miércoles, 11 de mayo de 2016

Entrevista a Cristian Alarcón: “Los periodistas son muy infelices en los diarios”


Nando Varela Pagliaro

“El periodismo ya no se hace en los diarios. Hoy el periodismo se hace en las revistas alternativas o en todo caso en la radio y la televisión. Los diarios están muertos. Además, los periodistas son muy infelices en los diarios”. El que habla es Cristián Alarcón, Director de la revista Anfibia y una de las voces más intensas de la crónica narrativa. Con él hablamos del valor de la información, de la búsqueda de la verdad y otros temas, que giran en torno al violento oficio de escribir. 
  
-Un Mar de castillos peronistas puede leerse como un libro de crónicas, pero también como un libro de viajes. En estos relatos, como los llama Guillermo Saccomanno en el prólogo, atravesás Buenos Aires, Paraguay, Río Negro, Chile, Madrid, Barcelona, Brasil, Barranquilla y Medellín. En medio de tantos aeropuertos, de tantos hoteles, de armar y desarmar valijas, ¿cómo hacés para encontrar un espacio para escribir?

-Me da una nostalgia enorme pensar en la última etapa en la que tuve tiempo para escribir todas las semanas dos páginas de una revista. En los medios se mezquina tanto el espacio para contar historias que poder hacerlo era un lujo. Esos viajes a los que te referís, en su mayoría son viajes de trabajo, en una época en la que di muchos talleres en distintos países y me dejé llevar por esa marea tsunámica del conferencista internacional que llega a ser tediosa, insalubre y neurótica. Lo que hice para escribir estas notas fue robarle momentos a los viajes. Yo era consciente de que cuando algo me estaba ocurriendo, me ocurría para la crónica. De todos modos, no contaminaba de esa urgencia la historia. A veces era muy tentador producir acontecimientos en mi vida personal que terminaban siendo literarios.

-En el prólogo decís que a estos relatos no se los investigó más que con los sentidos del cronista y se los escribió con la urgencia del cierre. Antes, en la bajada del título del libro, aclarás que son crónicas desorganizadas, ¿por qué tantas justificaciones? ¿No creés que una antología de textos periodísticos puede ser un gran libro?

-Sí, claro que puede ser un gran libro. De hecho, esta antología fue una búsqueda con Constanza Brunet, en la que me ayudaron Matías Máximo y Virginia Giannoni. Para armarla hicimos una preselección de cientos de textos, que al menos a ojos de estos amigos lectores, sí se habían salvado del paso del tiempo. 

-Hay varias crónicas en las que hablás del Patti Smith Group, el grupo de gimnasia con el cual salís a correr en el Parque Lezama. ¿Qué pensás que le aporta a tu escritura el hecho de correr, de hacer gimnasia? Leila Guerriero, por ejemplo, dice que es uno de los momentos en los que más escribe; le vienen ideas, soluciones a situaciones que no puedo resolver en una crónica.

-Si alguna vez escribiste intoxicado, hay un momento muy claro en el que la intoxicación produce pésima literatura. Tal vez, en parte de mi segunda adultez descubrí que si me oxigeno mejor, también estoy más lúcido y eso me ayuda a escribir mejor.

-Juan Villoro dice que la crónica es literatura bajo presión, en estos textos, ¿cuánto hubo de presión y cuánto de goce literario o periodístico?

-La presión también está ligada a la escritura como una actividad profesional. A mí me pagaban muy bien por hacer eso. De hecho, vivía de escribir eso. En muchos momentos de mi vida me han pagado por escribir lo que quería. En Página 12 me dejaron construir un estilo, una agenda de temas; me dejaron demorarme más de la cuenta a medida que demostré que lo que escribía tenía algún tipo de potencia y finalmente me dejaron partir. Cuando te comprometés con un editor, la presión tiene que llegar porque por suerte hay un punto final que indica que si no publicás, la página está en blanco. Yo tengo muy buena relación con la presión. No me molesta la idea de un límite concreto para poder cerrar. Ahora como líder de proyectos periodísticos, lo entiendo todavía mucho mejor.

-Se suele decir que los artículos periodísticos tienen sólo dos destinos: la basura o envolver los huevos en el almacén al día siguiente. ¿Pensás que para que eso no pase, la única forma de trascendencia sigue siendo el libro, en tanto objeto físico?

-De ninguna manera. El periodismo digital vuelve perennes los textos. El algoritmo de Google te lleva otra vez a los textos sin necesidad de que vuelvan a ser publicados y las redes sociales pueden rescatarlos y convertirlos en hits, cuando se suponía que los textos habían muerto. Hoy ya no hay buenos textos con fecha de vencimiento.

-En estos relatos hay una gran presencia del yo. Martín Caparrós dice que cuando el cronista empieza a hablar más de sí mismo que del mundo deja de ser cronista, ¿Cómo hacés para que ese límite tan preciso no se rompa y éste no deje de ser el libro de un cronista?

-Leí hace un tiempo algo que dice César Aira, no lo recuerdo bien del todo, pero lo que él planteaba era que el auge de la crónica muestra la miserabilidad de los que nos dedicamos al género, porque no tenemos vida y la buscamos afuera, como voyeurs y testigos de los dramas de otros. Queriendo decir con esto que somos un montón de chicos ricos con el tiempo y los recursos como para andar fijándonos en los problemas de los demás, en vez hacernos cargo de lo propio. Es muy interesante porque lo que plantea es la discusión sobre el yo, sobre el punto de vista de una crónica, esa singularidad que hace que un periodista, además de ser periodista sea escritor. No es tan fácil. La mixtura de las últimas décadas nos lleva a lugares cada vez más híbridos, por lo tanto decir que un cronista es bueno porque sabe ver lo que pasa afuera o lo que pasa adentro, ya no tiene ningún sentido. En realidad todo forma parte de ese miasma que es la complejidad. A veces lo que pasa afuera se puede narrar a partir de un  monólogo interior, pero otras veces focalizar en el afuera habla más del adentro que confesar alguna intimidad. La propia elección de los temas habla de cada uno. Algunos buscamos problemas en todo sentido: problemas del mundo sobre los que vale la pena indagar y problemas en cuanto a lo complicado que es narrar una historia. Hay que poner el cuerpo e investigar para narrar. Esto implica pasar demasiado tiempo persiguiendo información, en un momento en el que la información ya no existe más. ¿Qué sentido tiene el periodismo en un mundo sin información? Yo, como editor, no desprecio la información porque la persecución de la mayor certeza posible sigue siendo la misión periodística número uno, pero lo cierto es que a medida que uno practica el vicio de juntar información, se aburre. Además, aquello que trasciende no es el dato chequeado. Lo que trasciende es el sentido que puede descubrir un periodista del mundo, no la información. Por eso, todos los libros que sólo juntan datos terminan en una mesa de saldo.  
            
-Con respecto a las temáticas, en una charla que diste hace tiempo dijiste que estabas un poco cansado de las crónicas que sólo abordaban lo marginal. Sin embargo, en este libro a pesar de que sí hay otras temáticas, lo marginal también ocupa un espacio central. ¿A qué se debe esa obsesión, esa necesidad de volver siempre al mismo territorio?

-Eso lo dije como una provocación. De todos modos, la literatura tampoco habla de cosas muy felices. No conozco ninguna buena novela que cuente una historia que no sea en el fondo una tremenda tragedia.

-Pero la diferencia es que la literatura es ficción y la crónica no. Muchas veces, en pos de hacer el texto más atractivo, ¿la verdad también puede terminar cediendo ante la ficción en una crónica?

