sábado, 25 de febrero de 2017

Entrevista a Gonzalo Garcés: “La literatura no tiene que vivir de clichés"


Nando Varela Pagliaro

Gonzalo Garcés acaba de publicar Cómo ser malos, un libro en el que, según sus palabras, “intenta entender la casa que son ciertas obras literarias bajo la premisa de que agregar un balcón o tirar abajo un tabique no son actos de vandalismo, sino parte natural del acto de habitarla”. En esta conversación con el autor de Hacete hombre, entre otras cosas, hablamos de Fogwill y Aira, del compromiso y la polémica y de la cuestión de género y la crítica literaria.

-El primer capítulo del libro se llama La cosa con el país natal. Hace un tiempo, entrevisté a Hernán Casciari y él me decía que el hecho de haber vivido afuera le había dado cierta inmunidad inicial para escribir. En tu caso, ¿qué sentís que te dieron tus años afuera?

-Me dio una forma de amor y de apreciación por la Argentina que no habría tenido si me quedaba. Yo era de esa clase acomodada e ilustrada, cuyo vicio más notorio es el complejo de inferioridad respecto del propio país. De eso, me curó el haber estado afuera: darme cuenta de que Argentina, entre otros países de rango medio, es un país con peso y en algunos aspectos en su historia se ha destacado mucho más de lo que estaba llamada a destacarse. Uno de esos lugares es la literatura. La Argentina cambió la literatura del siglo XX. Eso a mí me da un tema, pero trato de que no me dé orgullo porque no es mérito mío haber nacido en este país.

-¿Por qué decidiste volver al país?

Estaba harto de estar afuera, de ser extranjero, de que se me viera con indulgencia y con un poco de condescendencia por ser sudamericano. Porque quería jugar de local, de nuevo; porque me enamoré y me casé con una argentina, que a su vez no tenía ninguna intención de vivir afuera.

-¿Y cuán necesario es estar acá y formar parte del tejido de amistades del mundillo literario para que una obra circule?

-No creo que sea importante. Hay escritores que no aparecen nunca en la prensa y, sin embargo, su obra circula y la leen millones. Tener contactos en el mundillo o tener prensa, puede ser enriquecedor porque te puede permitir opinar, tener un foro, pero ambas cosas corren por canales paralelos a la difusión de una obra y no influyen directamente. Podés tener toda la prensa del mundo y que nadie compre tus libros y viceversa.

-¿Cómo veías el país a la distancia y cómo lo  ves ahora?

-A la distancia me hacía la idea de mi país como un país pobre y acá me doy cuenta de la enorme riqueza y la enorme pobreza que existe. Es decir, veo más la desigualdad y también veo vicios que no veía de lejos. Por ejemplo, la mentalidad muy dependiente que generó el modo argentino de trabajar, donde siempre el Estado es central. Eso engendró una mentalidad, un poco quejosa y un poco victimista, que también se traspasa a la literatura. Por ejemplo, en la literatura argentina una de las figuras recurrentes es la de “los poderosos”, los que tienen la pelota. En muchas novelas, siempre aparece un hombre gordo con corbata, atrás de un escritorio, que representa al empresario, al malo, al capitalista. Por otra parte, el escritor argentino siempre tiene la tentación de disfrazarse de lumpen, aunque en realidad sea un profesor de universidad, un abogado, un rentista o un dueño de canchas de paddle. El problema no es hablar de empresarios o de lúmpenes, porque los dos existen, pero cuando son figuras tan cristalizadas, tan formadas por el prejuicio, la literatura se empobrece. La literatura no tiene que vivir de clichés. A mí me gustaría una novela argentina que hablara de la vida de un empresario, pero cómo es un empresario de verdad; que hablara de sus miedos, del momento vertiginoso de hacer una inversión, de firmar un contrato, de arriesgar plata del propio bolsillo; que hablara de la crueldad, porque tampoco se trata de idealizar a un empresario; que se ocupara un poco menos del juicio moral prefabricado sobre el empresario y más del cómo, del mecanismo, de los engranajes. Lo mismo te podría decir de la política. Me encantaría una novela precisa sobre la vida de un político y que no fuera esa figura estereotipada que solemos manejar.

-¿No creés que ya hay novelas buenas sobre la vida de un político? Pienso en las de Jorge Asís, por ejemplo. 

-Asís, al igual que Fogwill, tiene la curiosidad y el conocimiento de primera mano. De lo que no estoy seguro es que tenga el arte para hacerlo, pero esa es otra discusión.

-Me decías que el escritor argentino siempre cae en la tentación de disfrazarse de lumpen. ¿Por qué pensás que les cuesta tanto hablar de plata?

-Por sentimiento de culpa, y la culpa es mala consejera para un escritor. Un escritor debería ser lo suficientemente egoísta para decir lo que realmente siente respecto de la plata, del sexo, del amor y de lo que sea.

-Antes mencionabas a Fogwill y en el libro, su nombre atraviesa varios ensayos. ¿Creés que faltan escritores dispuestos a polemizar? En ese sentido, ¿Fogwill dejó un gran espacio vacío?

-Fogwill era un buen polemista porque sabía tocar puntos muy dolorosos. Cuando en una entrevista dice que “los pueblos sometidos hacen uso de los gestos faciales de un modo diferente del que lo hacen los dominantes”, refiriéndose a los argentinos de pueblos originarios y a la cara de la gente del pueblo en México, toca algo que pone los pelos de punta. Porque, en general, al escritor argentino le gusta ser progre y estar con los buenos, pero de ahí a señalar que la mucama o al negro que te arregla el escape del auto tienen un cuerpo y un modo de usarlo diferente al tuyo, es muy distinto. Eso duele por cualquier lado que lo veas. Fogwill sabía meter los dedos en esos orificios, pero también sabía ser un polemista bobo. La polémica superficial, tampoco le era ajena. Podía decir por ejemplo que si lo ponían en un taller a escribir junto con Alan Pauls, él siempre iba a ser mejor. Lo cual es dudoso, porque él era un tipo mucho más inteligente que la media de los escritores argentinos, pero no escribía bien. Era un escritor monótono y sus personajes siempre hablaban igual. Esa fue una polémica que yo tuve con Fogwill. Yo decía que él sabía cosas que eran muy valiosas para nosotros, pero no había que aprender a crear personajes de él porque a sus personajes les daba un léxico que correspondía a su ámbito socioeconómico, pero a todos los hacía hablar de las mismas cosas y desde una posición aleccionadora. Todos sus diálogos, hasta te diría toda su obra, tiene la estructura de una recriminación entre alguien que sabe y alguien que no. “Las cosas no son así, boludo, son de esta otra manera”: esa pequeña estructura dialéctica es toda la obra de Fogwill.  Los personajes existen cuando les das diferentes posiciones en el mundo. De nada sirve darles diferentes léxicos, si les vas a hacer decir lo mismo. Ese era un defecto de Fogwill, el otro era cuando vendía humo. Fogwill, a veces, era el tachero que sabe dónde están enterrados los dólares de López o el que te dice que la conspiración de la masonería está a punto de apoderarse del mundo. Porque también era paranoico y la paranoia, al contrario de lo que se piensa, tampoco es buena para los escritores.

