lunes, 25 de agosto de 2014

Entrevista a Juan Forn: Escenas frente al mar

Forn

Por Nando Varela Pagliaro

“Yo creo que hay un libro que nos está esperando a todos. Lo bueno que tiene la literatura es que ese libro en realidad son un millón de libros. Alcanza con que encuentres uno sólo que te guste y vas a entender de qué se trata todo”, dice Juan Forn. Lo dice desde Villa Gesell, su tierra elegida, el lugar que encontró para refugiarse. Se fue allí hace más de diez años, por dos motivos: a los cuarenta años tuvo una hija y a los cuarenta y uno, una pancreatitis que lo mandó al hospital. Por esas dos razones vive cerca del mar. Ahí lee como sólo a los veinte era capaz de leer y escribe siempre que tiene algo que decir. 

-¿Recordás si hubo un momento a partir del cual te consideraste escritor?


-Me acuerdo claramente de cómo montaba el numerito del poeta rebelde y transgresor para levantar minas, para creérmela yo mismo. Como cuenta Kundera: “El joven poeta se mira en el espejo para ver si puede construir el personaje que quiere ser”. Además de agradecer el Premio Nobel mientras se ducha y esa clase de cosas. Yo me acuerdo de que la primera vez que sentí que había escrito algo que estaba bien fue con la escena de la llegada del hombre a la Luna que puse después en mi primera novela. La segunda comprobación fuerte fue cuando publiqué Nadar de noche y la gente me empezó a agradecer por la calle, porque a ellos se les había muerto el padre y ese cuento les sirvió, tal como me sirvió a mí. 

-Muchas veces te referiste a la literatura como una religión politeísta. Tener esa mirada, ¿en algún momento te paralizó a la hora de sentarte a escribir?


-No, todo lo contrario. La gente cree que una religión politeísta significa tener muchos dioses como el Dios católico, que es un Dios atronador, que todo lo ve, que todo te juzga. Lo que tiene la literatura es que a vos te pueden gustar con locura tipos que son completamente opuestos y que se odian entre sí. Sin embargo, los dos te nutren mucho y vos, si sentís que ellos son tus maestros, creés que sos coherente con los dos. 

De editoriales y redacciones


Juan Forn no fue a ninguna Facultad, aprendió el oficio leyendo en una editorial, que era adonde había libros y escritores. Creía que ese era el lugar más cercano para convertirse en escritor. Para él ir a la editorial era lo mismo que ir a un taller mecánico si lo que te gustan son los fierros.

-Durante mucho tiempo trabajaste como editor, después estuviste al frente del suplemento Radar. Haber estado del otro lado, ¿te hace ser más crítico con tus propios textos? 


- Es muy bizarro haber estado sentado de los dos lados del mostrador. Yo corregí libros que se iban a publicar, cuando todavía no tenía ni una novela publicada. Hay que tener cierta inconsciencia para atreverse a hacerlo. Yo creo que eso marcó un montón mi manera de escribir. A mí me gusta corregir tanto o más que escribir. Una vez que la idea empieza a asomar, lo que más me gusta es acercarla, hacerla coincidir, hacerla fluida, hacer que el que la lea crea que surgió de una manera completamente natural. 


- Cuando estabas en Radar, de algún modo ocupabas un lugar importante a nivel cultural, ¿hay algo que extrañes de esa época en las redacciones?


-Hay una vieja teoría que dice que en cada generación nace un pibe que es algo así como el portavoz, que muchas veces tiene un discurso propio o sólo es el tipo que aglutina. Yo no creía tener discurso para pontificar a toda mi generación, pero sí entendía por dónde venía la mano. Tengo intereses muy diversos y me gusta entrecruzarlos, entonces era una combinación ideal tanto para dirigir una editorial como una revista cultural. Además, siempre creí en la mística de los grupos de laburo. Eso sí fue espectacular. Pero con el tiempo empezás a tomar conciencia de la energía y la verdad que no está bueno. Yo prefiero trabajar con otra clase de energía que la del poder. A los treinta años me llenaba de adrenalina y me creía el guacho pistola, ahora la verdad la paso mucho mejor estando tranquilo en Gesell. Me gusta mucho más escribir la contratapa delicadamente que tener el poder.

-¿Y ahora cómo es tu relación con los suplementos culturales? 


-Con respecto a esto me pasó una cosa muy nítida. Creía que todavía vivíamos en mi época y yo entendía mi época, pero te diría que a partir de que me vine a vivir a Gesell, Buenos Aires dejó de ser mi Buenos Aires. Todo cambió y yo ahora voy a Buenos Aires y la veo desde afuera. La movida es de otros y se rige por otros códigos. Nosotros por ahí teníamos un montón de tabúes con el tema de la seriedad. Teníamos que ser serios y para aflojar con la seriedad tuvimos que hacer de bufones. Hablo de nosotros porque todos los de mi generación fuimos bufones en algún momento. Yo salí como tres veces en una foto de doble página en la revista Gente. Una vez me dijeron: “Hacemos lo que vos quieras”. Y yo les dije: “Consíganme un traje blanco y quiero estar adentro de una cámara de tractor flotando en una pileta y de noche”, y me lo produjeron. El tema es si ahora lo seguís haciendo, como el pelotudo de Alan Pauls, que se sienta en el sofá para presentar la película de ISat. Yo no, esas cosas ya no las hago más. 
-Hablabas de tus contratapas en Página. ¿Creés que trabajar en periodismo puede ser contraproducente para alguien que se quiere dedicar a la literatura?


