jueves, 22 de junio de 2017
Entrevista a Fernando Aramburu: “No faltan quienes consideran a las víctimas de ETA un obstáculo para la paz”
Nando
Varela Pagliaro
Fernando Aramburu es un escritor vasco que
desde hace más de treinta años vive en Alemania. Desde Hannover, la ciudad a
orillas del río Leine en la que pasa los días junto a su esposa alemana, ha
escrito su Trilogía de Antíbula, Los peces de la amargura y Años lentos,
entre otros. Su última novela, Patria
(Tusquets), ha sido señalada por unanimidad de la crítica ibérica como uno de
los mejores libros del año. El éxito no solo fue acompañado por la crítica sino
también por el mercado: en España superó ampliamente los 300 mil ejemplares y
en nuestro país ya agotó una primera edición.
Con el anuncio del abandono de las armas
emitido por ETA como punto de partida, en sus más de seiscientas hojas, Patria recorre la vida de dos familias a
las que un atentado coloca a un lado y al otro de las ideologías que dividieron
al pueblo vasco. Se podría decir que Patria
es una novela sobre los múltiples efectos de la violencia, pero sobre todo es
una profunda reflexión sobre la imposibilidad de olvidar y la necesidad del
perdón en una comunidad fragmentada por el fanatismo político.
-En
muchas entrevistas que dio, debido al gran éxito de la novela termina hablando
más de ETA y de política que de literatura, ¿le molesta que pase eso?
-Conocer el éxito y sentirse molesto se me
figura a mí que es una actitud de hombre mimoso. Confieso, no obstante, que me
preocupa contribuir a la simplificación de mi libro, en cuyo caso sí me siento
molesto, pero conmigo mismo.
- ¿Cree
que falta cierto compromiso intelectual de los escritores a la hora de
involucrarse en cuestiones que tienen que ver con acontecimientos históricos y
políticos?
-No he
llevado a cabo el recuento. Mi impresión es que cada vez hay más intelectuales
que solicitan el turno de palabra y se pronuncian en público sobre las
cuestiones históricas o de interés colectivo relativas a las últimas décadas de
mi tierra natal vasca.
- ¿Piensa
que su libro, de algún modo, servirá para que otros escritores se animen a
publicar otras historias relacionadas a ETA?
-Cabe esa posibilidad, de igual manera que
yo me he inspirado en otros escritores actuales o del pasado. Al respecto he
oído de todo. Hay quien considera que mi novela abre una vía para el relato de
nuestra historia reciente y quien está deseando que Patria sea refutada e ideológicamente neutralizada.
- Desde
hace muchos años usted reside en Alemania, ¿cree que esa distancia le dio otra
perspectiva sobre el tema?
-Supongo que debido a esta circunstancia
he tenido a mi disposición durante largo tiempo una perspectiva panorámica, la
del jugador de ajedrez que observa la partida desde el aire. No he tenido otra
posibilidad. Según para qué cuestiones, quizá sea preferible esta perspectiva
abarcadora de todo el tablero, que la del alfil o la torre en su rincón.
- ¿Cuán
necesario cree que fue que ETA anunciara el cese definitivo de los atentados
para que usted pudiera escribir esta historia? ¿Hubiera sido posible un libro
así en el contexto anterior?
-El mencionado anuncio desencadena el
arranque de Patria. Sin él mi novela
no habría existido. Habrían sido posibles otras historias, pero ésta en
concreto no. Patria comienza en el
instante en que la violencia se detiene y los personajes principales vuelven la
mirada al pasado.
- Miren
y Bittori, las dos mujeres que protagonizan la novela, son las referentes de
las dos partes en que quedó dividida la sociedad vasca. ¿Qué queda aún de esa
división? ¿Cómo se hace para construir a partir de una sociedad fragmentada?
-Ya me gustaría a mí conocer la receta
adecuada que permitiera la recomposición de los lazos sociales y afectivos
rotos. No tengo dicha receta, pero sí conozco uno de sus ingredientes
principales: la superación del odio.
-Patria
es una novela sobre los efectos de la violencia, pero más que nada es una
reflexión sobre el perdón. ¿Todo puede perdonarse?
-Esta misma pregunta se la he trasladado,
cuando tuve ocasión, a algunas personas que perdieron la esposa o el marido,
quizá un hijo, como consecuencia de un atentado. Son ellas las únicas
legitimadas para responderla. Los demás podemos caer rápidamente en el hoyo
helado de la teoría. Descubrí que la pregunta resulta muy incómoda, pues obliga
a la víctima a una reacción que en muchos casos implica reactualizar un
sufrimiento. El perdón en público, con fotógrafos y cámaras, incumple dos
principios indispensables: la franqueza y la intimidad del acto. Quizá la
religión pueda sugerir a algunos el gesto de generosidad suprema del perdón.
Fuera de ella, yo diría que el asunto se presenta muy difícil.
- ¿Cómo
ven las nuevas generaciones a ETA? ¿Ya no es una amenaza para el País Vasco?
- Leí recientemente en un periódico que
los jóvenes están poco informados de lo que pasó en las calles por las que
ellos ahora transitan con tranquilidad.
- Dentro
de la sociedad vasca, ¿ahora qué lugar ocupan las víctimas de ETA y sus
familiares?
- Las
víctimas estorban. Elevan sus reclamaciones de justicia, acusan y reprochan,
traen recuerdos de épocas nada gloriosas, se las identifica con el dolor y la
pena. No faltan quienes las consideren un obstáculo para la paz; para una paz
basada, claro está, en la impunidad y el olvido calculado.
- Mientras
escribía la novela, ¿tenía algún modelo de lector en mente? ¿Le preocupaba la
recepción que podía llegar a tener el libro a ambos lados de la grieta?
-Lo único que me preocupaba durante el
tiempo de escritura era fracasar en el plano literario e incurrir en alguna
afirmación, escena, pasaje, que pudiera ofender a los que sufrieron.
- El
éxito de “Patria” trascendió las fronteras de su país, de hecho, en Argentina
ya agotó una primera edición. ¿Imaginaba que algo así podía pasar?
-No. Abrigaba las ilusiones habituales del
escritor que hace público el resultado de su esmero; pero en modo alguno
sospeché que mi novela habría de recibir tamaña atención de la crítica y los
lectores.
- Después
de un libro tan intenso, ¿cómo continúa su proyecto literario?
-Patria
me ha apartado del escritorio más tiempo de lo aceptable; pero pronto volveré a
mi soledad querida y me consagraré como de costumbre a un nuevo proyecto. Está
decidido. El próximo mes de junio echaré a andar hacia un nuevo horizonte
creativo, regresaré a mi incertidumbre y mis dudas cotidianas, y con un poco de
suerte y la ayuda inestimable de la paciencia, la salud y el tiempo, tal vez
llegue algún día al final de una nueva obra.
Publicada originalmente en Revista Quid.
viernes, 26 de mayo de 2017
Entrevista a Marta Sanz: “Soy una mujer de izquierdas, pero no soy un monje franciscano”
Nando Varela Pagliaro
Si algo queda claro luego de hablar con Marta Sanz es su
lucidez y su visión crítica de la cultura contemporánea. Farándula, su última novela (Premio Herralde 2015), es precisamente
eso: una crítica lúcida, que utiliza al mundo del teatro como telón de fondo,
para abordar sin miramientos cuestiones sociales, culturales y el modo de
afrontar la vida que tienen ciertos artistas. Previo a su visita a la Feria del
Libro, hablamos sobre el compromiso, el feminismo, el éxito y la importancia de
los premios con la escritora madrileña.
-El mundo de la
literatura y del teatro tienen muchos puntos en común. Sin embargo, a la hora
de escribir su nueva novela prefirió hacerlo sobre el mundo del teatro. ¿Con
qué tuvo que ver esa elección? ¿Qué le daba el mundo de los actores?
-Me daba a la vez distancia y proximidad. Me permitía hablar
de cultura desde un lugar que es el mío, pero no es absolutamente mío. Como
quien mira su casa a través de una ventana exterior. Me parece que ese sitio es
un sitio privilegiado para contar: con una pierna dentro y otra fuera. Por otro
lado, yo siempre he tenido un lado mitómano y cinéfilo que me hizo disfrutar
mucho construyendo los personajes de Farándula.