-Además de Fogwill, Aira es otro de los nombres que atraviesa varios ensayos. ¿Por qué creés que su literatura es tan influyente para los escritores más jóvenes?

-Es curioso porque yo conozco a mucha gente que admira o se entusiasma con Aira, pero no conozco a nadie que evidencie un goce en su lectura. Y lo comprendo porque Aira no me parece un escritor disfrutable. La imaginación de Aira está marcada por la fealdad, y por una fealdad como la de los productos de plástico. Sus novelas me hacen pensar en esos negocios del Once que venden osos de peluche mal cosidos o autitos con las calcomanías medio despegadas. Es un mundo colorido, lúdico, barato, imitativo que corresponde a la producción en serie de productos de baja calidad. Creo que el entusiasmo que provoca Aira se debe a que en este país hay una inusual proporción de lectores que aspiran también a ser escritores. Como son lectores que leen para encontrar modelos a seguir, Aira los entusiasma porque les propone un modelo fácil. Los hace sentir que la escritura y hasta la genialidad están al alcance de la mano.

-En uno de los ensayos, el que da nombre al libro, decís que “los escritores son malos para la controversia, malos para ser malos”. ¿Realmente es así?

-En Latinoamérica somos malos para la controversia porque somos mamíferos demasiado sensibles. Nos gusta demasiado tener amigos y que nos quieran. Entonces, polemizamos a la distancia. A través de internet o en los comentarios de Facebook, decimos cosas duras, pero después no las mantenemos y cuando nos encontramos somos todos amigos. Por otro lado, como personalizamos todo, las polémicas quedan invalidadas de antemano. Si yo digo que la imaginación de Aira no me gusta porque me parece un escritor estereotipado y que sus ideas sobre la literatura me parecen superficiales y torpes, lo primero que se asumirá es que tengo algo personal contra Aira, que estoy celoso de él, que me molesta su fama o sus anteojos. La personalización de todo, invalida la polémica. Y para mí, la polémica en el fondo es la realidad, en un sentido esencial. En el interior de cada uno, cada día hay una polémica entre el ser y el deber ser. En un nivel biológico, las células están todo el tiempo luchando entre la disgregación, la entropía y el impulso de permanecer unidas y seguir haciendo un organismo. En el fondo, como decía Leonard Cohen, “hay que volver a la guerra”.

-Hablás de volver a la guerra como una forma de volver a la polémica. Al poco tiempo de la primera marcha del Ni una menos, escribiste una nota muy controvertida. Si bien algunas mujeres salieron al cruce, me quedó la sensación de que el texto no se terminó debatiendo lo suficiente. Hace muy poco entrevisté a Liliana Heker y ella me decía que ahora los intelectuales adhieren o rechazan determinadas causas, cuando no es eso sólo lo que se espera de ellos. En todo caso, lo que se espera es que piensen y argumenten esa adhesión, ese rechazo. ¿A qué atribuís esa falta de argumentos? ¿Notás cierta vagancia en el campo intelectual? 

-Claro, siempre hubo vagancia. En el caso del feminismo es quizás el tema más difícil de debatir del mundo. Para mí es difícil porque no tengo ninguna de las dos posiciones caricaturescas a las que parece reducirse todo. Es decir, no soy machista y tampoco soy feminista. Al mismo tiempo, me cuesta discutir con mis interlocutoras feministas porque partimos de concepciones muy distintas. El feminismo parte de una idea de que la finalidad de todo ser humano, hombre o mujer, es ejercer el poder en forma abierta, institucionalizada y llevar el ideal de vida que nos propone la sociedad de consumo. Yo, en cambio parto de una idea más cercana al pesimismo filosófico. Lo que buscamos es sobrevivir y mi marco de pensamiento es la psicología evolutiva darwinista, para la que en cada ecosistema dado, cada individuo de cualquier especie hace lo que necesita hacer para maximizar sus chances de supervivencia y de pasar su capital genético a la siguiente generación o desaparece. En el ecosistema previo a la revolución industrial, lo mejor que podía hacer una mujer para sobrevivir era adoptar el rol de ama de casa, hacer trabajos comparativamente livianos en el campo o en los albores de la industria o el artesanato y dedicar lo mejor de su energía a la crianza, mientras dejaban que el hombre se ocupara de los trabajos más peligrosos: la guerra, bajar a las minas de carbón y defenderlas físicamente. Eso no fue el patriarcado, eso fue lo que en el ecosistema, previo a la revolución industrial, funcionaba. Cuando la revolución industrial cambia el mundo del trabajo, y el trabajo se transforma en el trabajo tal como lo conocemos ahora -el trabajo mecanizado, de oficina, en el sector de los servicios- el ecosistema cambia y de pronto no hay ninguna razón para que la mujer se quede en casa y se dedique a la crianza. Está muy bien que sea así. Por eso son ridículos los tradicionalistas nostálgicos, que suponen que la naturaleza de la mujer sería la casa y la naturaleza del hombre sería salir a cazar. Eso es falso, no hay tal naturaleza, no existe lo natural, existen ecosistemas y adaptaciones. Entonces, ¿qué pienso? Pienso que una sociedad igualitaria, en la que hombres y mujeres puedan decidir, según sus inclinaciones, su destino, es lo que corresponde hoy en día. Pero no llamo a eso una liberación, no hubo una lucha feminista que trajera ese orden. Lo único que hubo fue un cambio en el paradigma tecnológico y productivo que cambió el ecosistema y nos adaptamos a él.

-Te entiendo, pero en tiempos de Ni una menos, es una postura provocadora.

-Yo no me enfrenté al colectivo Ni una menos, de hecho participé en las dos marchas que se hicieron. Quiero dejar en claro una cosa para que no se me malinterprete, yo apoyo al Ni una menos, apoyo que se haga una marcha para reclamar mayor protección para las mujeres víctimas de violencia. Por supuesto que estoy en contra de la violencia, pero de ahí no deduzco que vivimos en un patriarcado. El feminismo radical intenta aprovechar el pánico y la indignación legítima que causa la violencia contra las mujeres para hacer pasar su propia agenda ideológica. Y yo no quiero aceptar ese contrabando ideológico. Quiero que se pare la violencia contra las mujeres sin que por eso me fuercen a aceptar una visión espuria de la realidad, de la historia y una ideología que fomenta el odio entre hombres y mujeres.

