domingo, 14 de junio de 2015

El disco recordado: Abre - Fito Páez


Nando Varela Pagliaro

Tenía apenas 18 años cuando mi hermano me propuso que lo acompañara en su viaje a Barcelona. Su idea era aterrizar en la ciudad catalana para intentar vivir de la música. La forma en que lo iba a lograr no la tenía muy clara, pero de todos modos, después de pensarlo un par de días, me sumé a su ilusión viajera y musical. En muy poco tiempo preparamos un repertorio. Todo muy sencillo: dos guitarras, dos voces, algunas canciones propias y otras que intuíamos que eran conocidas por los españoles.  Armamos nuestras valijas, dejamos el corazón en el aeropuerto y partimos rumbo a la madre patria. Fue un 26 de junio de 2002, el mismo día trágico que en la Estación Avellaneda mataron a Kosteki y Santillán. Clarín luego titularía “La crisis causó dos nuevas muertes”.

Una vez en Barcelona, tocamos en cada lugar donde se pudiera, desde bares y festivales hasta en la rambla y la plaza de la Catedral. Empezábamos por la mañana y terminábamos a última hora, cuando no quedaba ni un turista en la calle. Ya de madrugada, mientras contábamos cuánto habíamos juntado con la gorra, escuchábamos Abre, uno de los discos más hermosos de Fito Páez. Y no nos sentíamos tan solos. 

Publicada en el Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino, junio 2015.

domingo, 7 de junio de 2015

Acerca del arte de construir la letra de una canción


Nando Varela Pagliaro

Hablar de que existe literatura en las letras de las canciones, supongo que es algo que a esta altura muy pocos se atreverían a discutir. De hecho, hace unos años Leonard Cohen obtuvo el Premio Príncipe de Asturias a las Letras y el nombre de Bob Dylan es uno de los que más suena como candidato para cada edición del Nobel.  Con la intención de develar algunos secretos del maravilloso arte de escribir canciones, Gourmet Musical acaba de publicar Letristas. La escritura que se canta. Este trabajo llevado a cabo por Alejandro Güerri y Federico Merea es un compendio de entrevistas con destacados autores de música popular. El listado, arbitrario e incompleto como toda selección, incluye a letristas de rock como Javier Martínez y Jorge Serrano; a exponentes del pop como Ale Sergi, Adrián Dárgelos y Roberto Jacoby; al folclorista Ramón Ayala; al cumbiero Pablo Lescano y al baladista Paz Martínez, entre otros. Las conversaciones registran sólo la voz de los letristas y fueron editadas con subtítulos introductorios, pero sin las preguntas que dieron lugar al relato que se intenta reconstruir. Como explican los autores en el prólogo del libro, las preguntas ausentes rondaron en torno a “rima y estribillo, la relación entre las palabras y la música en sus múltiples variantes, cómo se elige el título de una canción y de qué manera y cuánto se corrige una letra”. Bajo esas consignas los autores analizan sus composiciones y rememoran anécdotas y experiencias vinculadas con cuestiones propias del oficio.

“Como toda aventura inesperada, tiene mucho de frustración, altísimas dosis de sinsabor, porque más que nada es búsqueda. Según su talento y su autoexigencia, uno encuentra un veinte o un treinta por ciento del tiempo que busca. Quiere decir que todo el otro tiempo uno lo pierde en la frustración de buscar y no encontrar. Por eso, no me dedico a esto todos los días”, dice Adrián Dárgelos. El cantante de Babásonicos además confiesa que trata de escribir muy poco entre un disco y otro para que sus canciones no se parezcan entre sí y para olvidarse de cómo era todo y volver a escribir con una voz nueva.

Si bien en el mundo de la música hay muchos artistas que se declaran enemigos del hit, es innegable que la gran mayoría anhela que sus composiciones lleguen al público masivo. Jorge Serrano, principal compositor de los Auténticos Decadentes, piensa que una de las cosas más grandes a las que se puede aspirar es que la gente elija espontáneamente una canción. En su caso, cree que el éxito tiene que ver con no ser tan erudito y mantenerse dentro de lo simple tanto en la letra como en la melodía. Para Roberto Jacoby, letrista de la mayoría de las canciones de Virus, la suerte de un tema muchas veces depende del estribillo: “La canción es como un virus: o contagia o no. Y los virus más contagiosos son los que tienen estribillos porque es un punto fundamental en la reproducción viral. El estribillo tiene catch-up, te queda en la cabeza, no te lo podés sacar”.

Más allá de algunas sugerencias nimias, por lo que manifiestan los quince entrevistados a lo largo del libro, son muy pocas las herramientas o los consejos que se pueden transmitir del oficio.  La conclusión la expresa de forma clara Dárgelos cuando dice: “Después de escribir muchas canciones, me doy cuenta de que no hay escuela. No se puede enseñar, no hay método”.

Publicada originalmente en el Suplemento de Cultura del diario Tiempo Argentino, junio 2015.

jueves, 4 de junio de 2015

domingo, 17 de mayo de 2015

Entrevista a José Pablo Feinmann: “Después de haberme pasado la vida escribiendo, te reducen a una letra: sos K”


Nando Varela Pagliaro

“La ficción está terriblemente devaluada en la Argentina, en gran medida por los libros políticos y periodísticos”, dice José Pablo Feinmann, que acaba de publicar Bongo, infancia en Belgrano R y otros cuentos y nouevelles. Es un libro de casi 500 páginas, que es algo totalmente inusual porque los libros de cuentos suelen ser la preparación de los escritores para escribir cosas más ambiciosas”, señala el filósofo sentado en la misma silla en la que escribe todas las noches. Ese es su lugar en el mundo. Atiborrado de libros y obsesiones, ahí trabaja intensamente desde las doce a las ocho de la mañana. Sólo sale del búnker para hablar con su mujer o distraerse con Koshka y Buñuelo, dos gatos persas que merodean cada rincón del departamento. Según cuenta, podría dividir su vida en cuatro partes: “Infancia”, “Estudio y militancia”, “Cáncer, golpe y neurosis” y “Segunda oportunidad”. “Quizás pocos tipos que han tenido una segunda oportunidad la sintieron tan merecidamente y la aprovecharon como lo hice yo. De ahí que haya laburado tanto”.

-Ya desde el título, la infancia es algo que está  muy presente en el libro ¿Llega un momento en que todo escritor tiene la necesidad de revisar su pasado?

