martes, 28 de abril de 2015

Para no sentirse tan solos


Nando Varela Pagliaro

 “Los poetas ahora la pasan bastante mal / nadie los lee mucho / esos nadie son pocos / el oficio perdió prestigio / para un poeta es cada día más difícil /conseguir el amor de una muchacha / ser candidato a presidente / que algún almacenero le fíe / que un guerrero haga hazañas para que él las cante / que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro”. Estos versos que acabo de citar forman parte de “Sobre la poesía”, una de las composiciones más populares de Juan Gelman. Fueron incluidos en Hacia el sur, un libro publicado en 1982. Ya han pasado más de treinta años desde los versos de Gelman y a pesar de que todavía es muy difícil encontrar almaceneros que fíen o reyes que paguen con monedas de oro, al menos sí existen premios, festivales y ciclos de lectura que sirven de apoyo para que los poetas puedan difundir sus obras.

Entre los festivales, se podrían destacar el Festival de Poesía en la Escuela, que propone acercar el lenguaje poético a los niños; el de la Biblioteca Nacional; el de la Feria del Libro; el de Córdoba; el del Centro Cultural de la Cooperación y el de la ciudad de Rosario. Sin dudas, este último es el de mayor importancia.

Organizado por el Centro Cultural Parque de España CCPE/AECID, la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario y el Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe, el Festival Internacional de Poesía de Rosario se ha convertido en el encuentro más destacado de poetas que se realiza en la Argentina. Este año, en el mes de septiembre, se llevará a cabo la vigésimo segunda edición. De ella participarán poetas argentinos e invitados especiales de distintos países. Si bien hay actividades en distintas bibliotecas y colegios de la ciudad, la mayor parte de la programación se desarrolla entre la Plataforma Lavardén y el Centro cultural Roberto Fontanarrosa (ex Bernardino Rivadavia).

El Festival también suele ser el lugar elegido para entregar el Premio Provincial Trienal de Poesía José Pedroni  para obras editadas e inéditas y el Premio Municipal Bianual de Poesía Felipe Aldana en sus dos categorías: mayores y menores de 21 años. Las bases de ambos pueden descargarse de la página de la Secretaria de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario <www.rosariocultura.gob.ar>.

Como señaló Martín Prieto, director del CCPE y coordinador del Festival, durante la inauguración del año del último encuentro, una de las ideas de este Festival es "apostar por el futuro además de preservar la tradición”. Prueba de ello son los homenajes a varios poetas de larga trayectoria. En ese contexto, a lo largo de distintas ediciones, se presentaron libros emblemáticos como Collar de arena, que reúne la obra poética de Beatriz Vallejos, Trabajos nocturnos, de Juan Manuel Inchauspe, o Veinte años de poesía argentina y otros ensayos, de Paco Urondo,  así como la reciente publicación de 30/30 Poesía argentina del siglo XXI, una antología de treinta poetas argentinos sub treinta que empezaron a dar a conocer sus versos luego del año 2000 tanto en libros como en blogs, fanzines u otros soportes.

 Durante los cinco días que se realiza el Festival, queda claro que su misión es inundar la ciudad de poetas y por supuesto de mucha poesía. Para eso, la única forma posible es sacarla a la luz, leerla y mezclarla con la mayor cantidad de gente posible. No sólo de lecturas está hecho el Festival. Allí además es el lugar en el que se llevan a cabo ciclos de cine, de música  y obras de teatro relacionadas con el género,  una feria de editoriales independientes (la cual resulta un espacio insoslayable si se quiere saber por cuáles carriles anda la poesía contemporánea) y la esperada Clínica de poesía, que se ha convertido en una de las marcas típicas y de las actividades más atractivas del Festival. La Clínica es un espacio abierto de aprendizaje e intercambio, y una posibilidad, para los participantes, de trabajar sobre su obra bajo la coordinación de poetas de amplia trayectoria y conocimiento de campo. Entre otros, ha sido dictada por figuras como Irene Gruss, Daniel Durand, Damián Ríos, Osvaldo Bossi y Diana Bellesi. El cupo de oyentes es libre, pero sólo se trabaja sobre la obra de quince participantes seleccionados. Aquellos que quieran ser de la partida, deberán ingresar en la web oficial del Festival <www.fipr.com.ar>. Allí, a partir de fines de agosto encontrarán toda la información detallada, además del listado completo de actividades y participantes para que todos los interesados se sumen a este encuentro que ya es un clásico dentro del género.

Si hablamos de clásicos, los ciclos de lectura son una parada casi obligada en el mundo de la poesía.  Se podría decir que el recitado es una experiencia que se transita a la par misma del poema, porque dicen que la buena poesía exige ser leída en voz alta y convertirse en sonido como lo hace la letra de una canción. La oralidad es uno de los primeros métodos para compartir cualquier experiencia y aún sigue siendo de los más eficaces. Los ciclos de lectura son principalmente un lugar donde se mezclan los amantes de la poesía: los que la escriben y los que sólo la leen, si como dice Fabián Casas “todavía existen los lectores de poesía que no escriben poesía”. Son el ámbito ideal para incorporar experiencias, para vincularse con pares, para disfrutar de la belleza de la palabra escrita leída e interpretada por sus autores, para dar a conocer los versos propios, pero sobre todo para descubrir los ajenos. En este campo, la oferta es tan grande que hacer un listado completo sería imposible. De todos modos, mencionaremos algunas opciones como:

El ciclo Literatura Viva es un proyecto colectivo que comenzó en junio de 2003. Al principio se limitaba a reunir a un grupo de amigos en la Casona de Humahuaca para leer "a micrófono abierto". Luego se sumaron los poetas invitados, las entrevistas, las presentaciones de libros y los encuentros especiales. Sus creadores son Lidia Rocha y Gerardo Curiá, quienes además llevan adelante el programa de radio Moebius, que se emite todos los jueves de 21 a 22 por <www.arinfo.com.ar>. 

El Ciclo Carne Argentina que desde el año 2006 vienen desarrollando los escritores Selva Almada, Julián López y Alejandra Zina. Según cuentan los organizadores, su idea fue “generar un espacio en el que convivan los escritores editados y los inéditos, los consagrados y los nuevos; y promover encuentros en los que el público tome contacto con la variedad de estilos, lenguajes y formatos que propone la producción literaria actual”.

El ciclo Interiores, que organiza Inés Manzano con el objetivo de difundir las diversas poéticas que se dan en todas las provincias de la Argentina.

El Festín mutante, un ciclo mensual en el que se conjuga la poesía y la música más una ronda de lecturas abiertas en las que todos los autores presentes pueden leer sus textos.

El ciclo Más Poesía Menos Policía,  creado para que poetas y narradores lean fragmentos de su obra complementando sus textos con otras artes como pintura y música.

