viernes, 27 de junio de 2014

Mis Discos: Las Diferencias



Por Nando Varela Pagliaro

El escritor polaco Witold Gombrowicz opinaba que era innecesario leer libros como el Quijote o la Divina Comedia; los clásicos según él se incorporan solos a nuestra cultura personal a través de otras lecturas menos espectaculares o tediosas. En la música, puede que suceda lo mismo y tal vez no sea imprescindible escuchar a esas bandas clásicas que uno supone que todo músico debería conocer. El grupo Las Diferencias es el ejemplo que viene a demostrar que la suposición es acertada. Al escuchar No termina más, el impactante debut discográfico del trío que conforman Andrés Robledo, Alejandro Navoa y Nicolás Heis, es inevitable no recordar a íconos del rock nacional como Pescado Rabioso, Color Humano o Manal. Sin embargo, los chicos de Las Diferencias afirman no haber escuchado a ninguna de estas tres bandas.”No las conocemos. Aguante el rock nacional, sabemos que tocamos gracias a esas bandas, pero la verdad es que no tenemos la menor idea. Hay cosas que nos terminaron gustando pero no salimos de ahí” dijo Robledo en una nota en Página/12.
Con apenas 22 años, el trío del Oeste, ingresó al estudio El Attic bajo la mirada atenta de Sergio CH (ex Natas). Allí, en sólo cuatro días, terminaron de darle forma a las diez canciones que integran No termina más (Oui Oui Records, 2013).
Para hablar de su sonido, nadie mejor que ellos mismos: “para ser pop somos muy duros, para ser stoners o metaleros somos demasiado blandos, para ser indies somos complicados y cuando tocamos con bandas de blues nos sentimos un poco desubicados”, dice Robledo en NaN a la hora de definir a Las Diferencias.En No termina más, los riffs hipnóticos y distorsionados, los sonidos salvajes y valvulares a lo Jack White o Led Zeppelin, los bajos machacantes y melodiosos, las baterías punzantes y enérgicas, los originales yeites bluseros y los pasajes instrumentales que generan una inquietante tensión se suman a la voz desgarrada de Robledo para dar como resultado un disco efectivo que, sin alejarse de lo vintage, a la vez suena fresco y con una fuerte identidad propia.
El Sábado 28 de junio a las 21 hs. Las Diferencias abre la fecha de Pez en EQ Rock (José C. Paz).
El invitado que responde la sexta entrega de “Mis discos” es Andrés Robledo, guitarra y voz de Las Diferencias.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?

Apenas cumplí  once años salió Lenny, que es un disco de Lenny Kravitz de 2001. Tenía algo de dinero y padre me llevó a una disquería. No dudé ni un segundo en llevármelo.

¿Cuál fue el último?

Tempest de Bob Dylan. Es un disco de una persona con mucha experiencia. Lo poníamos en el auto para ir a tocar.

¿Qué disco jamás prestarías?

Los que heredé de familia. Igualmente es bastante difícil para mí prestar cualquier disco.

¿Cuál fue el disco que más veces prestaste o regalaste?

Nunca presté un disco más de una vez. Si me los prestan, trato de devolverlos lo más rápido que puedo.

¿Hay algunos discos en tu discoteca de los que tengas vergüenza?

Para nada, hay discos que quizás alguien que escuche a Las Diferencias se sorprendería pero ninguno me da vergüenza. No tengo vergüenza de las cosas que quiero.

¿En qué lugar ponés los discos que vos grabaste?

Donde están todos los discos, como si fuera uno más. En estos días, en Twitter, vi una foto de nuestro disco No termina más junto a algunos de Oasis, re loco!

¿Cuál fue el primer disco que bajaste?

No me acuerdo, seguramente habré bajado la discografía de los Rolling Stones.

¿Cuál fue el último?

Leave Home de Ramones

¿Cuál fue el disco que más veces recomendaste o linkeaste?

En su momento Desire de Bob Dylan.  Es más lo que me recomiendan que lo que yo puedo recomendar.

¿ Hay algunos discos en tu computadora de los que tengas vergüenza?

Hay discos que me generaron mucha expectativa y finalmente nos las cubrieron. Están en una carpeta de música todos juntos. A veces me llama la atención que todavía no los haya eliminado.

¿Qué discos que antes escuchabas, ahora ya no escucharías?

Creo que a mí no me funciona mucho lo de escuchar un disco en el pasado y dejarlo. No los dejo completamente, son puertas que se cierran pero sin llave. Hay discos que dejo de escuchar y al tiempo los retomo. Puntualmente hace semanas que estaba pensando en el primer disco de Dire Straits, a los 15 ó 16 ese disco me encantaba y ahora lo escuché hace semanas y la verdad no me emocionó ni un poco. Fui a Sultans of Swing derecho y lo saqué.

¿Escuchás tus discos en mp3?

Por supuesto, cuando nací el CD ya existía. Soy de la generación de Internet y toda la movida de la comunicación, así que todo eso es natural para mí. Me encantan los discos de vinilo y esa época me emociona, pero soy consciente de que estamos en el 2014 y que el mp3 es fácil, rápido y me parece perfecto. Después de todo me importa el mensaje de la canción y la emoción de la música.

Publicada en Revista Paco, junio 2014.




martes, 24 de junio de 2014

Mis Discos: Banda de turistas



Por Nando Varela Pagliaro

Componer un hit no es nada sencillo, de hecho son muchísimos más los grupos que nunca consiguen crear uno, que los que sí lo logran. El hit, al menos dentro del rock, suele tener mala prensa y casi siempre se lo asocia con la música comercial, entendiendo que bajo esta categoría, sólo se pueden encontrar obras menores y por ende, sin calidad ni contenido. Sin embargo, la historia de la música está llena de grandes canciones que se han convertido en hits. Si hiciera un listado, sería tan extenso como inexacto.
Dentro del rock nacional, quizás el último hit le pertenezca a Banda de Turistas. “Química”, su canción adictiva que suena desde el verano en todas las radios y programas de televisión, está incluida en Lo que más querés, cuarto disco del quinteto de pop psicodélico (quinto, si se considera el EP Cóctel de instantáneo, de 2007). Bajo la conducción de Tuta Torres y Juanchi Baleirón, líder de Los Pericos y reconocido productor discográfico, Bruno Albano, Tomás Putruele, Luis Balcarce, Patricio Troncoso y Guido Colzani lograron editar diez canciones que son una síntesis perfecta de sus ambiciones sonoras. “Es uno de los mejores discos que hicimos", anticipó Bruno Albano en Télam.
Lo que más querés no se agota en “Química”, sino que es un álbum con diferentes matices. Al igual que en sus trabajos anteriores, no faltan las canciones más “Beatlescas”, más “Lennonianas” como “Dejarte ir”, tal vez la más hermosa del disco, ni aquellas más “sónicas” como  “Estoy bien mal” “Porque será” y “Delivery de milagros”. Sobre esta última están realizando su próximo video en el que participarán Anderson Ballesteros (actor colombiano que interpreta a “El Chili” en la serie El patrón del mal) y Adrián Dárgelos, uno de los principales referentes musicales del grupo.
El 11 de julio piensan presentar Lo que más querés en La Trastienda.
El invitado que responde nuestra quinta entrega de “Mis discos” es Guido Colzani, baterista de Banda de Turistas.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?

No olvidaré muy fácilmente ese momento. Lo compré en el local más grande que había de Musimundo, creo que todavía existe, en Corrientes y Callao. No sé si lo recuerdan, pero los discos venían con un holograma muy bien diseñado, un mundo 3D. Bueno en fin, ese día compre mis primeros dos discos, los cuales todavía conservo, uno fue: Mi vida loca de Los Auténticos Decadentes  y el otro Chaco de los Illya Kuriaki & the Valderramas.

¿Cuál fue el último?

Quiero pensar que no hay discriminación de formatos, ya que los últimos que compré fueron en vinilo, que bueno que se puso de "moda" o se volvió a confiar en este formato. El ultimo que compré fue: I´ve got my own álbum to do, el primer disco solista de Ron Wood, lo recomiendo cien por ciento, gran disco.

¿Qué disco jamás prestarías?

Hay una teoría que explica que los discos no se prestan, pero para mí es inaplicable. La música es algo que tiene que estar en constante movimiento, no sirve con tenerla acomodada a la perfección, sólo por estar acomodada, cuando alguien mirando tus discos te pregunta, ¿y este disco qué onda? automáticamente respondo, lleválo, escuchálo.  Soy de prestar discos, pero respeto a quienes no les gusta, cada uno con su mambo, ¿no?