-Cuando yo debía andar los cincuenta, una vez me encontré con Carlos Gorostiza y me dijo: “¿no te pusiste a revisar la infancia?” “No, no se me da por revisar la infancia”, le dije y él me respondió: “Te faltan unos años”. Efectivamente unos años más tarde me vino una gran nostalgia por la infancia. Cuando cayeron muchas cosas en mi vida, cuando me fui desilusionando, cuando me fueron quedando pocas grandes certezas, la gran certeza que se mantuvo siempre fue que tuve una infancia feliz. En Belgrano R, que en los cincuenta era un paraíso. Tenía una linda familia y un hermoso chalet que todavía está: es la casa que hace diagonal con la iglesia San Patricio, donde mataron a los curas Palotinos. Cuando pasó lo de los curas pensé: “estos hijos de puta hasta me tenían que arruinar la infancia”. Pero pese a esa tragedia, volví a Echeverría y Estomba y está el chalet porque el arquitecto que lo compró conservó todos los materiales más nobles. Me dejó pasar. Entré y fui a la escalera de madera. En el rellano, cuando tenía unos siete años, yo había hecho un agujero para jugar a las bolitas y tantos años después, me fijé y el agujero todavía estaba. Menos pronunciado, pero estaba. Esas cosas son muy mágicas: me dieron ganas de sacar unas bolitas y ponerme a jugar.

- En Bongo hay un cuento desopilante que se llama Dieguito en el que un chico se encuentra con la cabeza ensangrentada de Maradona. Son muy graciosas las interpretaciones de esa tragedia que hace cada uno según el partido político que represente. En su literatura, ¿casi siempre se termina metiendo  lo político?

-Estos cuentos tienen muy poco de político, en general en las novelas que escribí sí hay mucho de político. Últimos días de la víctima es una novela política escrita bajo la dictadura. Todo el clima opresivo y sofocante es también el que vivíamos en ese momento. Pero también entonces deberíamos decir que la literatura de Kafka es política. “Sin que nadie supiera por qué Josef K. desapareció una mañana”. Eso parece escrito en 1978 en la Argentina. Es la genialidad de Kafka la que anticipa todo lo que vendría. Aunque no se lo haya propuesto, los cuentos de Kafka son muy políticos. Ojalá los míos también lo sean. Creo que los escritores que se alejan de lo político, al final lo político también los agarra. Lo mejor es fijar una posición para saber dónde uno está parado, sino en cualquier momento te puede pasar algo sin que sepas por qué te pasa.

-En estos días se tomó una escena de Últimos días de la víctima en alusión a la muerte de Nisman, ¿cómo le cayó eso?

- Eso me llenó de orgullo. Lo llamé a Aristarain y le dije: “Adolfo, ¿te das cuenta? Treinta años después seguimos vigentes con la película”. Si hablamos de la vigencia de una novela o por qué fue escrita, te diría que fue escrita justamente para mostrar el asesinato en la modalidad de lo oculto, pero la novela también dice que la realidad se hace a través del crimen, como la política se hace a través del crimen.

-Recién decía que  lo mejor es fijar una posición, ¿conviene siempre manifestar la ideología para un escritor?

-En estos doce años hay muy pocos escritores argentinos que se jugaron políticamente o que opinaron. Guillermo Martínez es un tipo que dio su opinión, que fue a 678 y encima Orlando Barone se equivocó y lo trató mal. Después Ricardo Foster le dijo a Barone: “¿Cómo tratás mal a un escritor argentino que va y dice que votó por el kirchnerismo, pero que tiene algunas objeciones?” No recuerdo muchos otros escritores que hayan hablado; los ensayistas sí han hablado, pero los escritores son muy pocos.

- Hace poco lo entrevisté a Guillermo Martínez y me dijo que “en el mundo literario tener éxito es un pecado”. Manifestar cierto apoyo ideológico, ¿también es un pecado?

-Es el mismo pecado que el del éxito. Yo también tuve éxito y mi primera novela me la filmó nada menos que Aristarain.  Eso sumado a mi peronismo determinó que cuando se abre la facultad alfonsinista del ‘84, yo no entré en ninguna cátedra y todavía sigo sin ser estudiado. A esta altura me importa un pito, porque ya estoy hecho. Además sé que mientras siga vivo, voy a seguir escribiendo.

-¿Cree que no es incluido porque hay un ensañamiento?

-Conmigo creo que siempre hubo una cosa con la cuestión del peronismo. Al menos durante el alfonsinismo. Luego, Beatriz Sarlo escribe una nota en Clarín sobre los libros de la dictadura y no menciona mis dos novelas. Eso fue en pleno kirchnerismo y claro, ya es política. Este es un K, no lo voy a mencionar. Pero por mí está bien porque en última instancia yo no sé quién se perjudica. En esa nota, para mí, se perjudica ella porque es evidente que si tenés que hablar de la literatura bajo la dictadura, tenés que hablar de Últimos días de la víctima y de Ni el tiro del final. Ahí ya hay una bronca política y también está el odio. No digo por parte de Beatriz, pero sí por parte de Clarín. Hay muchos escritores que prefieren no opinar nada, pero tener una tapa de Ñ por año. Para algunos ese costo es muy alto. Para Ñ yo no existo y tampoco existo para La Nación. Bongo ni siquiera lo comentaron y si lo comentan, mejor que no lo comenten. Los dos tomos sobre el peronismo que son más de mil seiscientas páginas, los comentaron en quince líneas.

-Ya que empezamos a hablar de política, en su novela Timote imagina un diálogo entre Aramburu y Fernando Abal Medina en el que Aramburu le dice que podría contarle cosas aborrecibles sobre Perón y Abal Medina le responde que no se gaste, que desde chico escuchó cosas aborrecibles sobre Perón que lo hicieron peronista ¿Piensa que algo parecido pasó con la juventud y el kirchnerismo?

- Yo no entiendo cómo Clarín lleva una política tan torpe. La gente común se cansa de leer malas noticias. Clarín y La Nación no van a decir que hay algo bueno porque lógicamente se le va a atribuir al gobierno. Pero con esa política les amargan la vida a sus lectores. Tiene el efecto paradójico porque cuando Goebbels decía “mil repeticiones hacen una verdad”, se podría decir que es cierto, pero mil repeticiones también te hartan. La oposición no tiene entidad ontológica. Ser opositor es simplemente oponerse a lo que hace el gobierno. Así pierden identidad y por eso no pudo existir una oposición en doce años. Entonces, los jóvenes necesitan creer en algo y el kirchnerismo los entusiasma más porque ofrece una módica utopía. Te digo módica utopía porque no se puede tener otra utopía en este mundo en el que estamos viviendo. Otra cosa que tiene de atractivo el kirchnerismo o preferiría decir el cristinismo, porque a ella le tengo un gran respeto, es la política de Derechos Humanos. Realmente ahí los jóvenes ven que hay una justicia. Tanto odian a las Madres de Plaza de Mayo, pero es por ellas que no se mató a ningún militar. En este momento del capitalismo lo único que podemos hacer es tratar de disminuir el sufrimiento y la violencia.

-¿Cómo cree que será recordada esta década y usted, como uno de los intelectuales más emblemáticos?