-No creo mucho en las teorías de la verdad porque son una entelequia. En lo que sí creo es en la metodología y la honestidad, que no es lo mismo que la verdad. Con esto quiero decir que creo más en el que me dice lo que no sabe, que en el que me dice que lo sabe todo. Creo más en el que me dice que no está seguro que en el que tiene certezas todo el tiempo. La crónica, en definitiva, es el espacio de la incerteza. Por lo tanto, no tiene el imperativo del periodismo anglosajón de la búsqueda de las verdades. No es eso lo que uno va a buscar en una crónica porque la verdad no está dada por la contrastación de fuentes y de hechos; la verdad está dada por la estructura, la trama y el funcionamiento literario de ese texto narrativo. De manera que cuando alguien termina de leer una crónica, siente que algo comprendió y lo puede comprender porque accedió a un código que es el de la literatura. Y como la literatura nunca es verdad, no hay manera de hacer a la crónica responsable de la búsqueda de la verdad. Porque la crónica es literatura. 

Publicada originalmente en Revista Polvo, mayo 2016.

lunes, 2 de mayo de 2016

Entrevista a Ro Vitale: “Nos podemos reír del TOC, pero si entendemos lo que es"


Nando Varela Pagliaro

Romina Vitale es cantante y compositora. Tiene dos discos editados, el último (Étnica, de 2009) recibió los premios Clarín y Gardel como Revelación en Música Popular y Mejor Álbum Nuevo Artista Pop. Ese mismo año, fue diagnosticada con TOC severo. En estos días, Del Nuevo extremo acaba de publicar TOCada, un libro en el que la cantante cuenta de manera conmovedora cómo fue atravesar una enfermedad de la que en el país todavía se sabe muy poco.

-¿Cómo fue escrito el libro?

-Es un libro que escribí casi como un diario íntimo. No lo hice pensando en que iba a ser publicado. Terminó siendo publicado, pero fue de una manera totalmente orgánica. En un comienzo el libro para mí era un lugar en donde podía hacer catarsis, donde podían anclar mis compulsiones. Registraba lo que me pasaba para quedarme tranquila. Ahora cuando lo leo, veo que lo escribí con un nivel enorme de ingenuidad a lo que me estaba exponiendo. De todos modos, yo soy así de intensa y honesta. Pero una cosa es escribirlo en canciones que están llenas de metáforas, que es lo que venía haciendo, y otra muy distinta es escribir un libro. Toda la vida amé los escenarios, la música, las cámaras y lo intelectual. Por eso siento que TOCada es como una especie de bisagra porque me permite ser yo como artista, como ser humano, como enferma de TOC y no tener que disociar una cosa de la otra. Ser la que soy, con mis recursos y lo que me falta.    

-¿Creés que te vas a arrepentir de algunas cosas que contaste?

-No me voy a arrepentir, pero sí tengo una cierta preocupación con respecto a la gente que nombro. No porque haya dicho nada malo de ellos, pero entiendo que la decisión de exponerme es mía y no de los demás.

-Y la gente de tu entorno que lo leyó, ¿qué devolución te hizo?

-De mi entorno más cercano lo leyó muy poca gente. A mi madre que sí lo leyó le pasaron dos cosas. Por un lado, el libro la atrapó, le pareció que estaba escrito muy lindo; pero por otro, cada cosa que leía no la podía creer y me preguntaba: “Pero cuando escribiste esto vos ya estabas mejor, ¿no?”.

-¿Cuándo tomaste la decisión de llevar el libro a una editorial para que fuera publicado?  

-No sabría decirte cuándo tomé la decisión, quizás en el mismo momento en que hacía catarsis ya fantaseaba con el libro. En ese momento estaba muy mal y no lo recuerdo bien. La que me incentivó a que me contactara con la gente de la editorial fue mi madre. Yo los contacté pero desde un lugar muy light. A ellos les interesó ese primer mail y me pidieron que les mandara un sumario y una síntesis. En ese entonces, debía tener escrita la cuarta parte del libro, pero les armé lo que me pidieron y para mi sorpresa me contestaron que lo querían. Les avisé que no lo tenía terminado, pero a ellos no les importó porque me esperaban el tiempo que necesitara. De algún modo, ellos creyeron en el proyecto antes y más que yo. Se podría decir que construyo un libro porque ellos lo llaman libro, porque ellos me habilitaron.

-En un pasaje de TOCada decís que a la gente con TOC les encanta escribir libros. ¿Leíste otros libros similares al tuyo?

-No leí libros completos, pero sí fragmentos y artículos. El TOC es una patología muy particular porque es como si tuvieras el cerebro partido en dos. La mitad de tu cerebro dice cualquier ridiculez, cosas tan irracionales que rozan lo delirante, pero no lo son. ¿Por qué no lo son? Porque la otra mitad de tu cerebro sabe perfectamente que ese pensamiento es ridículo. Por eso hay tanta gente que sabe tanto de su propio TOC y sabe muy bien qué comunicar a la hora de darle un consejo a otra persona que lo padece. Esto lo viví mucho en Estados Unidos, donde mis compañeros de grupo tenían un gran nivel de psico-educación sobre su patología.

-Te trataste en Los Ángeles. ¿Acá también hay buenos lugares y profesionales para tratarse?

-Acá hay menos lugares que en Estados Unidos porque Estados Unidos e Inglaterra fueron los creadores de la terapia cognitivo conductual. En nuestro país hay demasiado psicoanálisis y el psicoanálisis no trata al TOC como corresponde, sino que en muchísimos casos lo empeora. Las facultades de psicología están superpobladas de materias vinculadas a lo psicoanalítico y la terapia cognitivo conductual recién ahora está empezando a entrar de una manera más potente. De todos modos, acá también hay excelentes profesionales. Yo me traté con Fernando García de la Fundación Aiglé, otra gran profesional es Tania Borda, que es la presidenta de la sucursal argentina de Bio Behavioral. Te nombro a ellos dos, que son mis principales referentes, pero seguramente habrá otros más.

-Para curarse ¿ayuda muchísimo interactuar con otras personas que también tienen TOC?

-Claro, eso ayuda muchísimo. Yo en la Argentina no conocía a nadie con TOC, me sentía un bicho raro. A partir de que expuse mi historia en distintos artículos, empezaron a lloverme mensajes de gente con TOC, que te dicen lo mismo que me pasaba a mí cuando me encontré con la otra gente con TOC que conocí. Sentís que no estás solo. Nadie va a entender a una persona con TOC como otra persona con TOC; ni siquiera un terapeuta.

-Y la mirada y el apoyo de la familia, ¿cuánto influye?

-La familia pasa por muchas etapas. Una etapa de negación, en la que primero creen que no es tan grave y otra en la que caen y te ven en estados de mucha sintomatología y no saben bien qué hacer. Me acuerdo de mi mamá, mirándome con mucha tristeza y diciéndome: “Devolveme a Ro, devolveme a Ro”. Y yo la miraba y me quería matar. El gran problema es que como la familia ve que uno es consciente, quieren que resolvamos lo que nos pasa pronto. Después, cuando ven que no es tan simple, que uno no lo puede resolver solo, empiezan a entender de qué manera ayudar y cómo reaccionar ante la angustia. Porque si bien hay un tratamiento, e incluso medicación, no hay nada que sea mágico. Lo ideal para una familia es psico-educarse e ir a grupos de ayuda.

-¿Cuánto creés que te perjudicó en tu carrera?

