lunes, 11 de abril de 2016

Entrevista a Liniers:“El trabajo de los hijos en algún momento es asustar a sus padres”


Nando Varela Pagliaro

“Cuando me llegó la propuesta del Zorro Rojo yo estaba en un momento en el que tenía demasiado trabajo y me había propuesto decir a todo que no. Sin embargo, cuando empecé a leer el libro y vi que eran todos crímenes súper sangrientos, me di cuenta de que podía encontrar un lado B de lo que yo hago. Además, el hecho de trabajar sobre un texto que no era mío me permitía pensar solo en la propuesta estética, en la forma en que quiero dibujar”. Ese libro lleno de sangre es Crímenes ejemplares y el que habla desde su casa-estudio en Barrio Norte es Ricardo Liniers Siri, el mismo que desde hace más de trece años ilustra las contratapas de La Nación con su tira Macanudo.  

- “A veces se agacha para observar el mundo desde el mismo punto de vista que tenía cuando era niño”, escribiste en una de las recientes tiras de Macanudo. Cuando hacés ese ejercicio, ¿qué es lo que ves?

-Antes tenía que hacer memoria, pero ahora que tengo a mis hijas, tengo ayuda memoria. Es muy divertido espiarlas y ver cómo van descubriendo cosas nuevas. Por ejemplo, ahora Clemi acaba de descubrir a Michael Jackson y no puede creer que el tipo camine para atrás. Lo bueno es que para ellas todo es nuevo.

-¿Y vos te acordás cómo eras de chico?

-Uno nunca sabe bien cómo era. Tengo la sensación de que era bastante tímido. Era de los que miraban desde el costado, nunca fui el centro de atención. Mi hermana Juana sí era la que comandaba todo. Ella era más chica que yo, pero me acuerdo de que en la Navidad se ponía a cantar con mis tíos canciones de Sinatra y yo no podía creer que se animara a hacer algo así.

-Me hablabas de Clemi. Además de ella, tenés dos hijas más, Matilde y Emma. ¿En qué cosas de ellas te reconocés?

-Tal vez por una cuestión medio egocéntrica, lo primero que siempre vemos los padres son las cosas que tenemos parecidas con nuestros hijos. En mi caso comparto con ellas ciertos niveles de obsesión. Me acuerdo que cuando Matilde tenía cinco años se obsesionó con los dinosaurios. Siempre pensás que en algún momento tu hijo te va a decir algo que te va a dejar humillado en tu falta de conocimiento, pero uno cree que eso va a pasar cuando ya tenga quince o dieciséis años. Sin embargo, a mí me pasó cuando Matilde tenía solo cinco. Una tarde, como la veía entusiasmada, le dije: “Matilde, si estudiás mucho, un día vas a ser arqueóloga y vas a poder buscar dinosaurios”. Matilde me escuchó, esperó a que terminara y me dijo: “Ay papá, los paleontólogos buscan dinosaurios, no los arqueólogos”.

-Tu profesión tiene mucho que ver con la infancia, ¿cuándo sentís que traicionás al pibe que fuiste?

-Podría decirte que tuve muchos cambios sustantivos en mi personalidad. Si ese pibe tímido hoy me viera arriba del escenario con Kevin [Johansen] haciéndome el payaso, no podría manejarlo. De todos modos, a mí me gusta pensar al revés de lo que vos me decís. Porque muchas de mis tiras de Macanudo son mensajes a mí de chico. Me ilusiona pensar que a alguno le caerá justo una tira que a mí me hubiese servido. Esas son de las cosas más lindas que tiene este laburo.

-Supongo que en tu época, los líderes del grado eran los que mejor jugaban a pelota. Ser el que mejor dibujaba, ¿qué beneficios tenía?

-Tenía beneficios maravillosos para el que mejor dibujaba, que no era yo. Como mucho entraba en un elegante tercer puesto. Yo me juntaba con dos o tres a los que no se nos daba muy bien el deporte, nos gustaba dibujar historietas, leíamos los libros de Stephen King y veíamos las películas de Spielberg. Cuando jugaba a la pelota, como era muy malo, me gritaban mucho y la verdad es que no me gustaba. En cambio lo bueno de dibujar historietas era que no te retaba nadie. 