-Las versiones de la historia son muchas y siempre van a estar chocando. Esa frase de Nietzsche: “no hay hechos, hay interpretaciones”, hay que decir ante todo que hay interpretaciones porque hay hechos, pero después vienen las interpretaciones de los hechos. Creo que dentro de cuarenta años yo voy a ser un objeto de esta década y habrá distintas interpretaciones. Una vez Luis Majul escribió sobre mí: “de filósofo progresista a alcahuete del poder”. También el que escribió eso va a tener que dar cuentas de haberme llamado a mí alcahuete del poder porque si alguien pudo haber sido funcionario fui yo, porque al primero que llamó Kirchner fue a mí. En la primera entrevista, con cautela, me dijo: “Te necesito, pedime en qué querés estar.” “En nada”, le dije. “No puedo ser asesor tuyo porque si soy asesor tuyo, pierdo mi individualidad y vos también perdés la tuya. Van a decir que decís lo que yo te digo y yo que soy un alcahuete del poder”, como dijo este periodista con muy mala leche. Deberían repasar la historia y respetarme más. Tendrían que decir: “Mirá este tipo, tuvo todas las oportunidades y no agarró nada”. Pero no agarré porque me gusta tanto escribir y estar acá en este lugar tan pequeñito, pero tan mío, que para qué me voy a ir a una Secretaria de Cultura a recibir a un conjunto folclórico a las ocho de la mañana, cuando yo a esa hora duermo. Yo le dije a Kirchner: “Creá el Ministerio de la Noche y por ahí me ocupo de eso”.

-En La última invasión de Buenos Aires, uno de los cuentos de Bongo, alude a la influencia de Susana Giménez en nuestra incultura. Los intelectuales, ¿deberían  hacer un mea culpa por el lugar que este tipo de personajes ocupan dentro de la sociedad?

-Por supuesto que habría que hacer un mea culpa, pero yo no. Yo lucho dentro de los medios. Voy a grabar la novena temporada de Filosofía aquí y ahora, voy a hacer un programa de radio para la Universidad de Córdoba y estoy en Página 12. Para los filósofos eso es aberrante. Entonces, ¿qué hacés? ¿les regalás la cancha? No, hay que meterse, pero también hay que tener condiciones y convencer a quien te está escuchando de que lo que vos decís tiene contundencia. Porque uno habla de otras cosas y no pone minas para convencerlo. Siempre trabajo con esa frase de Sartre: “Uno es lo que hace con lo que hicieron de él”.  De vos van a intentar hacer siempre una basura porque el sistema funciona mejor con los zombies: las corporaciones y el mercado van a funcionar mejor si no hay nadie que lo critique.

-Nombró a su programa en Encuentro ¿Se imagina qué podría pasar con el canal si hubiera un cambio de gobierno?

-Eso va a definir al gobierno. El canal Encuentro tomó tanto poder, en cuanto llegada a la gente, que quién se puede atrever a cerrarlo. Es toda una definición política.

-Comentaba que sus dos tomos sobre el peronismo los reseñaron en quince líneas. A pesar de eso, ¿sigue leyendo los suplementos culturales?

 - Casi no los veo. A veces  leo Ñ o ADN, pero para enterarme de cómo les va a los otros. No voy a encontrar nada sobre mí ahí y menos nada bueno. Yo sé que de ahí soy un excluido. Pero bueno, tengo mi diario, hace veinticinco años que estoy en Página. De todos modos, creo que los otros medios deberían respetarme por mi trayectoria: hace cuarenta años que estoy en la cultura. No me tienen que tratar como un sujeto político, para ellos soy K. Después de haberme pasado la vida estudiando, dando clases, escribiendo, te reducen a una letra: sos K.

- Saliendo de la política y los medios y volviendo a la literatura, su tiempo lo divide entre lo que quiere escribir y lo que quiere leer. Esas lecturas, ¿incluyen a autores jóvenes?

- No creo en el deber del escritor maduro de leer a los jóvenes, más bien en el de los jóvenes en leer a los maduros. A veces noto que tienen mucha necesidad de seguir leyendo antes de escribir. Cualquiera cree que puede escribir, pero no es así. No es fácil escribir.

- Es difícil escapar a la impresión que genera su productividad literaria. Cuando mira para atrás y ve todo el tiempo que le dedicó a la literatura, ¿en ningún momento siente un poco de arrepentimiento?

-Jamás. Escribo desde los ocho años. Los cuentos sus Dos deberes y Sherad que están en Bongo, realmente no son los que están en el libro, pero yo sí los escribí a esa edad. No los recuperé porque uno cuando llega a la adolescencia y entra en la facultad se vuelve tan tonto que tira todo lo que escribió de pibe. Siempre me apasionó la literatura y la filosofía.

-Pero, por haberle dedicado tanto tiempo a la literatura, ¿no se siente en falta en otros aspectos? ¿Familiares, por ejemplo?

-No, porque me ocupo de lo familiar. Escribo mucho, pero cuido a mi mujer a mis dos hijas y a mis amigos. Claro, no voy a cócteles ni presentaciones. Ya estoy cansado de todo eso. Hago una vida dedicada esencialmente a escribir, a pensar y en lo posible tocar algo el piano. Esa sí es mi gran frustración, esa fue mi gran elección. Yo estudiaba mucho piano hasta que a los diecisiete años un maestro me dijo: “Te estás engañando: o seguís filosofía o estudiás piano seriamente”.

-¿A veces siente que se arrepintió de esa decisión?

-Cuando escucho tocar a Martha Argerich.

-Alguna vez dijo que le gustaría escribir como Martha Argerich toca el piano.


-No te diría rotundamente que escribo como Martha Argerich toca el piano, pero sí te diría que escribo con mucha musicalidad. De eso estoy seguro. El sentido del ritmo que yo siempre tuve al tocar el piano, lo encuentro en mi prosa. 

Publicado originalmente en el Suplemento de Cultura del diario Tiempo Argentino.

viernes, 8 de mayo de 2015

Entrevista a Gonzalo Unamuno: “No me interesa ser peronólogo”


Nando Varela Pagliaro

Gonzalo Unamuno es autor de los libros de poesía De otra luz (2007), Distancia que nadie ocupará (2011), del libro de relatos El vermú de la gente bien (2009) y de la novela Acordes menores para Marion Cotillard (2011). En estos días, Editorial Galerna acaba de publicar Que todo se detenga (2015), su segunda novela.
“La idea surgió hace unos siete años a raíz de una necesidad que sentía de disparar contra todo. El proceso de escritura fue de muchísimo esfuerzo. Escribí ese libro en un estado de total involucramiento. Incluso lo grabé de punta a punta para trabajarlo desde la oralidad. Le saqué más de cien páginas, lo di a leer a algunos escritores que respeto. Lo pensé mucho. Y lo corregí, lo corregí, lo corregí”.