 ¿Cuál fue el disco que más veces prestaste o regalaste?

Esta fue la pregunta que más me costó responder, ya que busqué por los laberintos de mi cerebro algún recuerdo que me ayude a contestarte y por suerte logré divisar uno. El disco que pasó por más manos fue un disco de Patricio, tecladista de la banda, que se debe estar enterando con estas palabras de lo sucedido. Era el The Three EP´s, de The Beta Band, creo que sonó en varios dormitorios, en los de BDT, segurísimo.

¿Hay algunos discos en tu discoteca de los que tengas vergüenza?

Creo que ninguno, ya que soy un sinvergüenza. Hay de todo en casa, desde el disco del Oso Arturo, que venía en un paquete de comida congelada, hasta discografía de Gian Franco Pagliaro, pasando por Beatles, Miguel Mateos, Eiffel 65 a Jorge Cafrune. Casi siempre discuto que la música no se categoriza por buena o mala, la categoría que aplico es “Me gusta o No me gusta”, algo más moderno como Facebook, si te gusta la escuchás y si no, no.

¿Qué disco que antes escuchabas, ahora ya no escucharías?

No hay lugar a dudas que el que no escucharía de nuevo, porque lo escuche demasiadas veces, es el primer disco de los Backstreet Boys. Cómo manipularon la mente de muchos niños por esos años, qué triste. Ojo, suena bien, alta producción, pero no sé si me siento a escucharlo de pe a pa.

¿En qué lugar ponés los discos que vos grabaste?

En la caja del orgullo. Es una caja donde guardo todos los bienes materiales que se produjeron hasta ahora, suele reírse el resto de la banda, pero como buen "tano melancólico" me gustan los recuerdos, pero no me gusta mostrarlos constantemente. Quiero llegar a viejo y sentarme en un sillón, al lado de una ventana y ver cada una de las cosas y recordar. Ya fue la de querer morirse joven.

  ¿Cuál fue el primer disco que bajaste?

Napster!!! No tenia Internet en mi casa, era muy costoso al comienzo y mi vieja estaba en contra de eso, así que juntaba unas monedas y me iba al ciber, que abundaban. Me quedaba unas buenas horas, me armaba un compilado de temas que quería escuchar, sino le pedía a los que tenían Internet en su casa, si podían hacerme un favor, les daba un disco virgen y ellos me lo copiaban. El primero que obtuve fue un disco "pirata" de grabaciones en estudio de los Beatles, valga la redundancia.

 ¿Cuál fue el último?

Snapshot de The Strypes, es una banda irlandesa de pibes, que creo son más chicos que nosotros, pero arrancaron en el 2008 como nosotros. Beatles Punk, buena actitud, muy buenos músicos, una nueva Revolución, me gustaron mucho, si quieren indagar, lo recomiendo altamente.

¿Cuál fue el disco que más veces recomendaste o linkeaste?

Creo que el primer disco de Sombrero, una banda Argentina conformada por Ex Furies, y varios integrantes de bandas como Cristos, Álamos y Banda de Turistas, con tintes folclóricos y western. Muy buena, muy lindo disco, sumado a este, el disco 2 de Mac Demarco.

¿Escuchás tus discos en mp3?

Sí claro, en plataformas cibernéticas o los copio a la computadora. De hecho hacemos un master para mp3. Llegué a hablar con el masterizador del nuevo disco nuestro Lo que más queré, para ver si es que existe la posibilidad de armar masters para que suenen bien por los parlantes de los celulares, los nuevos soundsystems.

Publicada en Revista Paco, junio de 2014.


jueves, 19 de junio de 2014

Mis Discos: Eruca Sativa



Por Nando Varela Pagliaro

Desde que Eruca Sativa irrumpió en la escena nacional, su carrera tuvo un crecimiento casi meteórico. En menos de siete años, invadieron los escenarios del país, hicieron más de 300 shows por muchísimas ciudades, participaron en varias ediciones de festivales como Cosquín Rock y Personal Fest, giraron por Colombia y México, grabaron con artistas como Fito Páez y David Lebón, crearon su propio sello discográfico, fueron nominados a premios tan prestigiosos como los Gardel y los Grammy Latinos y lo más importante: obtuvieron el reconocimiento por parte de un público cada vez más numeroso. En medio de todos estos logros, el trío que conforman Lula Bertoldi, Brenda Martin y Gabriel Pedernera, decidió dejar su Córdoba Capital e instalarse en Buenos Aires. “La banda empezó a requerir más tiempo allá, había más shows, más notas, más cosas para hacer. Lamentablemente en nuestro país, Buenos Aires es un lugar desde donde se proyectan  los medios o los teloneos internacionales”, dice Lula.
Así como Lisandro Aristimuño lleva adelante sus compilados mensuales M.S.F.L (Música sin fines de lucro), Eruca Sativa también tiene un espacio en su Facebook  en el que recomiendan a bandas emergentes. Lo llamaron #ErucaEscucha. Desde allí, semanalmente comparten el material de otros músicos no tan conocidos.  Los tres creen que "hay grupos tremendos en el under argentino”. Es sólo cuestión de abrir los oídos e incorporar música nueva.
En materia de discos, Eruca lleva editados La Carne (2008), Es (2010) y Blanco (2012). Este último fue elegido el Disco Nacional del Año por la revista Rolling Stone. “Somos medio kamikazes: ponemos la fecha de grabación y después empezamos a componer. Nos encerramos dos o tres meses y nos ponemos a escribir, hacemos catarsis en la sala y vomitamos lindas melodías”, dijo Lula en una nota para la revista que los premió.
Según adelantaron, el sucesor de Blanco va a ser un DVD y ya tiene nombre, fecha y lugar de grabación: Huellas digitales, 1° de agosto, Teatro Ópera.
La invitada que responde nuestra tercera entrega de “Mis discos” es Lula Bertoldi, voz y guitarra de Eruca Sativa.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?

El primer disco que recuerdo haber "comprado" (así bien literalmente, porque no fue el primero de mi propiedad, sino que fui a un local a comprar) fue Alta Suciedad  de Andrés Calamaro, que acababa de salir. Yo estaba entrando en mi adolescencia y "Flaca" sonaba en todos lados.

  ¿Cuál fue el último?

El último disco que fui a un local a comprar fue un especial en vivo en la BBC de The Beatles, tremendo. De todas formas no era para mí, sino para el cumple de mi gran amigo Gabi Pedernera.

¿Qué disco jamás prestarías?

Tengo un tema poco posesivo con los discos. Me gusta que viajen, que vayan y que vuelvan, que me los devuelvan  dos años después y decir "uuuh qué buen disco, cierto que me encantaba", y ponerlo y sentir que el tiempo cambió a la música y la música me cambió a mí y ese disco suena distinto y me dice cosas distintas a las que me dijo dos años atrás.

 ¿Cuál fue el disco que más veces prestaste o regalaste?

Pocas veces compré un disco varias veces para regalar, pero lo he hecho por ejemplo con El Mar de las Almas de Carajo. Lo compré dos veces y las dos veces fue para obsequiárselo a alguien. Cuando salió me pareció una reivindicación del sonido nacional que suena a internacional, me daba orgullo, no sé por qué. Así que me gustaba regalarlo.

¿Hay algunos discos en tu discoteca de los que tengas vergüenza?

Ninguno, cada disco cuenta una historia, un momento de mi vida. No tengo vergüenza de la música que escuchaba hace años y retomo a los veintinueve.

 ¿Qué disco que antes escuchabas, ahora ya no escucharías?

Posiblemente los discos de Disney que tenía a los seis.

¿En qué lugar ponés los discos que vos grabaste?

Tienen su lugar especial en la repisa de discos, están separados.

 ¿Cuál fue el primer disco que bajaste?

Creo que fue en Napster y era alguno de Metállica.

¿Cuál fue el último?

Justo anoche me bajé la discografía de John Butler Trío y un disco de Bon Iver.

¿Cuál fue el disco que más veces recomendaste o linkeaste?

Puede ser el disco de Them Crooked Vultures, para colmo es difícil de conseguir.

¿Escuchás tus discos en mp3?

Sí, me bajo todo al Ipod para que me acompañe en todos lados.