- Cuánto no lo sé, pero está claro que se detuvo. En realidad se detuvo todo, se detuvo mi vida, como si hubiera quedado capturada en una cápsula de tiempo rígida. Con eso y todo, la mayor parte del tiempo seguí grabando canciones, salvo en una etapa en la que mi estudio también apareció contaminado. Pero la música fue mi único cable a tierra durante la época en que yo no podía salir de casa. Tenían que llevarme a rastras a los lugares porque ni me podía asomar al exterior. En ese tiempo me asocié con una amiga mía canadiense y compuse muchas canciones. Ella hacía la letra y yo la música y luego las grababa. Hacer esas canciones y mi enamoramiento de John Mayer fueron mis dos cables a tierra durante lo que fue una de las etapas previas al diagnóstico.

-Luego de la publicación del libro ¿seguís escribiendo el día a día de tu enfermedad?

-No, porque hay un momento en el que es conveniente parar, si no se puede transformar en otra compulsión.


-Decís en el libro que se habla de TOC con cierta liviandad, ¿pensás que eso sucede por culpa de los medios o ya es algo que está instalado socialmente?

-No sabría contestarte si fue primero la gente o los medios, pero sí te puedo decir que es un fenómeno mundial. En todo el mundo hay un uso liviano del término. La confusión tal vez tenga que ver con que todos tenemos intrusiones. El TOC está compuesto de intrusiones y compulsiones. Las intrusiones son pensamientos obsesivos y las compulsiones son las respuestas a esos pensamientos, el que tiene TOC lo que hace es sobrevalorar esas intrusiones y al sobrevalorarlas les da más entidad de la que tienen y responde con compulsiones. El que no tiene TOC desestima ese pensamiento bastante rápido. Te puede angustiar un segundo, pero después seguís. Te dio por cerrar la puerta con llave dos veces porque tenés miedo de dejarla abierta, te fuiste y una vez que te fuiste, arriba del auto te preguntás ¿la habré cerrado o no? El que no tiene TOC sigue sin ningún problema, como mucho le queda una duda. En cambio el que tiene TOC va a retornar, va a volver a cerrar, se va a volver a subir al auto, en el medio del camino, va a volver a hacer lo mismo y por ahí es capaz de hacer ese recorrido cinco o diez veces. Lo hace llorando porque no puede parar y porque sabe que lo que hace no tiene sentido.

-¿Existe la posibilidad de que con un buen tratamiento nunca vuelvan este tipo de intrusiones?

-Yo dudo de que exista la posibilidad de remover las intrusiones cien por ciento. Primero porque se trabaja más con el intento de remover las compulsiones, porque las intrusiones las tenemos todos. El problema es sobrevalorar esas intrusiones y que respondamos con compulsiones que nos cagan la vida. No sé si alguien puede considerarse completamente curado, pero sí el TOC se puede tratar de una manera tal que vos puedas recuperar prácticamente toda tu funcionalidad. Yo no la recuperé toda, pero sí en un altísimo porcentaje y con eso estoy feliz.

-¿Hacés el ejercicio de verte cómo estabas antes y cómo estás ahora?

-A veces lo hago con mi entorno, cuando parece que nos olvidamos de cómo estaba antes. Cuando hago un pequeño síntoma y ya se enojan, entonces les digo: “¿no se acuerdan de dónde venimos?”.  Pero en general no pienso en eso. Uno se va habituando a los nuevos logros. Sí me pasa que cuando me enfrento a situaciones nuevas y me veo fracasar, me doy cuenta de que todavía me queda un largo camino por recorrer.


-Vi que en tu Facebook subiste una foto y aclarabas que estabas “sentada en el piso contaminado” grabando el video de tu nueva canción. En algún momento, ¿lográs reírte de tu TOC?


-Los que atravesamos el TOC podemos hacer humor con esto. Me he cagado de risa con mis terapeutas, pero lo que no admito ni siquiera de mis amigos es que se rían cuando les estoy hablando de algo serio.  A veces estoy intentando comprar una cartera y elijo una, después la otra y la otra, hasta que los vendedores me entran a mirar con mala cara. Entonces, voy y les explico que me tengan un poco de paciencia porque tengo trastorno obsesivo compulsivo. En general, cuando les digo esto se me cagan de risa. Está bien, nos podemos reír del TOC, pero en tanto y en cuanto se entienda lo que es. 

Publicada originalmente en la revista Quid, marzo 2015.

lunes, 11 de abril de 2016

Entrevista a Liniers:“El trabajo de los hijos en algún momento es asustar a sus padres”


Nando Varela Pagliaro

“Cuando me llegó la propuesta del Zorro Rojo yo estaba en un momento en el que tenía demasiado trabajo y me había propuesto decir a todo que no. Sin embargo, cuando empecé a leer el libro y vi que eran todos crímenes súper sangrientos, me di cuenta de que podía encontrar un lado B de lo que yo hago. Además, el hecho de trabajar sobre un texto que no era mío me permitía pensar solo en la propuesta estética, en la forma en que quiero dibujar”. Ese libro lleno de sangre es Crímenes ejemplares y el que habla desde su casa-estudio en Barrio Norte es Ricardo Liniers Siri, el mismo que desde hace más de trece años ilustra las contratapas de La Nación con su tira Macanudo.  

- “A veces se agacha para observar el mundo desde el mismo punto de vista que tenía cuando era niño”, escribiste en una de las recientes tiras de Macanudo. Cuando hacés ese ejercicio, ¿qué es lo que ves?

-Antes tenía que hacer memoria, pero ahora que tengo a mis hijas, tengo ayuda memoria. Es muy divertido espiarlas y ver cómo van descubriendo cosas nuevas. Por ejemplo, ahora Clemi acaba de descubrir a Michael Jackson y no puede creer que el tipo camine para atrás. Lo bueno es que para ellas todo es nuevo.

-¿Y vos te acordás cómo eras de chico?

-Uno nunca sabe bien cómo era. Tengo la sensación de que era bastante tímido. Era de los que miraban desde el costado, nunca fui el centro de atención. Mi hermana Juana sí era la que comandaba todo. Ella era más chica que yo, pero me acuerdo de que en la Navidad se ponía a cantar con mis tíos canciones de Sinatra y yo no podía creer que se animara a hacer algo así.

-Me hablabas de Clemi. Además de ella, tenés dos hijas más, Matilde y Emma. ¿En qué cosas de ellas te reconocés?

-Tal vez por una cuestión medio egocéntrica, lo primero que siempre vemos los padres son las cosas que tenemos parecidas con nuestros hijos. En mi caso comparto con ellas ciertos niveles de obsesión. Me acuerdo que cuando Matilde tenía cinco años se obsesionó con los dinosaurios. Siempre pensás que en algún momento tu hijo te va a decir algo que te va a dejar humillado en tu falta de conocimiento, pero uno cree que eso va a pasar cuando ya tenga quince o dieciséis años. Sin embargo, a mí me pasó cuando Matilde tenía solo cinco. Una tarde, como la veía entusiasmada, le dije: “Matilde, si estudiás mucho, un día vas a ser arqueóloga y vas a poder buscar dinosaurios”. Matilde me escuchó, esperó a que terminara y me dijo: “Ay papá, los paleontólogos buscan dinosaurios, no los arqueólogos”.

-Tu profesión tiene mucho que ver con la infancia, ¿cuándo sentís que traicionás al pibe que fuiste?

-Podría decirte que tuve muchos cambios sustantivos en mi personalidad. Si ese pibe tímido hoy me viera arriba del escenario con Kevin [Johansen] haciéndome el payaso, no podría manejarlo. De todos modos, a mí me gusta pensar al revés de lo que vos me decís. Porque muchas de mis tiras de Macanudo son mensajes a mí de chico. Me ilusiona pensar que a alguno le caerá justo una tira que a mí me hubiese servido. Esas son de las cosas más lindas que tiene este laburo.

-Supongo que en tu época, los líderes del grado eran los que mejor jugaban a pelota. Ser el que mejor dibujaba, ¿qué beneficios tenía?