A eso se añade la breve experiencia biográfica de que mi madre fue actriz de
una compañía amateur cuando yo era una niña: yo la veía ensayar, moverse por la
casa, y sufría durante los estrenos por si se equivocaba. Esa empatía, casi
enfermiza, con el actor me vino muy bien para expresar uno de los temas
fundamentales de Farándula: el de la
necesidad de conservar los vínculos fuertes en el amor, la política y la
cultura frente a esos otros vínculos más débiles, propiciados por el cambio de
modelo de conocimiento y la virtualidad: por la idea de que lo interesante
siempre está sucediendo en otra parte. Privilegiamos lo ausente frente a lo presente.
En el tránsito de un modelo de construcción y recepción cultural que va de lo
analógico a lo digital posiblemente ganamos muchas cosas, pero también perdemos
otras a las que me parece que no deberíamos renunciar. La profesión de actor
también me servía para reflexionar sobre la existencia de distintas clases
sociales dentro de los oficios artísticos: hay actores y escritores que viven
como reyes en una loma de Beverly Hills despertando formas del resentimiento
que posiblemente son legítimas en un mundo en crisis; hay otros que casi se
identifican con el lumpen; y otros que pertenecemos a una borrosa clase media,
con altos y con bajos, una borrosa clase media, ausente del músculo
constitutivo de la sociedad, cada vez menos medular en el debate social y
político.
-¿Tuvo alguna
devolución de parte de actores que leyeron la novela?
-Tuve una recepción muy positiva por parte de críticos
teatrales y directores escénicos. No he sentido el rechazo de ningún actor,
entre otras cosas, porque creo que, por detrás de los filtros satíricos y de
los espejos valleinclanescos que deforman y exageran las personalidades
artísticas en Farándula, cualquier
lector se da cuenta de que el sentimiento que yo les profeso a los actores es
de admiración y respeto. Enormes. Lo mismo sucedió cuando utilicé la parresia
para hablar de mi madre en la novela autobiográfica, La lección de anatomía: mi madre fue lo suficientemente inteligente
como para percatarse de que, por detrás de mi percepción siempre subjetiva de
los fragmentos más oscuros de su personalidad, lo que prevalece es el amor: la
necesidad de construir una madre que llegue a los lectores como personaje de
carne y hueso, en su luz y su sombra, un personaje que se sintiese como
persona, “amable” -en el sentido literal del término- con todas sus
contradicciones. Amable como yo la amo.
- Farándula ganó la anteúltima edición del
premio Herralde. ¿Hasta qué punto los premios terminan legitimando una obra? En
su caso, ¿cómo influyó? ¿Se siente cómoda con el nuevo lugar que ocupa en
escena literaria?
-Los premios, las reseñas positivas, los estudios
académicos, las invitaciones a congresos, las presentaciones... Todo son
mecanismos de visibilización de proyectos literarios que solo se consideran
útiles en la medida en la que repercuten, no tanto en esa posteridad de una
escritura que se relaciona con su potencial cosmovisionario, sino en la
posibilidad de vender. Al final, en una sociedad de mercado, lo único que
legitima a quienes nos dedicamos a este oficio son las ventas. En ese contexto,
yo no me siento especialmente cómoda, porque, aunque soy absolutamente
consciente de que el proceso comunicativo de la literatura solo encuentra su
sentido último en la recepción, me parece que no deberíamos identificar
mimética y excluyentemente "recepción" con cantidad de libros
vendidos. La recepción de un texto no solo es un asunto cuantitativo, sino
también cualitativo. En este sentido, el premio Herralde para mí ha sido un
estímulo fundamental, porque considero que es cualitativamente muy relevante.
Jorge Herralde no es un lector ni un editor cualquiera. Su inteligencia, su
lucidez, su arrojo y su trabajo le han hecho ganarse un lugar de privilegio en
el campo de la literatura escrita en español.
-Entre otras cosas,
la novela trata sobre el desprestigio de la cultura, sobre la posibilidad de
que el arte pueda comprometerse. ¿Por qué cree que son tan pocos los referentes
de la cultura que se comprometen con las causas que verdaderamente importan?
Usted suele hablar de compromiso tolerado y compromiso no tolerado.
-Comprometerse desde la cultura estrecha el ancho de banda
de un público objetivo que se identifica con el "cliente". Hace poco
en España una actriz declaró que los actores nunca deberían hablar de política,
que los actores deberían hacer lo mismo que los futbolistas. A mí me parece que
lo imposible es no posicionarse: cuando tomas la palabra en el espacio público,
estás adoptando una posición en ese espacio. Eso es inevitablemente un gesto
ideológico. Un gesto que se imposta o que se adopta escribiendo literatura
política o rondando una comedia romántica aparentemente "blanca".
Nada hay menos blanco que una comedia romántica -me parece-. Respecto a lo del
compromiso tolerado y no tolerado, tengo la sensación de que si le metes el dedo
en el ojo a los mantras de la ideología dominante puedes tener problemas, pero
si desarrollas una especie de crítica humanista light te has ganado un lugar en
el cielo de los justos. Y de las buenas personas.
- En Farándula cita una frase de Orson Welles:
“Lo malo de la izquierda americana es que traicionó para salvar sus piscinas”.
De algún modo, ¿muchos intelectuales no terminan traicionándose para salvar, no
sus piscinas, pero sí el mucho o poco espacio que han conseguido?
-Supongo que todo el mundo tiene derecho a salvar lo que
cree que se ha ganado con el fruto de sus esfuerzos siempre y cuando eso que ha
ganado no provenga de la explotación y de la violencia ejercida contra los
otros. Yo soy una mujer de izquierdas, pero no soy un monje franciscano. Y me
niego a aceptar el argumento de que las personas de izquierda para ejercer la
crítica deberíamos renunciar a nuestros bienes. Ese argumento es un modo de
precarizarnos, de neutralizar o imposibilitar la crítica, de taparnos la boca.
Yo tengo una casa, ni muy grande ni muy cara, pero por el hecho de tenerla no
voy a dejar de decir lo que me parece mal. No me avergüenzo. Por otro lado, la
palabra "traición" me parece gruesa y dogmática. Los pensamientos
pueden evolucionar legítimamente en función de las vivencias. La búsqueda de un
horizonte de coherencia y honestidad ha de ser público, pero también privado.
-Además del
desprestigio de la cultura, en su novela también hace una crítica de la
ideología de Silicon Valley, del tránsito de lo analógico a lo digital que está
modificando nuestro modo de pensar, nuestra visión del ser humano. En este
contexto, ¿para qué sirve la literatura?
-Espero que la literatura sea un espacio desde el que mirar,
entender, resistir, intervenir y transformar. El lugar para poner en conexión
el fuera con el dentro; el individuo con la comunidad, el yo en el
nosotros. Puede que en la práctica
literaria se conserve una forma de lenguaje lenta y con relieve que nos ayude a
no perder el sentido crítico. Que nos estimule a buscar por debajo de la falsa
sentimentalidad de las posverdades, que hoy es el concepto de moda, y que nos
ayude a entender que posiblemente la ideología dominante y la invisible son lo
mismo. Un ámbito para no perder la memoria y en el que se pueda conversar sin
sentirse encorsetado por la corrección política, la prisa, la necesidad
publicitaria de la actualidad y la idea interesada y terrible de que la
libertad de expresión es siempre un exabrupto.
- La novela plantea
que si se cree que la inteligencia es la capacidad de adaptación al medio, se
elimina la posibilidad de disentir. ¿Cree que estamos perdiendo el sentido
crítico?