- Que todo se detenga puede leerse como una novela generacional ¿Cuáles son los riegos que se corren al hablar en nombre de una generación?

-Riesgo, -lo que yo entiendo por riesgo-, no se corre ninguno. Es literatura. Puede pasar que arrogarse el hablar en nombre de una generación te lleve a confrontar con algunos que discrepen, o bien que estén parcial o totalmente de acuerdo. Pero eso es enriquecedor. No hay “coros generacionales”. Lo que hay son individuos que hacen su aporte al tono general. Si uno no puede hablar en nombre de su generación entonces no puede hablar de nada.

-En una entrevista en Télam dijiste que “los años 90 parieron una generación de escépticos y de descreídos, por ende, de cagones, de temerosos” ¿Cómo imaginás que va a ser la generación que parió el kirchnerismo?

-Más que imaginarla, está a la vista. Es una generación mucho más involucrada, politizada y dispuesta a ir por lo suyo, a no esperar nada de nadie. La generación que parió el kirchnerismo entendió muy bien la lógica de la política, no se come el verso de que hay que estar al margen, de que la política es un universo lleno de complejidades y que meter los pies en el barro puede traer consecuencias nefastas. O hacés, vas al choque, confrontás tu espacio, o te llevan de la oreja al campo de exterminio que es el resentimiento. Eso es lo que entendió esta generación.

-Pablo Ramos, un escritor que está dentro de la línea de los que te interesan, tiene una anécdota muy graciosa con respecto al peronismo. Un día, Ramos estaba en la escuela y por primera vez escuchó la palabra peronista. Entonces, apenas llegó a su casa, le preguntó a su viejo: “papá, ¿qué es peronista?”  Y él padre le respondió: “lo que vas a ser de acá hasta que te mueras, si no querés que te rompa el culo a patadas”. Vos que venís de una histórica familia peronista, ¿tenés alguna definición que te haya dado tu viejo de lo que es el peronismo?  

-Mi viejo era un enamorado del peronismo a quien el peronismo le “pagó” con diversos cargos y también le “quitó” con muchos años de cárcel y de proscripción. Era un gran conversador de historia y de política, que nunca daba definiciones tajantes como pueden ser “El peronismo es esto, es lo otro”. Pero alguna vez dejó escrito: “Nada es tan acabadamente argentino como el fenómeno peronista.”

-En un ensayo que leíste en la presentación de Con el bombo y la palabra de Rodolfo Edwards dijiste que "el peronismo está muerto o es pura literatura", ¿realmente creés eso?

-En cierta medida sí. Hoy ser peronista no te dice nada. Las pruebas están a la vista: no tenés partido ni sello de goma, ni existe autoridad moral que te ponga o te saque la camiseta. Como “movimiento” es muy difuso. Podés ser peronista y no militar, podés secundar a Macri en una fórmula, podés haber pasado por ocho partidos previamente, podés haber participado del saqueo de los 90 o haber sido de las tres A. Fijate que cada disidencia, cada fuga de actores que tuvo el peronismo a lo largo de su vida siempre estuvieron vinculadas a ese apropiamiento de la simbología tradicional. Cuando vos tenés que justificar la autenticidad de algo es porque no la tenés o no está claro que la tengas. Entonces, no la tiene nadie, no jodamos. No estamos muertos, todo lo contrario. Somos pura literatura.


-“Hay que cortar con Teresa Parodi, la memoria y el olor a Chori”, dice Germán Baraja, el protagonista de Que todo se detenga. ¿Ese también es tu pensamiento?

Ni ese ni casi ninguno de los pensamientos de Germán Baraja son los que yo sostengo como Gonzalo Unamuno. Es un personaje y hay que tomarlo como tal. Hace poco dije en una entrevista que en la Argentina la “memoria” alcanzó una madurez extraordinaria para el país adolescente que somos. Y me alegra que así sea, me llena de orgullo que tanto Néstor como Cristina, desde el Estado, hayan respondido por las atrocidades que desde el propio Estado se llevaron adelante contra la sociedad civil.

-En las notas que te vienen haciendo e incluso en esta misma, se pone el foco en la cuestión política, ¿Te sentís cómodo en ese lugar de “peronólogo”?

No me siento ni cómodo ni incómodo porque no es un lugar que yo haya elegido ni creo que tenga. No me interesa ser peronólogo. Entiendo sí que ser militante peronista de toda la vida me da derecho, al menos, a referirme al tema. Por otra parte, cuando se me consulta sobre peronismo es por asuntos estrictamente referidos a mi obra. Yo no ando por ahí diciendo quién es peronista y quién no, porque me sientan de un cachetazo. Pero tengo espalda para hablar del tema.

-“Soy alguien que pudo haber alcanzado todo pero se preguntó qué es todo. Otro que terminó en el más imperdonable de los errores: el de, aún con talento, no haber hecho plata y peor, haberla dilapidado”, confiesa Germán Baraja. En tu caso, ¿qué lugar ocupa el dinero? ¿Cuánto interfiere en tus objetivos literarios?


El lugar que el dinero ocupa en mi vida es un lugar muy simple. Gano lo suficiente para suplir mis intereses y mis necesidades del momento: comprar libros, pagar las cuentas y los impuestos comunes a todos, pasear con mi mujer por algunos cines y teatros, eventualmente viajar, y algunos etcéteras de precios similares. Sí te digo que el dinero es ajeno a mis intereses literarios. Por supuesto que si aparece, tanto mejor. Pero, al menos por ahora, no interfiere de ninguna manera.

Publicada originalmente en Revista Paco, mayo de 2015.

martes, 28 de abril de 2015

Para no sentirse tan solos


Nando Varela Pagliaro

 “Los poetas ahora la pasan bastante mal / nadie los lee mucho / esos nadie son pocos / el oficio perdió prestigio / para un poeta es cada día más difícil /conseguir el amor de una muchacha / ser candidato a presidente / que algún almacenero le fíe / que un guerrero haga hazañas para que él las cante / que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro”. Estos versos que acabo de citar forman parte de “Sobre la poesía”, una de las composiciones más populares de Juan Gelman. Fueron incluidos en Hacia el sur, un libro publicado en 1982. Ya han pasado más de treinta años desde los versos de Gelman y a pesar de que todavía es muy difícil encontrar almaceneros que fíen o reyes que paguen con monedas de oro, al menos sí existen premios, festivales y ciclos de lectura que sirven de apoyo para que los poetas puedan difundir sus obras.

Entre los festivales, se podrían destacar el Festival de Poesía en la Escuela, que propone acercar el lenguaje poético a los niños; el de la Biblioteca Nacional; el de la Feria del Libro; el de Córdoba; el del Centro Cultural de la Cooperación y el de la ciudad de Rosario. Sin dudas, este último es el de mayor importancia.