Rumiar Buenos Aires, un ciclo itinerante que le da difusión a poetas nuevos y consagrados y que ya se expuso en distintos centros culturales como Ladran Sancho, Espacio Matienzo y Galería Pollock.

Para la poesía, como para casi cualquier disciplina, Internet es un gran canal de difusión. En la “red de redes”, los poetas pueden encontrar muchos sitios de interés, <www.poesíaargentina.com>, en un cuanto a contenido, es uno de los más completos. También es muy valioso el aporte de otros espacios como Diez preguntas a un poeta, Poetas al tuntún y La Audioteca de Poesía, un lugar de alojamiento para poemas en la voz de sus autores.   

Como dijo Samanta Schweblin en nuestro número anterior, “los premios ayudan, por supuesto, son otra versión de las abuelas y los mecenas: te halagan, te dan algo de dinero, le dicen a todo el mundo lo que estás haciendo”. En el área de la poesía también existen concursos que vale la pena subrayar. Para aquellos poetas que ya tienen obra publicada, los Premios Nacionales  cumplen una función notable, ya que además de dinero en el momento en que se lo obtiene, en el caso de los primeros premios, también se les otorga un subsidio de por vida luego de los 60 años, que se cobra a través de la ANSES. Para los que están comenzando a dar sus primeros pasos y tienen una obra en ciernes, dos buenas posibilidades son el Premio Indio Rico que concede la organización Estación Pringles, cuyo presidente es el poeta Arturo Carrera y el Régimen de fomento a la producción literaria del Fondo Nacional de las Artes. Este concurso, por prestigio y transparencia, es una gran oportunidad para que autores noveles lleguen a ver sus versos publicados. Además de premios, becas, subsidios y créditos, el Fondo creado en 1958 con la intención de promover las actividades artísticas, también organiza talleres de poesía gratuitos en distintas provincias del país. Como se detalló en la edición número cinco de La Balandra, el Fondo “es un organismo que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación aunque posee un carácter autárquico que le otorga independencia a la hora de desplegar su acción. Sus sedes se encuentran en Alsina 673 y en la Casa de la Cultura de Rufino Elizalde 2831, que fuera el hogar de Victoria Ocampo en Barrio Parque”. Los que quieran saber fechas y formas de presentación, pueden hacerlo ingresando en la web <www.fnartes.gov.ar>.

En resumen, tal vez tenga razón Juan Gelman y los poetas no puedan conseguir almaceneros que fíen ni reyes que paguen versos con monedas de oro, pero como prueba esta nota, al menos sí encontrarán algunos espacios para difundir su obra y sobre todo, para no sentirse tan solos. 

Publicada originalmente en La Balandra, agosto 2014.

domingo, 26 de abril de 2015

El libro recordado: Santa Evita


Nando Varela Pagliaro

Cuando estaba a punto de cumplir doce años, gracias a mi madre cayó en mis manos Santa Evita de Tomás Eloy Martínez. Lo leí en dos largas noches en mi habitación de mi casa en Floresta. Me atrapó tanto la forma en que estaba narrado el calvario que sufrió el cadáver de Evita, que no había quién me despegara del libro. Todos los personajes que desfilaban por la novela, las distintas Evas: la niña, la actriz provinciana, la Primera Dama y la abanderada de los pobres me atraían tanto como sólo el fútbol había conseguido hacerlo. Me acuerdo de Eva sonriendo desde la tapa, de su pelo recogido, de la aureola religiosa que enmarcaba todo su rostro y de sus manos cruzadas con un ramo de flores y una espada. Aún hoy, si pienso en ella, es esa la primera imagen que viene a mi cabeza. Recuerdo que era el verano previo a que entrara en séptimo grado y entonces, además de la pelota, ya estaba comenzando a obsesionarme con entender qué era el peronismo. A decir verdad, mucho no entendía, pero casi veinte años y muchos libros después, todavía me sigue pasando lo mismo.

Publicado originalmente en el diario Tiempo Argentino, abril 2015.

lunes, 13 de abril de 2015

Entrevista a Marcelo Birmajer: “No pretendo que se me tenga que decodificar”


Nando Varela Pagliaro

Marcelo Birmajer  es uno de los escritores más prolíficos de su generación. Desde Un crimen secundario (1992), lleva casi treinta libros publicados y más de once traducciones a distintos idiomas. Apenas entro en su estudio en la calle Valentín Gómez, muy cerca del Mercado del Abasto, me muestra una edición de sus Historias de hombres casados en búlgaro y otra en coreano.Luego se sienta en la misma silla que usa para escribir  y me pide que arranquemos, que ya está listo para hablar de Las nieves del tiempo, la novela policial que acaba de publicar por Editorial Sudamericana.

-Después de Un crimen secundario abandonaste el género policial durante casi veinte años, ¿qué fue lo que te hizo abandonarlo primero y retomarlo ahora ?

-A diferencia de las personas, los géneros no se abandonan. A mí me causa gracia cuando los actores o los escritores dicen que van a abandonar la profesión. ¿Para qué lo avisan? Yo no conozco a nadie que haya dicho “abandono la profesión” y lo haya cumplido. En realidad quieren volver de otra manera. Yo nunca anuncié que abandonaba el policial y en la literatura el tiempo no existe. Pasaron veinte años como los podemos contar los humanos, pero nunca lo abandoné, no lo frecuenté que no es lo mismo.

-¿Como lector sí frecuentabas el género?

- En forma permanente. Nunca he dejado de leer policiales y en muchos de los cuentos que escribo en Clarín, el policial aparece como recurso, aunque no haya ni una víctima ni un detective. Sí hay un enigma, alguien que trata de resolverlo y alguien que quiere impedir que se resuelva. Por lo tanto, sigo usando los recursos del policial pero sin sangre.

-Y como lector, ¿estás al tanto de los policiales que se publican en el país?

-Siempre, porque mis amigos Pablo De Santis, Juan Sasturain y Guillermo Martínez son escritores de policiales. Los libros de ellos, además de que me gustan, los tengo que leer. Hace ya más de veinticinco años que nos leemos mutuamente.

-Entonces, vos con todo lo que publicás, les da mucho más trabajo.

-Sí, es verdad, debo ser el que más publica. Lo cual no habla especialmente bien de mí, es un azar. Me refiero a que publicar mucho o poco no habla de la calidad del libro. Está el que publica un solo libro y no sirve para nada y lo tenés a Simenon, que publicó tal vez trescientos libros y siempre mantuvo una calidad reconocida por la mayoría de sus lectores o lo tenés a Salinger, que sólo publicó cuatro libros y tres de ellos son extraordinarios.

-La manera en que está escrita Las nieves del tiempo es muy cinematográfica, ¿eso es algo buscado ?

-No, no es buscado. Yo todos los años siempre escribo algún proyecto para cine y estoy permanentemente trabajando en proyectos visuales, por lo que el modo narrativo audiovisual ya está muy incorporado en mí. No es algo deliberado, sale. Desde Un crimen secundario escribo así.