Publicada en Revista Paco, 19 de junio 2014.


miércoles, 18 de junio de 2014

Mis discos : Heladeros del Tiempo


Por Nando Varela Pagliaro

Heladeros del tiempo es uno de los grupos con más proyección dentro del rock nacional. A base de carisma, buenas canciones e ideas originales, el quinteto que comanda Frankie Langdon se va consolidando como una de las propuestas más interesantes de la escena local.
El ex cantante de Don Adams arrancó a trabajar en sus nuevas canciones con la ayuda y la producción de Bambi y Chano de Tan Biónica. Fueron ellos los que le recomendaron a Juani de Abreu (Bajo) y a Maxi Lázbal (batería).  Luego se sumaron Dante Violanti y He Man Garrido en guitarras para terminar de darle forma al actual quinteto. Si hiciéramos un resumen de sus cuatro e intensos años de trayectoria, podríamos decir que durante el 2010 recorrieron la costa argentina fuera de temporada. Para ellos era fundamental conocer el mar en invierno porque Espuma Libertad, su primer disco, es un retrato de ese frío y esa soledad que caracteriza a muchas ciudades balnearias cuando el sol y los turistas se alejan de sus playas. Al año siguiente se animaron a transitar el under de Buenos Aires, pero muy pronto llegaron los escenarios más grandes. “Allí hemos tratado de mantener siempre la calidez de nuestros primeros shows, cuando había quince personas y las licuadoras de los bares se escuchaban más fuerte que la batería”, cuenta Frankie.
Con gorros de lana rojos y remeras o camperas deportivas que no se fabrican desde hace años,  los Heladeros impactan primero desde lo visual. En cuanto a la música, su rock se centra en la canción popular de tres minutos y medio y sus letras son propias de una tripulación de jóvenes post-Jacques Cousteau, que le cantan al amor, al dolor, y a una infancia feliz que los sigue de cerca.
Si la originalidad en Espuma libertad radicaba en las canciones,  en el arte gráfico y en su forma de distribución -los propios integrantes  llevaban el disco a bordo de un camión de helados hasta la puerta de la casa de los primeros en encargarlo-, ahora en Mundial, disco que acaban de presentar en el ND Teatro, lo original tiene que ver con que el concepto se apoya sólo en la temática futbolera.  Mundial, como dice Langdon, “es un disco de fútbol” con once canciones y once invitados: una selección.
Rubén Rada, Cucho Parisi, Pipo Cipolatti, Palo Pandolfo, Marcelo Moura, Iván Noble, Leo García, Edu Schmidt, Manuel Moretti , Dread Mar I y Carla Ritrovato (su mánager)  suman sus voces para cantarle a la victoria, la derrota y al empate; a los arqueros, a los nueves de área sin gol y al Diego que le cortaron las piernas en el Mundial del 94. “Corten clavos / vamos a un corte/ que la Corte me castigó / Corten todo por lo sano / tengo corta la ilusión / Corto el aire con tijeras/corten mi respiración /pero nunca más le corten las piernas a Dios”, canta Langdon junto a Iván Noble en el anteúltimo tema del disco.
Para los que se quejan de la canción del Mundial de Brasil y siguen añorando la de Italia 90 y hasta el “Waka Waka” de Shakira, el disco de Heladeros del Tiempo es una buena banda de sonido para musicalizar estos días en que el mundo gira alrededor de una pelota de fútbol.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?

Mi primer disco fue Vasos y besos (1983), de Los Abuelos de la Nada. Y cuando salieron los CDs, el primero que compré (y de los pocos de rock argentino que había en catálogo a fines de los años 80s) fue Signos, de Soda Stereo. Y eso que todavía no tenía reproductor de CD en mi casa.

¿Cuál fue el último?

Una caja con todos los discos de la E.L.O. reeditados. Últimamente he comprado muchas cajas, pero no con rarezas, sino con colecciones completas. Me interesa el álbum como obra conceptual y terminada. Muchas veces las reediciones se llenan de demos y cosas que en lugar de enriquecer la edición, la desnudan. Sí me gusta, en cambio, que incluyan fotos, textos, notas de los autores, comentarios de los técnicos, de los productores, etc.

¿Qué disco jamás prestarías?

Miguel Abuelo et Nada (1975). Tengo una edición en CD dificilísima, así que prestarlo sería imprudente.

¿Cuál fue el disco que más veces prestaste o regalaste?

 Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta, quien alguna vez fue cantante de la banda española Pabellón Psiquiátrico. Es el único disco solista que grabó antes de su muerte en 1996, y es uno de mis favoritos de todos los tiempos. Fue publicado por Virgin, y aún así, es muy difícil de conseguir. Yo tengo dos copias por las dudas. Hace poco conseguí diez ejemplares y los regalé todos (menos los dos que tengo encanutados, claro).

¿Hay algunos discos en tu discoteca de los que tengas vergüenza?

Por supuesto. No voy a dar detalles.

¿Qué disco que antes escuchabas, ahora ya no escucharías?

No escucharía discos de grunge. Antes me ecnataban y hoy me aturden. No podría volver a poner Green River o Mudhoney, por ejemplo. Sí, tal vez, algo de Screaming Trees, o el formato acústico de Alice in Chains... Pero prefiero escuchar música de hace treinta o cuarenta años. Me hace mejor.

¿En qué lugar ponés los discos que vos grabaste?

 Entre los discos de rock argentino.

¿Cuál fue el primer disco que bajaste?

Compré un sólo disco en formato digital en mi vida, ya que me cansé de buscarlo en CD y nunca salió. Es un compilado de Fred Bongusto llamado A qualcuno piace, que incluye sólo sus canciones de finales de los 70 a mediados de los 80. Y es un espanto, lo admito, pero me transporta a los veranos de aquellos años, viajando en el auto de mi padre. Recomiendo la canción "Vivi la tua música". ¡Bellísima!

¿Cuál fue el disco que más veces recomendaste o linkeaste?

Tapestry de Carole King y Blue de Joni Mitchell, ambos de 1971. También suelo recomendar la edición importada de The Best of New Order, porque trae un tema inédito (y no incluido en la versión nacional) llamado "Let's go (nothing for me)".

¿Escuchás tus discos en mp3?

No, jamás. Vieja escuela.

Publicada en Revista Paco, 17 de junio 2014


lunes, 16 de junio de 2014

Mis Discos: Antonio Birabent


Por Nando Varela Pagliaro

“Polifacético me parece una palabra muy grande, se refiere a un tipo que puede arreglar un motor y componer una canción, y yo no tengo un rango tan amplio”, dijo alguna vez Antonio Birabent. Desde que volvió de España, luego de un exilio familiar de once años, Birabent fue plomo, mánager y guitarrista de su padre Moris, periodista de música en El Cronista Comercial, conductor de programas de rock, actor de cine y televisión y por supuesto, cantautor. A la fecha lleva editados quince discos. Sin embargo, cada vez que piensa en hacer uno nuevo, siente que es el primero que hace. En este recorrido que comenzó con Todo este tiempo (1993), atravesó contextos absolutamente dispares: grabó discos con producciones y mezclas costosísimas en varios países; otros, casi sin presupuesto, fueron armados desde el living de su casa.
Para Lápiz, papel y guitarra, su último trabajo, la manera que encontró de llevar adelante su edición fue mediante el sistema conocido como crowdfunding o financiamiento comunitario, que consiste en pedir una colaboración por adelantado a aquellas personas interesadas en escuchar y ser cómplices de su música. En 1997, cuando hizo Azar, entendió que tenía que tener un camino propio para comunicar sus canciones porque él iba mucho más rápido que la industria discográfica. “Desde entonces estoy atrás no sólo de las canciones y de cantarlas sino de casi todo lo demás. La autogestión tiene, como todo, grandes ventajas y desventajas”, dice Antonio Birabent.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?

Uffff, qué difícil, creo que Breakfast in América de Supertramp.

¿Cuál fue el último?

 La última vez que compré un disco estábamos todavía en el siglo XX, con eso te digo todo. Podría inventar, pero me parece más justo decirte que no me acuerdo. En un momento dejé de coleccionar discos y empecé a usar el dinero para otros fines.

 ¿Qué disco jamás prestarías?

No tengo ese fetichismo. Prefiero pensar que la persona a la cual se lo preste, lo va a disfrutar. Una vez con una chica intercambiamos: yo le di Moon Safari, el primero de Air, y ella uno de Milton Nascimento que se llama Travessia. Los dos salimos ganando y jamás nos los reclamamos. Ella tiene aún el mío y yo el de ella.

¿Cuál fue el disco que más veces prestaste o regalaste?