Organizado por el Centro Cultural Parque de España CCPE/AECID, la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario y el Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe, el Festival Internacional de Poesía de Rosario se ha convertido en el encuentro más destacado de poetas que se realiza en la Argentina. Este año, en el mes de septiembre, se llevará a cabo la vigésimo segunda edición. De ella participarán poetas argentinos e invitados especiales de distintos países. Si bien hay actividades en distintas bibliotecas y colegios de la ciudad, la mayor parte de la programación se desarrolla entre la Plataforma Lavardén y el Centro cultural Roberto Fontanarrosa (ex Bernardino Rivadavia).

El Festival también suele ser el lugar elegido para entregar el Premio Provincial Trienal de Poesía José Pedroni  para obras editadas e inéditas y el Premio Municipal Bianual de Poesía Felipe Aldana en sus dos categorías: mayores y menores de 21 años. Las bases de ambos pueden descargarse de la página de la Secretaria de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario <www.rosariocultura.gob.ar>.

Como señaló Martín Prieto, director del CCPE y coordinador del Festival, durante la inauguración del año del último encuentro, una de las ideas de este Festival es "apostar por el futuro además de preservar la tradición”. Prueba de ello son los homenajes a varios poetas de larga trayectoria. En ese contexto, a lo largo de distintas ediciones, se presentaron libros emblemáticos como Collar de arena, que reúne la obra poética de Beatriz Vallejos, Trabajos nocturnos, de Juan Manuel Inchauspe, o Veinte años de poesía argentina y otros ensayos, de Paco Urondo,  así como la reciente publicación de 30/30 Poesía argentina del siglo XXI, una antología de treinta poetas argentinos sub treinta que empezaron a dar a conocer sus versos luego del año 2000 tanto en libros como en blogs, fanzines u otros soportes.

 Durante los cinco días que se realiza el Festival, queda claro que su misión es inundar la ciudad de poetas y por supuesto de mucha poesía. Para eso, la única forma posible es sacarla a la luz, leerla y mezclarla con la mayor cantidad de gente posible. No sólo de lecturas está hecho el Festival. Allí además es el lugar en el que se llevan a cabo ciclos de cine, de música  y obras de teatro relacionadas con el género,  una feria de editoriales independientes (la cual resulta un espacio insoslayable si se quiere saber por cuáles carriles anda la poesía contemporánea) y la esperada Clínica de poesía, que se ha convertido en una de las marcas típicas y de las actividades más atractivas del Festival. La Clínica es un espacio abierto de aprendizaje e intercambio, y una posibilidad, para los participantes, de trabajar sobre su obra bajo la coordinación de poetas de amplia trayectoria y conocimiento de campo. Entre otros, ha sido dictada por figuras como Irene Gruss, Daniel Durand, Damián Ríos, Osvaldo Bossi y Diana Bellesi. El cupo de oyentes es libre, pero sólo se trabaja sobre la obra de quince participantes seleccionados. Aquellos que quieran ser de la partida, deberán ingresar en la web oficial del Festival <www.fipr.com.ar>. Allí, a partir de fines de agosto encontrarán toda la información detallada, además del listado completo de actividades y participantes para que todos los interesados se sumen a este encuentro que ya es un clásico dentro del género.

Si hablamos de clásicos, los ciclos de lectura son una parada casi obligada en el mundo de la poesía.  Se podría decir que el recitado es una experiencia que se transita a la par misma del poema, porque dicen que la buena poesía exige ser leída en voz alta y convertirse en sonido como lo hace la letra de una canción. La oralidad es uno de los primeros métodos para compartir cualquier experiencia y aún sigue siendo de los más eficaces. Los ciclos de lectura son principalmente un lugar donde se mezclan los amantes de la poesía: los que la escriben y los que sólo la leen, si como dice Fabián Casas “todavía existen los lectores de poesía que no escriben poesía”. Son el ámbito ideal para incorporar experiencias, para vincularse con pares, para disfrutar de la belleza de la palabra escrita leída e interpretada por sus autores, para dar a conocer los versos propios, pero sobre todo para descubrir los ajenos. En este campo, la oferta es tan grande que hacer un listado completo sería imposible. De todos modos, mencionaremos algunas opciones como:

El ciclo Literatura Viva es un proyecto colectivo que comenzó en junio de 2003. Al principio se limitaba a reunir a un grupo de amigos en la Casona de Humahuaca para leer "a micrófono abierto". Luego se sumaron los poetas invitados, las entrevistas, las presentaciones de libros y los encuentros especiales. Sus creadores son Lidia Rocha y Gerardo Curiá, quienes además llevan adelante el programa de radio Moebius, que se emite todos los jueves de 21 a 22 por <www.arinfo.com.ar>. 

El Ciclo Carne Argentina que desde el año 2006 vienen desarrollando los escritores Selva Almada, Julián López y Alejandra Zina. Según cuentan los organizadores, su idea fue “generar un espacio en el que convivan los escritores editados y los inéditos, los consagrados y los nuevos; y promover encuentros en los que el público tome contacto con la variedad de estilos, lenguajes y formatos que propone la producción literaria actual”.

El ciclo Interiores, que organiza Inés Manzano con el objetivo de difundir las diversas poéticas que se dan en todas las provincias de la Argentina.

El Festín mutante, un ciclo mensual en el que se conjuga la poesía y la música más una ronda de lecturas abiertas en las que todos los autores presentes pueden leer sus textos.

El ciclo Más Poesía Menos Policía,  creado para que poetas y narradores lean fragmentos de su obra complementando sus textos con otras artes como pintura y música.

Rumiar Buenos Aires, un ciclo itinerante que le da difusión a poetas nuevos y consagrados y que ya se expuso en distintos centros culturales como Ladran Sancho, Espacio Matienzo y Galería Pollock.

Para la poesía, como para casi cualquier disciplina, Internet es un gran canal de difusión. En la “red de redes”, los poetas pueden encontrar muchos sitios de interés, <www.poesíaargentina.com>, en un cuanto a contenido, es uno de los más completos. También es muy valioso el aporte de otros espacios como Diez preguntas a un poeta, Poetas al tuntún y La Audioteca de Poesía, un lugar de alojamiento para poemas en la voz de sus autores.   