-Cuando te preguntan por tus referencias, siempre nombrás a Bioy Casares, ¿creés que es el gran opacado de nuestra literatura?

-No, Bioy tiene un lugar importante. Por ahí no es tan leído como mencionado. Si lo decís por la figura de Borges, tampoco lo creo. En el mundo la estupidez es como el agua, es un setenta por ciento. Cuando uno no logra encontrar a un autor tan extraordinario como Bioy, no es que haya que hacer algún movimiento, porque la estupidez humana no tiene cura. No podés dedicar tu tiempo a remediarla.

-¿De dónde surge la comparación de tu escritura con la de Woody Allen? ¿Qué encontrás de él en vos?

-Eso salió en el New York Times y la verdad que es una muy buena propaganda. Con Woody Allen entre otras cosas me une lo del humor judío de autorreferencia, de autocrítica, la inseguridad, las dudas, la incapacidad para ejercer la violencia, el desprecio por las apariencias y el interés por el amor como motor básico de cualquier historia. 

- Fogwill tenía una especie de slogan- aforismo que decía “Escribo para no ser escrito”. Leí uno tuyo que dice: “No escribo lo que siento, sino lo que invento” ¿Eso tiene que ver con una imposibilidad o con una elección?

-Mi aforismo es mucho más entendible que el de Fogwill; eso es lo primero que quiero señalar. En cuanto a lo otro, tiene que ver con que yo soy un profesional. No me despierto y escribo lo que se me pasa por la cabeza. Busco comunicarme de un modo claro y consensuado con el lector. No pretendo que se me tenga que decodificar. Si uno se guiara por sus sentimientos, habría muchas expresiones que sólo serían comprendidas por un círculo íntimo o incluso por uno mismo solamente. Para mí esas sensaciones, esos mensajes ininteligibles de mi corazón, tienen que ser pasteurizados por mi razón para lograr el impacto en el lector. Por eso no escribo lo que siento, escribo lo que invento a partir de lo que siento. Y muchas veces ni siquiera está en relación con lo que siento. Es lo que me va a servir para hacerte reír o hacerte llorar sin que esas sean ni mis reflexiones, ni mis sensaciones en la vida real.
  
-Alguna vez dijiste que tu lector es una persona que puede escuchar que le cuentan una historia desde el principio hasta el final sin mirar el celular. ¿Cómo influye la tecnología en la literatura?

-No influye en nada. Al infeliz, en el sentido no de estupidez sino de infelicidad, que no puede leer un libro durante un año, estoy seguro de que le pasaba lo mismo antes de tener el celular. Yo soy profundamente infeliz, pero puedo leer y ese es uno de mis consuelos. El celular viene a ocupar un tiempo que ya estaba muerto, no lo genera; se ocupa un tiempo vacuo. Si el celular estuviera ocupando esa inteligencia, la veríamos en Twitter o en Facebook y los mensajes tendrían una buena ortografía. Sin embargo, vemos que expresan el pensamiento iletrado de una enorme cantidad de personas. Simplemente nos permiten saber que el setenta por ciento del mundo sigue siendo una estupidez.

-Paul McCartney siempre dice que la mejor canción es la que todavía no hizo. En tu caso, ¿sos de los que creen que todavía el mejor libro no lo escribiste o lo mejor tuyo ya habría que buscarlo entre lo publicado?

-Lo creo de Paul McCartney, no lo creo de mí. Yo pienso que ya debo haber escrito mis mejores libros. Ahora lo importante es resistir.

-¿No tenés ni siquiera la esperanza de que puedas escribir algo mejor?

-No, no tengo ninguna esperanza, pero estoy muy contento con lo que escribí. No creo que pueda venir algo mucho mejor de lo que ya escribí. No me titules con eso por favor.

-En materia política y social, tus opiniones suelen ser muy controvertidas. En una nota reciente dijiste que “entre los intelectuales hay un gran desprecio por la clase media”, ¿por qué sostenés eso?

-El intelectual tiene cierta adoración por la clase obrera y los pobres a los que no conoce; envidia silenciosa por la clase alta y desprecio por sí mismo, por la clase media que es la que mayormente habita. Hay un elemento del auto-odio que comparten ciertos grupos humanos: la clase media, los jóvenes y los judíos de izquierda. Esos tres grupos tienen una recurrencia por el auto-odio. Fijate que en Mayo del ’68 los jóvenes estudiantes enarbolaban carteles de Mao Tse Tung, que perseguía a los estudiantes y a los homosexuales; enarbolaban banderas de Fidel Castro, que no permitía que los estudiantes salieran del país y despreciaban la democracia francesa, que les permitía vivir en un estado de bienestar, tener libertad de expresión y salir libremente del país. Ahí tenés un caso patente de auto-odio.

-En esa misma nota decías que los intelectuales suelen defender esas posturas ideológicas, pero no serían capaces de vivir bajo ninguno de los regímenes que defienden.

-  De hecho, cuando en los años setenta tantos intelectuales de izquierda latinoamericanos se vieron obligados al exilio, el noventa por ciento eligió los países de las democracias occidentales. Menos de un diez por ciento eligió los países detrás de la cortina de hierro.

-Durante poco más de dos años fuiste el guionista de Periodismo para todos, el polémico programa de Jorge Lanata, ¿cómo fue trabajar con él?

-Muy estimulante, muy adrenalínico y muy productivo.

-No fue lo primero que hiciste en televisión. Antes ya habías trabajado con Fabián Polosecki.

-Eso fue un trabajo mucho mejor, más perdurable y más trascendente. Hicimos un programa que se llamó Del otro lado y creo que va a quedar mucho más en la memoria de los argentinos.

-Si tuvieras que hablar de diferencias entre la forma de trabajar de Lanata y de Polosecki, ¿qué dirías?

-No encuentro una manera de compararlos. Sí puedo decir que trabajar con Lanata era estar permanentemente atento a la realidad, una realidad efímera, que cuando lleguen las elecciones del 2015 se comienza a olvidar inmediatamente. Del mismo modo que los best sellers de política duran un par de años, los productos de Lanata también tienen esa durabilidad. El trabajo con Polo es algo como la literatura, como el cine; son programas que van a durar mientras dure la Argentina.

-El hecho de tener cierta exposición, sobre todo a partir de trabajar con Lanata,  ¿te juega en contra a la hora de valorar tu propia literatura?