-Defender esta postura, ¿cuánto te benefició y cuánto te perjudicó?  
   
-No me interesa en lo más mínimo. Me gustaría que no me perjudicara, pero me hizo perder algunos amigos y me imposibilitó seguir escribiendo en algunos medios. Pero a su vez, me trajo muchas conversaciones interesantes y la amistad de varias intelectuales que se consideran feministas, pero desde un lugar más abierto a la discusión.  A mí, a la manera anticuada, me interesa buscar la verdad, porque creo que existe y que no está, sin ninguna duda, en las visiones simplistas que se trafican en el debate sobre género en este momento.

-Hablábamos de la falta de compromiso intelectual. En el libro hay una entrevista a Abelardo Castillo en la que él te lee un fragmento de sus diarios publicados recientemente. Ahí, Castillo dice que no sabe si va a volver a escribir otro libro que lo comprometa tanto como Crónica de un iniciado. ¿Pensás que los escritores de tu generación viven la literatura del mismo modo? ¿Tienen el mismo compromiso?

-La verdad, no sé muy bien dónde empieza y dónde termina mi generación. Me viene a la cabeza el nombre de Carlos Gamerro. Para mí él es un “hombre de letras”, uso esta expresión un poco anticuada porque me gusta el concepto de que alguien más allá de su trabajo como novelista, crítico, traductor es sobre todo alguien que vive en las letras.  Me parece que el compromiso de Gamerro es tan grande como el de Abelardo, el de Bioy o el de Borges. Es alguien que ostensiblemente dedica lo mejor de sus fuerzas a la literatura. Después, creo que Pola Oloixarac, que es probablemente la escritora de mi generación que prefiero, vive para las ideas. A veces esas ideas aparecen en forma de ficciones, a veces se incorporan al personaje que ella ha creado de sí misma, pero Pola es una fanática. Es alguien a quien no le interesa nada fuera del curso de sus obsesiones literarias. En un lugar completamente distinto, Juan Terranova también es un fanático. En Argentina, es lo más parecido que hay a lo que eran en Francia Mauriac o Huysmans. Un escritor católico con una agudeza y una finura crítica impactante, también con una dosis importante de paranoia.

-Me nombrás a Terranova y en contraposición pienso en una frase de tu libro. En uno de los ensayos decís que “al crítico argentino se lo reconoce por un rasgo: no critica”.  ¿Realmente ves  esa falencia de la crítica?

-Creo que es bastante injusto eso que dije. Yo vivía afuera y me guiaba mucho por la crítica de suplemento, que es excesivamente cortés. Pero no me había llegado, y no estoy seguro de que ya  Terranova hubiera publicado sus trabajos críticos, como Los gauchos irónicos. Tampoco había leído a Mavrakis, que me parece otro crítico notable, y menos todavía a intelectuales como Ingrid Sarchman, que empecé a leer hace mucho menos tiempo, uno va cambiando de acuerdo con lo que va leyendo. Hay mundos críticos que son estancos. El mundo de la pequeña crítica de suplemento, salvo pocas excepciones, sigue teniendo esa impostura, basada en el tecnicismo, que se fija en el uso de los tiempos o se ocupa de señalar si hay o no un monólogo interior, pero nunca termina de decir si el libro está bien o mal. Después están los críticos que se criaron en las catacumbas de los blogs en la década pasada. Muchos de ellos recién están floreciendo ahora como críticos y son infinitamente más interesantes.

-¿A quién te referís? A mí me viene a la cabeza el nombre de Martín Zariello.

-Martín Zariello es un tipo que vive en Mar del Plata, lo cual ya es una excentricidad. A la manera de Fabián Casas, pero de un modo un poco más incisivo, con más ferocidad, transita sin solución de continuidad entre el rock, la filosofía, la política y el fútbol. Lo que escribe siempre es inmensamente interesante. Tiene eso que llaman la lucidez del depresivo y un humor melancólico, que al mismo tiempo le permite descubrir cosas que otros no descubrimos en los textos. Todo esto lo hace un personaje entrañable. Su libro sobre Yendo de la cama al living, de toda la moda sobre libros de rock argentino que hubo en el último tiempo, me parece lo que más merece rescatarse.

-En este contexto, ¿qué lugar ocupan los suplementos culturales?

-Los suplementos se van replegando sobre sí mismos. La gente que lee Radar se reconoce por ciertos códigos compartidos; los que leen Ñ, también. Ñ me parece una buena publicación que de alguna manera continúa la tradición rioplatense de la difusión de las últimas ideas de Europa y Estados Unidos. A veces me aburre, pero reconozco que una publicación con vocación cosmopolita, hace falta. De Ideas no puedo decir mucho porque escribo ahí y lo que diga queda un poco invalidado, pero puedo formular una queja casi gremial: debería tener muchas más páginas porque para la variedad de temas que aborda el suplemento, diez páginas es muy poco.

-Desde hace un tiempo estás al frente de Editorial Galerna, ¿cómo es estar del otro lado del mostrador? 

-Estar del otro lado del mostrador me confirmó algo que ya pensaba: el éxito de un libro es misterioso, no hay nada predecible. Podés tener una pista: un libro de política, en un año electoral, es probable que tenga más prensa. Pero nos guste o no, la prensa no hace que un libro tenga más lectores.

-Por último, gastar tanta energía en libros ajenos, ¿te deja sin ganas para escribir tu propia literatura?

-No, al contrario, me da más ganas. Probablemente, mi próxima novela tenga como protagonista a un editor y por una vez lo haré con la conciencia tranquila de que sé de lo que hablo.

Publicada originalmente en Revista Quid.

martes, 31 de enero de 2017

Entrevista a Uwe Timm: “La sensibilidad fue para mí una manera de rebelarme"


Nando Varela Pagliaro

A fines del año pasado, visitó el país el escritor y filósofo alemán Uwe Timm. El motivo de su visita fue la realización del ciclo “Memoria y violencia”, organizado por la Cátedra de Hermenéutica, el Programa Lectura Mundi y UNSAM Edita, en cooperación con el Goethe-Institut. En cinco jornadas extensas, el autor dialogó con escritores europeos y argentinos como Eva Menasse, Patricio Pron y Raquel Robles, entre otros. En consonancia con su visita, UNSAM Edita acaba de publicar Aves de paso, la última novela del escritor germano y una nueva edición de Tras la sombra de mi hermano, su libro más emblemático. En esta obra, Timm intenta comprender las razones que llevaron a su hermano, Karl-Heinz Timm, a alistarse en las SS con solo dieciocho años.