Como dijo Samanta Schweblin en nuestro número anterior, “los premios ayudan, por supuesto, son otra versión de las abuelas y los mecenas: te halagan, te dan algo de dinero, le dicen a todo el mundo lo que estás haciendo”. En el área de la poesía también existen concursos que vale la pena subrayar. Para aquellos poetas que ya tienen obra publicada, los Premios Nacionales  cumplen una función notable, ya que además de dinero en el momento en que se lo obtiene, en el caso de los primeros premios, también se les otorga un subsidio de por vida luego de los 60 años, que se cobra a través de la ANSES. Para los que están comenzando a dar sus primeros pasos y tienen una obra en ciernes, dos buenas posibilidades son el Premio Indio Rico que concede la organización Estación Pringles, cuyo presidente es el poeta Arturo Carrera y el Régimen de fomento a la producción literaria del Fondo Nacional de las Artes. Este concurso, por prestigio y transparencia, es una gran oportunidad para que autores noveles lleguen a ver sus versos publicados. Además de premios, becas, subsidios y créditos, el Fondo creado en 1958 con la intención de promover las actividades artísticas, también organiza talleres de poesía gratuitos en distintas provincias del país. Como se detalló en la edición número cinco de La Balandra, el Fondo “es un organismo que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación aunque posee un carácter autárquico que le otorga independencia a la hora de desplegar su acción. Sus sedes se encuentran en Alsina 673 y en la Casa de la Cultura de Rufino Elizalde 2831, que fuera el hogar de Victoria Ocampo en Barrio Parque”. Los que quieran saber fechas y formas de presentación, pueden hacerlo ingresando en la web <www.fnartes.gov.ar>.

En resumen, tal vez tenga razón Juan Gelman y los poetas no puedan conseguir almaceneros que fíen ni reyes que paguen versos con monedas de oro, pero como prueba esta nota, al menos sí encontrarán algunos espacios para difundir su obra y sobre todo, para no sentirse tan solos. 

Publicada originalmente en La Balandra, agosto 2014.

domingo, 26 de abril de 2015

El libro recordado: Santa Evita


Nando Varela Pagliaro

Cuando estaba a punto de cumplir doce años, gracias a mi madre cayó en mis manos Santa Evita de Tomás Eloy Martínez. Lo leí en dos largas noches en mi habitación de mi casa en Floresta. Me atrapó tanto la forma en que estaba narrado el calvario que sufrió el cadáver de Evita, que no había quién me despegara del libro. Todos los personajes que desfilaban por la novela, las distintas Evas: la niña, la actriz provinciana, la Primera Dama y la abanderada de los pobres me atraían tanto como sólo el fútbol había conseguido hacerlo. Me acuerdo de Eva sonriendo desde la tapa, de su pelo recogido, de la aureola religiosa que enmarcaba todo su rostro y de sus manos cruzadas con un ramo de flores y una espada. Aún hoy, si pienso en ella, es esa la primera imagen que viene a mi cabeza. Recuerdo que era el verano previo a que entrara en séptimo grado y entonces, además de la pelota, ya estaba comenzando a obsesionarme con entender qué era el peronismo. A decir verdad, mucho no entendía, pero casi veinte años y muchos libros después, todavía me sigue pasando lo mismo.

Publicado originalmente en el diario Tiempo Argentino, abril 2015.

lunes, 13 de abril de 2015

Entrevista a Marcelo Birmajer: “No pretendo que se me tenga que decodificar”


Nando Varela Pagliaro

Marcelo Birmajer  es uno de los escritores más prolíficos de su generación. Desde Un crimen secundario (1992), lleva casi treinta libros publicados y más de once traducciones a distintos idiomas. Apenas entro en su estudio en la calle Valentín Gómez, muy cerca del Mercado del Abasto, me muestra una edición de sus Historias de hombres casados en búlgaro y otra en coreano.Luego se sienta en la misma silla que usa para escribir  y me pide que arranquemos, que ya está listo para hablar de Las nieves del tiempo, la novela policial que acaba de publicar por Editorial Sudamericana.

-Después de Un crimen secundario abandonaste el género policial durante casi veinte años, ¿qué fue lo que te hizo abandonarlo primero y retomarlo ahora ?

-A diferencia de las personas, los géneros no se abandonan. A mí me causa gracia cuando los actores o los escritores dicen que van a abandonar la profesión. ¿Para qué lo avisan? Yo no conozco a nadie que haya dicho “abandono la profesión” y lo haya cumplido. En realidad quieren volver de otra manera. Yo nunca anuncié que abandonaba el policial y en la literatura el tiempo no existe. Pasaron veinte años como los podemos contar los humanos, pero nunca lo abandoné, no lo frecuenté que no es lo mismo.

-¿Como lector sí frecuentabas el género?

- En forma permanente. Nunca he dejado de leer policiales y en muchos de los cuentos que escribo en Clarín, el policial aparece como recurso, aunque no haya ni una víctima ni un detective. Sí hay un enigma, alguien que trata de resolverlo y alguien que quiere impedir que se resuelva. Por lo tanto, sigo usando los recursos del policial pero sin sangre.

-Y como lector, ¿estás al tanto de los policiales que se publican en el país?

-Siempre, porque mis amigos Pablo De Santis, Juan Sasturain y Guillermo Martínez son escritores de policiales. Los libros de ellos, además de que me gustan, los tengo que leer. Hace ya más de veinticinco años que nos leemos mutuamente.

-Entonces, vos con todo lo que publicás, les da mucho más trabajo.

-Sí, es verdad, debo ser el que más publica. Lo cual no habla especialmente bien de mí, es un azar. Me refiero a que publicar mucho o poco no habla de la calidad del libro. Está el que publica un solo libro y no sirve para nada y lo tenés a Simenon, que publicó tal vez trescientos libros y siempre mantuvo una calidad reconocida por la mayoría de sus lectores o lo tenés a Salinger, que sólo publicó cuatro libros y tres de ellos son extraordinarios.

-La manera en que está escrita Las nieves del tiempo es muy cinematográfica, ¿eso es algo buscado ?

-No, no es buscado. Yo todos los años siempre escribo algún proyecto para cine y estoy permanentemente trabajando en proyectos visuales, por lo que el modo narrativo audiovisual ya está muy incorporado en mí. No es algo deliberado, sale. Desde Un crimen secundario escribo así.

-Cuando te preguntan por tus referencias, siempre nombrás a Bioy Casares, ¿creés que es el gran opacado de nuestra literatura?

-No, Bioy tiene un lugar importante. Por ahí no es tan leído como mencionado. Si lo decís por la figura de Borges, tampoco lo creo. En el mundo la estupidez es como el agua, es un setenta por ciento. Cuando uno no logra encontrar a un autor tan extraordinario como Bioy, no es que haya que hacer algún movimiento, porque la estupidez humana no tiene cura. No podés dedicar tu tiempo a remediarla.

-¿De dónde surge la comparación de tu escritura con la de Woody Allen? ¿Qué encontrás de él en vos?

-Eso salió en el New York Times y la verdad que es una muy buena propaganda. Con Woody Allen entre otras cosas me une lo del humor judío de autorreferencia, de autocrítica, la inseguridad, las dudas, la incapacidad para ejercer la violencia, el desprecio por las apariencias y el interés por el amor como motor básico de cualquier historia. 