-Creo que siempre fui muy maltratado por la academia, por los círculos intelectuales estructuralistas y obviamente por la izquierda porque yo soy conservador y me gusta la democracia, el libre mercado, la libertad de expresión, la libre circulación. Entonces, todo eso va en directa contradicción con el pensamiento de la mayoría de los intelectuales. De modo que nunca fui simpático para esos opinólogos. No creo que trabajar con Lanata haya incidido demasiado en sus opiniones, simplemente las confirmaron. No creo que me haya perjudicado en lo que hace al público, sí me perjudicó con respecto al gobierno. Yo hasta el año 2011 siempre trabajé como freelance en algún emprendimiento de la Secretaria de Cultura de cualquier gobierno democrático desde el ‘89 para acá. A partir de trabajar con Lanata toda vinculación con algún órgano estatal me fue suprimida. Se me dijo que descontaban mis servicios. Cosas que tenía acordadas y firmadas, las anularon y nunca más me llamaron para nada.

-De esto hablás en Libro de emergencia, tu libro de ensayos de coyuntura política. Ahí además decís que en la era K la libertad de expresión se encuentra amenazada. ¿Al ver Periodismo para todos se ve todo lo contrario?

-Lo que yo digo es que no hay nada que no se pueda decir, pero no hay nada por lo que no sufras represalias. La libertad de expresión no se limita a que puedas decir lo que querés, tiene que incluir no sufrir represalias por decir lo que querés y yo he sufrido represalias directas del gobierno. A mí me habían contratado para dar seis charlas en Santa Cruz y por dar mi opinión en el diario Clarín, me llamaron y me dijeron “prescindimos de tus servicios”. Eso es sufrir represalias por decir lo que querés.

 -Tanto en tu trabajo como guionista con Lanata, como en tu narrativa, el humor es uno de tus principales recursos literarios, ¿Es más fácil o más difícil hacer humor a partir de la realidad o de la ficción?

-Para mí es mucho más difícil hacer humor con la realidad. Yo prefiero inventar el marco en el cual me voy a reír. Hacer humor con políticos, con personajes del momento, siempre tiene el pecado de lo efímero y eso no estimula mi capacidad creativa.

-¿Tenés algún límite en cuanto al humor en la literatura y sobre todo en el humor político?

-Yo puedo hablar de mí límite. Cuando vos trabajás con otras personas, vos podés ver el límite donde ya tu nombre no figura más. Ese límite en ningún momento sentí que fue atravesado. No sentí que debía renunciar por algo que se había dicho. Sí puedo admitir que en algún momento mi desprendimiento del proyecto fue para cubrirme de que eso no ocurra nunca. En lo que escribo, invariablemente mi límite es no hacer daño. Si siento que algo que estoy escribiendo puede dañar personalmente a alguien, no lo escribo.

-¿Tuvo que ver con eso entonces tu alejamiento, veías que ya la línea editorial y humorística del programa de Lanata no te cerraba?

-La verdad fueron una serie de motivos, pero tuvo que ver principalmente con que mi humor se fue separando más del humor que quería Lanata. El tipo de humor que yo escribía, que en 2012 y 2013 había sido muy celebrado por él, al punto de mencionarme personalmente en el medio del programa, cosa que no hizo con los demás guionistas, últimamente se iba separando cada vez más del humor que él requería. Él quería un humor más agresivo, entonces al final sólo quedaba mi nombre, pero no la mayoría de mi material, por eso preferí apartarme. 

-Hablando de la década del setenta dijiste que “si no fuera por la muerte, que la vuelve trágica, la década del 70 se limitaría a ser ridícula, y el ridículo es un elemento muy atractivo para cualquier escritor” ¿cómo ves la década kirchnerista en materia narrativa?

-Muy buena para hacer un policial y un thriller, pero todavía no me puedo reír. Creo que ha sido una década mediocre, con la mediocridad de la Europa del Este posterior a Stalin, pero antes de la democracia. Si tengo que hablar de un clima de esta década, para mí ese clima es aburrido y opresivo; es algo desagradable. Así que hay poco de qué reírse y mucho de qué aburrirse.

-El periodismo, de algún modo, te obligó a estar siempre en contacto con la realidad. ¿La abandonarías para dedicarte sólo a tu literatura o a esta altura ya es otra de tus pasiones?

-El periodismo en mí es un oficio, no una pasión. No sé si es una vocación, pero definitivamente no es una pasión. Sin embargo, mi columna en Clarín es algo que me apasiona, es mi vocación y es uno de los trabajos que más disfruto, pero se llama “Se me hace cuento”.

-¿Encontrás literatura en el periodismo o son dos cosas muy distintas?

-Muy poca. Lo que hago en Clarín sí es literatura, pero el día sábado no hay ningún otro que escriba literatura. La verdad no encuentro literatura en el periodismo.

-¿Ni siquiera en la crónica? Pienso por ejemplo en Leila Guerriero o Josefina Licitra.

-No me gustan las crónicas de Leila Guerriero. Nunca me gustaron y no lo puedo controlar. En Non-fiction por ejemplo, me gusta mucho Galimberti de Larraquy y Caballero. Ese es uno de mis libros favoritos y fijate que con Caballero estoy en las antípodas políticas.

-El tema de volver el tiempo atrás y modificar lo que uno hizo es una de tus obsesiones literarias. Si realmente eso se pudiera hacer ¿qué cambiarías?

-El ochenta por ciento de mi vida.

-¿A nivel literario también?

-Sí, todo. Tal vez la mayoría de los libros los volvería a publicar, pero habría algunos que sacaría. Lo que sí sé es que haría todo distinto. Yo siempre que escucho a la gente que dice “yo no me arrepiento de nada”, son mi antítesis, yo hice todo mal. Haría todo de nuevo.

-¿En serio sentís eso?

-Sí. En todos los aspectos de mi vida siento que me equivoqué.

-¿Tampoco estás conforme con el escritor que sos?

-Con el escritor que soy estoy muy conforme. Es una de las cosas que más me conforma, pero definitivamente manejaría mi carrera de otra manera, invertiría la plata de otra manera. No sé decirte exactamente qué hubiera hecho en vez, pero sí sé que hay muchas cosas que no las hubiera hecho como las hice. De todos modos, la escritura es el lugar en el que más conforme estoy con lo que hice, aún sin estar conforme.

-Tenés una relación muy especial con la plata. Algo que tal vez no es común entre los escritores.

-Yo no, yo quiero dinero todo el tiempo.

-¿La literatura puede ser el camino para hacer dinero?


-La literatura definitivamente no es el camino, pero no me resigno porque no sé hacer otra cosa. 

Publicada originalmente en la Revista Quid de las librerías Yenny y El Ateneo. Abril, 2015.

lunes, 6 de abril de 2015

El disco recordado: Ácido argentino - Hermética


Nando Varela Pagliaro

Además de la ropa y los juguetes, con nuestros hermanos también compartimos los primeros discos y las primeras canciones. Las que cantábamos todavía sin entender de qué se trataban y las que recién empezábamos a entender; las que disfrutaban nuestros padres y las que los horrorizaban. Muchas veces sólo por eso las elegíamos: para espantarlos, para provocarlos, pero sobre todo para diferenciarnos de ellos y de la buena música que querían inculcarnos. Fue así que mi hermano y yo dejamos de lado a Queen y Los Beatles y tuvimos nuestra etapa heavy metal. Él, por ser el mayor, llegó incluso a andar con el pelo largo hasta la cintura y los pantalones negros pegados al cuerpo. Yo no, con apenas ocho años mi rebeldía se agotaba en lo musical. De esas incursiones metaleras hubo un disco que sobrevivió. Se llama Ácido Argentino y fue el segundo trabajo de estudio de Hermética, la mítica banda que formó Iorio luego de V8.