-Creo que la resiliencia y el pensamiento positivo nos ponen
una sonrisa en los labios y que resulta muy, muy duro, bracear siempre contra
la corriente. Que a veces llega la fatiga y que no se puede culpar a nadie por
sentirse cansado y retirarse. A la vez, soy gramsciana: pesimista en el
pensamiento, pero optimista en la voluntad. Tal vez por eso sigo escribiendo
libros para contar, entre otras cosas, que cuando a un parado de más de
cincuenta años le dicen que la crisis es una oportunidad y que se haga
emprendedor, dicha sugerencia se parece mucho a una burla. Me inquieta que un
señor como Warren Buffett tuviese que decirnos a todos que la lucha de clases
existía y que, por supuesto, la iban ganando ellos.
- Se define como una
mujer de izquierda y feminista. A nadie se le ocurriría preguntarle a un
escritor si hace una literatura masculina. Sin embargo, no son pocas las
escritoras que deben responder si su literatura es femenina. ¿Por qué cree que
pasa eso?
-Seguramente porque seguimos viviendo en sociedades
patriarcales, pese a que a veces queramos vivir el espejismo de que no. A mí me
gusta mucho la idea de Adrienne Rich de las geografías de la escritura: yo
escribo desde mi condición de mujer española de clase media, blanca,
heterosexual, casada, con padres vivos, atea, de izquierdas... Todo ese magma
se proyecta en cada una de las ficciones que construyo porque todo ese magma
está en la base de mis preocupaciones: entre ellas la que convierte mi
diferencia como mujer en una desventaja. Seguimos viviendo en un patriarcado en
el que muchas mujeres, en la conquista de la igualdad, luchamos por emular
conductas patriarcales, competitivas, excluyentes. Yo creo que se trata de
intentar construir otra mirada, otra voz, otra manera de actuar en la vida
cotidiana, tomando conciencia de nuestras contradicciones y de todas las capas
culturales que nos conforman y que hacen que a menudo entremos en contradicción
con nosotras mismas y con nuestra idea de lo que es la libertad. Yo creo que la
libertad tiene que ver con la posibilidad de elegir y de cumplir nuestros
deseos, pero para ello debemos saber de dónde provienen nuestros deseos. Y, en
este sentido, tengo la sospecha de que dentro de mí, como mujer, en el ámbito
de la intimidad, aún no he conseguido desprenderme del prejuicio del sexo como
suciedad, culpa, pecado; de la tachadura del cuerpo a la que sometió a las
mujeres el nacionalcatolicismo franquista; de la idea vampírica, posesiva y
arrebatada del amor romántico; y junto a todo ello ahora se adhiere la capa de
las nuevas exigencias de un neoliberalismo que banaliza el sexo, lo
mercantiliza dentro de cada hogar y de cada comunidad, y me obliga a ser
sexualmente hiperactiva e incluso complaciente hasta justo el momento antes de
morir. El caso es que las mujeres siempre nos equivocamos y debemos
justificarnos por todo: por tener hijos, por no tenerlos, por escribir libros
con voces femeninas, por escribir libros, por trabajar, por no trabajar, por
cuidar a los ancianos o no cuidarlos, por contraer matrimonio o decidir no
hacerlo... Estamos en una posición de vulnerabilidad y somos víctimas de
violencias contemporáneas muy sofisticadas a las que se unen ciertas violencias
prehistóricas. Tenemos que reubicarnos en el espacio de la intimidad y limar
todas las desventajas en la sociedad civil: brechas salariales, violencia de
género, derecho a decidir sobre nuestro cuerpo...
- ¿También en el
mundo de la literatura, las mujeres siguen estando en desventaja?
-Claro, la literatura no es una burbuja al margen del entero
mundo.
-La escuché decir que
vivimos en un mundo corrupto y perverso y, si tienes cierto éxito, eso
significa que algo estás haciendo mal, que en algo te estás equivocando. ¿Cómo
se lleva con su propio éxito?
-Bueno, eso depende de lo que entiendas por
"éxito". Yo he ganado un premio que me ha permitido poder llegar a
muchísimos más lectores y poder culminar así la faceta comunicativa de la literatura.
En este momento, ocupo un sitio que para muchas otras personas sería
envidiable. Y yo me siento agradecida y honrada. Sin embargo, me parece que
todo esto es episódico. La novedad y la velocidad son exigencias del mercado, y
sé que es muy probable que, dentro de poco tiempo, casi nadie se acuerde de mis
libros. Por otro lado, para mí el éxito, más allá de la coherencia personal y
la honestidad y la posibilidad de hacer lo que a uno le gusta, también se
relaciona con la tranquilidad y el poder adquisitivo. Y yo no estoy nada
tranquila, no me he desclasado hacia arriba y mi poder adquisitivo deja mucho,
mucho que desear: los oficios culturales están precario -eso es un tema básico
en Farándula- y me auto-exploto más
que nunca. Como casi todo el mundo, tengo que hacer muchísimas cosas para
llegar a fin de mes. Por muchas de ellas no cobro nada y, aun así, sé que no
puedo decir que no.
- Por último, suele
decir que todos los libros que escribe salen de libros anteriores. Farándula surge de las ideas que se
recogen en el ensayo No tan incendiario
y de ese leitmotiv de Daniela Astor que es la relación entre la realidad y sus
representaciones. ¿El origen del próximo libro habrá que buscarlo en Fárandula? ¿Sobre qué está trabajando en
estos días?
-En estos días en España acaba de salir un nuevo libro. Esta
vez escribí sobre el cuerpo como centro de un dolor que puede ser físico o
psíquico, interno o externo. Es un texto humorístico e híbrido que más que una
historia de hipocondría es un relato de sobreexplotación; una indagación sobre
las raíces económicas y sociales del dolor, sobre el derecho a quejarse y sobre
cómo los textos se fracturan como consecuencia de la irrupción en ellos de lo
físico y lo real.
Publicada originalmente en la Revista Quid.
jueves, 18 de mayo de 2017
Entrevista a James Rhodes: “Algunas cosas no merecen perdón”
Nando Varela Pagliaro
“De niño me violaron. En el transcurso de cinco años mantuve
relaciones sexuales con un hombre tres veces más grande yo y entre treinta y
cuarenta años mayor, en contra de mi voluntad, de forma dolorosa, secreta,
agresiva, montones y montones de veces. Fui convertido en algo que utilizar. El
dolor lo podía sobrellevar. Pero lo que no te cuentan es que las consecuencias
extienden sus manos frías y tóxicas más allá de tu propia persona. Instauran en
ti la finísima creencia de que todos los niños atraviesan la infancia sufriendo
de las formas más abominables y nadie los puede proteger de ello”. El que habla
es James Rhodes, un pianista londinense que se ha convertido en lo más parecido
a una estrella pop dentro del mundo de la música clásica. Instrumental, su conmovedora autobiografía, es la historia de un
sobreviviente, de alguien que intentó suicidarse varias veces, que se enfrentó
cara a cara con sus demonios, pero pudo salir. La música lo curó, lo mantuvo a
salvo, le dio esperanza cuando no la había en ningún otro lado. Comenzó a tocar
el piano de muy pequeño, pero nunca se planteó dedicarse en forma profesional.
Cuando llegó la época de ir a la Universidad, se inscribió en Psicología en
Edimburgo, pero al poco tiempo terminó en un psiquiátrico. Entre los 18 y los
28 años, consiguió un trabajo en la City en el que le pagaban muy bien y abandonó
el piano. Se casó, tuvo un hijo, se compró una casa y llevó la vida que todo
pequeño burgués añora. Pero las heridas del pasado lo seguían atormentando y huyó
de esa vida. En ese momento pensó que solo podía estar bien si estaba cerca de
la música. Por eso, su primera intención fue dedicarse a ser agente de
pianistas. Sin embargo, gracias a la ayuda de un amigo que ofició como un
antiguo mecenas, fue él mismo el que terminó siendo concertista. Ahora, con
cuarenta y dos años, la vida de Rhodes es mucho más feliz de lo que hubiera
imaginado. Vive con su segunda mujer, cuida a su hijo y recorre distintos
países tocando el piano y hablando de música clásica. Pero de cualquier modo
las secuelas de la violación nunca lo dejan. Sabe que sólo dos semanas lo
separan de acabar en un psiquiátrico y terminar otra vez hundido.
En esta entrevista,
hablamos del poder sanador de la música, con James Rhodes, el pianista que huye
de las formalidades y los trajes de etiqueta.