-Como muchos alemanes de su generación, recibió una educación muy rígida. ¿Cómo hizo para cultivar una mirada sensible teniendo en cuenta ese contexto?

-Esta sensibilidad fue justamente, la consecuencia de esa educación tan extrema, tan estricta. Yo estaba en desacuerdo con ese tipo de crianza por lo cual esa especial sensibilidad fue para mí una manera de rebelarme. De todas formas, lo que fue muy importante también para rescatarme fue la figura de mi madre, que tenía una serenidad y una alegría que la hacía excepcional. Ella fue realmente una madre amorosa.

-En las primeras hojas de Tras la sombra de mi hermano cuenta que tuvo que esperar a que murieran sus padres e incluso su hermana para atreverse a escribir esa historia. ¿Piensa en qué lectura hubieran hecho ellos de un libro como éste?

-Es una buena pregunta. Pienso muchas veces en eso: hubiera sido bueno que lo hubiesen podido leer. Quizás hoy podría decir que fue un error esperar a que murieran para escribir el libro, pero cuando empecé a investigar sobre toda la historia de mi hermano, no sabía si no iba a encontrar situaciones tremendas, atrocidades. Esperar a que murieran mi madre y mi hermana –mi padre ya había muerto un tiempo antes- era una manera de no tener que considerar o tener en cuenta las sensaciones o pareceres de quienes todavía estaban envueltos en esta historia de una manera tan personal y directa.

-Si bien su hermano es claramente el protagonista del libro, su padre también ocupa un lugar central en la historia de ambos. J. R. Moehringer, el autor de la maravillosa biografía de Andre Agassi dice que “todo hombre sin importar qué escriba, en algún punto escribe sobre su padre”. ¿Usted cree lo mismo?

-Es cierto que el papel de mi padre es muy importante en el libro, pero considero que en general la figura paterna es más importante en el caso de las hijas más que en el de los hijos. En mi caso, más que la figura de mi padre, valoro mucho más la de mi madre, que fue la que con su cordialidad y amabilidad me permitió abrirme a ese mundo de la sensibilidad del que hablamos antes.

-En Del principio y el fin, otro de los libros que editó la UNSAM, reflexiona sobre la creación literaria y entre otras cosas afirma que es fundamental que el escritor desconozca cómo terminará su historia. Siempre que se sienta a escribir, ¿son sus personajes los que deciden el rumbo a seguir?

-Cuando empiezo a escribir, no sé realmente donde va a terminar la historia. Los personajes desarrollan una dinámica propia, aunque sea una ficción. Tiene una lógica propia, porque no puede haber contradicciones severas, por ejemplo que un personaje de derecha se vuelva de izquierda. Al revés, sería todavía más difícil.

-Hablando de izquierda y derecha, leí que a partir de los movimientos estudiantiles de 1968 se vio influenciado para iniciar su carrera como escritor. Usted, que recorre universidades por distintos países, ¿ve que las nuevas generaciones tienen el mismo compromiso que ha tenido la suya?

-En la actualidad el compromiso social de las nuevas generaciones disminuyó. Seguramente hay gente que participa de manera activa y en pequeños movimientos, pero la mayoría de los jóvenes se encuentran concentrados en hacer carrera de una forma individual. Hoy en día se ve más una tendencia hacia el elitismo, una necesidad de apariencia, que seguramente pueda entenderse como una respuesta o reacción compulsiva hacia la amenaza constante de la sociedad en la que se vive. Se vuelve imperiosa la necesidad de distinguirse, inclusive hasta en la apariencia externa, en la forma de vestir. Lo interesante es que en los años que mencionabas, existía pleno empleo y hoy esa situación no es la misma. En este contexto, surge la necesidad actual de ser distinto, de diferenciarse ante el resto.

-Y en este contexto, ¿cuán importante es la mirada de un escritor?

-Es muy importante. Según mi manera de entender, el escritor debe ser una persona que pueda mirar a la sociedad de una forma crítica: un pensador crítico de su época, más aún en estos tiempos que corren.

-Volvamos al libro. El nazismo es un tema muy abordado por la literatura y sobre todo por la industria cinematográfica. ¿cuáles son los riesgos que se corren al estetizar el horror?
Es un trabajo de la memoria con el objeto de que no se repita. Para ello, debe ser reelaborado una y otra vez.

-En esta reelaboración continua, ¿cuánto queda de la cultura nazi arraigada en el pueblo alemán?

-La situación actual es realmente sorprendente. Yo no creí que iba a llegar a haber nuevamente un movimiento de derecha como el que está surgiendo ahora, a partir del ingreso de los inmigrantes refugiados. En Alemania, un quince por ciento de la sociedad es de extrema derecha, ya puede compararse perfectamente con el movimiento en Francia que tiene alrededor del treinta por ciento.

-Usted dice que “solo desde la memoria puede reconstruirse el origen”. ¿Cuál es la relación de su pueblo con la memoria?

-Es más bien una memoria crítica, en virtud de la historia que atravesamos. Si vamos al caso, el nacionalismo en Francia o en Inglaterra es más fuerte que en Alemania.  Los movimientos racistas en Inglaterra alcanzan el cincuenta por ciento.

-Susan Sontag dice que “para que la reconciliación sea posible es necesario que la memoria sea defectuosa y limitada”, ¿está de acuerdo con su mirada?

-Es verdad porque no hay posibilidad de que la memoria sea absoluta, pero al menos sí debe servir para que se evite la repetición de las dictaduras, de los holocaustos y las matanzas. Asimismo, también es muy importante que ante esos casos exista una solidaridad a nivel internacional, y no solo en estos casos extremos, también debe comprometerse más la comunidad internacional con los países pobres. Sin ir más lejos, los países del primer mundo se abastecen y viven de los países pobres, por lo que la solidaridad para con ellos tendría que ser mucho mayor a la que ejercen en la actualidad.

-Y en países como la Argentina, ¿se puede construir un proceso de aprendizaje si todavía se sigue cuestionando el número de desaparecidos?

-Para que exista un aprendizaje, es necesario que se lleve a cabo una discusión continua y critica de la historia, más allá del número de desaparecidos.