El que más regalé, sin duda habrá sido uno mío....obviamente. Nos pasa a todos los músicos. Tal vez Azar o Demoliciones. El que más presté fue una recopilación de Yupanqui que editó Página 12. Ya no lo tengo....

¿Hay algunos discos en tu discoteca de los que tengas vergüenza?

 Fueron todos tirados oportunamente. No hay pruebas. Aunque es probable que en alguna caja.....

 ¿Qué disco que antes escuchabas, ahora ya no escucharías?

 Alguno de Sabina. Lo escuché mucho y hoy no me darían ganas. Pero no reniego. Fue un momento. Uno cambia. Tiene canciones que fueron parte de mi vida.

¿En qué lugar ponés los discos que vos grabaste?

 Están muy desordenados. De hecho acabo de armar un Bandcamp con mis quince discos y me costó encontrarlos.  Cardinal lo tuvimos que comprar en Mercado Libre.

  ¿Bajás discos de Internet?

 Nunca en mi vida me tomé el trabajo de bajar un disco. Los escucho, me los mandan mis amigos, pero no bajo discos. Esto no quiere decir que en el futuro no lo haga. Lo que me sucede es que no necesito “tenerlos”. Escucharlos me alcanza.

 ¿Cuál fue el disco que más veces recomendaste o linkeaste?

Cualquiera de Troilo o de Salgán.

¿Escuchás tus discos en mp3?

Claro. No soy un fundamentalista. Me gusta la música, no la pureza del sonido

Publicada en Revista Paco, 16 de junio 2014.

jueves, 5 de junio de 2014

Mis discos: Rodrigo Manigot


Por Nando Varela Pagliaro

Rodrigo “Rulo” Manigot es cantante y letrista de Ella es tan cargosa, una de las bandas referentes del género rock-canción junto a Tipitos y Estelares. Extraño fenómeno del marketing, los temas de “La Cargosa” son mucho más conocidos que ellos mismos.  Ni siquiera entre tus brazos, Llueve o Autorretrato, por nombrar algunos, ya forman parte de esos hits que conoce todo el mundo.  “La gente escucha las canciones en la radio y cuando nos ve en el escenario recién caen en cuenta de que éramos nosotros”, dice Manigot.
Con más de catorce años de trayectoria e inocultables influencias beatleras, el grupo de Castelar acaba de editar Polos, su cuarto disco de estudio. Saldrá en dos formatos distintos: un polo "eléctrico", el disco físico tradicional y un polo “acústico”, al que se podrá acceder en forma virtual. En esta primera entrega, hablamos de discos con Rodrigo Manigot.

¿Cuál fue el primer disco que compraste?

El primer álbum que compré fue Espíritus que han partido, de los Bee Gees. Aunque mi memoria ya no es tan fiable y puede que me haya comprado en verdad un compilado de hits radiales de los '70 que se llamaba Stock privado. Por ahí anda la cosa.

¿Cuál fue el último?

El último CD que compré fue Morning phase, de Beck. Igual, comprar es un decir. Me gustó tanto, que quise que lo escuchara mi hermano Mariano. Y a él le gustó tanto que se lo quedó.

¿Qué disco jamás prestarías?

Los discos y los libros nunca se prestan. Cada vez que presté un libro o un CD supe que lo perdía para siempre. Me pasó a mitad de los ´90 con Into the great wide open, de Tom Petty, que se lo presté a Beto Olguín de Los Pérez García; supe que nunca más volvería a escuchar ese CD en casa. La persona que toma un disco o un libro prestado ya sabe desde el vamos que va a establecer con ese objeto un vínculo especial, y que ese vínculo especial es el que va a justificar en el futuro la no devolución. No tengo acciones de YPF, ni euros, ni varias propiedades, ni autos; sólo tengo discos y libros. Es, tal vez , mi única riqueza. Lo único que tengo ordenado por autor y por año de aparición. Ver una mano ajena inmiscuirse en esos territorios me genera un fuerte temblor interno, lo confieso. Eso sí, nobleza obliga: me he cansado de tomar libros y discos prestados.

¿Cuál fue el disco que más veces prestaste o regalaste?

Los discos y libros que más nos gustan son los que después terminamos regalando a nuestros amigos. Regalar puede parecer un gesto de generosidad, pero también me parece una forma elegante de egocentrismo. Cada vez que escuches o leas ese objeto estará uno agitando los brazos, diciendo: ¡ey, acá estoy yo! Como dice la canción perfecta de Silvio Rodríguez: “donde vayas que saltes o que gires, habrá un segundo mío, para que lo suspires”. Igual es hermoso recibir regalos y, como buen egocéntrico, me encanta regalar. Últimamente regalé mucho Suck it and see de los Arctic Monkeys. Y también regalé bastante los libros de la Premio Nobel canadiense, Alice Munro, preciosos.

¿En qué lugar ponés los discos que vos grabaste?

En el lado de los de rock nacional, por supuesto.

 ¿Cuál fue el primer disco que bajaste?

Debe haber sido de Jorge Drexler, seguro. Porque era el 2001, no tenía un mango, tenía una buena conexión a Internet, y eso. Pero no suelo bajar discos.

¿Cuál fue el último?

Sinceramente, no recuerdo cuál fue el último.

¿Cuál fue el disco que más veces recomendaste o linkeaste?

Recomiendo muchos discos de artistas locales que están surgiendo. Los discos de Coiffeur me cansé de recomendarlos. Los de Florencia Ruiz. Me encanta Tiempos difíciles, de Pepe Curioni y sus Particulares. O los discos de bandas que me gustan como Los Estelares, Tipitos, o los de Gonzalo Aloras.

¿Hay algunos discos en tu computadora de los que tengas vergüenza?

La verdad que no tengo discos que me avergüencen en mi PC.

¿Escuchás tus discos en mp3?
Apenas salen mis discos me los cargo en el celu o en el I-Pod. Después de un tiempo, me olvido y ya dejo de oírlos y me concentro en los mp3 de los demos de las nuevas canciones.

Publicada en Revista Paco, 5 de junio 2014.


viernes, 16 de mayo de 2014

Que canten los niños


Publicado en Revista Cocoa, mayo 2014.