- Fogwill tenía una especie de slogan- aforismo que decía “Escribo para no ser escrito”. Leí uno tuyo que dice: “No escribo lo que siento, sino lo que invento” ¿Eso tiene que ver con una imposibilidad o con una elección?

-Mi aforismo es mucho más entendible que el de Fogwill; eso es lo primero que quiero señalar. En cuanto a lo otro, tiene que ver con que yo soy un profesional. No me despierto y escribo lo que se me pasa por la cabeza. Busco comunicarme de un modo claro y consensuado con el lector. No pretendo que se me tenga que decodificar. Si uno se guiara por sus sentimientos, habría muchas expresiones que sólo serían comprendidas por un círculo íntimo o incluso por uno mismo solamente. Para mí esas sensaciones, esos mensajes ininteligibles de mi corazón, tienen que ser pasteurizados por mi razón para lograr el impacto en el lector. Por eso no escribo lo que siento, escribo lo que invento a partir de lo que siento. Y muchas veces ni siquiera está en relación con lo que siento. Es lo que me va a servir para hacerte reír o hacerte llorar sin que esas sean ni mis reflexiones, ni mis sensaciones en la vida real.
  
-Alguna vez dijiste que tu lector es una persona que puede escuchar que le cuentan una historia desde el principio hasta el final sin mirar el celular. ¿Cómo influye la tecnología en la literatura?

-No influye en nada. Al infeliz, en el sentido no de estupidez sino de infelicidad, que no puede leer un libro durante un año, estoy seguro de que le pasaba lo mismo antes de tener el celular. Yo soy profundamente infeliz, pero puedo leer y ese es uno de mis consuelos. El celular viene a ocupar un tiempo que ya estaba muerto, no lo genera; se ocupa un tiempo vacuo. Si el celular estuviera ocupando esa inteligencia, la veríamos en Twitter o en Facebook y los mensajes tendrían una buena ortografía. Sin embargo, vemos que expresan el pensamiento iletrado de una enorme cantidad de personas. Simplemente nos permiten saber que el setenta por ciento del mundo sigue siendo una estupidez.

-Paul McCartney siempre dice que la mejor canción es la que todavía no hizo. En tu caso, ¿sos de los que creen que todavía el mejor libro no lo escribiste o lo mejor tuyo ya habría que buscarlo entre lo publicado?

-Lo creo de Paul McCartney, no lo creo de mí. Yo pienso que ya debo haber escrito mis mejores libros. Ahora lo importante es resistir.

-¿No tenés ni siquiera la esperanza de que puedas escribir algo mejor?

-No, no tengo ninguna esperanza, pero estoy muy contento con lo que escribí. No creo que pueda venir algo mucho mejor de lo que ya escribí. No me titules con eso por favor.

-En materia política y social, tus opiniones suelen ser muy controvertidas. En una nota reciente dijiste que “entre los intelectuales hay un gran desprecio por la clase media”, ¿por qué sostenés eso?

-El intelectual tiene cierta adoración por la clase obrera y los pobres a los que no conoce; envidia silenciosa por la clase alta y desprecio por sí mismo, por la clase media que es la que mayormente habita. Hay un elemento del auto-odio que comparten ciertos grupos humanos: la clase media, los jóvenes y los judíos de izquierda. Esos tres grupos tienen una recurrencia por el auto-odio. Fijate que en Mayo del ’68 los jóvenes estudiantes enarbolaban carteles de Mao Tse Tung, que perseguía a los estudiantes y a los homosexuales; enarbolaban banderas de Fidel Castro, que no permitía que los estudiantes salieran del país y despreciaban la democracia francesa, que les permitía vivir en un estado de bienestar, tener libertad de expresión y salir libremente del país. Ahí tenés un caso patente de auto-odio.

-En esa misma nota decías que los intelectuales suelen defender esas posturas ideológicas, pero no serían capaces de vivir bajo ninguno de los regímenes que defienden.

-  De hecho, cuando en los años setenta tantos intelectuales de izquierda latinoamericanos se vieron obligados al exilio, el noventa por ciento eligió los países de las democracias occidentales. Menos de un diez por ciento eligió los países detrás de la cortina de hierro.

-Durante poco más de dos años fuiste el guionista de Periodismo para todos, el polémico programa de Jorge Lanata, ¿cómo fue trabajar con él?

-Muy estimulante, muy adrenalínico y muy productivo.

-No fue lo primero que hiciste en televisión. Antes ya habías trabajado con Fabián Polosecki.

-Eso fue un trabajo mucho mejor, más perdurable y más trascendente. Hicimos un programa que se llamó Del otro lado y creo que va a quedar mucho más en la memoria de los argentinos.

-Si tuvieras que hablar de diferencias entre la forma de trabajar de Lanata y de Polosecki, ¿qué dirías?

-No encuentro una manera de compararlos. Sí puedo decir que trabajar con Lanata era estar permanentemente atento a la realidad, una realidad efímera, que cuando lleguen las elecciones del 2015 se comienza a olvidar inmediatamente. Del mismo modo que los best sellers de política duran un par de años, los productos de Lanata también tienen esa durabilidad. El trabajo con Polo es algo como la literatura, como el cine; son programas que van a durar mientras dure la Argentina.

-El hecho de tener cierta exposición, sobre todo a partir de trabajar con Lanata,  ¿te juega en contra a la hora de valorar tu propia literatura?

-Creo que siempre fui muy maltratado por la academia, por los círculos intelectuales estructuralistas y obviamente por la izquierda porque yo soy conservador y me gusta la democracia, el libre mercado, la libertad de expresión, la libre circulación. Entonces, todo eso va en directa contradicción con el pensamiento de la mayoría de los intelectuales. De modo que nunca fui simpático para esos opinólogos. No creo que trabajar con Lanata haya incidido demasiado en sus opiniones, simplemente las confirmaron. No creo que me haya perjudicado en lo que hace al público, sí me perjudicó con respecto al gobierno. Yo hasta el año 2011 siempre trabajé como freelance en algún emprendimiento de la Secretaria de Cultura de cualquier gobierno democrático desde el ‘89 para acá. A partir de trabajar con Lanata toda vinculación con algún órgano estatal me fue suprimida. Se me dijo que descontaban mis servicios. Cosas que tenía acordadas y firmadas, las anularon y nunca más me llamaron para nada.

-De esto hablás en Libro de emergencia, tu libro de ensayos de coyuntura política. Ahí además decís que en la era K la libertad de expresión se encuentra amenazada. ¿Al ver Periodismo para todos se ve todo lo contrario?