-Tenía beneficios maravillosos para el que mejor dibujaba, que no era yo. Como mucho entraba en un elegante tercer puesto. Yo me juntaba con dos o tres a los que no se nos daba muy bien el deporte, nos gustaba dibujar historietas, leíamos los libros de Stephen King y veíamos las películas de Spielberg. Cuando jugaba a la pelota, como era muy malo, me gritaban mucho y la verdad es que no me gustaba. En cambio lo bueno de dibujar historietas era que no te retaba nadie. 

-Decís siempre que todo el mundo dibuja, pero llega una edad en la que algunos paran y otros siguen; los que siguen son los dibujantes en serio.

-Con la historieta hay un error conceptual porque la gente cree que hay que dibujar bien.  Cuando en verdad lo importante en el humor gráfico es dibujar gracioso, no dibujar bien.

-Y en tu caso, ¿cuándo te diste cuenta de que el dibujo era algo serio y que podías vivir de dibujar?

-Fue gradual. De chico nunca pensé en que iba a poder vivir de esto. Por eso me anoté en Derecho y en Publicidad, pensando en que tenía que vivir de algo que no fuera matemático o que no involucrara la sangre. Esos eran mis dos parámetros. Pero al tiempo de estudiar me di cuenta de que ninguna de las dos carreras me interesaba demasiado, así que empecé a hacer algo para mí. Ahí me anoté en un taller de historieta porque me acordé de que cuando era chico me gustaban las historietas. Ese fue el “momento Robocop” de mi vida. ¿Viste que Robocop apunta con la mira y cuando encuentra el objetivo suena una especie de alarma? Bueno, cuando me anoté en esos talleres sentí que con la mira encontraba lo que estaba buscando. 

-¿En tu casa cómo lo tomaron?

-El trabajo de los hijos en algún momento siempre es asustar a sus padres. Seguramente, mi viejo que es abogado, cuando yo estudiaba Derecho se imaginaría que yo iba a seguir sus pasos, pero de repente tuvo que cambiar de idea. Me lo imagino hablando con sus amigos: “Che, ¿en qué anda Ricardito? No ahora está dibujando duendes”. Dejando el chiste  a un lado, tuve mucha suerte de que si bien era un poco extraterrestre el planteo que les hice a mis viejos, ellos enseguida me apoyaron. Además, con el tiempo me fui dando cuenta de que no fue culpa mía, sino de ellos. Porque fueron ellos los que a los diez años me hacían ver películas de Woody Allen, los que me mostraban a los Monty Python y me decían “leé este libro de Kafka que te va a encantar”. Estoy seguro de que si le das de leer Kafka a un chico de diez años, no hay muchas chances de que generes un abogado.

-Alguna vez contaste que hiciste un dibujo de Mazinger, que para vos era increíble y se lo llevaste a tu mamá para que lo viera. Ella lo vio y te dijo que estaba bárbaro. Después le llevaste un mamarracho y te dijo lo mismo. En lo que hacés, ¿cuánto te influye la mirada de los otros?

-Cuando decidí dedicarme a la historieta, de algún modo anulé la mirada de los otros. A partir de esa decisión siempre hice lo que necesité hacer, no lo que debería hacer. En un momento me daban miedo las comparaciones porque ponía mi chiste pésimo y al lado ponía todo Mafalda. Obviamente no voy a llegar a hacer algo como Mafalda, pero descubrí que lo importante es poner un ladrillo por día, que hacer una historieta es algo gradual.  

-En esto de hacer un trabajo diario, decís que una vez que hiciste cinco mil chistes es mucho más fácil pensar uno que copiarlo. ¿Tenés miedo a la hoja en blanco, a que ya no se te ocurra nada más?

-No, al contrario, la hoja en blanco es lo que te divierte. La gente cree que siempre las ideas se le ocurren a uno solo, pero pasa mucho ahora en el mundo de Twitter y Google que uno descubre que la misma idea por ahí en el mundo se le ocurrió a cien tipos diferentes. Lo importante en ese sentido es ser honesto con lo que uno tiene para decir.

-Con respecto al hecho de encontrar una idea, veo que en este estudio hay libros desde el techo hasta el piso. ¿Eso te ayuda o en algún momento tanta información también puede agobiarte?

-Estamos rodeados de libros porque tanto mi mujer como yo somos muy lectores. Yo puedo no acordarme del libro, pero necesito verle los lomos en la biblioteca y eso de alguna forma me trae una sensación de lo que me pasó cuando lo leí. A la larga todo termina formando parte de lo que hago; desde  los libros que leí hasta las películas que vi o la música que escuché. En cualquier disciplina artística uno siempre se para en los hombros de los gigantes. El único que inventó algo fue el que pintó las Cuevas de Altamira.

-“Los chicos dibujan bien porque dibujan sin miedo”, dijiste en alguna entrevista. ¿Se puede percibir el miedo en un dibujo?

-  Lo percibís cuando el que dibuja está tratando de ser otro dibujante, cuando de una u otra forma tiene miedo de ser él mismo. Igual, en un principio esa es la manera de aprender. Lo importante en toda disciplina artística es que las cosas parezcan naturales. Cuando uno lo ve bailar a Julio Bocca parece que ni hace fuerza en cada salto. La única manera de que ese salto parezca natural es hacerlo un millón de veces. Maradona gambeteó a un millón de tipos hasta que le salió el gol a los ingleses. Lo hacen parecer fácil, pero no es fácil.

-Desde hace unos años, venís compartiendo escenarios y giras con Kevin Johansen. Muchas veces lo propio de un plan es que falle. Entre ustedes ¿por qué el plan no falló?

-Yo creo que el plan falló y en las fallas descubrimos la diversión.  La idea de que hagamos algo juntos en realidad no fue ni de Kevin ni mía, sino de alguien que trabaja con él. Empezamos muy de a poco, yo dibujaba desde la consola, pero después Kevin quiso que estuviera con él en el escenario. Pero la verdad es que no fue algo que pensamos demasiado. Todo se dio de manera muy intuitiva.

-Antes decías que los dibujantes son los que siguen dibujando aún de grandes. Los periodistas, tal vez seamos los que toda la vida nos sigamos preguntando el porqué de las cosas. En tu caso, ¿por qué dibujás?


-La respuesta fue cambiando. En un principio tal vez porque quería ser o formar parte de ese grupo de pibes que también dibujaban y que yo admiraba. Después me di cuenta que para ser uno de ellos tenía que sentarme y decir algo. Ahora debemos estar en el momento en el que más gente está hablando al mismo tiempo, pero gente que realmente diga algo no hay tanta. Macanudo lo empecé para tratar de decir algo optimista. Si estamos todos yéndonos para abajo, lo que quiero es tirar un salvavidas, no un yunque. 