Más de veinte años después, cuando en algún lado escucho que suena “Memoria de siglos” o “En las calles de Liniers”,  todavía subo el volumen y vuelvo a sentir que soy otra vez un chico, como cuando compartía el cuarto con mi hermano en nuestra casa del barrio de Floresta. 

Publicado originalmente en el Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino, abril 2015.

domingo, 22 de marzo de 2015

Cemento, el semillero del rock


Nando Varela Pagliaro

“Chabán estaba muy contento con la idea del libro. Cuando empecé a ir visitarlo, él ya estaba internado en el Santojanni haciendo quimioterapia porque tenía cáncer. Nos juntamos durante varios días, comíamos algo y hablábamos un poco de cada banda. Yo le tiraba un nombre y él me decía algo gracioso, un recuerdo o algo del show. Después, cuando pasó a su casa, porque le dieron prisión domiciliaria por la enfermedad, también iba a visitarlo ahí. Además de Cemento, hablábamos mucho de literatura, de cine, de teatro. Aprendí mucho con él. Creo que armamos una linda relación”, dice Nicolás Igarzábal en un bar en Palermo, muy cerca de la redacción en la que trabaja. Como resultado de esos encuentros nació Cemento, el semillero del rock (Gourmet Musical), un libro que incluye cientos de entrevistas, a partir de las cuales se intenta reconstruir la historia de ese reducto que Omar Chabán y Katja Aleman abrieron en 1985 y por el que desfilaron los grupos más importantes de los últimos treinta años del rock argentino.

Entre tantas otras cosas, Chabán le contó que Cemento estuvo a punto de llamarse Malvinas, que antes era un viejo estacionamiento de 1500 metros cuadrados, que para transformarlo en esa especie de templo rockero invirtió cerca de 300 mil dólares y que la financista fue Katja Aleman, su mujer de ese entonces.
En sus inicios, el emprendimiento de la excéntrica pareja funcionó como discoteca con un espacio para el teatro under y la danza. Pero muy pronto el rock se apropió del lugar.
Lo más interesante del trabajo de Igarzábal, sin duda, son los testimonios de músicos, periodistas y productores. Todos tienen una historia, una anécdota en ese refugio que era una caja adentro de otra caja, en ese escenario inmenso, en esos baños donde Mario Díaz, responsable de las vallas y el cacheo, cuando se juntaba mucha gente pedía: “Chicos, rápido y sin sacudirla”, en esos camarines que Iván Noble define como “horrorosos y míticos” y Vitico dice que “eran tan asquerosos que había que subir una escalera y esconderse en un lugar para darse un saque”.

“Las historias que más me gustan son las más delirantes. Me acuerdo la de Francisco Bochatón, el cantante de Peligrosos Gorriones. Él me contó que un día le pidió a Raúl Villarreal, de vender él mismo las entradas en la puerta y nadie lo reconoció”, dice Igarzábal. Es que para muchas de las bandas que hoy son consideradas grandes,  el boliche del barrio de Constitución fue su semillero, su potrero antes de jugar en primera. Los Redondos presentaron Gulp ahí ante 850 personas. “Todavía no estábamos a la altura de llenarlo”, confiesa Willy Crook, saxofonista de la banda por esa época. Cuando Igarzábal le pregunta por las instalaciones, Crook agrega: “Era un lugar áspero y no había dónde hablar, dónde apoyarse; las chicas pasaban por la puerta y se quedaban sucias. No era para ir a curtir, ningún romance era posible ahí”. Sin embargo, no son pocos los que guardan otro tipo de imágenes en sus retinas. Fabián Prado, tecladista de Memphis La Blusera, recuerda que: “Una noche estaba tocando y desde el escenario vi una chica medio agachada y me desconcentré. Estaba abrazada a un tipo, cruzándole el brazo, y había otro atrás cogiéndosela. Hasta que en un momento [el tipo] miró para el costado y se dio cuenta de que había alguien garchándose a su novia, ¡Se armó un quilombo infernal!”. Prado no es el único,  Roberto Pettinato también tiene un recuerdo parecido. Cuando Igarzábal le pregunta qué es lo primero que le viene a la cabeza si se le dice Cemento, Pettinato responde: “el baño sin puertas y una chica diciendo “por favor no me vayas a acabar adentro de la boca” y alguien haciéndolo igual”.

“Las anécdotas de camarines y las que tienen que ver con los comienzos de las bandas también me encantan. Por ejemplo, la primera vez que Bersuit se puso pijama para tocar fue en Cemento en el marco de un concurso para un programa de ATC que conducía Tom Lupo “, repasa Igarzábal. “Ir a Cemento era ir al infierno. Yo ahí le vi la cara a mucha gente y el corazón, vi quiénes eran muchos y también ellos vieron quién era yo. Era un lugar sagrado donde teníamos nuestra propia ley”, sentencia Gustavo Cordera desde las páginas del libro.

Según escribe  Igarzábal en “40 personas ahí en el piso”, en el espacio de la calle Estados Unidos Divididos tuvo noches memorables y otras para olvidar. Pasaron etapas de alta convocatoria, a tocar para muy poco público. En uno de esos shows los vio Federico Gil Solá. “Había poca gente, unas 40 personas. Se sentaban alrededor del escenario, en los costados, como de campamento”, rememora Gil Solá, que luego estaría al frente de los parches en Acariciando lo áspero y La era de la boludez.
“Las Pelotas tocó durante trece de los veinte años que existió Cemento. Tenían que esperar tanto entre la prueba de sonido y el show que se llevaban las paletas y jugaban al ping pong en la mesa agujereada del camarín. Me contó Tomás Sussmann, guitarrista de la banda, que una vez por inventiva de Chabán, su mujer se pasó más de dos noches amasando para preparar las pastafrolas que entregaron de regalo con las entradas, en uno de los shows aniversario”, detalla Igarzábal refiriéndose a los otros ex Sumo.
La de Las Pelotas no es la única. Los Piojos también tuvieron su experiencia rockera gastronómica en Cemento. La Nochebuena de 1993 convocaron a su público y prometían pan dulce y sidra para las primeras 500 personas, pero según recuerda Piti Fernández, guitarrista del conjunto de Palomar, “Eran las tres y no había nadie. Tocamos a las cuatro para 40 parientes”.