-Me imagino que debe estar cansado de remover su pasado en cada entrevista,
¿es así?
-A veces sí, pero creo que es muy importante hablar de
ciertas cosas de las que es difícil hablar. Sentirse expuesto y a veces
avergonzado no es una razón válida para quedarse callado. Además, también puedo
hablar mucho de música, lo cual es fantástico.
-Al
leer el libro queda claro que no se puso ningún límite a la hora de contar su
propia historia. Ahora que el libro está publicado, ¿se arrepiente de algo?
-De nada. La pelea legal para publicarlo fue agotadora y
costosa en todos los niveles, pero no me arrepiento.
-Su ex mujer quiso prohibir la
publicación del libro porque las cosas que usted contaba temía que le podían
hacer daño al hijo de ambos. A usted, ¿le preocupa la lectura que pueda
hacer su hijo del libro?
-No me preocupa. Sé que no es un libro para niños. De todos
modos, si por un minuto sintiera que él sufriría al leerlo, nunca lo habría
publicado. Siguiendo el mismo criterio, ¿los directores de cine o los
escritores que son padres no deben hacer películas o escribir libros que tratan
temas difíciles? Yo creo que sí.
-Además de la música,
su hijo y su mujer, ¿cuán importante fue poder contarle su historia a todo el
mundo para sentir que la vida tiene sentido?
-Mi vida todavía no tiene sentido. Pero creo que es
importante hablar de enfermedades mentales, abuso infantil y música clásica.
Todos ellos son temas sobre los que necesitamos hablar más para ser más
abiertos al respecto.
-Y la terapia,
¿cuánto ayudó? ¿Qué piensa hoy de los hospitales psiquiátricos?
- Fue una mezcla
de todo lo que me mantuvo vivo. Un buen terapeuta puede hacer un trabajo
increíble. A menudo hay demasiada burocracia en los hospitales, pero todas las
enfermeras que conocí querían hacer el mejor trabajo posible y también debo
reconocer que las drogas eran geniales.
-Contar su historia
cambió su vida abruptamente. Ahora es un músico exitoso a escala internacional.
Teniendo en cuenta todo lo que ha pasado, ¿tiene miedo de que el éxito lo
confunda?
- Todo me confunde. Lo bueno es que al menos así puedo
seguir haciendo lo que amo mientras estoy confundido.
-¿Y es difícil seguir
siendo honesto con uno mismo y con su propia búsqueda artística después de un
éxito comercial como el que tuvo?
- Independientemente del éxito, para todos nosotros creo que
es difícil ser honestos. De todos modos, aunque realmente no siento que he
tenido éxito en algo, siempre trato de mejorar y mejorar. Todos los días hago
lo mejor para ser lo más honesto conmigo mismo que puedo ser.
-En estos tiempos de
redes sociales, ¿es posible que la música clásica ocupe el lugar que usted
desea que tuviera? ¿Es posible pensar en un Mozart de estos tiempos?
- Lamentablemente no sé si un Mozart podría existir hoy.
Pero creo que la música clásica puede y necesita ser más escuchada; es el mejor
antídoto para el mundo súper rápido en el que vivimos.
-Instrumental lo escribió por pedido de una editora. Ahora, ¿qué
lugar ocupa la escritura en su vida?
- Casi tanto como el piano. Me encanta escribir. Quiero
mejorarme. Estoy escribiendo todos los días. Me siento muy afortunado.
-Leyendo su historia
uno piensa que los finales felices son posibles. ¿Realmente cree en eso o la
oscuridad y los demonios siempre van a estar ahí, a punto de aparecer?
- Quiero creer desesperadamente en finales felices. Pero
tengo que ser realista y no ser complaciente. Lamentablemente, creo que nunca
estoy muy lejos de estar de vuelta en el hospital o peor. Tal vez eso cambiará
con el tiempo.
-Uno de los
ejercicios que le hicieron hacer en terapia es escribir una carta para que la
lea su violador. ¿Le hubiera gustado que él leyera su libro y viera que a pesar
del daño que le hizo finalmente pudo salir adelante?
-No, que se pudra.
-¿Se puede perdonar
alguien que hizo tanto daño? ¿Usted pudo?
- No, que se pudra de nuevo. La ira es buena. El tiempo no
cura todas las heridas y algunas cosas no merecen perdón.
- Cada capítulo está
encabezado con el título de una pieza musical y una pequeña biografía
-frecuentemente infeliz- de sus autores. ¿Hay una relación entre la existencia
traumática, la locura y la música clásica?
- Todos nosotros estamos un poco locos. Todos experimentamos
traumas hasta cierto punto. Si tenemos la suerte de crear, lo hacemos a pesar
de nuestros traumas, no por tenerlos. Estoy convencido de que la creatividad es
un signo de bienestar mental, no de enfermedad mental.
-Los argentinos somos
muy egocéntricos, así que no puedo dejar de preguntarle por nuestros pianistas
célebres. ¿Qué piensa acerca de Marta Argerich y Daniel Baremboim?
- Si Argerich y Barenboim fueran del Reino Unido, también
hablaría de ellos todo el tiempo. Son legendarios y me encantan los dos. Sergio Tiempo también me encanta. Él es
increíblemente talentoso. Es parte de la razón por la que estoy tan emocionado
de visitar Argentina. Oh Dios, Argerich. La quiero profundamente.
-¿Le preocupa cuánto
pesa su historia personal a la hora de valorar su obra como interprete?
- De ningún modo. La música y la interpretación provienen de
un lugar mucho más profundo que nuestros propios egos e historias.
-“La música no es
difícil, lo que es complicado es invertir tiempo en ella”, ¿ por qué cree
cuesta tanto dedicar tiempo a las cosas que nos hacen bien?
- Tal vez porque ahora hay una aplicación para todo. Y la
idea de 10.000 horas de práctica parece bastante más allá de nuestras
capacidades. Pero no es así y la recompensa de trabajar duro en algo, ya sea
música o meditación, escritura o baile, es milagrosa. Tal vez también no
tendemos a sentir que merecemos invertir tiempo en nosotros mismos. Lo cual es
profundamente triste y espero que esto un día cambie. Lo necesitamos.
Publicada originalmente en Revista Quid.
domingo, 12 de marzo de 2017
Entrevista a Liliana Heker: “Nunca sentí que ser mujer y ser escritora implicaran una contradicción o un conflicto”
Nando
Varela Pagliaro
“No me gustan los arrepentidos en ningún sentido. Si una
cambia de opinión o de rumbo, debe ser a partir de su pasado, asumiendo
plenamente ese pasado. Nunca me arrepentí de nada de lo que he hecho. Lo que
hice es mi vida y me constituye. A veces actué bien, otras me equivoqué, pero
todo eso soy yo y con todo eso trato de seguir construyéndome”. La que habla,
cuidando cada palabra con una obsesión inusitada, es Liliana Heker, una de las
voces ineludibles de la literatura argentina. En estos días, acaba de publicar
sus Cuentos reunidos, un libro que
recorre desde sus primeros textos, algunos de ellos ya clásicos de la narrativa
nacional, hasta los últimos, terminados poco antes del cierre de esta edición.
-Salvo
algunas excepciones, la mayor parte de los cuentos provienen de otros
volúmenes. Lo novedoso del libro tal vez sea el orden, ¿qué propone este nuevo
orden?
-Me gustó la idea de construir con todos los cuentos,
publicados e inéditos, una nueva totalidad, agruparlos, no por orden
cronológico sino por ciertas recurrencias o roces tangenciales, en secciones
que, a su vez, son títulos de cuentos míos. La
fiesta ajena, donde, de alguna manera, las historias tienen que ver con un
sueño de perfección no cumplido o una dicha que siempre pertenece a otros; Vida de familia, con situaciones
bastante frecuentes en mi narrativa: mundos familiares en apariencia normales
pero en los cuales, por alguna grieta, se cuela el desorden, el disparate o el
horror. Y Arte poética, donde los
cuentos, por algún costado, tienen que ver con el acto creador.