Publicada originalmente en la revista Quid, marzo 2016.

lunes, 28 de marzo de 2016

Entrevista a Ezequiel Fernández Moores: “Odio la arrogancia del periodismo”


Nando Varela Pagliaro

A casi un cuarto de siglo de su primera edición y esta vez de manera independiente, vuelve a ser publicada Díganme Ringo, la extraordinaria biografía de Oscar Natalio Bonavena escrita por Ezequiel Fernández Moores. Cuenta el periodista que el proyecto original surgió a partir de un pedido que le hicieron de Planeta y Sudamericana, que en ese momento estaban fusionadas. Ambas editoriales querían hacer una colección de pequeños libros sobre ídolos populares de la vida argentina y le ofrecieron una lista de veinte personajes. “De esa lista elegí a Ringo porque  tenía una mirada muy crítica del boxeo. En mis comienzos periodísticos, inclusive había ido al Borda, vi a neurólogos, a ex boxeadores dañados y escribí mucho sobre el boxeo y los daños que hacía. Entonces, pensé que acercarme desde otro lugar me iba a enriquecer. Además, Ringo formaba parte de mi infancia. Yo iba a ver las peleas con mi viejo y mis hermanos. Revisar su vida, de algún modo era volver a aquellos años, pero ya como periodista”. Ese libro inicial de tan solo cien páginas, finalmente nunca vio la luz  porque Planeta y Sudamericana decidieron separarse y la colección quedó en la nada. Dos años después, Juan Forn –en ese entonces editor de Planeta- rescató el texto sobre Ringo de un sótano inundado. Interesado en el proyecto, lo llamó para que terminara de darle forma a un libro con más contenido del que había presentado para la colección. Para eso, con la ayuda de su hermano Lucio -también periodista- y Alejandro Di Giacomo, su compañero de trabajo en la Agencia DYN,  Fernández Moores entrevistó a más de cincuenta personas. Incluso planteó en la editorial la posibilidad de viajar a Estados Unidos para investigar la muerte del boxeador, pero Forn le aconsejó que no lo hiciera porque si viajaba iba a volver con tanto material que el libro iba a terminar siendo un libro sobre la muerte de Ringo y esa no era su idea. “Nuestra idea era escribir su vida porque fue un personaje tan porteño, tan vital que lo que queríamos reflejar era eso. Obviamente en el libro hablo de la muerte y es un capítulo importantísimo, pero sobre todo lo que se intenta recordar es lo que fue Ringo en esa Buenos Aires de los años sesenta y setenta” dice Fernández Moores.

-¿Cómo se entiende que un tipo como Bonavena, que nunca fue campeón del mundo, a 40 años de su muerte siga siendo una de las figuras que más fascina a la memoria de los argentinos?

- Supongo que puede tener que ver con eso que los pibes llaman la cultura del aguante, entendiéndola como esa costumbre de bancar. Ringo tenía una enorme habilidad  para bancarse las piñas de tipos que posiblemente eran mejores que él. Llegaba al final de cada pelea de pie e incluso ha estado a punto de ganarles. Era un guapo en esto de bancársela. Por eso de ahí sale ese estribillo famoso de Iorio que dice “Aguante Bonavena”. También es curioso que habiendo sido ídolo de un barrio tanguero por excelencia como Parque Patricios, los que lo recuerdan sean todos los roqueros y metaleros. Otro punto clave es el vínculo de Ringo con Buenos Aires. Los campeones mundiales generalmente venían del interior y tenían cierta desconfianza lógica de las luces de la ciudad. En cambio, para Ringo esas luces eran suyas, él las amaba.        

-En el prólogo del libro incluís una frase de Martín Becerra que dice que  “Ringo fue mediático antes de que se inventara la palabra”. ¿Cómo creés que se hubiera llevado con los medios actuales?

-Hoy hay tanta pirotecnia y cambia todo tan abruptamente que es difícil decir cómo. De lo que sí estoy seguro es que hubiera sido un personaje absolutamente mediático. No te digo que como un Tinelli en San Lorenzo, aunque no lo sé porque probablemente también podría tener su propio programa. Me lo imagino muy empresario porque Ringo tenía ese costado. Por ejemplo, en los tiempos en que el boxeo era monopolio de Lectoure, Ringo se corrió de ahí e hizo su propia empresa. Él mismo vendía sus peleas y las promocionaba haciendo las payasadas que hoy son tan famosas, como esto de llevarle papel higiénico al rival antes de la pelea o pasear a un toro por la Quinta Avenida de Nueva York. Todas estas estrategias él las tomó de Muhammad Ali. A partir de haberlo visto se transformó en una especie de Ali de Parque Patricios, completamente opuesto en algunas cosas. Ringo en los años sesenta tenía un discurso menemista en términos ideológicos. Decía que por ejemplo los teléfonos y los trenes tenían que ser privados, cuando era algo impensado.

- ¿Realmente era antiperonista?

-Creo que esos viajes a Estados Unidos, de alguna manera lo formatearon y es curioso que viniendo de una familia típicamente peronista, él haya tenido un discurso tan distinto. Este tipo de actitudes, esté uno de acuerdo o no, provocaban una fascinación por el personaje.

-En el libro contás que era amigo de Menem, que dormía con él en La Rioja; algo que seguramente mucha gente no sabe.

-Era amigo de un Menem que todavía no era el Menem omnipresente de los noventa. Ringo incluso pensó filmar una película en La Rioja, sobre una idea totalmente bizarra, que obviamente no se terminó concretando.

-Hablemos de su muerte, sus últimos días en Reno siguen siendo muy confusos. ¿Por qué pensás que lo mataron? ¿Creés en la versión que lo involucraba con Sally Conforte?

-Yo creo que Ringo percibió que el boxeo se le acababa y llega a ese escenario en el que encuentra que Joe Conforte, el hombre que tenía su contrato, tenía unos negocios que son la prostitución y el juego. En los dos la noche reina y a Ringo le encantaba la noche, por eso también se empieza a interesar por ese otro negocio. Empieza a seducir a la mujer del mafioso, la mujer se engancha  y el mafioso percibe que Ringo realmente era un peligro. Ahí es cuando, en una especie de aviso, le queman el pasaporte. Ringo, que ya estaba un poco desbordado, no solo no se va, sino que termina yendo a la puerta del burdel y ahí pasa lo que todos sabemos. Algunos hermanos, cuando escribí el libro, me dijeron que nunca creyeron esa historia con Sally, que estaba todo armado, que a Ringo hasta pudieron haberlo matado mientras dormía. Si bien eso no se pudo comprobar, la historia puede ser creíble porque Conforte era un hombre fuerte en Reno y controlaba muchos resortes desde policiales hasta judiciales.      

-Saliendo de Ringo, pero siguiendo con el boxeo. En el epílogo decís que de la mano marketinera de Maravilla Martínez el boxeo recuperó gran protagonismo. ¿Qué pensás de Maravilla como boxeador?

-Me gustó el personaje de Maravilla porque en esto de hacerse a sí mismo, también tuvo algo de Ringo. Se independizó del establishment del boxeo y llegó a lo más alto. Lo que me dio un poco de pena es que explotó acá cuando ya estaba cerca del final de su carrera. Le duró muy poco porque su cuerpo, como el de Ringo, ya estaba dañado. Yo no soy alguien que entienda mucho de técnica de boxeo, pero me gustaba verlo arriba del ring. Tenía un componente estético muy interesante.

-Asociaste a Ringo con Maravilla. Por sus  frases y bravuconadas a Ringo también podríamos asociarlo con Maradona. En cambio, es difícil encontrar un punto de contacto con Messi. ¿Creés que a pesar de ser el jugador enorme que es, por una cuestión de carisma, Messi nunca va a poder ocupar el lugar de estos otros ídolos? 

-Puede que haya algo de eso. Alguien escribió que algún día Messi va a recuperar las Malvinas y le vamos a reprochar que no tenía puesta la escarapela. Hay algo de nuestra argentinidad al palo que siempre es muy demandante. En general nos gusta vernos en el espejo del ídolo cuando el ídolo devuelve gloria y éxito, pero cuando devuelve alguna miseria, ahí ya no se quiere ver nadie. En ese sentido, Messi muestra menos, es mucho más terrenal y le escapa a los medios porque no le interesan, aunque sabe que en parte depende de eso. Por otro lado, creo que no hay un vínculo tan fuerte con él porque se fue muy rápido del país. Ringo era Parque Patricios; Messi, sí es Rosario, pero la dejó a los trece años. Pero no deja de llamar la atención  que a pesar de llevar tantos años allá, todavía habla como un rosarino.