-Lo que yo digo es que no hay nada que no se pueda decir, pero no hay nada por lo que no sufras represalias. La libertad de expresión no se limita a que puedas decir lo que querés, tiene que incluir no sufrir represalias por decir lo que querés y yo he sufrido represalias directas del gobierno. A mí me habían contratado para dar seis charlas en Santa Cruz y por dar mi opinión en el diario Clarín, me llamaron y me dijeron “prescindimos de tus servicios”. Eso es sufrir represalias por decir lo que querés.

 -Tanto en tu trabajo como guionista con Lanata, como en tu narrativa, el humor es uno de tus principales recursos literarios, ¿Es más fácil o más difícil hacer humor a partir de la realidad o de la ficción?

-Para mí es mucho más difícil hacer humor con la realidad. Yo prefiero inventar el marco en el cual me voy a reír. Hacer humor con políticos, con personajes del momento, siempre tiene el pecado de lo efímero y eso no estimula mi capacidad creativa.

-¿Tenés algún límite en cuanto al humor en la literatura y sobre todo en el humor político?

-Yo puedo hablar de mí límite. Cuando vos trabajás con otras personas, vos podés ver el límite donde ya tu nombre no figura más. Ese límite en ningún momento sentí que fue atravesado. No sentí que debía renunciar por algo que se había dicho. Sí puedo admitir que en algún momento mi desprendimiento del proyecto fue para cubrirme de que eso no ocurra nunca. En lo que escribo, invariablemente mi límite es no hacer daño. Si siento que algo que estoy escribiendo puede dañar personalmente a alguien, no lo escribo.

-¿Tuvo que ver con eso entonces tu alejamiento, veías que ya la línea editorial y humorística del programa de Lanata no te cerraba?

-La verdad fueron una serie de motivos, pero tuvo que ver principalmente con que mi humor se fue separando más del humor que quería Lanata. El tipo de humor que yo escribía, que en 2012 y 2013 había sido muy celebrado por él, al punto de mencionarme personalmente en el medio del programa, cosa que no hizo con los demás guionistas, últimamente se iba separando cada vez más del humor que él requería. Él quería un humor más agresivo, entonces al final sólo quedaba mi nombre, pero no la mayoría de mi material, por eso preferí apartarme. 

-Hablando de la década del setenta dijiste que “si no fuera por la muerte, que la vuelve trágica, la década del 70 se limitaría a ser ridícula, y el ridículo es un elemento muy atractivo para cualquier escritor” ¿cómo ves la década kirchnerista en materia narrativa?

-Muy buena para hacer un policial y un thriller, pero todavía no me puedo reír. Creo que ha sido una década mediocre, con la mediocridad de la Europa del Este posterior a Stalin, pero antes de la democracia. Si tengo que hablar de un clima de esta década, para mí ese clima es aburrido y opresivo; es algo desagradable. Así que hay poco de qué reírse y mucho de qué aburrirse.

-El periodismo, de algún modo, te obligó a estar siempre en contacto con la realidad. ¿La abandonarías para dedicarte sólo a tu literatura o a esta altura ya es otra de tus pasiones?

-El periodismo en mí es un oficio, no una pasión. No sé si es una vocación, pero definitivamente no es una pasión. Sin embargo, mi columna en Clarín es algo que me apasiona, es mi vocación y es uno de los trabajos que más disfruto, pero se llama “Se me hace cuento”.

-¿Encontrás literatura en el periodismo o son dos cosas muy distintas?

-Muy poca. Lo que hago en Clarín sí es literatura, pero el día sábado no hay ningún otro que escriba literatura. La verdad no encuentro literatura en el periodismo.

-¿Ni siquiera en la crónica? Pienso por ejemplo en Leila Guerriero o Josefina Licitra.

-No me gustan las crónicas de Leila Guerriero. Nunca me gustaron y no lo puedo controlar. En Non-fiction por ejemplo, me gusta mucho Galimberti de Larraquy y Caballero. Ese es uno de mis libros favoritos y fijate que con Caballero estoy en las antípodas políticas.

-El tema de volver el tiempo atrás y modificar lo que uno hizo es una de tus obsesiones literarias. Si realmente eso se pudiera hacer ¿qué cambiarías?

-El ochenta por ciento de mi vida.

-¿A nivel literario también?

-Sí, todo. Tal vez la mayoría de los libros los volvería a publicar, pero habría algunos que sacaría. Lo que sí sé es que haría todo distinto. Yo siempre que escucho a la gente que dice “yo no me arrepiento de nada”, son mi antítesis, yo hice todo mal. Haría todo de nuevo.

-¿En serio sentís eso?

-Sí. En todos los aspectos de mi vida siento que me equivoqué.

-¿Tampoco estás conforme con el escritor que sos?

-Con el escritor que soy estoy muy conforme. Es una de las cosas que más me conforma, pero definitivamente manejaría mi carrera de otra manera, invertiría la plata de otra manera. No sé decirte exactamente qué hubiera hecho en vez, pero sí sé que hay muchas cosas que no las hubiera hecho como las hice. De todos modos, la escritura es el lugar en el que más conforme estoy con lo que hice, aún sin estar conforme.

-Tenés una relación muy especial con la plata. Algo que tal vez no es común entre los escritores.

-Yo no, yo quiero dinero todo el tiempo.

-¿La literatura puede ser el camino para hacer dinero?


-La literatura definitivamente no es el camino, pero no me resigno porque no sé hacer otra cosa. 

Publicada originalmente en la Revista Quid de las librerías Yenny y El Ateneo. Abril, 2015.

lunes, 6 de abril de 2015

El disco recordado: Ácido argentino - Hermética


Nando Varela Pagliaro

Además de la ropa y los juguetes, con nuestros hermanos también compartimos los primeros discos y las primeras canciones. Las que cantábamos todavía sin entender de qué se trataban y las que recién empezábamos a entender; las que disfrutaban nuestros padres y las que los horrorizaban. Muchas veces sólo por eso las elegíamos: para espantarlos, para provocarlos, pero sobre todo para diferenciarnos de ellos y de la buena música que querían inculcarnos. Fue así que mi hermano y yo dejamos de lado a Queen y Los Beatles y tuvimos nuestra etapa heavy metal. Él, por ser el mayor, llegó incluso a andar con el pelo largo hasta la cintura y los pantalones negros pegados al cuerpo. Yo no, con apenas ocho años mi rebeldía se agotaba en lo musical. De esas incursiones metaleras hubo un disco que sobrevivió. Se llama Ácido Argentino y fue el segundo trabajo de estudio de Hermética, la mítica banda que formó Iorio luego de V8.

Más de veinte años después, cuando en algún lado escucho que suena “Memoria de siglos” o “En las calles de Liniers”,  todavía subo el volumen y vuelvo a sentir que soy otra vez un chico, como cuando compartía el cuarto con mi hermano en nuestra casa del barrio de Floresta. 

Publicado originalmente en el Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino, abril 2015.