-Imagino
que habrá habido otras opciones, ¿cuán difícil fue encontrar ese orden?
-Como base, recurrí a una división que ya había hecho en mi
libro Los bordes de lo real, que
reúne los cuentos de mis tres primeros libros. Si bien pasaron 25 años y muchos
cuentos entre aquel libro y éste, me pareció que esos títulos seguían siendo
aglutinantes de mis temas. De hecho, los cuentos inéditos que agregué también
cabían bajo alguno de ellos. Fuera de estas tres secciones, separándolas entre
sí, hay tres nouvelles.
-En el
prólogo aclara que son cuentos reunidos y no completos. ¿Le tiene miedo a la
idea de sentirse completa?
-Miedo no. Pero no tengo el más mínimo interés en
completarme. Creo que uno, felizmente, vive en estado de incompletud. Siempre
le quedan cosas que desearía hacer pero no ha hecho, búsquedas que encarar, torceduras
que enderezar, huecos. Mientras existen esos huecos, y a una le quedan ganas
–eso que Quiroga tan gráficamente llamó hambre--, una está viva. Por eso no
dudé nunca: estos no son mis Cuentos
completos.
- ¿Y mide
su tiempo en relación a los cuentos que podría escribir?
-No mido de ningún modo el tiempo que me queda por delante;
ni lo conozco ni me interesa. Subterráneamente sé que el plazo debe ser más
corto de lo que era veinte años atrás, pero ese saber subliminal, si actúa
sobre mí, actúa como un motor: hay que arrancar. Lo todavía no escrito o a mitad de camino me
confiere una sensación de vida por delante.
-En estos ejes
temáticos en los que están agrupados los cuentos, se ve cómo van cambiando las
preocupaciones con el correr de los años. En los primeros cuentos, por ejemplo,
se nota cierto temor al fracaso. Ahora, ¿a qué le tiene miedo?
-Yo no hablaría
de miedo –no soy miedosa—sino de angustia. La idea que hoy me provoca angustia
es la de ya no tener ganas. De escribir, de reírme con Ernesto, de estar en
movimiento, de charlar con mis amigos. Esa idea para mí es peor que la de la muerte.
La resisto solo porque niego la posibilidad de que me vaya a pasar; de algún
modo estoy convencida de que, mientras pueda manejar mi cabeza y mi cuerpo (y
mi voluntad, ah, mi voluntad), voy a seguir teniendo ganas y energía. Pero
quién puede saber esas cosas. Una parte hiperlúcida y cruel de mí misma intenta
señalármelo pero yo la mato con la indiferencia.
- ¿Y
el miedo de que ya no le quede nada para decir? Dicen que todos los escritores vienen con una
cierta cantidad de tinta por derramar y cuando se acaba, se acaba.
-Yo no creo haber venido destinada a una cantidad de tinta
por derramar. Estoy segura de que, en mi cuna, ningún hada madrina me tocó con
la varita mágica y me dijo vas a ser escritora. De hecho, hasta la
adolescencia, ni se me ocurría esa posibilidad. Era una lectora ferviente y desordenada
y me daba placer escribir, pero también me daba placer resolver problemas de
matemática. Y lo que más me gustaba era leer. Pero los libros, para mí, los
escribían otros. Volviendo a la tinta que me queda por derramar, cada novela, cada
cuento que escribí vino de mi deseo de escribirlo y de mi voluntad de trabajar
en eso. Mientras me queden alguna voluntad y ese deseo, voy a seguir escribiendo.
-En el
prólogo, Samantha Schweblin cuenta la anécdota de un cirujano que quería
incorporarse a sus talleres y en una primera entrevista con usted le confiesa
que “desde muy joven él había querido escribir una novela y que ahora que
acababa de jubilarse y tenía tiempo, le parecía un buen momento para empezar”.
A lo que usted le contestó “Buenísimo. ¿Y qué te parece si yo, cuando me jubile
como escritora, me dedico a la cirugía?”. ¿Por qué cree que para mucha gente la
literatura ocupa ese lugar de hobby y no es tomada como una profesión como
cualquier otra?
- Creo
que cierta gente piensa que escribir es algo aleatorio y fácil, y que
cualquiera puede hacerlo sin el menor trabajo. Sucede que, a diferencia de la
música o de las artes plásticas, que requieren estudios específicos, la
herramienta de la escritura la tenemos todos desde primer grado. ¿Y quién no
tiene algo para contar? ¿Quién no cree que su propia vida es única? Sin duda lo
es, pero no por eso, así como así, va a resultar interesante para los otros. O
sea que con el alfabeto y el mero hecho de estar vivo no alcanza. La escritura
de ficciones implica un trabajo y una búsqueda. Crear es ir acercándose, cada
vez con proximidad más peligrosa, a aquello que uno quiere escribir. Eso casi
nunca sale de primera intención. Otra superstición: creer que el acto creador
es aquello que uno vuelca de un tirón en primera instancia. No es así; esa primera
versión suele estar muy lejos de provocar el impacto de horror, de desesperanza
o de belleza que uno había vislumbrado en su historia antes de escribirla.
-Hablábamos
del cirujano. Cuando alguien viene a su taller, ¿qué es lo primero que ve?
-Nunca pido textos; no me importa cómo escribe la gente que
quiere venir al taller. Considero que todos empezamos haciendo mal cualquier
cosa que hacemos y eso no es un problema. Me importan, sí, dos cosas. Una, que mi
entrevistado se haya enamorado de la literatura, primero, a través de la
lectura. Si ese enamoramiento no existe, si no se es un lector apasionado, es muy
difícil que se pueda llegar a entender qué es la literatura y, por lo tanto, se
pueda hacer literatura. La otra cosa
es que se entienda –que se acepte-- que la literatura es un trabajo, y da
trabajo. Un trabajo hermoso e inigualable, si es lo que uno quiere hacer. Pero trabajo
al fin. Si el entrevistado entiende que vale la pena corregir diez veces un
texto a fin de conseguir lo que busca, posiblemente pueda ser parte del taller.
Hay una tercera cosa, pero esa tiene que ver con mi intuición y no es
comunicable.
-Para
los escritores de su generación, imagino que habrá sido difícil escribir
después de Borges, ¿fue así?
- De ningún modo creo
que haya sido, o sea, difícil escribir después de Borges. Por el contrario,
creo que mi generación tuvo la gran suerte de tener maestros dentro de la
literatura argentina. No solo Borges. De haber sido nuestro único maestro,
nuestra literatura habría sido más bien estática. Yo reconozco tres grandes
maestros: Arlt, para mí el mayor escritor de la literatura argentina; Leopoldo
Marechal, que consiguió trasgredir y fundir espléndidamente los modos del
lenguaje nacional, cruzar géneros y estilos y hacer una novela extraordinaria
como el Adán Buenosayres, y Borges, con
su sintaxis y su modo de usar el lenguaje, únicos y cautivantes. Tenerlos en
nuestra literatura fue un hecho muy afortunado porque los tres son referencias
para quienes vinimos después; abren caminos. Tal vez, para algunos de mi
generación, fue más difícil escribir a partir de Cortázar, porque su escritura
es muy tentadora y fácilmente copiable. En los sesenta, muchos jóvenes
escritores eran nítidamente cortazarianos.
-A los
escritores de su generación, pienso en Abelardo Castillo, por ejemplo, jamás a
nadie se le ocurriría preguntarle si su literatura es masculina. Sin embargo,
no son pocas las mujeres que deben responder si escriben literatura femenina.
¿por qué cree que pasa eso? ¿Es un término poco claro?
-Por supuesto que es poco claro. ¿Qué quiere decir que una
literatura sea femenina? ¿Qué solo puede ser leída por mujeres? ¿Qué es coqueta
y caderona? Nunca sentí que ser mujer y ser escritora implicaran una
contradicción o un conflicto, pero cuando tenía veintitrés o veinticuatro años,
en una entrevista, me preguntaron por primera vez “¿cómo escribe una mujer?