-Tal cual, eso es algo que nunca se rescata de él.

-Yo he conocido amigos que a los tres meses de estar allá ya parecían españoles. En cambio, Messi no. Lo que pasa es que él no se sube a la mesa a gritar su argentinidad como el otro gran ídolo lo hacía, y no es que lo hacía demagógicamente, Maradona era así. Entonces, en la comparación siempre va a haber injusticia.     

-Volviendo a esa actitud de compadrito que tenía Ringo, ¿también la podés ver en ciertos personajes del periodismo?

-Si hay algo que odio y de lo que me corro es de la arrogancia del periodismo. Hay etapas en las que hasta me da vergüenza decir que soy periodista por esa cosa arrogante que tenemos con un micrófono o subiéndonos al púlpito para decir cómo debe ser el mundo, creyéndonos jueces y dictando sentencias  o siendo policías y metiendo preso a alguien. El periodista que es tan protagonista y que siempre está seguro de todo a mi no me gusta, ese componente tan del periodismo como cuarto poder,  me produce alergia. Me parece que el periodismo representa los intereses de la gente, difícil decir qué es la gente, pero claramente el periodismo debe estar más cerca de la gente que del poder. Si el periodismo se mimetiza con el poder, deja de ser periodismo. Para eso que nos contrate el poder y nos convierta en voceros. 

-Desde hace tiempo tenés una columna en La Nación, ¿en algún momento lo vivís como una carga el hecho de tener que encontrar algo para decir todas las semanas?

-Había una etapa en la que sí era una carga e incluso dejé de hacerlo. Aparte como trabajo en agencias de noticias desde que empecé en el periodismo, eso me permitió tomar distancia cuando alguna situación no me gustaba. La verdad es que hoy no lo vivo como una carga. Si bien, no tengo la misma polenta que cuando empecé, la cabeza me funciona mucho mejor. Esto me ayuda a resolver las cosas más rápido. Yo disfruto muchísimo cuando veo que la historia me va cerrando. Me suelo quedar los lunes hasta las tres de la madrugada para redondear el artículo y ese silencio de media noche, donde estoy solo ordenando y discutiendo con mi texto, es algo muy placentero.  

-Hay muchos periodistas deportivos que pasaron del deporte a la política. En tu caso, ¿lo ves como un camino posible?

-Me ofrecieron más de una vez salir del deporte y lo pensé en algún momento, pero la verdad es que por ahora no me interesa. Una vez estuve en un congreso en Inglaterra y conocí a David Goldblatt, un sociólogo inglés con el que tuve una larga charla. Él me decía que en el deporte tenés todo: la vida, el drama, la gloria, la política, la economía y además tenés muchísimas y diferentes historias humanas. Yo creo que no hay ningún otro escenario que tenga todo como el del deporte y siento que todas las cosas que me gustaría decir, todavía lo puedo hacer con el deporte.   


-En el año ochenta escribiste una tesis sobre si el periodismo escrito sobrevivirá a la crisis mediática y sobre si los diarios en papel dejarán de existir ¿Más de 30 años después, qué pensás al respecto?

-Creo que el diario en papel se compra y se va a comprar cada vez menos. Dicho esto que es algo que sabemos todos, te podría decir que lo que pasa con el periodismo lo podemos ver desde dos lugares. Por un lado, Internet democratizó la palabra que antes era monopolio de los grandes medios, pero por otro, dañó al periodismo en general porque convirtió al espacio informativo en un supermercado abierto las 24 horas y en el que todos corren detrás del click y el click se logra a veces apelando a los golpes bajos. Nosotros tuvimos esta charla y yo te pude haber dicho noventa y nueve cosas interesantes, pero te dije una taradez y va la taradez de titular y la taradez triunfa. Ese juego que era más de la televisión, ahora lo tomó también la prensa gráfica y la palabra perdió valor. Y como yo le tengo un enorme respeto a las palabras, verla tan fugaz y dañada me produce un poco de dolor. Hoy en la gráfica podemos encontrar pocos textos de laburos que no busquen el click, sino que realmente busquen informar. Yo tuve un profesor que me decía que informar es dar forma y siempre le creí. No se trata solo de contar el árbol, sino también de describir un poco el bosque.

-Hace treinta años que venís trabajando en periodismo, ¿qué diferencias encontrás en el periodismo y en los periodistas entre otras épocas y esta?

-Hoy también hay  buenos periodistas. En algunos casos hasta son tipos más formados que antes. Lo que pasa es que está muy naturalizada la docilidad hacia ciertas reglas de juego en las que todo es más uniforme. Hay pocos textos que te sorprendan, pocos tipos en los que vos puedas reconocer quién es el que está escribiendo. Antes creo que había más espacio para rebeldías, para gente que siguiera siendo ella misma más allá de dónde laburara, eso era más rico. Había más aprecio por la palabra y menos prisa. Que sea más importante decirlo antes que decirlo mejor, a mí nunca me gustó y te lo digo como alguien que trabaja en una agencia de noticias y sabe el valor de la rapidez. ¿Qué valor puede tener decir algo un minuto antes, si lo estás diciendo mal? Eso no es periodismo, en todo caso es una carrera de cien metros. Para mí el periodismo es otra cosa.

-Con esto de la inmediatez, ¿también te referís a la influencia de Twitter?

-Tiene que ver con Twitter y con esto que te decía de haber perdido el monopolio de la palabra. De todos modos, no estoy en contra de las redes sociales, de hecho cuando tengo que buscar un discurso distinto ando mucho por esos lugares. En diarios de afuera, muchas veces leo los artículos pero también qué opinan los foristas. No siempre, pero puede pasar que algún forista sabe más que el autor del texto.

-Sin embargo, no participás de las redes sociales.

-Ahora hay un Twitter que abrió mi sobrina por el libro, pero lo maneja ella. Si es para que se lea lo que escribo, me parece que La Nación es una vidriera muy fuerte. Si por ahí yo escribiera en “La voz del Rioba”, tal vez tendría una cuenta para compartir mis notas. Hoy no me hace falta.
No estar sujeto a Twitter me ayuda a desordenarme menos y a pensar mejor.

-La última, Si tuvieras que recomendar tres biografías de otros deportistas, ¿cuáles recomendarías?


-Hay una biografía de Garrincha escrita por Ruy Castro que es conmovedora.  Otra biografía extraordinaria es Rey del Mundo de David Remnick, sobre la vida de Mohamed Alí y la tercera podría ser El oro y la oscuridad de Alberto Salcedo Ramos sobre la vida de Kid Pambelé.