-Decís siempre que todo el mundo dibuja, pero llega una edad en la que algunos paran y otros siguen; los que siguen son los dibujantes en serio.

-Con la historieta hay un error conceptual porque la gente cree que hay que dibujar bien.  Cuando en verdad lo importante en el humor gráfico es dibujar gracioso, no dibujar bien.

-Y en tu caso, ¿cuándo te diste cuenta de que el dibujo era algo serio y que podías vivir de dibujar?

-Fue gradual. De chico nunca pensé en que iba a poder vivir de esto. Por eso me anoté en Derecho y en Publicidad, pensando en que tenía que vivir de algo que no fuera matemático o que no involucrara la sangre. Esos eran mis dos parámetros. Pero al tiempo de estudiar me di cuenta de que ninguna de las dos carreras me interesaba demasiado, así que empecé a hacer algo para mí. Ahí me anoté en un taller de historieta porque me acordé de que cuando era chico me gustaban las historietas. Ese fue el “momento Robocop” de mi vida. ¿Viste que Robocop apunta con la mira y cuando encuentra el objetivo suena una especie de alarma? Bueno, cuando me anoté en esos talleres sentí que con la mira encontraba lo que estaba buscando. 

-¿En tu casa cómo lo tomaron?

-El trabajo de los hijos en algún momento siempre es asustar a sus padres. Seguramente, mi viejo que es abogado, cuando yo estudiaba Derecho se imaginaría que yo iba a seguir sus pasos, pero de repente tuvo que cambiar de idea. Me lo imagino hablando con sus amigos: “Che, ¿en qué anda Ricardito? No ahora está dibujando duendes”. Dejando el chiste  a un lado, tuve mucha suerte de que si bien era un poco extraterrestre el planteo que les hice a mis viejos, ellos enseguida me apoyaron. Además, con el tiempo me fui dando cuenta de que no fue culpa mía, sino de ellos. Porque fueron ellos los que a los diez años me hacían ver películas de Woody Allen, los que me mostraban a los Monty Python y me decían “leé este libro de Kafka que te va a encantar”. Estoy seguro de que si le das de leer Kafka a un chico de diez años, no hay muchas chances de que generes un abogado.

-Alguna vez contaste que hiciste un dibujo de Mazinger, que para vos era increíble y se lo llevaste a tu mamá para que lo viera. Ella lo vio y te dijo que estaba bárbaro. Después le llevaste un mamarracho y te dijo lo mismo. En lo que hacés, ¿cuánto te influye la mirada de los otros?

-Cuando decidí dedicarme a la historieta, de algún modo anulé la mirada de los otros. A partir de esa decisión siempre hice lo que necesité hacer, no lo que debería hacer. En un momento me daban miedo las comparaciones porque ponía mi chiste pésimo y al lado ponía todo Mafalda. Obviamente no voy a llegar a hacer algo como Mafalda, pero descubrí que lo importante es poner un ladrillo por día, que hacer una historieta es algo gradual.  

-En esto de hacer un trabajo diario, decís que una vez que hiciste cinco mil chistes es mucho más fácil pensar uno que copiarlo. ¿Tenés miedo a la hoja en blanco, a que ya no se te ocurra nada más?

-No, al contrario, la hoja en blanco es lo que te divierte. La gente cree que siempre las ideas se le ocurren a uno solo, pero pasa mucho ahora en el mundo de Twitter y Google que uno descubre que la misma idea por ahí en el mundo se le ocurrió a cien tipos diferentes. Lo importante en ese sentido es ser honesto con lo que uno tiene para decir.

-Con respecto al hecho de encontrar una idea, veo que en este estudio hay libros desde el techo hasta el piso. ¿Eso te ayuda o en algún momento tanta información también puede agobiarte?

-Estamos rodeados de libros porque tanto mi mujer como yo somos muy lectores. Yo puedo no acordarme del libro, pero necesito verle los lomos en la biblioteca y eso de alguna forma me trae una sensación de lo que me pasó cuando lo leí. A la larga todo termina formando parte de lo que hago; desde  los libros que leí hasta las películas que vi o la música que escuché. En cualquier disciplina artística uno siempre se para en los hombros de los gigantes. El único que inventó algo fue el que pintó las Cuevas de Altamira.