Por Nando Varela Pagliaro

No recuerdo cuándo escuché por primera vez una canción. Mucho menos podría recordar cuál fue esa canción, ni en dónde estaba cuándo la escuché. Como la presencia del Yo, para mí la música siempre estuvo conmigo. Era, como canta Fito Páez, “parte del aire”. Sin embargo, si me esfuerzo, alcanzo a verme tomado de la mano de mi madre, caminando por alguna calle de Floresta, yendo a dejar a mi hermano mayor en la escuela. A la vuelta, nada nos apura y nos sentamos en un banco de la plaza a cantar. En realidad, yo sólo escucho, mi madre es la que canta: “Osías el osito mameluco, paseaba por la calle Chacabuco, mirando las vidrieras de reojo, sin alcancía pero con antojo”. “Estaba la reina batata sentada en un plato de plata…”. Es posible que esas imágenes, que esas canciones de María Elena Walsh sean unos de mis primeros recuerdos.
La mayoría de las cosas que nos modifican surgen en la infancia. El escritor Fabián Casas dice que la infancia es el único momento donde se toma combustible y después no se vuelve a cargar nunca más. De la calidad de ese combustible depende el tipo de persona que uno  va a ser cuando las papas quemen.  Si bien es cierto lo que dice Casas y es en los primeros años de vida en los que se incorporan la mayor cantidad de valores y conocimientos, está demostrado científicamente que aún antes de nacer, el bebé también es capaz de ver, oír, sentir y hasta aprender "in útero". Por eso no se equivocan los padres que ponen especial atención a la música prenatal. Es sabido que llevar a cabo este tipo de estímulos puede enriquecer enormemente el desarrollo físico, emocional e intelectual de sus hijos. Incluso se ha comprobado que poco después del nacimiento, la música y las voces escuchadas en el vientre materno, tienen un efecto sorprendente en los bebés, ya que dichos sonidos y voces quedaron impresos en su memoria y, al escucharla nuevamente, son asociados con sensaciones placenteras. En el desarrollo posterior del niño, la música también adquiere vital importancia. Gordon Shaw, de la Universidad Irvine en California, dijo: "Al escuchar música clásica, los niños se estimulan, ejercitan neuronas corticales y fortalecen los circuitos usados para las matemáticas. La música estimula los patrones cerebrales inherentes y refuerza las tareas de razonamiento complejo".  Shaw probó darle clases diarias de piano y canto a diecinueve preescolares. Luego de 8 meses, con su investigación comprobó que los niños mejoraron sustantivamente en sus razonamientos, comparados con los niños que no tomaron las clases de música. Entre otras cosas, demostraron mayor habilidad en rompecabezas, dibujo de figuras geométricas y en el copiado de patrones de dos bloques de colores. Por lo tanto, concluyó: “Mientras más temprano es expuesto al niño al lenguaje musical, mayor es el aprendizaje hacia las formas de razonamiento, las matemáticas, el lenguaje y el fortalecimiento de las emociones”.
Ahora bien, por dónde empezar o qué música es conveniente para entrenar al cerebro para obtener mejores resultados, son interrogantes de variadas respuestas. La música para chicos tiene muchísimos exponentes dentro y fuera del circuito comercial. Si hiciera un listado de artistas, sería tan extenso como incompleto. Pero, sin duda, María Elena Walsh, Pipo Pescador, la dupla Hugo Midón - Carlos Gianni y Margarito Tereré, por dar algunos nombres, tienen su silla reservada en la mesa de los más grandes. En la actualidad, tal como expone José Totah en Plegaria para un niño despierto: “han surgido varias bandas y solistas que escriben música para chicos desde un lugar poco convencional, alejándose de costumbres televisivas y esquivando las fórmulas más comerciales, que buscan ser sólo pegadizas. De Luis Pescetti, Magdalena Fleitas y Los Musiqueros a bandas como Vuelta Canela o El Resorte, muchos de estos autores hablan de género, duelos, amores no correspondidos o miedos, tienen mucho humor e incorporan ritmos latinoamericanos como reggaetones, huaynos, vallenatos y cumbias”. Lo original de este nuevo cancionero infantil quizás resida en que “antes se hablaba de situaciones y valores ideales, mientras que ahora entra en escena el niño real, no como una entidad. Ya no hablás de ‘los niños’ sino de tal anécdota que le pasó a tal chico y sin una bajada de línea”, sentencia Pescetti. Este santafesino oriundo del pueblo San Jorge, que tal vez hoy sea el principal referente de la música para chicos, emigró durante el menemismo y regresó al país en el 2001, para luego de años de esfuerzo, desbordar teatros con públicos de todas las edades. Pescetti, ademàs de canciones, escribe literatura infantil, es docente, musicoterapeuta y tiene la gran virtud de llenar el escenario él solo con su guitarra y el poder de su música.
 Al fin de cuentas, de eso se trata: la música, siempre la música. Como escribió Kurt Vonnegut, “la única prueba de la existencia de Dios”.

Tres discos que no pueden faltar:

Canciones para mí – María Elena Walsh: 
Junto con Canciones para mirar (1963) y El país de Nomeacuerdo (1967) es una de las grandes joyas del cancionero infantil latinoamericano. Incluye, entre otros clásicos, Manuelita la tortuga, Canción de tomar el té, Twist del Mono Liso, Canción para bañar la luna, calles de Paris, Los castillos y Don Dolon Dolon.



 Vivitos y coleando 1,2 y 3 – Hugo Midón-Carlos Gianni: 
Banda de sonido de los míticos espectáculos teatrales. Canciones que nunca pierden vigencia, que hablan de la solidaridad y el valor de las cosas simples en un recorrido por diversos ritmos musicales. Cantada por el primer elenco que tuvo la serie: Andrea Tenuta, Carlos March y Roberto Catarineu.
                                                                                                                  
Inútil insistir – Luis Pescetti: 
Grabado en vivo en los teatros porteños Metropólitan y ND Ateneo. Obtuvo el Premio Gardel al mejor álbum infantil del año 2008. Se destacan canciones como Con esa cara de pescado, Mi mamá me mima y la tradicional Sal de ahí, chivita, chivita.

martes, 6 de mayo de 2014

Del infierno grande al infierno íntimo


Por Nando Varela Pagliaro

Si en la tapa no hubiera una perra con el hocico manchado, sería fácil pensar que estamos ante otro libro más de los tantos que ya hay sobre el Sumo Pontífice. Pero no, San Francisco, el título que eligió Luciano Lamberti para su libro de poemas, no tiene nada que ver con Jorge Bergoglio, sino que hace referencia a la ciudad ubicada al Este de la provincia de Córdoba. Es en este paisaje donde se mueven los protagonistas de sus versos: caminan sus calles, respiran su falsa tranquilidad, ese viento que sopla tímido y nos deja escuchar la respiración propia, la voz propia. Ahí todo se apaga y se enciende, avanza y retrocede. Nada sobra y nada falta: un verano en la pileta del club, un invierno leyendo enciclopedias junto a la estufa a kerosén, un heladero siniestro, tres profesores de karate y hasta un alemán que recorre los pueblos para mostrar una colección de boas. Luego, cambia el paisaje y en sus versos, sencillos y cotidianos, Lamberti nos lleva del pueblo a la ciudad, de San Francisco a Córdoba Capital, del infierno grande al infierno íntimo.
“Y a veces va de Córdoba a San Francisco, mirando un thriller en un descompuesto televisor de colectivo, con toda la buena gente de campo roncando y tosiendo en los asientos paranormales del Expreso”.
Una vez en la ciudad, en la feria marciana de la peatonal, los sonidos y los personajes son otros. Sin embargo, su mirada, teñida de infancia y melancolía, es la misma.
“Él no ha dejado de ser el que nadaba en una pileta nocturna, el que afilaba las ramas con un Tramontina, el que jugaba a la guerra entre el sorgo”.
Lamberti desplaza su voz y se corre del mandato que impone el género. Algunas veces evita el sentimentalismo y otras pocas lo transita en “su bicicleta, con una bufanda alrededor de la cara y las manos moradas y pálidas”, pero no por eso cae en el lugar común. Su territorio cobra sentido en lo familiar, en lo natural, en el cuestionamiento, en los silencios, en lo no dicho como una elección y no como una falencia. Si un universo y un horizonte personal son necesarios para que la literatura sirva como una puerta de ingreso a otros mundos, Luciano Lamberti se puede quedar bien tranquilo. Esos dos elementos ya los tiene de sobra en su escritura, en estos versos que se cruzan y se mezclan con la narrativa.
San Francisco es un libro vital, sencillo y profundo, ideal para leer en una reposera al lado del río o arriba de un colectivo que va a ninguna parte.
Publicado en Eterna Cadencia, mayo 2014.

jueves, 10 de abril de 2014

Vivir para contarla


Por Nando Varela Pagliaro

Yo estaba internado todavía, iba con un acompañante terapéutico al taller. Era un problema. Todos los martes me acompañaba desde San Isidro. Se quedaba en lo del esposo de Liliana. Una vez le faltó no sé qué. Le dije: “loco, no robés”. Lo devolvió y pidió perdón. Después me siguió acompañando y le siguieron dando confianza. Un día estaba muy podrido y le dije a Liliana que no iba a ir más. Liliana, esperó que se fueran todos y me dijo: “te voy a decir esto que nunca se lo dije a nadie y tampoco te lo voy a volver a decir a vos. Quizás vos seas fundamental para la literatura; yo no lo sé, pero te aseguro que la literatura es fundamental para vos. Si no venís, te vas a derrumbar”. Le hice caso y seguí yendo. Desde ese lugar empiezo cada día.

Liliana es Liliana Heker y el que le hizo caso y siguió yendo para no derrumbarse, para vivir para contarla es Pablo Ramos, un tipo difícil, intenso, profundo, talentoso, francotirador, dueño de una de las voces más interesantes y necesarias de la literatura argentina. Con él estuve hablando en su casa de Paternal, rodeado de libros, guitarras y máquinas de escribir.

-En algunas entrevistas  dijiste que mucha gente quizás no vio la gran valorización de la palabra que hay en La ley de la ferocidad, que lo que termina salvando a Gabriel Reyes, esta especie de álter ego tuyo,  son las palabras, ¿por qué creés que no se ve el trabajo que hay detrás de lo que escribís?