Publicada originalmente en la Revista Quid, marzo 2016. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Entrevista a Daniel Ares: “Como la mueven las editoriales, la narrativa no va a vender nunca”


Nando Varela Pagliaro

Daniel Ares es escritor y periodista. Nació en Buenos Aires en 1956, pero desde hace más de veinte años se alejó de la capital y se instaló en Arraial d'ajuda, un pequeño pueblo de playas hermosas, ubicado en el extremo sur del estado de Bahía, en el nordeste brasileño. A pesar de llevar tantos años allí, confiesa que nunca terminó de adaptarse, que sigue llevando una vida completamente argentina y que cada vez que regresa al país se da cuenta de que disfruta del idioma como un paisaje. “Ya estoy cansado de hablar en otro idioma porque nunca llegás a expresarte con precisión. Siempre estás manoteando las palabras que te sirven, pero no las que querrías usar”. Antes de emigrar, Ares trabajó en reconocidos diarios y revistas del país; desde Caras y Cerdos y Peces hasta Noticias, Satiricón y El Gráfico; también publicó unas cinco novelas y un libro de no ficción; además hizo radio y escribió junto a Leonardo Favio el guión para su documental Perón, sinfonía de un sentimiento. En los intersticios de estas actividades, le gusta aclarar que intentó sobrevivir de otra manera: fue lavacopas, obrero gráfico, empleado bancario, ejecutivo de una multinacional, coordinador turístico, posadero, camarero, vendedor ambulante, y, ocasionalmente, traficó piedras semipreciosas, bisutería aborigen y bikinis. Pero, como asegura desde El martiyo, su blog personal, por nada de eso paró de escribir. En estos días, su novela Mato y olvido, basada en el asesinato de María Soledad Morales, ganó la edición 2015 del Premio Extremo Negro, que organiza el grupo editorial Del Nuevo Extremo.Este libro lo escribí durante la primavera del ‘95. Entonces, importaba salir a gritar que los medios construimos la realidad. Hoy eso es algo que ya está instalado pero en ese momento todavía no. El caso policial sirve de escenario para cuestionar el proceso productivo del periodismo industrial, toda esa baratija intrínseca de ese método que de ninguna manera puede alcanzar una verdad. Por eso, cuando los medios se preguntan por qué las revistas se venden cada vez menos, la respuesta es muy simple: “muchachos, no se venden porque lo que hacen es intragable”.  Lo escucho hablar y pienso en por qué tardó tanto en publicar una novela que terminó en el ´95. Cuando le hago la pregunta, Ares no duda: “Muy fácil, no se publicó antes porque los editores argentinos atrasan veinte años”. El autor de Banderas y balcones no tiene reparos a la hora de decir lo que piensa, no mide las consecuencias ni especula con lo que para él sería más conveniente.  El hecho de estar un poco alejado del mundo editorial e incluso del país lo hace ser más honesto con sus convicciones. Sabe que si él mismo no siente que su texto está bien, no hay premio que legitime su trabajo. “Una vez le pregunté a Leonardo Favio qué pensaba cuando estrenaba una película y veía que a la crítica le gustaba. Favio, que era un genio, me dijo: “¿Qué pienso? Pienso que los volví a engañar, que no se dieron cuenta”. Borges decía que nosotros juzgamos el trabajo sobre la base del fracaso, a partir de lo que no conseguimos hacer. De todos modos, en esta novela en particular, siempre sentí que el texto estaba compacto. Después cuánto influyen los premios uno no puede saberlo. Lo que sí pensé siempre es que si lo que yo hago estuviera bien difundido, creo que podría rodar, porque lo que busco es una escritura que le llegue a la gente, que la entretenga, que la divierta”, confiesa Ares.

- Este tipo de literatura más digerible, ¿no está siempre al margen de lo que pondera la crítica?

 -Sí, puede que tengas razón. Tal vez entonces es hora de preguntarnos quiénes son esos críticos, esos jueces que al final no escriben nunca un párrafo que valga la pena. A mí no me interesa ese tipo de escritura pretenciosa, en tal caso creo en una escritura popular, entendible y no por eso falta de hondura ni de técnica ni de relieve ni de nada. Se puede ser bueno y llegar a la gente. No es intrínseca la calidad al texto hermético, que se supone que es bueno porque no lo entiende nadie.  

-Hablemos de la novela. Mato y olvido es una inspiración libre del caso María Soledad, ¿cómo pensás que funciona el libro en los que recuerdan el caso y en los que no?

-A los que lo tienen presente seguramente los sorprenda que la novela contradice lo que se conoce como historia oficial y mediática en la que se asegura que el que termina preso es realmente el asesino. Mi argumento es que mandamos preso a un chico simplemente por presión popular, porque como digo en otra novela, “querían venganza, pero pedían justicia porque el pueblo es pudoroso”. Pero la verdad es que se trató de un juego en el que mataron a la hija de los pobres y que caiga un hijo de los ricos preso nos parece bien. Y los medios tienen que ayudar. Nogueira, el periodista que protagoniza la novela, lo dice bien claro; lo que se termina haciendo desde el periodismo es armando los argumentos para llevarle a aquel que no tiene argumentos algo para sustanciar lo que dice al pedo.

- “Nosotros manufacturábamos los hechos y recién entonces los hechos eran hechos para ellos”, dice Miguel Nogueira en la novela.  ¿Eso cambió?

- Los medios están más cuestionados y deben cuidarse más, pero el intento sigue siendo el mismo porque los móviles siguen siendo los mismos. Es un proceso industrial y primero que nada hay que sostenerlo y se sostiene con ventas que están destinadas a un público, y el público que nos compra a nosotros quiera esta verdad no la otra. Por eso la derecha lee medios de derecha y la izquierda lee medios de izquierda. Somos muy pocos los que leemos todos para construir un discurso propio. Hay un fragmento del Largo adiós de Raymond Chandler, donde un millonario dueño de medios le dice al detective Marlowe, “El hombre moderno está muy apurado, necesita correr para alimentar a su familia, no puede pensar”.

- Miguel Nogueira también dice que “la duda siempre parece más inteligente que la certeza”. En el periodismo y en la literatura, ¿faltan escritores y periodistas que se permitan dudar?

-En la literatura, por lo menos; en el periodismo no habría que esperarlo. ¿Quién va a dudar en el periodismo, si el periodismo tiene que estar convencido de lo que cuenta?. Yo digo siempre que un programa periodístico tenga la misma cantidad de minutos todos los días o que un diario tenga la misma cantidad de páginas, es muy sospechoso. ¿Todos los días hay la misma cantidad de noticias? ¿Todos los días hay una tapa? Yo creo que sería más creíble un diario que no saliese todos los días.

- Como dice Nogueira, “en el periodismo siempre se cierra”.

- Porque está el taller y esa es la única verdad del periodismo. 

 -Volviendo a la novela, ¿alguna vez pensaste en no ficcionalizar la historia?

-Ya había trabajado el caso sin ficcionalizarlo desde el periodismo y no me había permitido contar lo que yo quería. Además, soy consciente que aún si se hubiese publicado en esa época, el caso un día iba a ser olvidado y la novela tiene que seguir viviendo y ser entendida por gente de otros países. Por otro lado, salieron varios libros sobre el caso, todos fueron olvidados y ninguno contaba lo que yo cuento en la novela. Nadie iba a decir: “acá hubo un problema, nosotros participamos de un linchamiento, mandamos en cana a un pibe, que si no es inocente, al menos nunca pudimos demostrar su culpabilidad”. Una vez hablando con uno de los abogados de Luque, uno de esos que sacan a Hitler de la cárcel, le preguntaba por qué estaba preso el pibe y el tipo me responde: “Porque el padre es un gordo ansioso que mandó al hijo a explicarse, cuando nadie le había preguntado nada”. Es cierto esto, porque la monja Pelloni cuando denuncia a Luque, también denuncia a Arnoldito Saadi, al hijo de Monteagudo y al hijo del intendente de San Fernando del Valle. Esos cuatro pibes, según la monja, estaban adentro del auto cuando se llevan a María Soledad y esos otros tres pibes no aparecieron nunca en ningún lado. Pero a Luque lo mandó a explicar el padre, la gente lo miró y dijo: “este si lo explica es porque es”, la historia prendió en el gusto popular y a los medios les venía bárbaro este asesino. No te olvides que este caso batió records de permanencia en la tapa de los diarios, fue incluso más grande que Malvinas.

-Nombraste la guerra de Malvinas, que también te tocó cubrirla como periodista, ¿qué recordás de esa experiencia?

-Estuve en Malvinas en Puerto Argentino, pero llegué una mañana y me sacaron a patadas a la noche. Pude trabajar poco ahí. Fue el 10 de abril, ese día iban a llevar a un grupo de periodistas desde Río Grande, Tierra del Fuego, donde me habían asignado a mí y logré colarme, porque no estaba en la lista, pero después me terminaron sacando. Al final, pasé unos días en Comodoro, otros en Río Gallegos, pero básicamente me quedé los dos meses en Tierra del Fuego. 

