domingo, 4 de enero de 2015

Entrevista a Miguel Grinberg “El rock ha perdido su contenido contracultural”


Nando Varela Pagliaro

“Tenés que ir al Teatro del Altillo y después hablamos”, le dijo Juan Carlos Kreimer  a Miguel Grinberg, en uno de los pasillos de la Editorial Abril. Corría el año 66 y Grinberg, que por entonces era un joven crítico musical y cinematográfico, siguió el consejo de su compañero de redacción y fue al teatro de la calle Florida. Estaban tocando Los Beatniks, el grupo que lideraban Moris y Pajarito Zaguri. Fueron ellos los primeros dos rockeros que conoció y los que lo llevaron por primera vez a La Cueva. Ahí terminaría de conocer al resto del elenco: Javier Martínez, Tanguito y Litto Nebbia. “A partir de ahí empecé a ir a cuanto recital se hacía y me convertí en un habitué de La Cueva. No frecuenté tanto La Perla del Once porque era una experiencia más sedentaria. Estaban algunos de los protagonistas de La Cueva, pero aparte estaban “los cueveros” que eran unos pesados insoportables”, dice Grinberg, sentado a una mesa de una pizzería céntrica, casi cincuenta años después de aquel encuentro que cambiaría su vida . Su historia, desde entonces, siempre estuvo ligada al rock. Fue el conductor de los primeros programas de radio que difundían el género; el productor de los míticos recitales en Parque Centenario, el editor de revistas alternativas como Eco Contemporáneo y Contracultura y el encargado de escribir Cómo vino la mano, un libro fundamental para entender los orígenes del rock en la Argentina. Publicado originalmente en 1977 por la Editorial Convergencia, el libro llega ahora a su quinta edición, esta vez a cargo de Gourmet Musical.  Para esta nueva versión se agregaron entrevistas a Miguel Cantilo y Rodolfo García; fotografías inéditas; tres manifiestos –de Spinetta, Claudio Gabis y Pablo Dacal- y un apéndice con artículos de prensa publicados por el autor  entre 1971 y 1977 en las revistas La Bella Gente y Prensario de los Espectáculos.

-En las últimas entrevistas que añadió para el libro, a ambos entrevistados les pregunta de qué manera el rock les hizo bien, ¿cuál sería su respuesta a esa pregunta?

El rock es un testimonio del difícil arte de ser joven en la Argentina.  Creo que nos hizo bien en el sentido de que creó una música nacional y popular que no era ni tango ni folclore, una música que expresa cabalmente los sentimientos de toda una generación. En un país que ha vivido gran parte de su historia del siglo veinte bajo dictaduras o gobiernos autoritarios, el rock le dio identidad a toda una generación.

-Y a usted personalmente, ¿en qué le hizo bien? 

A mí me hizo demasiado bien. Me permitió conocer bellísimos seres humanos y artistas que son mis amigos. La amistad de los rockeros es un privilegio. Lo que no quiere decir que sean todos santos, también  hay algunos demonios.

- ¿Hay algo que se haya perpetrado en nombre del rock que le hace mal?

Lo que me hace mal es ver cómo está siendo expropiado por los grandes traficantes de la sociedad de consumo. Las marcas vienen apoderándose a gran velocidad de la música joven y la usan como vehículo para vender indumentaria, gaseosas, cerveza, euforizantes y otras pamplinas. Me hace mal ver que el rock ha perdido su contenido contracultural y ya no habla de cambiar la vida y transformar a la sociedad, sino de llenar estadios con cien mil personas y ver cuánto pagan. Promueve el culto de la personalidad, la idolatría; masifica, distorsiona y explota.

-Ser rockero en los 70 era lo contracultural, ¿ahora sigue estando en el rock la contracultura o ya no? 

 Sigue habiendo un espíritu contracultural y eso lo podemos comprobar en el libro Cancionistas del Río de la Plata de  Martín Graziano. En estos cancionistas  hay un espíritu testimonial, pero no porque hablan de que “hay que matar al patrón o el pueblo unido jamás será vencido”, sino que vienen con un alto nivel poético, entonando una necesidad de fraternidad y justicia social que es prioritaria en estos momentos que estamos viviendo. Es un espíritu pacífico, el rock nunca convalidó la violencia. Hay una cantidad de músicos nuevos que están corporizando lo que viene a continuación del rock, que no se va a llamar rock. Espero que aparezca el que tenga la inteligencia para bautizar la nueva música que está naciendo, nutrida por el rock, pero muy diferente.

-El rock y los militares es un tema que atraviesa el libro. Enrique Symns dice que en la dictadura desaparecieron obreros, estudiantes, amas de casa, etc. Sin embargo, no hay rockeros desaparecidos, dando a entender que de alguna forma los rockeros fueron usados por la dictadura, ¿está de acuerdo con ese planteo?

La dictadura intentó utilizar a los rockeros de la misma manera que utilizó a Palito Ortega para ir a cantar en Tucumán en el Operativo Independencia para animar a las tropas, pero los rockeros no se prestaron a eso. Hay un caso muy patente con los rockeros argentinos, quisieron contratarlos y llevarlos a cantar para las tropas, ellos lo descubrieron al llegar allá, se negaron y tuvieron que irse al exilio muy rápidamente.

-Y en la etapa de Malvinas, ¿no deberían hacer un mea culpa por la participación en el Festival de la Solidaridad?

El recital de la solidaridad no fue una apología de la guerra ni de la Junta Militar. Eso es un rumor que echaron a correr con muy mala intención. Fue de la A a la Z un recital por la paz. Conscientes de quiénes estaban tratando de capitalizarlo, pero fue un acto pacifista. Nadie proclamó solidaridad con la Junta. No hubo loas a ninguna iniciativa suya, pero había algo cierto y real, una generación de chicos estaba combatiendo desigualmente en Las Malvinas y había que mandarles una señal a través de los tiempos y eso fue lo que intentó ser el recital. La junta no decretó que pasaran rock argentino. El rock argentino apareció por peso propio para llenar un hueco que había aparecido, al prohibirse la música en inglés. Fue una batalla ganada, la batalla de la difusión. Sin querer la promovieron los milicos y a partir de ahí al rock no lo paró nadie.

-¿Cree que había cosas que los militares no llegaban a ver?


Creer que los militares eran estúpidos es un prejuicio subdesarrollado. Cuando Patricia Derian venía a la Argentina en nombre de Jimmy Carter a hablar de Derechos Humanos, los militares ostentaban el rock y las peregrinaciones religiosas como muestra de que la juventud no era reprimida.  Con un criterio análogo yo le puedo contestar a Symns que es verdad que estaban prohibidos los sindicatos, los centros de estudiantes, los partidos políticos y el rock no estaba prohibido. La dictadura lo utilizaba al rock como argumento de autodefensa, pero no publicitariamente. El rock nunca salió a ponderar a ningún general.

Publicada en el Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino, enero 2015.

No hay comentarios:

Publicar un comentario