¿qué lee una mujer?” y otras cosas por el estilo, y yo me sentí una especie de
chimpancé. A duras penas podía dar cuenta de mí misma, cómo podría dar cuenta
de todas las mujeres. A raíz de eso, escribí la primera versión de Las hermanas de Shakespeare, en donde dije
todo lo que pensaba en ese momento acerca de las mujeres y la literatura. No me
cabe duda de que el sexo de un escritor tiene peso en lo que escribe, pero no
es el único determinante; su locura, su país natal, la clase social a la que se
pertenece, su formación, los avatares de su vida, pesan de igual manera en su
escritura. Es ridículo y discriminatorio considerar que la literatura hecha por
mujeres forma un subgrupo con características propias y muy determinadas dentro
de un corpus más amplio que es la literatura.
-Recién
le nombraba a Abelardo Castillo. Junto a él dirigió El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco,
dos revistas fundamentales de nuestra literatura. Hoy, tal vez no quedan
revistas de ese estilo, pero sí sigue habiendo suplementos culturales. ¿Qué
mirada tiene con respecto a los suplementos?
-Los
veo de la misma manera en que los veía cuando era adolescente: un poco
aburridos. Pueden dar difusión a ciertos textos e incluso publicar algunas
entrevistas o artículos interesantes, pero la verdadera dinámica de la
literatura no se da en los suplementos de los grandes diarios, que lógicamente responden
a determinados intereses. Los debates suelen darse en publicaciones específicas,
entre escritores o grupos que confrontan por motivos ideológicos o estéticos. Desde
fines del siglo XIX, en Argentina se han dado debates de mucho peso. En nuestras
tres revistas, que sacamos entre 1960 y mediados de los 80, protagonizamos varias
polémicas. Creo que en los últimos años estas polémicas están languideciendo notoriamente.
El rol de los intelectuales ha perdido peso acá y en el mundo. Ahora, más que confrontación
de ideas, suele haber agravios o una indiferencia cortés. Las dos actitudes me
parecen lamentables. Discutir, apasionarse por las ideas del otro, es un modo
de respetarlo. La indiferencia educada
es todo lo contrario del respeto.
-Si
bien el contexto no es el mismo que en los sesenta o setentas, sigue habiendo
desigualdades. ¿No cree que la falta de debate también tiene que ver con la
falta de compromiso de los intelectuales?
-En el momento actual, hasta el significado de la palabra
“compromiso” está desvirtuada. Al menos, no tiene la connotación inmediata, y
claramente ideológica, que tenía en los sesenta, con una revolución socialista
reciente y movimientos de liberación en toda la extensión del tercer mundo. Por
supuesto que las desigualdades y la explotación siguen existiendo, con viejos y
nuevos métodos, aún más brutales que medio siglo atrás, pero el contexto ha
cambiado dramáticamente y las opciones ideológicas deben ser pensadas desde
este nuevo contexto, menos nítido, mucho más complejo que el de los 60. No es
tarea fácil, sobre todo para quienes construímos nuestra visión del mundo en
una época en que el socialismo parecía posible y tal vez cercano. Pero estamos
vivos los que estamos vivos, y este es el mundo que hoy nos toca. Así que
tendremos que hacer el esfuerzo de hacer prevalecer nuestra visión del mundo y
nuestra idea de cómo es una sociedad justa desde acá, desde el difícil lugar
donde hoy estamos parados.
-Ya
que hablamos del mundo actual, ¿cómo ve a este a este gobierno en materia
cultural?
-Por lo que noto hasta el momento, el desconocimiento y el
desinterés de este gobierno por la cultura en un sentido amplio son casi
perfectos. Hay hechos puntuales auspiciosos, cierto: programas de becas para
personas destacadas o escasos nombramientos de personas idóneas; el de Alberto
Manguel en la Biblioteca Nacional y algunos otros. Pero son acontecimientos muy
acotados, siempre bien visibles, y con un peso muy relativo en lo que hace a la
cultura real de un pueblo: programas que permitan un acceso al conocimiento y
al aprendizaje a lo largo y ancho del país, incentivos al movimiento teatral y
a la formación musical, apoyo a los clubes de barrio, desarrollo de la ciencia
y la tecnología, respaldo a la escuela y la universidad públicas, condiciones
de trabajo digno y de salud para todos, defensa de los espacios que tienen que
ver con la historia y los hábitos de una comunidad. En fin, todos los
innumerables factores que hacen realmente a la cultura de una sociedad, no solo
no han sido fomentados: en casi todos los casos están sufriendo un premeditado
y a veces brutal retroceso.
-Por
último, si la Liliana Heker de diecisiete años años leyera sus cuentos de hoy,
¿cómo cree que los leería? Y por otro lado, la Liliana de hoy, ¿cómo lee los
cuentos que escribió cuando tenía diecisiete?
-Sé que hoy no podría escribir un cuento como Los que vieron la zarza, tal como es. Pero
también sé qué es ese cuento. Si no creyera que mis primeros textos se bastan a
sí mismos y ocupan un lugar dentro de mi narrativa, no habría vuelto a
publicarlos. En cuanto a cómo me leería la adolescente que fui: supongo que
tanto no cambié, que ya en los comienzos tenía cierta sensibilidad para leer y
para entender experiencias ajenas. Así que tengo la esperanza de que aquella
que fui a los diecisiete años habría leído con algún interés estos cuentos reunidos.
Publicada originalmente en Revista Quid, marzo 2017.
sábado, 25 de febrero de 2017
Entrevista a Gonzalo Garcés: “La literatura no tiene que vivir de clichés"
Nando Varela Pagliaro
Gonzalo Garcés acaba de publicar Cómo ser malos, un libro en el que, según sus palabras, “intenta entender la casa que son ciertas obras literarias bajo la premisa de que agregar un balcón o tirar abajo un tabique no son actos de vandalismo, sino parte natural del acto de habitarla”. En esta conversación con el autor de Hacete hombre, entre otras cosas, hablamos de Fogwill y Aira, del compromiso y la polémica y de la cuestión de género y la crítica literaria.
-El primer capítulo del libro se llama La cosa con el país natal. Hace un tiempo, entrevisté a Hernán Casciari y él me decía que el hecho de haber vivido afuera le había dado cierta inmunidad inicial para escribir. En tu caso, ¿qué sentís que te dieron tus años afuera?
-Me dio una forma de amor y de apreciación por la Argentina que no habría tenido si me quedaba. Yo era de esa clase acomodada e ilustrada, cuyo vicio más notorio es el complejo de inferioridad respecto del propio país. De eso, me curó el haber estado afuera: darme cuenta de que Argentina, entre otros países de rango medio, es un país con peso y en algunos aspectos en su historia se ha destacado mucho más de lo que estaba llamada a destacarse. Uno de esos lugares es la literatura. La Argentina cambió la literatura del siglo XX. Eso a mí me da un tema, pero trato de que no me dé orgullo porque no es mérito mío haber nacido en este país.
-¿Por qué decidiste volver al país?
Estaba harto de estar afuera, de ser extranjero, de que se me viera con indulgencia y con un poco de condescendencia por ser sudamericano. Porque quería jugar de local, de nuevo; porque me enamoré y me casé con una argentina, que a su vez no tenía ninguna intención de vivir afuera.
-¿Y cuán necesario es estar acá y formar parte del tejido de amistades del mundillo literario para que una obra circule?
-No creo que sea importante. Hay escritores que no aparecen nunca en la prensa y, sin embargo, su obra circula y la leen millones. Tener contactos en el mundillo o tener prensa, puede ser enriquecedor porque te puede permitir opinar, tener un foro, pero ambas cosas corren por canales paralelos a la difusión de una obra y no influyen directamente. Podés tener toda la prensa del mundo y que nadie compre tus libros y viceversa.
-¿Cómo veías el país a la distancia y cómo lo ves ahora?