Publicada originalmente en Revista Quid.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Mis 16 del 2016


De los libros que leí para la revista yel diario, estos fueron los 16 que más disfruté. Al lado de cada título dejo el link a la nota correspondiente. Algunas (Heker, Garcés) salen en el número de febrero. 
La Uruguaya, de Pedro Mairal [Leer nota]
Salvapantallas, de Luis Chaves [Leer nota]
Hasta que puedas quererte solo, de Pablo Ramos [Leer nota]
Política pop, de Adriana Amado [Leer nota]
Cambiamos, de Hernán Iglesias Illa [Leer nota]
Cómo ser malos, de Gonzalo Garcés [Pronto la nota]
La maestra rural, de Luciano Lamberti [Leer nota]
Cuentos reunidos, de Liliana Heker [Pronto la nota]
No bombardeen Barrio Norte, de Martín Zariello [Leer nota]
Diarios de la edad del pavo, de Fabián Casas [Leer nota]
One hit wonder, de Joselo Rangel [Leer nota]
Tacos altos, de Federico Jeanmaire [leer nota]
Mi mundial, mi verdad, de Daniel Arcucci [Leer nota]
Díganme Ringo, de Ezequiel Fernández Moores [Leer nota]
El Partido, de Andrés Burgo [Leer nota]
Gaudio, de Danny Miche [Leer nota]

Entrevista a Danny Miche: “Todo famoso teme ser olvidado"


Nando Varela Pagliaro

Danny Miche es sinónimo de tenis. En los últimos treinta años ha presenciado más de cincuenta torneos de Grand Slam y sesenta series de Copa Davis. Como autor, lleva escritos tres libros, Maldita Davis, El enigma del Potro y en estos días acaba de publicar una biografía de Gastón Gaudio. En un bar, al lado de la radio en la que trabaja, cuenta que su intención fue mostrar al tenista a corazón abierto, no quiso hacer un libro sobre lo grande que fue Gaudio. Su objetivo era reunir las voces de todos los que conocen al tenista desde siempre para relatar su vida, sus parejas, sus locuras, sus victorias, pero también sus fracasos.

-En el libro contás que tuviste varios encontronazos con Gaudio, ¿por qué creés que de todos modos accedió a colaborar con tu  libro?

-Supongo que habrá aceptado porque en algún punto debemos ser bastante parecidos, él como jugador y yo como periodista. Los dos somos muy frontales. En el fondo eso le genera empatía y a la vez un poco de bronca.  Muchos encontronazos que tuvimos surgieron porque él decía: “¿quién es este tarado para criticar si nunca agarró una raqueta en su vida?”. Esa es la típica respuesta del deportista profesional hacia el periodista. Yo jugué al tenis, muy mal, pero jugué. Además, con ese criterio, el mejor periodista de tenis del mundo tendría que ser Federer y no es así. Él ha llegado a decir en Basta de Todo, el programa en el que trabajo, que su madre sabe más que yo de tenis. Pero a pesar de que mucha gente cree que es con mala onda, siempre tuvimos una relación de respeto. De hecho, cuando escribí mi libro sobre Del Potro, lo vio y me dijo “¿cómo podés escribir un libro de Del Potro?”. Le contesté si me estaba haciendo una escena de celos y que me encantaría escribir su libro, pero no como había hecho el de Del Potro, sino un libro en el que pudiera charlar con él y con su entorno. Estuvimos que sí, que no, por un tiempo, hasta que un día le avisé que había arreglado con Ediciones B y que lo iba a hacer con o sin él. Ahí me dijo, “vamos a desayunar y charlamos”. Fui a la casa y me dijo “yo no puedo impedir que hagas un libro, así que entre que escribas cualquier pavada y mientas, prefiero que escribas la verdad. No va a ser una biografía autorizada, pero por lo menos quiero que no escribas boludeces”. A partir de eso me abrió todas las puertas de su entorno más íntimo.

-Hablemos de Gaudio como jugador. En él, ¿cuánto hay de esfuerzo y cuánto de talento?

-Hubo mucho más esfuerzo de lo que la gente cree. La gente cree, que Gaudio era un revés delicioso y el famoso crack pajero. Pero lejos de eso, es un tipo que se sacrificó muchísimo, que si bien nació en cuna de oro, de la noche a la mañana por un tema de salud del padre, perdió todo lo que tenía y paso de vacaciones a Disney, colegio bilingüe, casa de tres plantas en Temperley con cancha de fútbol y gimnasio cubierto, a tener que ponerse la mochila al hombro para salir a bancar a su familia.

-Si no le hubiera pasado esa tragedia al padre, ¿hubiera llegado igual o fue necesario tener un poco de hambre de gloria?

-Difícil saberlo, pero yo creo que en algún punto lo ayudó. La presión lo llevó al límite y sacó lo mejor de él. Gaudio siempre dice “si se te alinean los planetas durante dos semanas de tu vida, en el tenis es suficiente”.  Dos semanas son los quince días que dura un Grand Slam.

-Hablando de Grand Slams, ¿ganar Roland Garros influyó tanto como su personalidad en la construcción del ídolo?

-Ahí el ídolo empezó a transformarse en personaje, y ese personaje termina comiéndose a la persona en el final de su carrera. Ese sistema de autoflagelación –“qué mal la estoy pasando”, “me deberían prohibir la entrada acá”-, es algo injusto hacia él mismo, que fue número cinco del mundo y campeón de un Grand Slam. Pudo haber sido más flexible, pero es un pibe muy exigente, quiere todo diez. El gran problema que tiene post-tenis es qué hace de su vida, porque él jugó casi a la perfección, y a pesar de eso se considera un tenista choto. Ahora se dedicó a la fotografía y le gusta el cine, pero en eso es uno más, y no sé si se banca ser uno más, esa es la pelea que tiene con él mismo.

-¿Gaudio tenía el espíritu competitivo como para ser un número uno?

-Para ser número uno tenés que tener otras cosas que él no tuvo y que tienen muy pocos. Gaudio estuvo lejos de ser número uno del mundo, pero tiene un título de Grand Slam y eso lo han conseguido solamente cuatro tenistas en la historia del tenis argentino.

-Ese Grand Slam, ¿hubiera ocupado otro lugar si la final no hubiera sido frente a Coria?

-Eso le dio un morbo especial, aparte la relación entre ellos ya era mala. Sobre todo a partir de la famosa pelea en Hamburgo, cuando Coria, en el medio del partido, fingió que estaba acalambrado y terminó ganando. Encima, después la final en Paris fue como una película de Hitchcock. Otra vez los calambres, más todo lo que hubo en el medio y ese quinto set vibrante, dinámico y emotivo, hicieron que ese partido se convierta en algo inolvidable.

-En la carrera de Coria, ¿lo estigmatizó perder esa final?

-Creo que fue el principio del fin para él. Coria nació y vivió para levantar esa copa. En cambio, Gaudio no tenía ese mandato. En esa época, Coria era el mejor en polvo de ladrillo, hasta que apareció Nadal. Me acuerdo que después de la final se decía: “mejor que ganó Gaudio, porque Coria se va a cansar de ganarlo”.