-¿Y qué noticias llegaban estando en Tierra del Fuego?

-La derrota se empezó a respirar antes porque ibas al supermercado y la cajera tenía al marido o al hermano en el frente, porque las familias que estaban ahí, en su mayoría eran de los soldados del batallón de infantería o del área naval austral. Pese a que lo avisábamos, el triunfalismo siguió en Buenos Aires.

-Los medios seguían construyendo la noticia.

-Pero ahí no se los puede acusar tanto porque estaban sometidos a una dictadura y te podían filtrar mal la información. Llegó un momento en que la única manera de mandar nuestro material a Buenos Aires era despacharlo por un avión militar. Casi siempre vos entregabas el material en un despacho y a la media hora te llamaban y te decían: “usted no puede escribir esto”. En mi novela Banderas en los balcones cuento que una noche nos habían llevado a un galpón inmenso, una especie de granero para ovejas, que estaba ocupado por soldados. Fue un día de lluvia, de barro, era un 25 de mayo y nos trajeron a un gaucho para que cante y con los soldados que estaban ahí brindamos por la patria. Cuando volvemos, yo escribo esto y menciono la lluvia y el barro. Entonces, cuando lo lee un capitán de navío, que era el que estaba encargado de la prensa, me llama y me dice: “viejo, esto es información meteorológica de utilidad para el enemigo”. Entonces, ahí vos construías la realidad, pero no sabías bien si tenían razón o no. Se trataba de una guerra, había argentinos muriendo, uno no se podía hacer el pelotudo. 

-Desde mediados de los noventa vivís en Brasil. En todos estos años ¿seguiste al tanto de lo que se publicó acá? ¿Leés lo que pasa en los suplementos culturales?

-La verdad es que no leo autores vivos. Siempre digo que para vivo estoy yo. Leo los suplementos culturales y veo que aparecen escritores que hace treinta años que hacen lo mismo. Por lo menos a mí, los de mi camada me aburren. Por supuesto, hay escritores de acá que me gustan como Fontanarrosa, Soriano o Jorge Asís, con quien no coincido en ninguna de sus opiniones, pero es un escritor de la puta madre.

-En esa generación tuya que te aburre, ¿a quiénes incluís?

- No quisiera dar nombres pero si me apretás te los doy y te digo que incluyo a Forn, Fresán y Saccomanno. Para mí ellos lo que buscaban era colgarse de modas y ponerse etiquetas, algo que ya dije en una serie de notas que publicaron en una revista cultural que no leía nadie, salvo los que la tenían que leer y la verdad es que no me trajo ningún favor. Pero la realidad es que en un momento esta gente manejó nuestra literatura, desde concursos y editoriales hasta los suplementos y la verdad es que no consiguieron nada. En los ’90, cuando hubo guita, se pudo haber producido otra cosa y sobre todo se pudo haber cambiado la mentalidad de las editoriales. Una editorial, cuando le gusta un escritor, cuando le ve condiciones y ve que desarrolla obra, tendría que venir y decirle: ¿vos cuánto ganás laburando en periodismo o en ese bar en el que laburás? Yo te lo cubro, dejá de trabajar y ponete a producir. Eso es lo que tendrían que hacer. Ellos en un momento tuvieron todo y lo desperdiciaron en un juego de toca chotos, que se elogiaban, se publicaban, se premiaban y se ungían entre ellos. Y si vos no ibas a jugar al pool con ellos, quedabas afuera. Además, con unas pretensiones literarias que no se sostenían nunca en los libros. Lo que me da pena es que se podría haber dado un giro para que las editoriales tengan otro estilo, para que la literatura se venda de otra manera. Yo había sacado La curva de la risa, una novela con sexo y droga, y te montaban en un esquema de prensa que terminabas hablando del libro en La salud de nuestros hijos. Yo les decía: “Esto no es así, muchachos. Vamos a copiar lo que hacen las editoriales norteamericanas, que diseñan una campaña para el libro y el autor”. Se trabaja con fe en esto, pero no, acá te dicen que la narrativa no vende. Y claro, como la mueven estos tipos no va a vender nunca. Si ya partís de que no vende, para qué lo publicás. Encima algunos te dicen, que no es necesario que venda, que para vender hay otras cosas. Pero si no se venden los libros, de qué comemos. “Todos toman naranjada y el pobre naranjo nada”. Yo en Alfaguara le decía a Estévez, “ustedes sigan sin darle de comer a la gallina y vendiendo los huevos, que la gallina un día va a dejar de poner los huevos”.    

- ¿Alguna vez te arrepentís de haber elegido este camino?

-Oscar Wilde decía soy escritor, pero esa no es vida para un hombre. La verdad es que no me arrepiento porque el momento de escribir siempre ha sido el de mayor placer en mi vida. Hay algo en el momento de la escritura que te da una felicidad distinta. Me hubiese gustado haberme apasionado por algo más redituable en tal caso, porque esto me ha traído mucho lucro cesante. Porque para escribir necesitás tiempo, el tiempo lo tenés que comprar, para comprar tiempo tenés que invertir tiempo. Eso ha sido siempre una lucha en mi vida. También me hubiese gustado que esto tuviese otra fortuna, pero eso está siempre en el bolillero y uno vive con esa ilusión. Además, escribir te ofrece la oportunidad de la gloria que te dura toda la posteridad. No sé si sirve de mucho, pero consuela. 

Publicada originalmente en la Revista Quid. 

lunes, 7 de marzo de 2016

Hamacas para olvidar


Nando Varela Pagliaro
Tenía ocho años esa mañana de mayo cuando me despertaron los gritos de mis viejos. Ya estaba acostumbrado a sus peleas, pero esta vez era distinto. No tardé mucho en darme cuenta. Desde la cama vi como entraban dos tipos y se cargaban nuestros muebles. Seguí haciéndome el dormido todo lo que pude hasta que Pablo vino a buscarme. “Dale Nando, levantate, nos vamos con mamá”, me dijo mientras me pellizcaba el brazo. Yo me tiré de la cama marinera y me vestí sin preguntar nada. Esa fue la primera vez que mis viejos se separaron. A partir de entonces vinieron muchas idas y vueltas más, pero siempre a nosotros nos tocó dejar la casa. A mi viejo no le importaba cuánto sufríamos Pablo y yo con tal de joder a mi vieja. Cada vez que nos íbamos, porque fueron varias, lo único que hacía era repetir: “de esta casa me sacan con los pies para adelante”.

 Yo era muy chico y su  actitud me daba un poco de miedo. Siempre que se estaba por armar, prefería escaparme lo más lejos posible. Sin que nadie se diera cuenta, agarraba mi almohada, la doblaba como para que cubriera mis oídos y me escondía debajo de mi cama hasta que alguno de los dos se cansara de pelear. De más grande cambié mi almohada y la cama, por la calle. Cerraba la puerta de casa muy despacio y me iba a la plaza. Me sentaba en una de las hamacas y trataba de olvidarme, de no pensar en nada. Pero era inútil. No podía entender por qué los dos se empecinaban en arruinarse y arruinarnos la vida. Teníamos todo para ser felices. Sin embargo cuanto más teníamos, peor estábamos.

A veces, cuando pienso en esos años, me pongo a tomar notas para intentar escribir un cuento, una poesía, una canción, algo. Pero no. Al final nunca lo hago. Apenas guardo apuntes, fragmentos como éste, para un texto más largo que sé que nunca voy a atreverme a escribir.