-“Los chicos dibujan bien porque dibujan sin miedo”, dijiste en alguna entrevista. ¿Se puede percibir el miedo en un dibujo?

-  Lo percibís cuando el que dibuja está tratando de ser otro dibujante, cuando de una u otra forma tiene miedo de ser él mismo. Igual, en un principio esa es la manera de aprender. Lo importante en toda disciplina artística es que las cosas parezcan naturales. Cuando uno lo ve bailar a Julio Bocca parece que ni hace fuerza en cada salto. La única manera de que ese salto parezca natural es hacerlo un millón de veces. Maradona gambeteó a un millón de tipos hasta que le salió el gol a los ingleses. Lo hacen parecer fácil, pero no es fácil.

-Desde hace unos años, venís compartiendo escenarios y giras con Kevin Johansen. Muchas veces lo propio de un plan es que falle. Entre ustedes ¿por qué el plan no falló?

-Yo creo que el plan falló y en las fallas descubrimos la diversión.  La idea de que hagamos algo juntos en realidad no fue ni de Kevin ni mía, sino de alguien que trabaja con él. Empezamos muy de a poco, yo dibujaba desde la consola, pero después Kevin quiso que estuviera con él en el escenario. Pero la verdad es que no fue algo que pensamos demasiado. Todo se dio de manera muy intuitiva.

-Antes decías que los dibujantes son los que siguen dibujando aún de grandes. Los periodistas, tal vez seamos los que toda la vida nos sigamos preguntando el porqué de las cosas. En tu caso, ¿por qué dibujás?


-La respuesta fue cambiando. En un principio tal vez porque quería ser o formar parte de ese grupo de pibes que también dibujaban y que yo admiraba. Después me di cuenta que para ser uno de ellos tenía que sentarme y decir algo. Ahora debemos estar en el momento en el que más gente está hablando al mismo tiempo, pero gente que realmente diga algo no hay tanta. Macanudo lo empecé para tratar de decir algo optimista. Si estamos todos yéndonos para abajo, lo que quiero es tirar un salvavidas, no un yunque. 

Publicada originalmente en la revista Quid, marzo 2016.

lunes, 28 de marzo de 2016

Entrevista a Ezequiel Fernández Moores: “Odio la arrogancia del periodismo”


Nando Varela Pagliaro

A casi un cuarto de siglo de su primera edición y esta vez de manera independiente, vuelve a ser publicada Díganme Ringo, la extraordinaria biografía de Oscar Natalio Bonavena escrita por Ezequiel Fernández Moores. Cuenta el periodista que el proyecto original surgió a partir de un pedido que le hicieron de Planeta y Sudamericana, que en ese momento estaban fusionadas. Ambas editoriales querían hacer una colección de pequeños libros sobre ídolos populares de la vida argentina y le ofrecieron una lista de veinte personajes. “De esa lista elegí a Ringo porque  tenía una mirada muy crítica del boxeo. En mis comienzos periodísticos, inclusive había ido al Borda, vi a neurólogos, a ex boxeadores dañados y escribí mucho sobre el boxeo y los daños que hacía. Entonces, pensé que acercarme desde otro lugar me iba a enriquecer. Además, Ringo formaba parte de mi infancia. Yo iba a ver las peleas con mi viejo y mis hermanos. Revisar su vida, de algún modo era volver a aquellos años, pero ya como periodista”. Ese libro inicial de tan solo cien páginas, finalmente nunca vio la luz  porque Planeta y Sudamericana decidieron separarse y la colección quedó en la nada. Dos años después, Juan Forn –en ese entonces editor de Planeta- rescató el texto sobre Ringo de un sótano inundado. Interesado en el proyecto, lo llamó para que terminara de darle forma a un libro con más contenido del que había presentado para la colección. Para eso, con la ayuda de su hermano Lucio -también periodista- y Alejandro Di Giacomo, su compañero de trabajo en la Agencia DYN,  Fernández Moores entrevistó a más de cincuenta personas. Incluso planteó en la editorial la posibilidad de viajar a Estados Unidos para investigar la muerte del boxeador, pero Forn le aconsejó que no lo hiciera porque si viajaba iba a volver con tanto material que el libro iba a terminar siendo un libro sobre la muerte de Ringo y esa no era su idea. “Nuestra idea era escribir su vida porque fue un personaje tan porteño, tan vital que lo que queríamos reflejar era eso. Obviamente en el libro hablo de la muerte y es un capítulo importantísimo, pero sobre todo lo que se intenta recordar es lo que fue Ringo en esa Buenos Aires de los años sesenta y setenta” dice Fernández Moores.