“Hay bandas que no podían no estar en el libro, en los noventa: A.N.I.M.A.L, Fun People, Los Brujos, Peligrosos Gorriones, Catupecu Machu, Flema, 2 Minutos, La Renga, Viejas Locas y Caballeros de la Quema, explica Igarzábal.

La década del dos mil sería complicada para el país y para Cemento. Sin embargo, los años previos a la noche trágica en Cromañón y al cierre definitivo del local, desplegaron su música bandas como: El Otro Yo, que incluso grabó un disco en vivo; Carajo, que tomaron de Chabán la idea de tirar papel higiénico al público en su canción “Sacate la mierda”;  los internacionales Queens of the Stone Age, que cortaron sólo 144 entradas; Miranda, con Ale Sergi a la cabeza. Créase o no, el cantante de voz aguda confiesa que, como público del lugar, le encantaba hacer pogo en los recitales de Divididos y Las Pelotas. Los dos mil en Cemento también fueron los años del desembarco de las bandas uruguayas La Vela Puerca y No Te Va Gustar; los años del despegue de Los Tipitos, Árbol y La Mancha de Rolando; de bandas más combativas como Manos de Filippi o más punks como Cadena Perpetua; los años de la cumbia villera, Damas Gratis tuvo su noche en Cemento junto a Fidel Nadal y la propuesta despertó cierto enojo en los sectores más conservadores del rock. No obstante Chabán brindó su apoyo al grupo de Pablo Lescano. “Cemento nunca se cerró, los grupos marginados tuvieron su lugar aquí y así conformamos el rock crítico. Agradezco que Damas Gratis realicen su recital acá así como lo hizo La Mona Jiménez en su momento”, opinó el agitador cultural desde las páginas del Suplemento Sí!.
La figura de Chabán es controvertida como pocas. Aspiraba a ser un director teatral y terminó convirtiéndose en una especie de padrino del rock under. Según cuenta en una nota que le hizo el periodista Pablo Plotkin, hasta los 29 años vivió con la plata que sacaba de la caja del bazar de su padre, Ezzeddin Chabán, nacido en Siria y radicado en Villa Ballester. Luego de un viaje a Alemania, donde fue con la idea de hacerse famoso, regresó a Buenos Aires a comienzos de los ochenta, con la dictadura casi en retirada. A los treinta, para dejar de ser un mantenido, abrió Café Epstein en sociedad con Sergio Aisenstein y Helmut Zieger (“Eramos un árabe, un judío y un nazi”, decía como gracia). En ese legendario local ubicado en Córdoba y Pueyrredón hicieron sus primeras apariciones grupos como Sumo, Soda Stereo y Virus. Pocos años después inauguraría Cemento, su  “obra cumbre”.

Como plantea Igarzábal, nadie sabe quién es el dueño del Luna Park, de La Trastienda o de Niceto. En cambio en Cemento,  todo el mundo sabía quién era Chabán. Y hasta la noche del 30 de diciembre de 2004, Chabán era para los ojos de los medios y el público que frecuentaba recitales, un personaje pintoresco, entre delirante y bizarro. Pero también muy querible. 

“El libro termina reivindicando al Chabán de antes de Cromañón, el Chabán productor, el agitador cultural, como dice en el prólogo el periodista Jose Bellas. Yo fui a su funeral y estaba lleno de músicos y eso fue muy emocionante. Supongo que con el tiempo se convertirá en un mito, en una leyenda”, cuenta Igarzábal. Lo cierto es que en las 150 entrevistas que él realizó, los músicos en su gran mayoría sólo tienen buenas palabras referidas a Chabán. “Rescato la honestidad de Omar con la guita, una honestidad abrumante”, dice Juanse. “Chabán me cuidó más que mi mamá y mi papá”, dice Mariano Martínez de Ataque 77. Como “una persona culta e inteligente”, lo describe Walas de Masacre. “Omar siempre fue un hombre de bien, que me sugería cosas positivas. Me decía: “Ricardo, ¿Por qué no estudiás inglés? cuando en los primeros tiempos del metal salían grupos que cantaban en inglés. Nunca pasó que te dijera: “Mirá qué lindo culo tiene ese pendeja, ¿por qué no te hacés chupar la pija?”. Jamás”, narra Ricardo Iorio que frecuentó Cemento primero con Hermética y luego con Almafuerte.

Omar Chabán murió el 17 de noviembre de 2014 en el Hospital Santojanni, donde estaba internado por un linfoma de Hodgkin. Cuando le pregunto a Igarzábal cómo cree hubiera sido recibido el libro con Chabán vivo, me responde:

“Yo casi lo tenía terminado y un poco estaba compitiendo contra su muerte porque él varias veces se había despedido de sus familiares y de nosotros, sus allegados. Nos llamaba para que fuéramos al hospital a saludarlo, pero ya después no lo tomábamos en serio. Me hubiera encantado que lo leyera. En el hospital le leía los borradores. Habíamos hablado del título del libro y él quería un título con más punch que hablara más de la ética de Cemento, pero nunca me propuso ninguno. Me quedó esa bronca. Me hubiera encantado que lo hubiera visto terminado”, dice con cierta tristeza.

A treinta años de su inauguración, y Cromañón de por medio, hoy Cemento no existe más. En su lugar hay un depósito del Ministerio de Educación porteño. Al terminar el libro de Igarzábal, me pregunto ¿Cómo recordaremos esas paredes cuando pase más tiempo? ¿Quedará en el habla popular esa frase “Yo los vi en Cemento”  para sacar chapa de haber conocido un fenómeno cuando todavía no era masivo?
Según palabras del Indio Solari: “Más allá de lo que significó Cemento para Los Redondos, ese templo de Omar fue el lugar donde todos los extraviados fuera de los límites de las convenciones que gobernaban la cultura, encontraron la atmósfera apropiada para descorchar sus bellezas. Bellezas áridas, oscuras, cómicas y marginadas por una sensatez que un tiempo luego se dejaría alumbrar por ellas”.