-A la distancia me hacía la idea de mi país como un país pobre y acá me doy cuenta de la enorme riqueza y la enorme pobreza que existe. Es decir, veo más la desigualdad y también veo vicios que no veía de lejos. Por ejemplo, la mentalidad muy dependiente que generó el modo argentino de trabajar, donde siempre el Estado es central. Eso engendró una mentalidad, un poco quejosa y un poco victimista, que también se traspasa a la literatura. Por ejemplo, en la literatura argentina una de las figuras recurrentes es la de “los poderosos”, los que tienen la pelota. En muchas novelas, siempre aparece un hombre gordo con corbata, atrás de un escritorio, que representa al empresario, al malo, al capitalista. Por otra parte, el escritor argentino siempre tiene la tentación de disfrazarse de lumpen, aunque en realidad sea un profesor de universidad, un abogado, un rentista o un dueño de canchas de paddle. El problema no es hablar de empresarios o de lúmpenes, porque los dos existen, pero cuando son figuras tan cristalizadas, tan formadas por el prejuicio, la literatura se empobrece. La literatura no tiene que vivir de clichés. A mí me gustaría una novela argentina que hablara de la vida de un empresario, pero cómo es un empresario de verdad; que hablara de sus miedos, del momento vertiginoso de hacer una inversión, de firmar un contrato, de arriesgar plata del propio bolsillo; que hablara de la crueldad, porque tampoco se trata de idealizar a un empresario; que se ocupara un poco menos del juicio moral prefabricado sobre el empresario y más del cómo, del mecanismo, de los engranajes. Lo mismo te podría decir de la política. Me encantaría una novela precisa sobre la vida de un político y que no fuera esa figura estereotipada que solemos manejar.
-¿No creés que ya hay novelas buenas sobre la vida de un político? Pienso en las de Jorge Asís, por ejemplo.
-Asís, al igual que Fogwill, tiene la curiosidad y el conocimiento de primera mano. De lo que no estoy seguro es que tenga el arte para hacerlo, pero esa es otra discusión.
-Me decías que el escritor argentino siempre cae en la tentación de disfrazarse de lumpen. ¿Por qué pensás que les cuesta tanto hablar de plata?
-Por sentimiento de culpa, y la culpa es mala consejera para un escritor. Un escritor debería ser lo suficientemente egoísta para decir lo que realmente siente respecto de la plata, del sexo, del amor y de lo que sea.
-Antes mencionabas a Fogwill y en el libro, su nombre atraviesa varios ensayos. ¿Creés que faltan escritores dispuestos a polemizar? En ese sentido, ¿Fogwill dejó un gran espacio vacío?
-Fogwill era un buen polemista porque sabía tocar puntos muy dolorosos. Cuando en una entrevista dice que “los pueblos sometidos hacen uso de los gestos faciales de un modo diferente del que lo hacen los dominantes”, refiriéndose a los argentinos de pueblos originarios y a la cara de la gente del pueblo en México, toca algo que pone los pelos de punta. Porque, en general, al escritor argentino le gusta ser progre y estar con los buenos, pero de ahí a señalar que la mucama o al negro que te arregla el escape del auto tienen un cuerpo y un modo de usarlo diferente al tuyo, es muy distinto. Eso duele por cualquier lado que lo veas. Fogwill sabía meter los dedos en esos orificios, pero también sabía ser un polemista bobo. La polémica superficial, tampoco le era ajena. Podía decir por ejemplo que si lo ponían en un taller a escribir junto con Alan Pauls, él siempre iba a ser mejor. Lo cual es dudoso, porque él era un tipo mucho más inteligente que la media de los escritores argentinos, pero no escribía bien. Era un escritor monótono y sus personajes siempre hablaban igual. Esa fue una polémica que yo tuve con Fogwill. Yo decía que él sabía cosas que eran muy valiosas para nosotros, pero no había que aprender a crear personajes de él porque a sus personajes les daba un léxico que correspondía a su ámbito socioeconómico, pero a todos los hacía hablar de las mismas cosas y desde una posición aleccionadora. Todos sus diálogos, hasta te diría toda su obra, tiene la estructura de una recriminación entre alguien que sabe y alguien que no. “Las cosas no son así, boludo, son de esta otra manera”: esa pequeña estructura dialéctica es toda la obra de Fogwill. Los personajes existen cuando les das diferentes posiciones en el mundo. De nada sirve darles diferentes léxicos, si les vas a hacer decir lo mismo. Ese era un defecto de Fogwill, el otro era cuando vendía humo. Fogwill, a veces, era el tachero que sabe dónde están enterrados los dólares de López o el que te dice que la conspiración de la masonería está a punto de apoderarse del mundo. Porque también era paranoico y la paranoia, al contrario de lo que se piensa, tampoco es buena para los escritores.
-Además de Fogwill, Aira es otro de los nombres que atraviesa varios ensayos. ¿Por qué creés que su literatura es tan influyente para los escritores más jóvenes?
-Es curioso porque yo conozco a mucha gente que admira o se entusiasma con Aira, pero no conozco a nadie que evidencie un goce en su lectura. Y lo comprendo porque Aira no me parece un escritor disfrutable. La imaginación de Aira está marcada por la fealdad, y por una fealdad como la de los productos de plástico. Sus novelas me hacen pensar en esos negocios del Once que venden osos de peluche mal cosidos o autitos con las calcomanías medio despegadas. Es un mundo colorido, lúdico, barato, imitativo que corresponde a la producción en serie de productos de baja calidad. Creo que el entusiasmo que provoca Aira se debe a que en este país hay una inusual proporción de lectores que aspiran también a ser escritores. Como son lectores que leen para encontrar modelos a seguir, Aira los entusiasma porque les propone un modelo fácil. Los hace sentir que la escritura y hasta la genialidad están al alcance de la mano.
-En uno de los ensayos, el que da nombre al libro, decís que “los escritores son malos para la controversia, malos para ser malos”. ¿Realmente es así?
-En Latinoamérica somos malos para la controversia porque somos mamíferos demasiado sensibles. Nos gusta demasiado tener amigos y que nos quieran. Entonces, polemizamos a la distancia. A través de internet o en los comentarios de Facebook, decimos cosas duras, pero después no las mantenemos y cuando nos encontramos somos todos amigos. Por otro lado, como personalizamos todo, las polémicas quedan invalidadas de antemano. Si yo digo que la imaginación de Aira no me gusta porque me parece un escritor estereotipado y que sus ideas sobre la literatura me parecen superficiales y torpes, lo primero que se asumirá es que tengo algo personal contra Aira, que estoy celoso de él, que me molesta su fama o sus anteojos. La personalización de todo, invalida la polémica. Y para mí, la polémica en el fondo es la realidad, en un sentido esencial. En el interior de cada uno, cada día hay una polémica entre el ser y el deber ser. En un nivel biológico, las células están todo el tiempo luchando entre la disgregación, la entropía y el impulso de permanecer unidas y seguir haciendo un organismo. En el fondo, como decía Leonard Cohen, “hay que volver a la guerra”.
-Hablás de volver a la guerra como una forma de volver a la polémica. Al poco tiempo de la primera marcha del Ni una menos, escribiste una nota muy controvertida. Si bien algunas mujeres salieron al cruce, me quedó la sensación de que el texto no se terminó debatiendo lo suficiente. Hace muy poco entrevisté a Liliana Heker y ella me decía que ahora los intelectuales adhieren o rechazan determinadas causas, cuando no es eso sólo lo que se espera de ellos. En todo caso, lo que se espera es que piensen y argumenten esa adhesión, ese rechazo. ¿A qué atribuís esa falta de argumentos? ¿Notás cierta vagancia en el campo intelectual?