-¿Cómo se entiende que un tipo como Bonavena, que nunca fue campeón del mundo, a 40 años de su muerte siga siendo una de las figuras que más fascina a la memoria de los argentinos?

- Supongo que puede tener que ver con eso que los pibes llaman la cultura del aguante, entendiéndola como esa costumbre de bancar. Ringo tenía una enorme habilidad  para bancarse las piñas de tipos que posiblemente eran mejores que él. Llegaba al final de cada pelea de pie e incluso ha estado a punto de ganarles. Era un guapo en esto de bancársela. Por eso de ahí sale ese estribillo famoso de Iorio que dice “Aguante Bonavena”. También es curioso que habiendo sido ídolo de un barrio tanguero por excelencia como Parque Patricios, los que lo recuerdan sean todos los roqueros y metaleros. Otro punto clave es el vínculo de Ringo con Buenos Aires. Los campeones mundiales generalmente venían del interior y tenían cierta desconfianza lógica de las luces de la ciudad. En cambio, para Ringo esas luces eran suyas, él las amaba.        

-En el prólogo del libro incluís una frase de Martín Becerra que dice que  “Ringo fue mediático antes de que se inventara la palabra”. ¿Cómo creés que se hubiera llevado con los medios actuales?

-Hoy hay tanta pirotecnia y cambia todo tan abruptamente que es difícil decir cómo. De lo que sí estoy seguro es que hubiera sido un personaje absolutamente mediático. No te digo que como un Tinelli en San Lorenzo, aunque no lo sé porque probablemente también podría tener su propio programa. Me lo imagino muy empresario porque Ringo tenía ese costado. Por ejemplo, en los tiempos en que el boxeo era monopolio de Lectoure, Ringo se corrió de ahí e hizo su propia empresa. Él mismo vendía sus peleas y las promocionaba haciendo las payasadas que hoy son tan famosas, como esto de llevarle papel higiénico al rival antes de la pelea o pasear a un toro por la Quinta Avenida de Nueva York. Todas estas estrategias él las tomó de Muhammad Ali. A partir de haberlo visto se transformó en una especie de Ali de Parque Patricios, completamente opuesto en algunas cosas. Ringo en los años sesenta tenía un discurso menemista en términos ideológicos. Decía que por ejemplo los teléfonos y los trenes tenían que ser privados, cuando era algo impensado.

- ¿Realmente era antiperonista?

-Creo que esos viajes a Estados Unidos, de alguna manera lo formatearon y es curioso que viniendo de una familia típicamente peronista, él haya tenido un discurso tan distinto. Este tipo de actitudes, esté uno de acuerdo o no, provocaban una fascinación por el personaje.

-En el libro contás que era amigo de Menem, que dormía con él en La Rioja; algo que seguramente mucha gente no sabe.

-Era amigo de un Menem que todavía no era el Menem omnipresente de los noventa. Ringo incluso pensó filmar una película en La Rioja, sobre una idea totalmente bizarra, que obviamente no se terminó concretando.

-Hablemos de su muerte, sus últimos días en Reno siguen siendo muy confusos. ¿Por qué pensás que lo mataron? ¿Creés en la versión que lo involucraba con Sally Conforte?

-Yo creo que Ringo percibió que el boxeo se le acababa y llega a ese escenario en el que encuentra que Joe Conforte, el hombre que tenía su contrato, tenía unos negocios que son la prostitución y el juego. En los dos la noche reina y a Ringo le encantaba la noche, por eso también se empieza a interesar por ese otro negocio. Empieza a seducir a la mujer del mafioso, la mujer se engancha  y el mafioso percibe que Ringo realmente era un peligro. Ahí es cuando, en una especie de aviso, le queman el pasaporte. Ringo, que ya estaba un poco desbordado, no solo no se va, sino que termina yendo a la puerta del burdel y ahí pasa lo que todos sabemos. Algunos hermanos, cuando escribí el libro, me dijeron que nunca creyeron esa historia con Sally, que estaba todo armado, que a Ringo hasta pudieron haberlo matado mientras dormía. Si bien eso no se pudo comprobar, la historia puede ser creíble porque Conforte era un hombre fuerte en Reno y controlaba muchos resortes desde policiales hasta judiciales.      