- Acá hay un prejuicio grandísimo, aún en escritores amigos,  y eso me hace reír y también aislar un poco. El hecho de que sea público que yo solamente tengo la primaria, hace que muchos que se autodenominan brillantes el uno con el otro y yo no los veo tan brillantes,  no puedan ver lo que verdaderamente hay en lo que escribo. Detrás de historias muy fuertes hay un enorme ejercicio literario. Yo creo que la Ley de la ferocidad es una novela con una aventura del lenguaje como pocas. Y ése es el verdadero valor que tiene. De hecho, en cada historia mía se puede encontrar un lenguaje completamente diferente, como si yo fuera personas diferentes. De eso se trata el trabajo literario. No hace falta escribir sobre niños que se convierten en mariposas. Está bueno también, pero no es eso un ejercicio de la imaginación superior a imaginar una situación real e imaginarla de manera perfecta y ahondar en los sentimientos, en las intenciones, los secretos y las reservas de los personajes. Igual, no importa que ellos no lo puedan ver porque lo pueden ver muchos lectores, y lo puedo ver yo para poder seguir escribiendo cada vez mejor. Escribir cada vez mejor significa entender cada vez más profundamente qué quiero con la escritura. Con En cinco minutos levántate María lo encontré un poco más. Ahí directamente me tuve que correr de cualquier autorreferencia directa porque es un personaje completamente distinto a mí. Y con este libro, todas esas personas que tienen ese prejuicio quedaron asombradas. Pero ese asombro a mí no me dio felicidad porque en realidad es como si ellos pensaran que yo no podía escribir nada que no fuera cercano a mí. No lo tomo como un halago sino más bien como que son cortos de vista.

-Volviendo a  la salvación y las palabras, ¿te acordás en qué momento sentiste que podías elegir este otro camino lleno de libros y letras?

-Sí, me acuerdo perfectamente. Fue  cuando entré en el taller de Abelardo Castillo.

-Me refiero a antes que eso, porque me imagino que antes de empezar a escribir, primero te salvó la palabra ajena, las palabras de otros escritores, ¿no?

- La lectura de alguna manera me salvaba pero no tanto como la escritura. Porque en eso que dice Santa Teresa “las palabras llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura”, se refiere a la palabra escrita. Yo empecé a ordenar, cuando empecé a escribir, cuando pude escribir desordenadamente lo que pensaba que era algo ordenado y pude ver que eso era un caos y que era el reflejo de mi vida. Entonces, cuando escribí el segundo borrador de ese caos y lo organicé, sin darme cuenta, empecé a organizar mi vida. Como si al corregir un texto, me fuese corrigiendo yo. En mi manera de escribir eso es un paso fundamental. Yo me corrijo para corregir un texto. Quizás a la persona que le debo una palabra ajena es a Mario, un tipo de Alcohólicos Anónimos que conocí cuando estuve en la cárcel de Caseros. Sus palabras no sólo me ayudaron sino que me incitaron a escribir. Alguna vez lo conté en mi blog. Yo le hinchaba tanto las bolas a Mario que él me decía: “no me lo contés, escribilo porque no te aguanto más”. Y con esto, creo que él lejos de querer sacarme de encima, confiaba que al escribir yo iba a ordenarme. Yo estoy convencido de que los psicólogos tendrían mucho menos trabajo si la gente llevara un diario personal en el que poder ordenar todo lo que hace. Ver qué cosa mereció hacerse y qué cosa uno no hizo. Leerlo y ver que no es tan grave; mañana puedo empezar y ser más ordenado. Inclusive si uno se anima podría escribir el diario de mañana, yo durante mucho tiempo llevé el diario de mañana.  Es loco pero yo me anotaba lo que iba a hacer, exactamente todo. “Me levanté a las ocho, desayuné, llamé a mi hijo. Leí por lo menos veinte páginas de un libro. Escribí por lo menos media página”.  Después intentaba parecerme al del diario. Tiempo después leí a Carson McCullers que dijo “todo lo que escribo me pasó o me va a pasar”. Uno tiene la posibilidad de convertir a la máquina de escribir en la máquina del tiempo.  En dar un paso hacia adelante. Empezás escribiendo lo que te pasó, después escribís lo que te va a pasar y al final lo que te va a pasar como si te hubiera pasado y ahí ya estás en un lugar alucinante.

-Abelardo Castillo, que es uno de tus maestros, siempre habla de la literatura como una especie de destino, no como un oficio o una vocación, ¿estás de acuerdo con esa concepción de la literatura?

 -Sí, estoy de acuerdo con casi todo lo que dice Abelardo. Para mí hoy es el intelectual vivo más brillante que tiene Latinoamérica. La literatura es un destino y a mí me encontró más que yo encontrarla a ella. Abelardo también dice que no se corrige texto, se corrige persona y se corrige moralmente. Yo soy un escritor moral, mis textos son plenamente morales porque creo que la vida es una aventura moral y la literatura es un reflejo de la vida.

-Siguiendo con  otras ideas de Abelardo Castillo, él dijo que preguntarle a un escritor cuándo escribe es obligarlo a mentir, ¿vos también tenés esa relación culposa con la literatura? ¿sentís que escribís menos de lo que podrías?

-Sí, nunca escribo. Ahora estaba por escribir y me fui a ver un partido de fútbol. Siempre postergo, esquivo. Es igual de tortuosa mi relación con la escritura pero creo que tiene que ver con todo lo interior que necesito que cuadre, que cuaje y que no sé bien qué es, qué falta. Nunca es el momento adecuado para escribir. Pero por otro lado, siento que también uno está escribiendo todo el tiempo. De la misma manera que no escribo nunca, escribo todo el tiempo porque mi vida es sólo esto. Me paso semanas enteras en esta casa. Quizás salgo una vez por semana a la calle. Voy al Chino, que lo tengo al lado y no mucho más. Después estoy todo el tiempo rodeado de papeles, de máquinas de escribir, de computadoras, de libros y todo el tiempo planeando. Yo creo, y esto es algo que también dijo Abelardo, tanto el mejor escritor como el peor escriben de la misma manera: como pueden y cuando pueden.

-En una entrevista que diste decís una frase bastante peronista, decís que preferís estar del lado de los que hacen, que del lado de los que critican, ¿cuál es tu relación con la crítica, pero no con la especializada, sino con la de la gente que realmente te importa?

-Con ellos la relación es bárbara. Son mis lectores de confianza y me hacen una crítica como la del taller. Es un crítica dada desde el amor, desde la confianza en lo que estoy haciendo y desde la más absoluta despersonalización. En cambio, en la crítica especializada, el crítico quiere escribir con la sangre del escritor. Es una rata por eso. Abelardo Castillo también dice “si no amás a la literatura, no escribas, pero por favor no seas crítico”. Hablo de los críticos que no aman a la literatura. Yo igual los saludo y los careteo. Yo tengo una crítica de La ley de la ferocidad en la que una periodista dijo que la escena de las palomas era un “kiss literario”. A eso después le agregaba que yo escribía bien, que estaba excelentemente redactada, como lavando la culpa porque tenía que decir algo. Pero a veces es mejor mojar la pluma en tu propia sangre.  La letra sale más apretada y quizás hay más riesgo, pero mojar la pluma en la sangre de los demás es bastante impune. Esa crítica de la que te hablo, salió en Ñ. Fue muy gracioso pero no lo tomé a mal porque para eso no publico. Era genial porque la gente me decía “che, que buena la crítica en Ñ” y yo decía “no, si me da con un caño”. Pero eso no lo leía nadie, todos veían la foto enorme que estaba arriba del texto.  Es una pena porque es hasta ahí donde llegan. No pueden ni hacer que lean lo que escribieron porque las palabras son impotentes. El texto no significa nada, el texto es una cascarita sutil que flota en el contexto. El mar es el contexto. En ese contexto de no sentir nada, tu texto puede ser perfecto, pero una cascarita perfecta y una cascarita imperfecta flotando en el mar quién la puede diferenciar. La diferencia es el mar, no la cascarita.
Una vez yo estaba en San Juan dando un taller y me mandé una cosa muy soberbia. Yo no suelo ser soberbio, pero lo soy. Lo contengo, pero esa vez no pude porque los talleristas eran  muy insoportables. Todo el tiempo desconfiando y yo no lo puedo entender porque yo no fui a su taller, ellos vinieron al mío. Yo me pregunto, si vos me leíste y golpeaste la puerta de mi casa, ¿no merezco al menos que me escuches? En esos días, como estaba muy cansado, lo único que pedí es que no me fueran a molestar al hotel desde las dos hasta las seis que yo me lo tomaba para escribir, antes de ir a dar el taller. Pero un pibe, el más insoportable, vino igual. Entonces, yo que ya estaba re podrido, le dije: “Hacé una cosa. Agarrá una hoja, ponela en la máquina y escribí en el medio de la página la palabra mierda”. El flaco la escribe. Saco la hoja. Pongo una hoja yo, voy al medio de la página y escribo mierda. Saco la hoja y pongo una hoja al lado de la otra y le digo la mía es literatura y la tuya no. El flaco me puteó, me dijo de todo, que quién me creía que era. Yo lo dejé descargar y después le dije: ¿por qué escribiste la palabra mierda? Porque vos me lo pediste, me responde el pibe. ¿Y en qué pensabas? En nada, me dice. Bueno, entonces sabés qué lejos que está tu palabra de esa cosa amarilla, líquida, que sale hasta de las orejas de una persona cuando la muelen a palos en un calabozo de castigo. La palabra mierda no huele a mierda. La palabra amor no ama a nadie. La palabra dolor no duele. Las palabras quieren decir o significan, sino el arte del escritor consistiría sólo en redactar bien y todos harían libros como los de Alan Pauls. Como Historia del pelo y todo eso, que pueden estar bien redactados, aunque ni eso, y por más bien redactados que estén, como decía Quique Fogwill, no le mueven un pelo a nadie. Lo que hay que entender es que la literatura es para una minoría y que esa minoría vale la pena. Es como un sentimiento muy menor el que uno tiene a la hora de escribir. Una intención de eternidad, de gloria, que conecta con un puñado de gente, que cuando los conozco, son todos mejores que yo. Eso en algún punto, habla bien de mí.