Publicada en Ni a palos (Suplemento joven de Tiempo Argentino), marzo 2015.

martes, 17 de marzo de 2015

Entrevista a Guillermo Martínez: “Un poco de éxito ya es un pecado en el mundo literario argentino”


Nando Varela Pagliaro

“Todos mis cuentos tienen un primer germen en algo que tiene que ver con lo autobiográfico, con una experiencia que viví o vi de cerca ligada a una idea que aparece por el orden de la tradición literaria, de la filosofía o del pensamiento científico”, dice Guillermo Martínez, sentado a la mesa de un bar de Colegiales, el barrio en el que vive. El autor de Crímenes imperceptibles -novela que fue llevada al cine en Hollywood por Álex de la Iglesia- se refiere a los cuentos de Una felicidad repulsiva, su último libro. Fue publicado en 2013 por Editorial Planeta y en noviembre de 2014 resultó ganador de la primera edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, dotado de cien mil dólares. Los miembros del jurado, entre los que se encontraban la española Cristina Fernández Cubas, el salvadoreño Horacio Castellanos Moya, el mexicano Ignacio Padilla, el argentino Mempo Giardinelli y el colombiano Antonio Caballero, eligieron a la obra de Martínez por unanimidad y en el fallo destacaron “la unidad y solidez, la sutileza y el equilibrio, como características de la prosa, así como el dominio vigoroso del género. Este libro refleja, además, una mirada peculiar en la que el absurdo, el horror, lo fantástico y lo extraño que arranca de lo cotidiano son tratados con absoluta maestría".
Martínez, que además es Doctor en Ciencias Matemáticas por la Universidad de Buenos Aires y tiene un posgrado en Oxford, ya había sido distinguido como cuentista en 1988 al ganar el Premio del Fondo Nacional de las Artes por su libro Infierno grande. Pasaron veinticinco años y varias novelas entre aquel volumen y Una felicidad repulsiva.  “Volver a escribir cuentos fue un reencuentro feliz porque en el cuento uno puede saltar de registro en registro y tener ciertas libertades. Eso sería mucho más difícil de hacer en una novela. La novela fija bastante más el modo y el recorte del lenguaje”.

Se suele decir que los editores son reacios a publicar libros de cuentos, ¿Por qué pasa eso en un país donde nuestros dos escritores más importantes son cuentistas por excelencia?

Creo que sobre todo en Argentina hay un nicho para el cuento y tiene que ver con la gran cantidad de gente que empieza en su formación como cuentistas a partir de los talleres literarios. Lo que faltan son las ideas para conquistar ese nicho. En España hay una editorial que se llama “Página de espuma” que se dedica únicamente a publicar cuentos y que sobrevive y muy bien con un catálogo extraordinario. Es decir, hay un público, quizás no el más numeroso; pero hay un sector del público lector que está dispuesto. Pienso que premios como el García Márquez, también le dan una dignidad al género, se convierten en referentes, iluminan o van a iluminar a un libro por año de toda Hispanoamérica. Lo que hay que hacer es encontrar esa clase de iniciativas para volver a llevar al público lector a lo que es uno  de los modelos de la narración, que todavía persiste y que tiene una cantidad enorme de posibilidades. El cuento es potencialmente tan rico como la novela. No alcanzo a ver nada que exista en la novela que no pueda estar contenido en un cuento lo suficientemente largo o ambicioso. Es una cuestión de extensión la diferencia, pero ya el cuento lleva en sí toda la riqueza de la literatura, como además lo ha probado Borges en esa especie de encapsulamiento de la literatura que hacen sus cuentos.  
     
En tus libros siempre evitás darles demasiado color local a tus personajes; alguna vez dijiste que no hay que mencionar la cerveza Quilmes para tener contacto con el país, ¿Creés que hay mucho de demagogia en los nuevos narradores?

Esa es una tendencia mundial. En Estados Unidos hay novelas que son prácticamente listas de marcas y de referencias a lugares o canciones de moda. Esa no es mi manera de escribir, pero hay toda una literatura que toca lo que yo llamo la tecla sociológica, que aspira a construir algo así como un club de amigos. No es el tipo de literatura que a mí más me interesa y eso tal vez tenga que ver con cierta preferencia mía por la abstracción, con tratar de que los relatos estén encarnados, pero sólo lo suficiente para que se deje ver también una idea genérica o universal por detrás de ellos.

Todos tus personajes suelen tener un nivel intelectual muy alto. ¿A qué se debe esa elección?

Yo diría que es casi una reacción a algo que suele aparecer bastante en la literatura costumbrista que es cierta fascinación por el buen salvaje. Puede ser la impostación del barrabrava, la impostación del reviente suburbano, la impostación del delincuente o del marginal. Esos mundos o submundos de violencia y sordidez llaman mucho la atención sobre todo de los escritores de clase media que los conocen de lejos y que de algún modo van de visita al zoológico. A mí no me gusta ese toque de paternalismo que consiste en poner a hablar con esa especie de jerga a esta clase de personajes y lograr el exotismo de la literatura a partir de esas descripciones: me parece un recurso un poco fácil. Yo prefiero que los personajes que intento tengan lo que yo llamo todos los grados de libertad, que no estén limitados por aspectos educativos, que no sean demasiado pobres ni por supuesto demasiado ricos porque hay cierta banalidad en la riqueza excesiva, pero que tengan una educación y metas intelectuales porque al tener todos esos atributos ganan en grado de libertad y por lo tanto tienen mayor potencial expresivo en lo que pueden llegar a hacer narrativamente.

En Una felicidad repulsiva escribís que “La felicidad es como el arco iris, no se ve nunca sobre la casa propia, sino sólo sobre la ajena”, ¿Se puede ser feliz y escribir o si uno es realmente feliz no tiene la necesidad de escribir?

Yo creo que hay una cantidad de clichés románticos asociados con la literatura y no entiendo cómo en pleno siglo XXI todavía se sostienen en muchos suplementos culturales. Por ejemplo, cuando se habla de la infancia desgraciada de tal escritor, de la temporada en prisión o la experiencia con drogas de tal otro. Cuando uno lee los suplementos parece que están construidos no tanto sobre la literatura de cada autor, sino sobre los costados exóticos de su vida; cuando en realidad, mirando la historia de la literatura hay también tantos ejemplos de otros escritores que han sido perfectamente felices, burgueses, aburridos y que han hecho una literatura extraordinaria. Me parece que esa asociación entre vida privada tumultuosa y literatura es una especie de rezago del peor de los romanticismos. 
 
El narrador de Una felicidad repulsiva habla de lo difícil que es enseñarles literatura a las legiones de bestias de caras atontadas por la cerveza y deditos siempre ocupados por el celular. Teniendo en cuenta ese contexto, ¿Cómo pensás tus propios libros?

Uno no tiene que dejarse llevar  por lo que pasa a su alrededor en la sociedad porque si no hay que meterse debajo de la cama. Uno hace lo que puede y la sociedad hace lo que quiere. “No es necesario seguir al mundo, allí donde el mundo va”. Los escritores pueden tener una mirada totalmente a contracorriente, anacrónica o futurista, por fuera de lo que son las modas y las tendencias. Cuando yo empecé a escribir, en los años noventa, escribí una novela como Acerca de Roderer que tenía mucho que ver con la tradición fáustica, con un tema intelectual que se alejaba mucho de lo que hacían los escritores de mi generación en ese momento. Uno no tiene porque acompañar a su generación. Por supuesto, me parece fantástico que existan escritores que celebren su contemporaneidad, su pertenencia generacional, pero no me parece obligatorio.  
 
Hablando de nuevas tendencias en la narrativa argentina dijiste que ahora la obra en sí ya no interesa, lo que interesa son los procedimientos para crear la obra y que escribir mal es lo que está bien. ¿Por qué decís eso?