-Saliendo de Ringo, pero siguiendo con el boxeo. En el epílogo decís que de la mano marketinera de Maravilla Martínez el boxeo recuperó gran protagonismo. ¿Qué pensás de Maravilla como boxeador?

-Me gustó el personaje de Maravilla porque en esto de hacerse a sí mismo, también tuvo algo de Ringo. Se independizó del establishment del boxeo y llegó a lo más alto. Lo que me dio un poco de pena es que explotó acá cuando ya estaba cerca del final de su carrera. Le duró muy poco porque su cuerpo, como el de Ringo, ya estaba dañado. Yo no soy alguien que entienda mucho de técnica de boxeo, pero me gustaba verlo arriba del ring. Tenía un componente estético muy interesante.

-Asociaste a Ringo con Maravilla. Por sus  frases y bravuconadas a Ringo también podríamos asociarlo con Maradona. En cambio, es difícil encontrar un punto de contacto con Messi. ¿Creés que a pesar de ser el jugador enorme que es, por una cuestión de carisma, Messi nunca va a poder ocupar el lugar de estos otros ídolos? 

-Puede que haya algo de eso. Alguien escribió que algún día Messi va a recuperar las Malvinas y le vamos a reprochar que no tenía puesta la escarapela. Hay algo de nuestra argentinidad al palo que siempre es muy demandante. En general nos gusta vernos en el espejo del ídolo cuando el ídolo devuelve gloria y éxito, pero cuando devuelve alguna miseria, ahí ya no se quiere ver nadie. En ese sentido, Messi muestra menos, es mucho más terrenal y le escapa a los medios porque no le interesan, aunque sabe que en parte depende de eso. Por otro lado, creo que no hay un vínculo tan fuerte con él porque se fue muy rápido del país. Ringo era Parque Patricios; Messi, sí es Rosario, pero la dejó a los trece años. Pero no deja de llamar la atención  que a pesar de llevar tantos años allá, todavía habla como un rosarino.

-Tal cual, eso es algo que nunca se rescata de él.

-Yo he conocido amigos que a los tres meses de estar allá ya parecían españoles. En cambio, Messi no. Lo que pasa es que él no se sube a la mesa a gritar su argentinidad como el otro gran ídolo lo hacía, y no es que lo hacía demagógicamente, Maradona era así. Entonces, en la comparación siempre va a haber injusticia.     

-Volviendo a esa actitud de compadrito que tenía Ringo, ¿también la podés ver en ciertos personajes del periodismo?

-Si hay algo que odio y de lo que me corro es de la arrogancia del periodismo. Hay etapas en las que hasta me da vergüenza decir que soy periodista por esa cosa arrogante que tenemos con un micrófono o subiéndonos al púlpito para decir cómo debe ser el mundo, creyéndonos jueces y dictando sentencias  o siendo policías y metiendo preso a alguien. El periodista que es tan protagonista y que siempre está seguro de todo a mi no me gusta, ese componente tan del periodismo como cuarto poder,  me produce alergia. Me parece que el periodismo representa los intereses de la gente, difícil decir qué es la gente, pero claramente el periodismo debe estar más cerca de la gente que del poder. Si el periodismo se mimetiza con el poder, deja de ser periodismo. Para eso que nos contrate el poder y nos convierta en voceros. 

-Desde hace tiempo tenés una columna en La Nación, ¿en algún momento lo vivís como una carga el hecho de tener que encontrar algo para decir todas las semanas?