-Cuando te sentás a escribir, ¿pensás en esa gente?

Sí, pienso. Mi libro El camino de la luna iba a tener más cuentos que no eran del universo del libro. Entonces mi editora me dijo que ella los dejaría para otro libro. Pero yo le dije que los libros están muy caros y la gente quiere leer cuentos míos. Cuando le dije eso casi me mata. Cómo no voy a pensar en los que me leen si son ellos los que me están permitiendo tener confianza para llevar adelante una vida, que no es difícil, porque estoy muy bien desde que me dedico sólo a escribir, pero que por momentos es muy dura, que no es lo mismo que difícil.

-En referencia a la crítica, antes te nombraba una frase tuya bastante peronista.  Es muy gracioso cómo fue tu primer contacto con el Peronismo.

- Sí, mi viejo tuvo mucho que ver en eso. Un día en la escuela, estaba en quinto grado y por primera vez escuché la palabra peronista. Entonces, apenas llegue a mi casa, le pregunté a mi viejo: papá, ¿qué es peronista? Y él me respondió: “lo que vas a ser de acá hasta que te mueras, si no querés que te rompa el culo a patadas”.  Una buena forma de adoctrinamiento. Pero después me afilié al Partido Obrero. Fundé el local de Avellaneda, milité cuatro años. Estudié El capital, la historia de la revolución rusa, Los diez días que conmovieron al mundo, Lenin, Teoría de la revolución permanente, me morfé a Trotski, que me encanta como escribe. Un día le quise explicar a mi papá y él me dijo, yo tengo una sola ideología “ahí donde hay una necesidad nace un derecho, Eva Perón”. Eso me quedó para siempre. No hace falta estudiar nada más, entra todo en esa frase. Claro, el peronismo tiene un líder fascista y la izquierda nunca lo entendió porque ese detalle es duro. Pero en excusa de ese detalle se volvieron “gorilas” y descreyeron de todo el movimiento obrero que significó, todos los logros que significó y terminaron en una teoría que es “cuanto peor, mejor”, que es la teoría que hoy tiene el trotskismo argentino. A mí me da esa sensación cuando los escucho. Hoy, quizás por mi edad, pienso que el mientras tanto a mí me importa porque mientras tanto, por ahí se me fue la vida.

- Con respecto a los talleres, vos que tenés experiencia desde los dos lados, porque primero fuiste alumno de Liliana Heker y de Abelardo Castillo y ahora tenés  tu propio taller, ¿pensás que los talleres realmente pueden incidir en la formación de un escritor?

La verdad no. Los míos inciden mucho en la formación de las personas. “La exactitud fundamental del aserto es la única moralidad de escribirlo”, dice Ezra Pound. Yo hablo mucho de la moral del lenguaje. Existe una moral del lenguaje. Yo creo que en el constante leer lo que uno escribió, tiene que encontrar lo que quiere escribir. En el constante leer lo que quiso escribir, tiene que encontrar lo que debe escribir. Lo que debe escribir es en función a la historia. Todo el tiempo en mis talleres se forma un espíritu crítico. Se entiende que la literatura debe ser un hecho colectivo, que hay que tener lectores de confianza, críticos. Es un hecho colectivo porque a la vez se nutre de otras literaturas. Mi cuento En un cuaderno de hojas lisas es la escritura de La cura de Cheever. Yo no podía más con ese cuento y pensaba en dejar de escribir, pero Abelardo me dijo “escribilo otra vez” y escribí ese cuento. De hecho es un homenaje a Cheever, cuando digo “quizás esta sea la nueva cura que reemplaza el arrojar huevos a la calle”. Y con lo de arrojar huevos, se tiende a pensar que en mis libros se pueden encontrar detalles de mi vida privada, pero muchas veces es muy ignorante la crítica con respecto a lo que es el proceso de creación, parece que ni leyeron a Sartre o no se acuerdan. Es la esencia espiritual de lo vivido, eso es lo digno de ser narrado. Si hay una idea reparadora de la salud, tiene que ver con romper. Yo creo en romper todo, guitarra, casa, platos. Yo rompo las cosas, y qué cosa puede ser más frágil que un huevo. Entonces, yo me dije qué hermoso, ¿no? Nunca lo hice, porque de haberlo hecho no lo hubiese podido escribir. Porque la sensación es escribir lo que debe ser. De ahí salió la idea de los huevos. Es un poco lo que decía Sartre, “un escritor dinamita su vida y construye con los escombros de su biografía los ladrillos de su literatura”.

-¿Te molesta que muchas veces se crea que toda literatura autobiográfica tiene que ver con cierta falta de imaginación del autor?

- Primero que autobiográfico es un término que está mal. Mi biografía no es esa, en todo caso es autorreferencial. Yo creo que la gran literatura está hecha de eso. Inclusive lo mejor de Borges.  “Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”.  Y el tipo era ciego y trabaja en la Biblioteca Nacional, está claro que es autobiográfico el poema. Para mí hay que tener mucha más imaginación para ser Bukowski que para ser Tolkien, te lo aseguro. “Alguna gente es joven y nada más / alguna gente es vieja y nada más / Y alguna gente está en el medio / sólo en el medio”. Para escribir “Nota sobre la construcción de las masas” hay que tener más imaginación que para escribir “El Señor de los Anillos”, que está bueno, pero que es la mitología de todos los días, donde los lindos son eternos y buenos y los feos son negros y vienen en elefante. Tolkien le tenía miedo a los musulmanes. Era uno de los siete escritores católicos, pero parece que ahí no quieren ver el racismo ni el fascismo. En Perón es más fácil porque se ponía un uniforme, éste agarraba una lapicera. Pero si ves lo que atacan, son unas hordas de musulmanes salvajes. Eso es terrible y no es una imaginación muy superior. Aparte en un contexto así, yo traigo un personaje que salta y atraviesa la reja y nadie se sorprende. Ahora si Gabriel Reyes salta y atraviesa una reja van a pensar que se tomó un ácido. Al estar anclada en el mundo real, que parafraseando otra vez a Castillo “hay muchos mundos reales”, uno está jugando con reglas que conocen todos, entonces la imaginación debe ser perfecta.

- Recién nombrabas a Bukowski, ¿cuánto pensás que pesa a la hora de leer a un escritor, el mito o la figura que se construye detrás del escritor?

