lunes, 25 de agosto de 2014

Entrevista a Miguel Mateos: El ídolo extraviado



Por Nando Varela Pagliaro
“El éxito es seguir siendo un artista en perpetuo movimiento”, dice Miguel Mateos, el hombre de los hits inoxidables de los años 80. Su carrera empezó a lo grande: teloneando a Queen en Vélez. La primavera alfonsinista lo encontró en la cima de la cima con Rockas vivas, el disco en vivo más vendido en la historia del rock nacional. En los 90 algo se rompió entre él y su público y terminó armando las valijas para instalarse en Estados Unidos.
Muchas veces fue cuestionado por la intelligentzia rockera, pero al ex líder de Zas nunca le importó. Con más de treinta años de escenario, piensa que ya no tiene que rendir cuentas ante nadie y que puede darse el lujo de hacer lo que quiera. Ahora retomó una idea que había abandonado para editar La alegría ha vuelto a la ciudad. Se trata de un proyecto que va a llamar La maravillosa historia del Rocanrol . “Es un tríptico, tres discos, uno pop, el otro acústico, y el tercero puro Rocanrol. Son mis tres vertientes, mi formación Beatle, Almendra, mi costado folk con Taylor, Crosby Stills & Young, Arcoiris, y por el otro lado un mix de Zeppelin, Deep Purple y La pesada del Rock and Roll, que fueron mis comienzos adolescentes como integrante de mi primer grupo en la escuela secundaria”. Para este tríptico, a lo largo de estos dos últimos años, compuso unas cuarenta canciones que transitan los tres géneros. “Yo me paso más de doce horas diarias en el estudio. Me levanto a las ocho y arranco. Es como un ejercicio”.
-En ese ejercicio, ¿necesitás siempre encontrar un nuevo hit o la búsqueda puede ser otra?
Nunca me propuse hacer un hit. Las canciones se transforman en hits por diversas y a veces inexplicables circunstancias. A esta altura de la vida y de mi carrera sigo con la misma tesitura. Tengo mucho repertorio, suelo decir que soy mi obra, puedo acudir a ella en cualquier momento y encontrarme allí, relajado y tranquilo, ese reflejo convalida mi trabajo.
El periodista Enrique Symns dice que “hasta en los 90 para los rockeros el mundo era la calle y todo lo que no pasara ahí, no existía. En cambio hoy los rockeros están encerrados en sus mansiones yoicas y las calles están vacías”. ¿Pensás que el hecho de haber cambiado un poco, de haberte alejado de la realidad de la calle, hace que sea más difícil componer una canción que llegue al corazón de la gente?
Respeto mucho a Enrique Symns pero no comparto la idea, una canción es una buena canción prescindiendo del origen y de su entorno. Lo debe decir con respecto a McCartney, Sting o Elton John, pero aun así, esos tipos siguen haciendo estupendas canciones. Nuestra realidad es distinta. Parafraseando a Leonard Cohen en la única torre que me encierro es en la torre de la canción, pero después de recorrer las calles de Buenos Aires, hacer una compra en el mercadito chino, zafar que me manoteen la billetera en la esquina y tantas otras peripecias de esta parte del mundo.
El hecho de haberte ido en los 90, ¿te jugó en contra de tu relación con el público? De algún modo, ¿creés que acá no se le dio la real dimensión a todo lo que hiciste en el exterior como abanderado de ese movimiento que se llamó “Rock en tu idioma”?
“Rock en tu idioma” fue una movida cultural muy grande en todo el continente. Poniendo el acento en Latinoamérica, trascendió el concepto “Rock”. En un momento, hasta los yankees le dieron una mirada con mucho interés. Pero terminaron transmutando ciertos principios que derivaron en artistas a mi juicio más convencionales para el consumo de su propio mercado, como Shakira o Ricky Martin. No obstante, la huella que dejó es indeleble y mi experiencia ha sido totalmente enriquecedora.
Después de tantos discos y de tener un público en casi toda América, ¿qué más puede ambicionar un músico? Hoy para vos, ¿qué es el éxito?
Sigo teniendo a pesar de mi formación musical, académicamente hablando, un acercamiento artesanal y pasional por lo que hago. Disfruto de hacer música en grupo y en vivo. Me gusta salir de gira. Al seguir pensando en término de álbumes, tal vez soy medio vintage, pero no veo razón para cambiar. Entrar en un estudio de grabación sigue siendo algo excitante e inspirador. Escribo música de cámara, tengo esbozos orquestales de una ópera, soundtracks imaginarios de películas, he recorrido toda América varias veces, desde Ushuaia hasta Chicago. Creo que eso es el éxito, seguir siendo un artista en perpetuo movimiento.
En alguna entrevista dijiste que te sentías un “marginal del rock”, ¿pensás que cierta crítica especializada no te trató como merecías?
Eso salió a partir de un intercambio de opiniones, de música por supuesto, que tuve con un importante editor, de una importante publicación. Por eso y sin otra razón aparente, estuve diez años proscripto en esa revista. Hasta que una encuesta masiva premió a Rockas Vivascomo el mejor álbum en vivo de la historia del Rock Latinoamericano. Ahí no tuvieron más remedio que hacerme una nota miserable y totalmente dibujada. Es lamentable porque reconozco que en esa revista hay dos o tres periodistas que me merecen un gran respeto profesional. De todos modos, a esta altura estoy liberado de ese Gulag en el que me instalaron. Logré fugarme una noche sin que se dieran cuenta y creo que tengo derecho a no prestarles más atención a medios corporativamente autoritarios. Sigo mi camino.
Los 80 fueron un vértigo que se detuvo de golpe y en los 90 tuviste que irte porque acá no podías trabajar más. ¿Cómo ves hoy al país? ¿Acá ahora “sí se puede ser feliz”?
Estamos creciendo, falta un poco mas de tolerancia, de forma tal de reforzar a mi juicio el más elevado concepto de la democracia que es la alternancia en el poder.
Publicada en Revista Paco, agosto 2014.

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