-Volvamos a Gaudio, ¿creés que tiene miedo al olvido en cuanto a su carrera o es algo que ni le preocupa?

-No digo la fama, pero estar en el candelero le debe interesar, porque ahora de hecho labura en los medios. Si vos querés ser perfil bajo y ya tuviste mucha exposición, te vas a criar vacas al campo. Sin embargo, él va a una radio, se expone y cuenta muchas cosas de su vida privada. Creo que todo exitoso, todo famoso teme ser olvidado. De todos modos, es evidente que no va a llegar más al nivel de exposición del 2004 cuando fue campeón de Roland Garros. Él un poco en broma, un poco en serio, siempre dice que “lo mejor de la vida ya lo vivió”. Aunque lo mejor puede venir por otro lado, cuando tenga hijos o se case.

-El mundo del tenis es un mundo con demasiados egos, ¿cómo se hace para transitarlo siendo periodista?

-Yo elijo hacerlo de una manera difícil. No soy ni fui amigo de los jugadores. Cuando terminan de jugar, y vuelven al llano y son uno más que pagan la boleta de luz y de gas, como nosotros,  ahí puedo tener una relación un poco más normal. En el momento en que están en el candelero y vos estás del otro lado, es muy difícil. Pero bueno, yo elegí tener dignidad conmigo mismo y decir lo que pienso, aunque les joda. Me ha costado de repente que no me quieran hablar, pero no me importa. De hecho, hoy no hablo con Del Potro, ni voy a sus conferencias porque siento que a los periodistas que vivimos del tenis nos faltó el respeto. Durante tres años, se operó tres veces de la muñeca, renunció a la Copa Davis, se peleó con la Asociación Argentina de Tenis y nunca hizo una conferencia de prensa. Ahora que volvió, Peugeot lo contrata para una conferencia de prensa, y me invitan para que vaya, pero la verdad, ya no me interesa. Fui a la Copa Davis de Italia y en los medios en los que trabajo no estuvo la palabra de Del Potro, esa es mi condición. Por suerte, nadie me obliga ni me condiciona.
Estas diferencias que tuve con Del Potro, también las tuve con Mónaco y con Gaudio, otras mil veces. Pero con Gaudio era distinto. Mónaco y Del Potro en el fondo, son pendejos cagones. No te encaran, no te dicen las cosas en la cara; entre ellos mismos son muy fallutos, se llevan mal entre ellos y después le dicen al mundo que es un invento de la prensa. El deportista argentino es de manual: les gustan las putas y la joda, y cuando los enganchan, dicen: “se meten en mi vida privada” y cuando tienen problemas entre ellos, en realidad los problemas no son de ellos sino que fueron inventados por la prensa: nunca se hacen cargo. Hay excepciones, pero en general, nunca se hacen cargo. Gaudio lo que tenía es que no era cagón, iba de frente, por ahí decía cualquier pelotudez, pero iba de frente.

-En el libro decís que el tenis para Gaudio fue risas, llanto, caídas, gloria, ¿qué es para vos el tenis?

-Hoy para mí es un laburo, ni más ni menos, como cualquier otro. Es irte muchas semanas al año de tu casa; claro que si lo comparás con un tipo que tiene que laburar con luz de tubo de 8 a 6 de la tarde en una oficina, es preferible esto. Pero la realidad tampoco es como muchos la imaginan, yo me voy casi catorce semanas por año de mi casa y no me voy al Hilton. Laburo de remo, de conseguir gente que me banque, que me ayude y que confié en mí. Muchas veces alquilamos una casa entre cuatro, con un baño entre cuatro tipos grandes, no es el paraíso. De hecho, siempre que viajo estoy más incómodo que en mi casa. Además, cada mango que te ahorrás es un mango más que ganás. Encima, hace veintiséis años que hago esto; pensá la economía argentina en esos veintiséis años. Hubo momentos en que iba a Londres y un vaso de agua era medio sueldo. Afuera pasé devaluaciones, el corralito, el corralón, el cepo, el quince más la tarjeta, el veinte más la tarjeta, todas estas cuestiones también son parte del laburo.

-¿No queda pasión, es solamente un laburo?

-Sí, queda pasión por el laburo, pero no por el tenis. A mí el tenis no me genera pasión. Sentarme a ver un partido de tenis ya es laburar. Obviamente si juega Djokovic-Federer por la final de Wimbledon, ahí me siento y lo disfruto. Pero ir a ver primera ronda del US Open un partido entre Swartzmann y Robin Haase en la cancha diecisiete, no es pasión, es laburo.

-Con respecto al libro, ¿qué devolución tuviste de Gaudio?

-Se lo regalé y sé que lo leyó. En realidad se lo fui dando antes, en capítulos. Le gustó, no le gustó, me hizo muchas “gaudianas”: “me aburro”, “está bueno”, “hijo de puta, lo que ponés”, como es él. Llegó un momento en que no le pregunté más, y el tema del libro ya se terminó. En todo caso, supongo que haberlo leído habrá sido impactante porque se lo desnuda. Debe ser raro, leerse abiertamente, que tenés depresiones, bajones, que ganó Roland Garros es un uno por ciento del libro, el resto va un poco más allá.

-¿Estás pensando en otro libro?

-No tengo nada en mente. Me sorprende que haya escrito tres libros en menos de cuatro años, casi un libro por año, es un montón para mí que no soy un escritor. Además, son libros de nicho y se vendieron muy bien. Maldita Davis todavía se vende. Creo que el día de mañana voy a hacer un Maldita Davis 2. De repente, si tuviera que escribir algo de algún otro legionario no me cabe duda que la persona elegida sería Nalbandián. De los que quedan es el único que tiene material como para que valga la pena escribir un libro.

Publicada originalmente en revista Quid, diciembre 2016.



martes, 27 de diciembre de 2016

Entrevista a Martín Zariello:“Escribí sobre Charly como si estuviera escribiendo sobre Salinger o Dios”


Nando Varela Pagliaro.

Martín Zariello lo hizo de nuevo. El hombre detrás del memorable blog il Corvino, acaba de publicar su tercer libro de ensayos. Esta vez no se trata de una compilación de sus “post” musicales, literarios o futboleros, como en Sobre el rock o En realidad quería hablar de otra cosa, sino de un ensayo que se centra en Yendo de la cama al living, el disco con el que Charly García inauguró su carrera solista. A través de nueve textos - uno por cada canción del disco más el bonus track de Pubis angelical- Zariello analiza la obra de Charly, pero fiel a su estilo, además siempre termina hablando de otra cosa: cine, literatura, pintura y claro, mucha música. Esas digresiones hacen de No bombardeen Barrio Norte  un libro imprescindible para entender al genio que compuso gran parte de la banda de sonido de nuestras vidas.