-Había una etapa en la que sí era una carga e incluso dejé de hacerlo. Aparte como trabajo en agencias de noticias desde que empecé en el periodismo, eso me permitió tomar distancia cuando alguna situación no me gustaba. La verdad es que hoy no lo vivo como una carga. Si bien, no tengo la misma polenta que cuando empecé, la cabeza me funciona mucho mejor. Esto me ayuda a resolver las cosas más rápido. Yo disfruto muchísimo cuando veo que la historia me va cerrando. Me suelo quedar los lunes hasta las tres de la madrugada para redondear el artículo y ese silencio de media noche, donde estoy solo ordenando y discutiendo con mi texto, es algo muy placentero.  

-Hay muchos periodistas deportivos que pasaron del deporte a la política. En tu caso, ¿lo ves como un camino posible?

-Me ofrecieron más de una vez salir del deporte y lo pensé en algún momento, pero la verdad es que por ahora no me interesa. Una vez estuve en un congreso en Inglaterra y conocí a David Goldblatt, un sociólogo inglés con el que tuve una larga charla. Él me decía que en el deporte tenés todo: la vida, el drama, la gloria, la política, la economía y además tenés muchísimas y diferentes historias humanas. Yo creo que no hay ningún otro escenario que tenga todo como el del deporte y siento que todas las cosas que me gustaría decir, todavía lo puedo hacer con el deporte.   


-En el año ochenta escribiste una tesis sobre si el periodismo escrito sobrevivirá a la crisis mediática y sobre si los diarios en papel dejarán de existir ¿Más de 30 años después, qué pensás al respecto?

-Creo que el diario en papel se compra y se va a comprar cada vez menos. Dicho esto que es algo que sabemos todos, te podría decir que lo que pasa con el periodismo lo podemos ver desde dos lugares. Por un lado, Internet democratizó la palabra que antes era monopolio de los grandes medios, pero por otro, dañó al periodismo en general porque convirtió al espacio informativo en un supermercado abierto las 24 horas y en el que todos corren detrás del click y el click se logra a veces apelando a los golpes bajos. Nosotros tuvimos esta charla y yo te pude haber dicho noventa y nueve cosas interesantes, pero te dije una taradez y va la taradez de titular y la taradez triunfa. Ese juego que era más de la televisión, ahora lo tomó también la prensa gráfica y la palabra perdió valor. Y como yo le tengo un enorme respeto a las palabras, verla tan fugaz y dañada me produce un poco de dolor. Hoy en la gráfica podemos encontrar pocos textos de laburos que no busquen el click, sino que realmente busquen informar. Yo tuve un profesor que me decía que informar es dar forma y siempre le creí. No se trata solo de contar el árbol, sino también de describir un poco el bosque.

-Hace treinta años que venís trabajando en periodismo, ¿qué diferencias encontrás en el periodismo y en los periodistas entre otras épocas y esta?

-Hoy también hay  buenos periodistas. En algunos casos hasta son tipos más formados que antes. Lo que pasa es que está muy naturalizada la docilidad hacia ciertas reglas de juego en las que todo es más uniforme. Hay pocos textos que te sorprendan, pocos tipos en los que vos puedas reconocer quién es el que está escribiendo. Antes creo que había más espacio para rebeldías, para gente que siguiera siendo ella misma más allá de dónde laburara, eso era más rico. Había más aprecio por la palabra y menos prisa. Que sea más importante decirlo antes que decirlo mejor, a mí nunca me gustó y te lo digo como alguien que trabaja en una agencia de noticias y sabe el valor de la rapidez. ¿Qué valor puede tener decir algo un minuto antes, si lo estás diciendo mal? Eso no es periodismo, en todo caso es una carrera de cien metros. Para mí el periodismo es otra cosa.

-Con esto de la inmediatez, ¿también te referís a la influencia de Twitter?

-Tiene que ver con Twitter y con esto que te decía de haber perdido el monopolio de la palabra. De todos modos, no estoy en contra de las redes sociales, de hecho cuando tengo que buscar un discurso distinto ando mucho por esos lugares. En diarios de afuera, muchas veces leo los artículos pero también qué opinan los foristas. No siempre, pero puede pasar que algún forista sabe más que el autor del texto.

-Sin embargo, no participás de las redes sociales.