-Depende de los lugares, porque hoy el periodismo cambió. En una época lo más interesante que tenía el periodismo era que en las redacciones había escritores. Lo lindo era quedarte a la noche, cuando terminabas la nota y el tipo te corregía. Pero tu verdadera literatura no pasaba por lo que escribías para el diario, pasaba por lo que hablabas con esos tipos. Hubo un momento en que la prosa periodística era tan atractiva que tenía un nivel de potencia casi literario, y los que la escribían le ponían tanta libido, además de firmarla, que es una cosa que antes en los diarios no te dejaban. Eso te daba una sensación muy parecida a la literatura, pero con la inmediatez que tiene el periodismo. Vos te sentabas en un bar a partir de las ocho de la mañana y podías relojear a la gente leyendo una nota tuya. 

Cambiar de piel 

El día que explotó y le agarró la pancreatitis fue uno de esos cierres épicos de Radar que terminaban a las dos de la mañana. De ahí se fue a tomar algo con sus compañeros y, al menos en su recuerdo, él nunca era el que tomaba más ni el que se drogaba más, ni el que más nada, pero sin embargo, explotó igual. Hecho un ovillo, en el baño de su casa, le gritaba a su mujer para que llamara a una ambulancia porque sentía que se estaba muriendo. “Sé que a cualquiera que sea más o menos curioso, en algún momento de su vida le interesa aunque sea estar por un ratito en el carril rápido, en el borde peligroso de las cosas”, dice ahora que la pancreatitis quedó atrás.



-En la época de Nadar de noche había en tu literatura una cierta adrenalina que también tenía que ver con tu forma de vida, ¿te costó mucho cambiar de hábitos?

 
-Me reconozco a mí mismo más como un superviviente nato que como un tipo autodestructivo. Hay gente que vive siempre atormentada y le gusta el bardo para probar el peligro y cada día prueba un poquito más. Yo, en cambio, pruebo un poquito y con eso ya tengo para escribir, que es lo que busco. No me interesa quedarme ahí y tener una dosis más grande, prefiero vivir y quedarme más tranquilo. Además, vi a unos cuantos estrolarse muy feo. Tengo amigos que se suicidaron, que murieron de SIDA, de sobredosis, otros que se murieron en accidentes. De eso es inevitable no aprender.

- Ese aprendizaje fue el que te llevó a radicarte en Villa Gesell. En un lugar así, ¿se pueden encontrar tantas historias como en una gran ciudad?


Acá hay otro registro. En la ciudad vos te movés con un grupo en el que casi todos están en el mismo palo. La mayor parte de la gente que vive en Gesell vino de otro lugar a probar otra cosa. Entonces, cuando te hacés amigo de alguien lo primero que te cuenta es cómo llegó y de qué escapaba. Acá tengo una pandilla de amigos que si estuviera en Buenos Aires no podría tener ese nivel de diversidad. La mayoría de mis amigos estaría más en el palo artístico e intelectual y a mí la variedad me resulta súper atractiva para escribir.

Leer y escribir


Forn siempre dice que es un plan de alfabetización de una sola persona. Todos los viernes desde sus contratapas recomienda los libros que se deberían leer. Convencido de ser un buen lector afirma que, si todos leyeran lo que él dice, disfrutarían y aprenderían mucho más.  

-En alguna de tus contratapas confesaste que había escritores que te apasionaban más por lo que leían que por lo que escribían, ¿te molestaría que alguien dijera lo mismo de vos? 


-Creo que lo dije refiriéndome a Javier Marías. A mí cuando él escribe sobre lo que lee, me encanta, pero cuando escribe sobre lo que piensa, me gusta menos. Yo sé que corro el riesgo de que lo digan de mí porque hablo todo el tiempo de libros. Pero por otro lado, una de mis pequeñas satisfacciones es que muchas veces gente que va a esos libros de los que hablo, después me dicen que les gustó más mi nota que el libro. 

-Entre tanta lectura, ¿cómo hacés para dosificar tu tiempo y sentarte a escribir? 


-Yo leo todo el tiempo, y los días que no lo hago tengo como un síndrome de abstinencia. Cuando no tengo buena lectura flotando a mi alrededor me preocupo. Ahora cambió un poco, pero de los diez años que llevo en Gesell, en los primeros siete la relación era seis horas de lectura y como mucho escribía una o dos.

-¿Y no te sentías culpable por escribir tan poco?


-En un punto sí. Una de las razones por las que se derrumbó mi matrimonio fue esa. “Estás leyendo todo el día, estás en otro mundo”, me decía mi mujer. Yo le contestaba: “Sí, pero hago las cosas igual”. Y ella me respondía: “Las hacés, pero las hacés distraído”. Antes puede que me sintiera culpable, porque todavía estaba inseguro. Sentía que si no escribía no era escritor. Pero después de María Domecq me agarró mucha más seguridad. Ahora ya no tengo culpas. Sé que soy escritor, conseguí salir del laberinto por arriba.


Publicada en Revista Bacanal, agosto 2014.

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