiado  porque de algún modo me sacan de la tribuna y me ponen a hablar de fútbol en el programa. A mí lo que me suelen molestar son las simplificaciones. Si te gustan mis cuentos de fútbol porque sólo ves fútbol en ellos, yo me lo tengo que bancar porque cada lector hace lo que quiere, pero yo siento que fallamos vos lector y yo autor. Porque mi idea es usar el fútbol para hablar de otras cosas que están atrás del fútbol. Del mismo modo que me encanta cuando alguien viene y me dice “a mí no me gusta nada el fútbol pero tu cuento me encantó”. Ahí siento que superamos la complicidad fácil de que nos guste a los dos el fútbol, para ir a algo más allá.

-Cuando tenías diez años falleció tu papá y en alguna nota dijiste que lo que te salvó fue el fútbol y tus amigos del barrio. Cómo está hoy la sociedad, ¿esas cosas siguen siendo posibles, todavía existen esos amigos del barrio y ese fútbol en la calle?

No, no existe. Tal vez jugar en una canchita de fútbol cinco, en una escuelita en un club,  serían alternativas. No me quiero cerrar a que todo empeoró. Sin duda, esa sociabilidad que yo disfruté hoy por lo menos en el Gran Buenos Aires, no existe más. Creo que esa es una gran derrota que tenemos como sociedad. Independientemente de que los pibes de hoy busquen alternativas, es una pena que tengan que buscar una alternativa a eso porque me parece que esa era una sociedad mucho más sana, que abría las puertas de las casas y que se conectaba a través de la calle. Hoy yo lo veo en mi barrio: la calle está desierta. Cada uno está metido en su casa y la vereda es un lugar peligroso del cual huís apenas podés, mirando por encima del hombro para ver que no te siga nadie que te vaya a afanar. Todo el mundo vive así y creo que es una derrota muy grande.

- Hay una frase que dice que uno juega como vive, ¿adherís a eso?

No lo comparto desde lo estético, sino desde lo ético. Cuando jugamos podemos ser unos pataduras y sin embargo ser muy buenos en otras cosas. Ahora, ciertas decisiones éticas del modo de jugar, creo que sí tienen que ver con tu modo de ser. Si sos morfón, mala leche, bocón o violento jugando al fútbol, a lo mejor lo sos más jugando al fútbol que afuera de la cancha, pero eso que mostrás adentro de la cancha, estás haciendo eso: mostrándolo, no inventándolo. Tenés la suerte de que si jugás al fútbol lo sacás afuera ¿Viste esa frase hecha, “este jugando al fútbol se transforma”?. Minga se transforma, afuera de la cancha no lo muestra, adentro de la cancha lo muestra. Yo creo que fuera de mi familia y mis amigos, a los tipos que más conozco son a los que juegan al fútbol conmigo. Por el simple hecho de que los veo jugando al fútbol. Eso me sirve para decir “con este afuera me voy a Afganistán y con este no voy ni a la esquina”. Por más que termine el partido y se convierta en un monaguillo.

- ¿Cómo creés que van a recibir esta novela tus lectores más futboleros? 


Espero que les guste a pesar de ello. Por lo que voy notando, se lo compra gente que me lee de otros libros y no se sienten defraudados porque no haya fútbol. Hay algo que es cierto, hay gente que lee cuentos de fútbol y no lee nada más. La buena noticia es que leen algo, la mala es que lean sólo cosas de fútbol. Cuando a mí me dicen “yo no leo nada, pero a vos te leo”, yo les digo “ya que empezaste, ahora ponete a leer autores de los buenos”. 

Nota de tapa del Suplemento de Cultura del diario Tiempo Argentino, septiembre 2014.

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