-Ahora hay un Twitter que abrió mi sobrina por el libro, pero lo maneja ella. Si es para que se lea lo que escribo, me parece que La Nación es una vidriera muy fuerte. Si por ahí yo escribiera en “La voz del Rioba”, tal vez tendría una cuenta para compartir mis notas. Hoy no me hace falta.
No estar sujeto a Twitter me ayuda a desordenarme menos y a pensar mejor.

-La última, Si tuvieras que recomendar tres biografías de otros deportistas, ¿cuáles recomendarías?


-Hay una biografía de Garrincha escrita por Ruy Castro que es conmovedora.  Otra biografía extraordinaria es Rey del Mundo de David Remnick, sobre la vida de Mohamed Alí y la tercera podría ser El oro y la oscuridad de Alberto Salcedo Ramos sobre la vida de Kid Pambelé.

Publicada originalmente en la Revista Quid, marzo 2016. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Entrevista a Daniel Ares: “Como la mueven las editoriales, la narrativa no va a vender nunca”


Nando Varela Pagliaro

Daniel Ares es escritor y periodista. Nació en Buenos Aires en 1956, pero desde hace más de veinte años se alejó de la capital y se instaló en Arraial d'ajuda, un pequeño pueblo de playas hermosas, ubicado en el extremo sur del estado de Bahía, en el nordeste brasileño. A pesar de llevar tantos años allí, confiesa que nunca terminó de adaptarse, que sigue llevando una vida completamente argentina y que cada vez que regresa al país se da cuenta de que disfruta del idioma como un paisaje. “Ya estoy cansado de hablar en otro idioma porque nunca llegás a expresarte con precisión. Siempre estás manoteando las palabras que te sirven, pero no las que querrías usar”. Antes de emigrar, Ares trabajó en reconocidos diarios y revistas del país; desde Caras y Cerdos y Peces hasta Noticias, Satiricón y El Gráfico; también publicó unas cinco novelas y un libro de no ficción; además hizo radio y escribió junto a Leonardo Favio el guión para su documental Perón, sinfonía de un sentimiento. En los intersticios de estas actividades, le gusta aclarar que intentó sobrevivir de otra manera: fue lavacopas, obrero gráfico, empleado bancario, ejecutivo de una multinacional, coordinador turístico, posadero, camarero, vendedor ambulante, y, ocasionalmente, traficó piedras semipreciosas, bisutería aborigen y bikinis. Pero, como asegura desde El martiyo, su blog personal, por nada de eso paró de escribir. En estos días, su novela Mato y olvido, basada en el asesinato de María Soledad Morales, ganó la edición 2015 del Premio Extremo Negro, que organiza el grupo editorial Del Nuevo Extremo.Este libro lo escribí durante la primavera del ‘95. Entonces, importaba salir a gritar que los medios construimos la realidad. Hoy eso es algo que ya está instalado pero en ese momento todavía no. El caso policial sirve de escenario para cuestionar el proceso productivo del periodismo industrial, toda esa baratija intrínseca de ese método que de ninguna manera puede alcanzar una verdad. Por eso, cuando los medios se preguntan por qué las revistas se venden cada vez menos, la respuesta es muy simple: “muchachos, no se venden porque lo que hacen es intragable”.  Lo escucho hablar y pienso en por qué tardó tanto en publicar una novela que terminó en el ´95. Cuando le hago la pregunta, Ares no duda: “Muy fácil, no se publicó antes porque los editores argentinos atrasan veinte años”. El autor de Banderas y balcones no tiene reparos a la hora de decir lo que piensa, no mide las consecuencias ni especula con lo que para él sería más conveniente.  El hecho de estar un poco alejado del mundo editorial e incluso del país lo hace ser más honesto con sus convicciones. Sabe que si él mismo no siente que su texto está bien, no hay premio que legitime su trabajo. “Una vez le pregunté a Leonardo Favio qué pensaba cuando estrenaba una película y veía que a la crítica le gustaba. Favio, que era un genio, me dijo: “¿Qué pienso? Pienso que los volví a engañar, que no se dieron cuenta”. Borges decía que nosotros juzgamos el trabajo sobre la base del fracaso, a partir de lo que no conseguimos hacer. De todos modos, en esta novela en particular, siempre sentí que el texto estaba compacto. Después cuánto influyen los premios uno no puede saberlo. Lo que sí pensé siempre es que si lo que yo hago estuviera bien difundido, creo que podría rodar, porque lo que busco es una escritura que le llegue a la gente, que la entretenga, que la divierta”, confiesa Ares.