-En el libro decís que sos de los fanáticos de Charly que le hicieron el aguante durante la era Say No More. Sin embargo,  a la hora de elegir un disco sobre el cual escribir, elegiste Yendo de la cama al living, ¿con qué tuvo que ver la elección?

-Un poco con una decisión conjunta con el editor Horacio Roque Di Pietro y otro poco porque Yendo de la cama al living me servía, a través de las versiones en vivo de sus temas, para analizar el devenir de la carrera de Charly. Además, como es un disco de transición, en el que se nota el Charly pasado de las bandas y el Charly futuro solista, me sirvió para recorrer toda la obra de Charly. Mi intención no fue escribir sólo sobre Yendo sino también sobre Charly en general (siempre con el deseo de puntualizar en su música, en sus canciones y en las partes de su vida que sirven para entender su obra).

-¿Sabés si le llegó el libro le llegó a Charly? ¿Te interesaría tener una devolución de él?

-El editor se lo alcanzó a un allegado de él y otros fans de Charly me escribieron para preguntarme si se lo podían hacer llegar. No es que no me interese una devolución de Charly, es que me parecería un poco pretencioso de mi parte, yo escribí sobre Charly como si estuviera escribiendo sobre Salinger o Dios, si hubiese pensado que lo podía leer no habría podido escribir ni medio renglón. Creo que son proyecciones que te bloquean.

-En este país en el que nos especializamos en generar rivalidades, pensar en Charly, de alguna manera, también es pensar en Spinetta.  A la hora de valorar la obra de ambos, ¿de qué modo creés que influye su imagen?

-Yo creo que la rivalidad entre Charly y Spinetta, en ciertos términos, es productiva para pensar el rock argentino. No cuando se cree que una estética anula a la otra, pero sinceramente pienso que eso lo instaló el sector más ortodoxo de los spinetteanos. Recordemos que los spinetteanos silbaron a Charly cuando a mediados de los 80 Spinetta lo invitó a la presentación en uno de sus discos. En cambio, cuando Charly presentó a Spinetta fue ovacionado. Esto todavía se puede ver en comentarios de YouTube donde fans de Spinetta bardean a Charly. El fan de Charly, en cambio,respeta a Spinetta incluso sin conocer en profundidad su obra. Igual, eso también me parece interesante. 

-Y en el caso de Nebbia, ¿cómo incide su bajo perfil?

-Nebbia tiene un perfil bajo a nivel mediático, pero a nivel musical, que es lo único que a él le interesa, tiene un perfil altísimo: graba discos todo el tiempo, produce, tiene su sello y lo mejor, como si fuera un músico brasilero o uruguayo, se junta con otros colegas (Calamaro, Leo García, Pez; antes Rubén Rada, Facundo Cabral, los Fattoruso) para seguir generando canciones. Nebbia es un gigante, no sólo debemos apreciarlo por sus discos geniales sino también por su ética y su nobleza.

-Cuando se habla de los grandes poetas del rock nacional, casi siempre se menciona a Spinetta, Miguel Abuelo o al Indio Solari, ¿Por qué pensás que hay cierto ninguneo con el charly letrista?

-Porque Charly no es un poeta y creo que nunca pretendió serlo, simplemente es un excelente letrista de rock. Spinetta, Abuelo o el Indio, en cambio, tienen una pretensión ligada a lo verbal, a la sonoridad, a incluir en sus letras palabras que están por fuera del lenguaje coloquial. Charly es todo lo contrario: empatía, identificación, visceralidad, ternura. Yo ya no sé si estoy muy de acuerdo con la idea de que un letrista de rock es bueno sólo si es “poético”, creo que las letras de rock deberían justificarse por su propio peso específico.

-"Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para remediarlo, entonces es rock and roll", esa cita de Pete Townshend , líder de The Who fue incluida por Charly en Yendo de la cama al living. ¿Hoy quedan rockeros a la altura de esos postulados?
-Escribiendo el libro me topé con una nota de la Expreso Imaginario donde Rosso introducía ese texto por primera vez en el medio del rock argentino y ya aclaraba que si se tomaba la frase al pie de la letra muy pocos músicos estaban a la altura. Creo lo mismo. Me parece una versión idealizada del rock, pero no por eso menos conmovedora. Funciona en términos simbólicos.

-Martín Rodríguez  en Orden y progresismo plantea que el kirchnerismo “en su lucha contra las corporaciones, adujo una suerte de contracultura oficial en la que atrapó el capital simbólico de los artistas” y de alguna manera terminó matando al rock. En este nuevo contexto, ¿pensás que el rock va a volver a levantar la bandera de la contracultura o los rockeros ya están demasiado cómodos para salir de su torre de marfil?

-Estoy de acuerdo con Martín Rodríguez, pero creo que si no lo hacía el kirchnerismo, lo iba a hacer otro espacio político. Incluso el encuentro de Charly con Menem o los recitales Buenos Aires Vivo organizados por “Lo-pérfido” en la época de la Alianza pueden ser entendidos como precursores de esa otra alianza, acaso inesperada, entre rock y política. Me parece que sería pedirle mucho al rock que levante las banderas de la contracultura cuando ya nadie sabe dónde está la contracultura. Yo me conformo con que los pibes hagan buenas canciones, como las que hacen Juan Irio, los chicos de Peces Raros, Valentín y los volcanes, Telescopios, La Perla Irregular y tantas otras bandas que actualmente la rompen y son invisibles para los grandes medios. 

Publicada originalmente en Revista Polvo, diciembre 2016. 