-Creo que de alguna manera soy más jodido de lo que parezco. En algunos reportajes, cuando sale un libro, digo cosas que me voy guardando para que influyan en la lectura. Un periodista de Página 12 se dio cuenta de eso, de qué manera también con lo que digo construyo mi obra. Yo estoy construyendo mi obra todo el tiempo. Cuando camino, cuando hablo, cuando respondo un reportaje estoy construyendo algo que me obsesiona.  Porque construyo mi obra alrededor de mí, no la construyo sólo en un papel y hacia adelante. Construyo capas y capas de algo que se solidifica y hacen una pelota cada vez más grande.  Llega un momento que estoy perdido ahí adentro y no sé ni quién soy yo. Eso está bueno para escribir una novela. No puedo llegar a mi casa y poner en la perilla novela y listo, porque lo que voy a escribir es una mala novela. En cambio en mi forma de trabajar, mi casa se transforma en la novela.  Como la casa es grande, elijo lugares distintos para escribir. Tengo un colchón al lado de la máquina de escribir porque por más que mi habitación esté arriba, no son pocas las noches que necesito tirarme una hora, levantarme y seguir escribiendo. Me preguntan si voy a comer algo y yo sigo acá, siempre escribiendo. Mi literatura es una literatura física, la vivo con el cuerpo.  Porque además de construir mi obra, quiero traer algo a la literatura. Yo creo que renové algunos votos que se creían viejos porque lo que escribo no aburre y también profundiza. No hace falta un diccionario para leerlo, lo que hace falta es detenerse. Muchas veces me dijeron: “leí  La ley de la ferocidad en una semana, pero la hubiera leído en un día si no hubiera tenido que parar y cerrar el libro, tirarlo a un costado porque ya no aguantaba más”. Qué loco generar esa relación física con el libro, con el objeto.

-En La ley de la ferocidad, el padre de Gabriel Reyes le dice que es él, el propio Gabriel, el que va a necesitar contar su historia, ¿alguna vez pensaste cómo hubiera recibido, cómo hubiera leído la historia tu padre?

Es algo que pienso mucho, pero no sé cómo lo hubiera tomado. Mi madre me dio una respuesta aproximada. A mí la lectura familiar de mi literatura me preocupa y ella que es una gran lectora, cuando leyó La ley de la ferocidad me dijo, “me sentí en muchas páginas y es lo mejor que escribiste hasta ahora”. Quizás mi viejo hubiera entendido lo que él quería entender, como los lectores de la crítica de Ñ. De alguna manera él está adentro de la novela con la historia de Rojitas, la única historia que me contó él de verdad.  Ahí está su manera de hablar.  Después mi mamá me dijo algo que para mí fue genial, me dijo que me quedara tranquilo porque sólo una persona que amaba mucho a su padre podía escribir ese libro.

-¿Pensás que podrías haber escrito La ley de la ferocidad con tu padre vivo o fue necesario que él muriera para que lo escribas?

-Sí, porque la historia no hubiera estado terminada con él. Si mi viejo hubiera estado vivo, hubiera tenido la oportunidad no de sentarme a escribir un libro, sino de hacer algo más práctico y amigarme con él, que igual lo hice. Esta casa la arregló mi papá y dos meses antes de que se muriera estábamos muy bien. Lo del asado que nunca se hizo para inaugurar la casa es verdad.  Volviendo a lo que me preguntabas, claro que no lo hubiera escrito con mi padre vivo porque como dice Borges hace falta tener el tema cerrado en la vida y que pase cierta distancia, cierto tiempo para que uno pueda ver con perspectiva. Si hubiera tenido las cosas encima ni siquiera hubiera sentido la necesidad de escribir, hubiera intentado acercarme a él para tratar de torcer esa vida tan desencontrada que tuvimos los dos. Tanto tiempo para dos meses de encuentro y que se muera. Por eso todavía sigo con el tema. En cinco minutos levántate María también es un libro sobre el padre porque con mi mamá no tengo ese conflicto. Mi mamá es todo en mi vida, no quiero ni pensar que un día me falte mi mamá. Cuando murió la mamá de Maradona yo pensé qué terrible, ¿no? Yo me siento muy afín a Maradona en el sentido de haber sido tan adicto, en esa necesidad tan interior de ser querido, de ser reconocido por el hecho de ser mirado. Creo que esa mirada que me negó mi padre, esa falta de reconocimiento me convirtió en este escritor. La falencia me convierte en escritor, no la virtud; la virtud por ahí te hace buen matemático. Cuando Guillermo Martínez se olvidó de las falencias, empezó a escribir esos libros perfectos pero  que no dicen nada. Después de haber escrito Acerca de Roderer o Infierno grande se pone a escribir las huevadas policiales que escribe ahora. El anarquista Rafael Barrett dijo “la palabra es un arma” y yo quiero mantener esa arma cargada y limpia.

-Hablando de Maradona, seguramente recordarás el video en el que a un Maradona muy chico le preguntaban cuál era su sueño. Si hiciéramos un juego similar y a Gabriel Reyes le preguntáramos de cuál de los dos Gabrieles estaría más orgulloso, del empresario exitoso o del que pateó el tablero para dedicarse a escribir, ¿qué respondería?

-Yo creo que Gabriel estaría dolido porque si bien protesta mucho contra el padre, hizo poco para comprenderlo. Después supongo que estaría más orgulloso de la persona que en el momento más menemista, más consumista, más en la cumbre y sin importarle nada, sin medir riesgos, le da un giro total a su vida y se dedica a entender para qué vino al mundo y hacia dónde va. Creo que sin lugar a dudas, estaría orgulloso del que se transforma en escritor. Sería el adulto antiadulto, no ese adulto que lo defraudó tanto. Fijate que el gran defecto de Gabriel desde chico es la sinceridad; nunca tiene filtro y eso tiene un precio muy grande, que es la soledad.  La sinceridad para  decir lo que pensás, aún a riesgo de que no lo puedas argumentar, porque a veces es sólo una convicción. A veces hay personas que hacen la secundaria y logran aprender, pero hay otras que salen bien entrenadas solas para  derrumbar argumentos con otros argumentos.  Pero para derrumbar una vida, hay que arriesgar la propia. Hay cosas que yo no puedo argumentar pero sé que son así y voy para ese lado, temiendo, sospechando y gastando energías en algo que puede no darme ningún fruto o puede darme el fruto equivocado. Sin embargo, creo que eso es lo que hace Gabriel. Cuando Gabriel deja todo, vuelve a esa esencia. Gabriel había dicho “yo me sentía orgulloso de ese padre que pensaba que mejor era morirse”, porque la muerte no es lo contrario de la vida: vivir como un muerto es lo contrario de la vida. El tipo que vive adentro de un shopping, con la tarjeta y va a al trabajo, es una gallina, en una jaula con una luz encendida. Y mira y cree que es un bello sol y piensa qué bien que estoy, qué jaulita tan cómoda con esta comidita, esta agüita y este solcito las veinticuatro horas.  Piensa: esto sí que es vida y a los dos meses se lo comen  al horno con papas. Entonces, por ahí la gallina o el gallo que vive afuera, picoteado, flaco, a riesgo de los depredadores, a riesgo de no encontrar un día de sol, pero el día que lo encuentra  es de verdad.

-Antes hablabas de la infancia de Gabriel Reyes, tu álter ego. Fabián Casas dice que la infancia es la etapa en la que uno carga combustible y después no vuelve a cargar nunca más y que de la calidad de ese combustible depende el tipo de persona que vas a ser cuando las papas quemen. En tu literatura, ¿qué lugar ocupa la infancia?

Yo creo que es la fuente de todo. Lo dice Rilke también en la Carta a un joven poeta. Ahí está todo, las cosas que te importaban y las que no. Están las respuestas de cuando vos pensás que no sabés. Yo me escribí una frase en el estudio en el que escribí La ley de la ferocidad que dice “qué fingís no saber” y mientras escribía, la miraba todo el tiempo. Porque cualquier cosa que yo finjo no saber o me hago el desentendido, voy a la infancia y encuentro lo que ya sé. Ahí ya lo entendí todo. Yo creo que el mejor combustible que uno puede cargar es un combustible de infancia perpetua, tener siempre ante la vida y ante la gente una mirada de chico, de asombro. La infancia es un lugar sin historia previa, es el sólo por hoy. Yo creo que ahí está la fuente de todo.

-Además de literatura, después de hacer el disco con Gabo Ferro, volviste a hacer música, ¿Qué te da la música, que no te da la literatura?

Los sueños de la infancia. Yo quiero ser estrella de rock, siempre quise ser eso. Como dice Paul Auster, que él sigue jugando al baseball, porque eso le recuerda los sueños de la infancia. A mí la música me recuerda y me trae vivos los sueños de la infancia. Ahora que volví a componer, me acuerdo que yo antes componía una canción por día y me pregunto por qué dejé de hacerlo. ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Lo que me dé plata? ¿Tengo que ser el mejor? No, tengo que escribir una canción hoy, con tres acordes y tocar todos los días. Entonces, empecé a sacar los instrumentos, las cosas arrumbadas, el cuatro, la guitarra y la trompeta, que toco bastante bien. Tengo que tocar, que la vida se va. Si no hago esto, ¿qué voy a hacer?

Publicada en Revista Paco el 9 abril de 2014.