-Claro, siempre hubo vagancia. En el caso del feminismo es quizás el tema más difícil de debatir del mundo. Para mí es difícil porque no tengo ninguna de las dos posiciones caricaturescas a las que parece reducirse todo. Es decir, no soy machista y tampoco soy feminista. Al mismo tiempo, me cuesta discutir con mis interlocutoras feministas porque partimos de concepciones muy distintas. El feminismo parte de una idea de que la finalidad de todo ser humano, hombre o mujer, es ejercer el poder en forma abierta, institucionalizada y llevar el ideal de vida que nos propone la sociedad de consumo. Yo, en cambio parto de una idea más cercana al pesimismo filosófico. Lo que buscamos es sobrevivir y mi marco de pensamiento es la psicología evolutiva darwinista, para la que en cada ecosistema dado, cada individuo de cualquier especie hace lo que necesita hacer para maximizar sus chances de supervivencia y de pasar su capital genético a la siguiente generación o desaparece. En el ecosistema previo a la revolución industrial, lo mejor que podía hacer una mujer para sobrevivir era adoptar el rol de ama de casa, hacer trabajos comparativamente livianos en el campo o en los albores de la industria o el artesanato y dedicar lo mejor de su energía a la crianza, mientras dejaban que el hombre se ocupara de los trabajos más peligrosos: la guerra, bajar a las minas de carbón y defenderlas físicamente. Eso no fue el patriarcado, eso fue lo que en el ecosistema, previo a la revolución industrial, funcionaba. Cuando la revolución industrial cambia el mundo del trabajo, y el trabajo se transforma en el trabajo tal como lo conocemos ahora -el trabajo mecanizado, de oficina, en el sector de los servicios- el ecosistema cambia y de pronto no hay ninguna razón para que la mujer se quede en casa y se dedique a la crianza. Está muy bien que sea así. Por eso son ridículos los tradicionalistas nostálgicos, que suponen que la naturaleza de la mujer sería la casa y la naturaleza del hombre sería salir a cazar. Eso es falso, no hay tal naturaleza, no existe lo natural, existen ecosistemas y adaptaciones. Entonces, ¿qué pienso? Pienso que una sociedad igualitaria, en la que hombres y mujeres puedan decidir, según sus inclinaciones, su destino, es lo que corresponde hoy en día. Pero no llamo a eso una liberación, no hubo una lucha feminista que trajera ese orden. Lo único que hubo fue un cambio en el paradigma tecnológico y productivo que cambió el ecosistema y nos adaptamos a él.
-Te entiendo, pero en tiempos de Ni una menos, es una postura provocadora.
-Yo no me enfrenté al colectivo Ni una menos, de hecho participé en las dos marchas que se hicieron. Quiero dejar en claro una cosa para que no se me malinterprete, yo apoyo al Ni una menos, apoyo que se haga una marcha para reclamar mayor protección para las mujeres víctimas de violencia. Por supuesto que estoy en contra de la violencia, pero de ahí no deduzco que vivimos en un patriarcado. El feminismo radical intenta aprovechar el pánico y la indignación legítima que causa la violencia contra las mujeres para hacer pasar su propia agenda ideológica. Y yo no quiero aceptar ese contrabando ideológico. Quiero que se pare la violencia contra las mujeres sin que por eso me fuercen a aceptar una visión espuria de la realidad, de la historia y una ideología que fomenta el odio entre hombres y mujeres.
-Defender esta postura, ¿cuánto te benefició y cuánto te perjudicó?
-No me interesa en lo más mínimo. Me gustaría que no me perjudicara, pero me hizo perder algunos amigos y me imposibilitó seguir escribiendo en algunos medios. Pero a su vez, me trajo muchas conversaciones interesantes y la amistad de varias intelectuales que se consideran feministas, pero desde un lugar más abierto a la discusión. A mí, a la manera anticuada, me interesa buscar la verdad, porque creo que existe y que no está, sin ninguna duda, en las visiones simplistas que se trafican en el debate sobre género en este momento.
-Hablábamos de la falta de compromiso intelectual. En el libro hay una entrevista a Abelardo Castillo en la que él te lee un fragmento de sus diarios publicados recientemente. Ahí, Castillo dice que no sabe si va a volver a escribir otro libro que lo comprometa tanto como Crónica de un iniciado. ¿Pensás que los escritores de tu generación viven la literatura del mismo modo? ¿Tienen el mismo compromiso?
-La verdad, no sé muy bien dónde empieza y dónde termina mi generación. Me viene a la cabeza el nombre de Carlos Gamerro. Para mí él es un “hombre de letras”, uso esta expresión un poco anticuada porque me gusta el concepto de que alguien más allá de su trabajo como novelista, crítico, traductor es sobre todo alguien que vive en las letras. Me parece que el compromiso de Gamerro es tan grande como el de Abelardo, el de Bioy o el de Borges. Es alguien que ostensiblemente dedica lo mejor de sus fuerzas a la literatura. Después, creo que Pola Oloixarac, que es probablemente la escritora de mi generación que prefiero, vive para las ideas. A veces esas ideas aparecen en forma de ficciones, a veces se incorporan al personaje que ella ha creado de sí misma, pero Pola es una fanática. Es alguien a quien no le interesa nada fuera del curso de sus obsesiones literarias. En un lugar completamente distinto, Juan Terranova también es un fanático. En Argentina, es lo más parecido que hay a lo que eran en Francia Mauriac o Huysmans. Un escritor católico con una agudeza y una finura crítica impactante, también con una dosis importante de paranoia.
-Me nombrás a Terranova y en contraposición pienso en una frase de tu libro. En uno de los ensayos decís que “al crítico argentino se lo reconoce por un rasgo: no critica”. ¿Realmente ves esa falencia de la crítica?
-Creo que es bastante injusto eso que dije. Yo vivía afuera y me guiaba mucho por la crítica de suplemento, que es excesivamente cortés. Pero no me había llegado, y no estoy seguro de que ya Terranova hubiera publicado sus trabajos críticos, como Los gauchos irónicos. Tampoco había leído a Mavrakis, que me parece otro crítico notable, y menos todavía a intelectuales como Ingrid Sarchman, que empecé a leer hace mucho menos tiempo, uno va cambiando de acuerdo con lo que va leyendo. Hay mundos críticos que son estancos. El mundo de la pequeña crítica de suplemento, salvo pocas excepciones, sigue teniendo esa impostura, basada en el tecnicismo, que se fija en el uso de los tiempos o se ocupa de señalar si hay o no un monólogo interior, pero nunca termina de decir si el libro está bien o mal. Después están los críticos que se criaron en las catacumbas de los blogs en la década pasada. Muchos de ellos recién están floreciendo ahora como críticos y son infinitamente más interesantes.
-¿A quién te referís? A mí me viene a la cabeza el nombre de Martín Zariello.
-Martín Zariello es un tipo que vive en Mar del Plata, lo cual ya es una excentricidad. A la manera de Fabián Casas, pero de un modo un poco más incisivo, con más ferocidad, transita sin solución de continuidad entre el rock, la filosofía, la política y el fútbol. Lo que escribe siempre es inmensamente interesante. Tiene eso que llaman la lucidez del depresivo y un humor melancólico, que al mismo tiempo le permite descubrir cosas que otros no descubrimos en los textos. Todo esto lo hace un personaje entrañable. Su libro sobre Yendo de la cama al living, de toda la moda sobre libros de rock argentino que hubo en el último tiempo, me parece lo que más merece rescatarse.
-En este contexto, ¿qué lugar ocupan los suplementos culturales?
-Los suplementos se van replegando sobre sí mismos. La gente que lee Radar se reconoce por ciertos códigos compartidos; los que leen Ñ, también. Ñ me parece una buena publicación que de alguna manera continúa la tradición rioplatense de la difusión de las últimas ideas de Europa y Estados Unidos. A veces me aburre, pero reconozco que una publicación con vocación cosmopolita, hace falta. De Ideas no puedo decir mucho porque escribo ahí y lo que diga queda un poco invalidado, pero puedo formular una queja casi gremial: debería tener muchas más páginas porque para la variedad de temas que aborda el suplemento, diez páginas es muy poco.
-Desde hace un tiempo estás al frente de Editorial Galerna, ¿cómo es estar del otro lado del mostrador?
-Estar del otro lado del mostrador me confirmó algo que ya pensaba: el éxito de un libro es misterioso, no hay nada predecible. Podés tener una pista: un libro de política, en un año electoral, es probable que tenga más prensa. Pero nos guste o no, la prensa no hace que un libro tenga más lectores.
-Por último, gastar tanta energía en libros ajenos, ¿te deja sin ganas para escribir tu propia literatura?
-No, al contrario, me da más ganas. Probablemente, mi próxima novela tenga como protagonista a un editor y por una vez lo haré con la conciencia tranquila de que sé de lo que hablo.
Publicada originalmente en Revista Quid.
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