Lo que pasa es que nosotros tuvimos una tradición bastante exigente en lo literario. Entonces, seguir adelante en las huellas de esa generación es algo difícil porque de algún modo hay que ponerse a la altura de Borges y piense lo que uno piense también hay que estar a la atura de las cargas filosóficas de los libros de Sábato. Además, en la generación de los sesenta fueron todos excelentes narradores. Por el lado de la literatura heredera de Faulkner y Hemingway, tenemos una cantidad de escritores muy buenos como Piglia, Saer y Gandolfo.  Cualquiera de esas dos tradiciones tuvo desarrollos sofisticados; por lo tanto, seguir en esas líneas significa un gran esfuerzo intelectual. Por eso creo que hubo una especie de escapatoria en los años noventa que fue la celebración de una literatura más banal, que se ríe del esfuerzo de ahondar en algo ya hecho y prefiere la mezcla. Como consecuencia, la literatura que predominó es la literatura de circunstancias, la literatura que ponía en duda el sentido y la trama. Esa fue la literatura que se aprobó desde la crítica.

Decís que seguir con la tradición requiere un gran esfuerzo intelectual. También asociaste la pereza con la deserción de los escritores de los blogs a favor de Twitter ¿Realmente es así?

Yo vi toda esa eclosión que hubo de los blogs, la blogósfera y esa especie de asalto a la Bastilla. Decían que gracias a los blogs la literatura iba a circular de otra manera y al final lo que vi es lo que pasa siempre: cuesta llevar el día a día de cualquier cosa. Sea un blog o lavar los platos, hacerlo todos los días es difícil. Por eso, ¿cuánto duró? A los dos años la mayor parte de los blogs estaban cerrados y apenas apareció Twitter descubrieron que era más fácil insultar al resto del mundo en ciento cuarenta caracteres que escribir una página de un blog. Me parece que en la medida que desaparecieron los blogs hubo una involución, porque como herramienta me parecía que en teoría podían dar lugar a esa clase de cambio, pero después en la práctica los seres humanos demostraron una vez más cuánto pesa la cuestión de la pereza.

En uno de tus artículos te referís a un plus ideológico que tienen  las novelas que eligen temas sociales, de género  o relacionados con la dictadura. Guillermo Saccomanno alguna vez habló de un marketing del Holocausto, ¿a nivel literario se podría hablar de un marketing de la dictadura?

No creo. Eso sería muy duro para con aquellos autores que han escrito seriamente alrededor de ese tema. Lo que sí me parece es que las novelas sobre la dictadura durante mucho tiempo contaron con lo que yo llamo el plus ideológico, con algo así como una aceptación garantizada con respecto a la elección del tema. A mí la dictadura me dejó de interesar como tema porque me parece que ya fue demasiado transitado. Yo escribí Infierno grande durante la dictadura y después nunca más escribí sobre el tema porque de algún modo vi venir esta ola en la que la dictadura aparecía casi como el tema de los que no tenían tema. 

Abelardo Castillo sostiene que no es necesario que el pensamiento político del autor se refleje en su obra, ¿compartís su opinión?

Por supuesto, porque yo además tuve militancia política entonces nunca tuve la necesidad de mostrarme políticamente a través de mi obra. Además, nunca confié en el peso que pueda tener en cualquier lucha política una obra literaria. Pensemos que una obra  llega a una cantidad mínima de personas y en tiempos muy diferentes. Me parece absurdo que un militante o alguien que esté pensando en un país en un momento concreto se proponga militar a través de la literatura. El lugar de la militancia tiene que estar por afuera. Eso no quita que se pueda tomar como tema a la política. Justamente, a mí me gustaría que hubiera más novelas políticas  porque parte de esta especie de dominio de cierta idea única de la crítica literaria expulsa bastante a la novela política.

Durante la charla, nombraste varias veces la crítica. Alguna vez dijiste  que no ves una crítica independiente, que todos los críticos que colaboran en medios culturales tienen su obra escrita a la par y entonces compiten como juez y parte del mundo literario. ¿Por qué pensás así? ¿Qué mejor que sean los escritores los que hablen de libros?

Yo creo que lo que está faltando en la crítica literaria es algo que hay en la crítica científica. Cuando uno escribe un paper en ciencia, los referís del paper son los mejores científicos en cada área, mientras que en literatura, cuando uno escribe una novela, el referí es muchas veces un estudiante que apenas empieza a ejercer en el periodismo y que muchas veces critica desde una posición de guerra o de oposición.

- Además de críticos novatos, también hay críticos con mucha experiencia y capacidad.

Sí, por supuesto, pero no veo que haya en Argentina una escuela de críticos que se conformen con ser solamente críticos. Los grandes críticos de acá también tienen toda una obra literaria desarrollada y tienen sus posiciones, sus espacios de poder y sus estéticas como escritores.

¿Y eso anularía el pensamiento crítico?

No es que lo anule porque ahí también hay diferencias. Hay quien decide usar ese poder y quien no, tiene que ver con una cuestión de ética personal. Pero la verdad es que yo he conocido de cerca casos muy lamentables. Te digo más, acabo de escribir un pequeño artículo porque empecé a ver otra vez lo que yo llamo la crítica sicaria. Desde algún diario, el director de un suplemento cultural convoca al peor enemigo de tal o cual escritor para que destruya a su novela. Esos fenómenos ocurren en la literatura argentina.
 
 En tu caso, ¿cambió la relación con la crítica luego del éxito de Crímenes imperceptibles?


Totalmente, cometí el peor de los pecados que puede cometer un hombre: un libro mío tuvo un poco de éxito.  Un poco de éxito ya es un pecado en el mundo literario argentino. De todos modos, no me siento para nada una víctima. Fue algo temporal porque inmediatamente aparece otro que se gana algún premio o tiene éxito con un libro y pasa él a ser el nuevo enemigo. Forma parte del modus operandi del mundo literario con sus pequeñas miserias y resentimientos. 

Publicada en el Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino, 15 marzo de 2015.

viernes, 13 de febrero de 2015

Hijos de Babel presenta 3D3 Volumen 1


"3D3" es el primero de una serie de tres EP´s con tres canciones cada uno que el trío Hijos de Babel editará a lo largo de 2015. El primer volumen fue grabado en Estudios Ion y contó con la participación de Walter Pianciolli y Raúl Ruffino de Los Tipitos como invitados. Además de las tres canciones compuestas por el grupo, cada EP incluirá una versión de un tema de algún autor admirado. En esta primera entrega, la canción elegida fue “Plegaria para un niño dormido” de Luis Alberto Spinetta

1- Como un ritual (Invitado: Walter Piancioli - Los Tipitos)


2- Vaciando bares


3- Al otro lado del amor (Invitado: Raúl Ruffino - Los Tipitos)


4- Plegaria para un niño dormido