La ambición hecha pelota


Nando Varela Pagliaro

En el deporte, como en muchos otros ámbitos, la ambición también ocupa un lugar central no sólo en la mente de los deportistas, sino en la de los padres que muchas veces subliman sus frustraciones en el éxito de sus hijos. Los moldean para ganar, los convierten en máquinas capaces de realizar todo lo que ellos no pudieron; los condenan, antes de que siquiera puedan elegir, a ser los mejores. De esto, entre otras cosas, habla Andre Agassi en Open. En las casi 500 páginas de esta obra extraordinaria, el tenista estadounidense se desnuda completamente. Nos muestra sus huesos, sus dolores, sus miedos, sus miserias, sus victorias, pero sobre todo sus derrotas, sus ganas de entenderse, de saber quién es, qué quiere y por qué le dedicó su vida a un deporte que odia.  Ya desde las primeras páginas lo confiesa: “Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión y sin embargo sigo jugando porque no tengo alternativa. Y ese abismo, esa contradicción entre lo hago y lo que quiero hacer y lo que de hecho hago, es la esencia de mi vida”. Esta confesión temprana nos hace inferir que no estamos ante la típica biografía de un deportista exitoso; todo lo contrario. Estamos ante un hombre que terminó cumpliendo un mandato paterno, un sueño ajeno. Mike Agassi, un iracundo inmigrante iraní, ex representante olímpico de box, determinó que uno de sus cuatro hijos sería número uno en el tenis y el elegido fue Andre. Durante su infancia lo martirizó con “el dragón”, una máquina lanzapelotas que construyó con sus propias manos. “Negro como la noche, montado sobre unas grandes ruedas de goma y con la palabra Prince pintada en letras de imprenta blancas sobre la base, el dragón, a primera vista, se parece a todas las máquinas lanzapelotas de todos los clubes, pero es, en realidad, un ser vivo que respira, recién salido de uno de mis cómics. El dragón tiene cerebro, voluntad propia, un corazón negro y una voz espantosa”.  El temido dragón escupía en la cara de Andre pelotas que alcanzaban los 180 kilómetros por hora. Su padre lo obligaba a pasar 2.500 pelotas por día, 17.500 por semana,  casi un millón por año. “Los números no engañan. Un niño que devuelva un millón de pelotas al año será invencible”, le decía Mike a Andre para incentivarlo.
En tiempos en que los padres solo quieren que sus hijos sean felices, la exigencia a la que Andre fue expuesto nos hace pensar qué tipo de educación es más apropiada para desarrollar el talento de un pequeño genio. ¿Vale la pena someter a un niño a un régimen tan estricto? ¿Cuál es el precio que se paga por no tener infancia? Lo cierto es que la tiranía paterna es la que acaba marcando el destino de muchos chicos talentosos. “Mi padre me convirtió en un boxeador con raqueta de tenis. Siento amor por él y además de complacerlo, no quiero disgustarlo. No me atrevo. Cuando mi padre se enfada ocurren cosas malas. Si él dice que voy a jugar al tenis, si dice que voy a ser el número uno, ése es mi destino, y yo no puedo hacer más que asentir y obedecer. Y le aconsejaría a Jimmy Connors o a cualquier otra persona que hiciera lo mismo que yo”, confiesa Andre.
Al comienzo de Open, Agassi incluye una cita de Vincent Van Gogh en la que el pintor se pregunta: ¿qué es lo que nos libera de la cautividad? Su respuesta es el amor, “eso es lo que abre las puertas de la cárcel gracias a un poder supremo, a una fuerza mágica”. Ahora, ¿qué lugar ocupa la ambición para que alguien que dice odiar un deporte nunca se atreva a dejarlo? ¿Es solo por amor hacia el padre que no se atreve? ¿Por temor a defraudarlo? ¿o es la propia ambición la que lo convierte en número uno del mundo? Difícil saberlo.
Lo que sí se puede decir es que además de la jugosa vida del tenista estadounidense, lo que termina de hacer que Open sea un libro hipnotizante es la calidad de la prosa con que está escrito. El responsable de llevar a cabo esa tarea fue el Pulitzer  J.R. Moehringer. El periodista trabajó junto a Agassi durante tres años y desgrabó más de 250 horas de conversaciones. Hay que agradecerle a él que en ningún momento coloque su pluma por encima del hombre que se desnuda. De hecho, muchos tramos del libro son transcripciones fidedignas y textuales. Se podría decir que en Open,  Agassi nos revela centenares de anécdotas íntimas y datos de color. Nos cuenta por ejemplo que durante su primera final de Roland Garros estaba más preocupado porque no se le volara el peluquín que por el partido o que  en 1997 consumió metanfetaminas y le mintió a la ATP para no ser sancionado. Pero lo que hace de  Open un libro imprescindible  es que a través de sus páginas nos invita a pensar y a entender qué hay en la cabeza de estos héroes contemporáneos que vemos a través de la pantalla.
  


La ambición muchas veces es vivida por el sujeto como una fuerza que lo empuja hacia un destino al que nunca se arriba. Sin embargo, la ambición colectiva, es uno de los componentes fundamentales para lograr las metas que se impone un equipo. Es frecuente escuchar a jugadores de fútbol que declaren a la salida del vestuario que “los ilusiona ir primeros porque son un grupo muy ambicioso”. Si nos remitimos a las conquistas grupales, tal vez no exista en nuestra historia deportiva un hito mayor que el Mundial de México ´86. 
Conmemorando los treinta años de este acontecimiento que Maradona comandó en tierras aztecas, aparecieron dos libros muy especiales. El primero bajo el título Mi mundial, mi verdad, lleva la firma del propio Diego Maradona; el segundo, se ciñe sólo al mítico partido entre Inglaterra y Argentina, se titula precisamente El partido y su autor es el periodista Andrés Burgo.
Editado por Tusquets dentro de la colección Crónicas dirigida por Leila Guerriero, El Partido es una reconstrucción minuciosa del día en el que Diego Armando Maradona se transformó en un Dios incuestionable para gran parte del público futbolero.
Burgo toma como modelo Anatomía de un instante de Javier Cercas. Es decir, se vale de un episodio para relatar el mundo desde distintas perspectivas. Para hacerlo, investiga a fondo, va a las fuentes, derriba mitos, contrasta los testimonios de unos y otros y deja en el lector la posibilidad de construir su propia verdad. Hay tantas voces que la ausencia del testimonio de Maradona, ni se nota. Su pulso narrativo le da un dinamismo al relato que lo coloca en la línea del Nick Hornby de Fiebre en las gradas. Burgo reconstruye con exactitud el gol de la mano de Dios y el gol del siglo, el  de “la corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos”, el que convirtió a Maradona en leyenda y a Víctor Hugo en el relator oficial de la leyenda. Como escribió Nicolás Cassese, hay que reconocer que “las palabras de Víctor Hugo conforman, junto con Héroes y el segundo gol de Diego, la santa trilogía de todo lo que estuvo bien en México”. "No es un gol, es una alquimia de fútbol, y es -también- como si un relámpago de eternidad cayera sobre el Azteca. El tiempo se acelera y, a la vez, se detiene: se vuelve mármol, se sella en bronce, se graba en la memoria de millones de personas alrededor del mundo y en ese instante empieza a ser, ya para siempre un instante eterno", escribe Burgo sobre la obra cumbre que ungió a Maradona como ser mitológico.
La historia deja en claro que fue Diego el principal motor del equipo. Sin embargo fue la ambición de un grupo la que coronó de éxito a una selección en la que nadie confiaba. Porque la ambición, como dice Susan Sontag, “se alimenta de todo, hasta de otras ambiciones”. 
Publicada originalmente en la revista Quid, octubre 2016.