- Este tipo de literatura más digerible, ¿no está siempre al margen de lo que pondera la crítica?

 -Sí, puede que tengas razón. Tal vez entonces es hora de preguntarnos quiénes son esos críticos, esos jueces que al final no escriben nunca un párrafo que valga la pena. A mí no me interesa ese tipo de escritura pretenciosa, en tal caso creo en una escritura popular, entendible y no por eso falta de hondura ni de técnica ni de relieve ni de nada. Se puede ser bueno y llegar a la gente. No es intrínseca la calidad al texto hermético, que se supone que es bueno porque no lo entiende nadie.  

-Hablemos de la novela. Mato y olvido es una inspiración libre del caso María Soledad, ¿cómo pensás que funciona el libro en los que recuerdan el caso y en los que no?

-A los que lo tienen presente seguramente los sorprenda que la novela contradice lo que se conoce como historia oficial y mediática en la que se asegura que el que termina preso es realmente el asesino. Mi argumento es que mandamos preso a un chico simplemente por presión popular, porque como digo en otra novela, “querían venganza, pero pedían justicia porque el pueblo es pudoroso”. Pero la verdad es que se trató de un juego en el que mataron a la hija de los pobres y que caiga un hijo de los ricos preso nos parece bien. Y los medios tienen que ayudar. Nogueira, el periodista que protagoniza la novela, lo dice bien claro; lo que se termina haciendo desde el periodismo es armando los argumentos para llevarle a aquel que no tiene argumentos algo para sustanciar lo que dice al pedo.

- “Nosotros manufacturábamos los hechos y recién entonces los hechos eran hechos para ellos”, dice Miguel Nogueira en la novela.  ¿Eso cambió?

- Los medios están más cuestionados y deben cuidarse más, pero el intento sigue siendo el mismo porque los móviles siguen siendo los mismos. Es un proceso industrial y primero que nada hay que sostenerlo y se sostiene con ventas que están destinadas a un público, y el público que nos compra a nosotros quiera esta verdad no la otra. Por eso la derecha lee medios de derecha y la izquierda lee medios de izquierda. Somos muy pocos los que leemos todos para construir un discurso propio. Hay un fragmento del Largo adiós de Raymond Chandler, donde un millonario dueño de medios le dice al detective Marlowe, “El hombre moderno está muy apurado, necesita correr para alimentar a su familia, no puede pensar”.

- Miguel Nogueira también dice que “la duda siempre parece más inteligente que la certeza”. En el periodismo y en la literatura, ¿faltan escritores y periodistas que se permitan dudar?

-En la literatura, por lo menos; en el periodismo no habría que esperarlo. ¿Quién va a dudar en el periodismo, si el periodismo tiene que estar convencido de lo que cuenta?. Yo digo siempre que un programa periodístico tenga la misma cantidad de minutos todos los días o que un diario tenga la misma cantidad de páginas, es muy sospechoso. ¿Todos los días hay la misma cantidad de noticias? ¿Todos los días hay una tapa? Yo creo que sería más creíble un diario que no saliese todos los días.

- Como dice Nogueira, “en el periodismo siempre se cierra”.

- Porque está el taller y esa es la única verdad del periodismo. 

 -Volviendo a la novela, ¿alguna vez pensaste en no ficcionalizar la historia?

-Ya había trabajado el caso sin ficcionalizarlo desde el periodismo y no me había permitido contar lo que yo quería. Además, soy consciente que aún si se hubiese publicado en esa época, el caso un día iba a ser olvidado y la novela tiene que seguir viviendo y ser entendida por gente de otros países. Por otro lado, salieron varios libros sobre el caso, todos fueron olvidados y ninguno contaba lo que yo cuento en la novela. Nadie iba a decir: “acá hubo un problema, nosotros participamos de un linchamiento, mandamos en cana a un pibe, que si no es inocente, al menos nunca pudimos demostrar su culpabilidad”. Una vez hablando con uno de los abogados de Luque, uno de esos que sacan a Hitler de la cárcel, le preguntaba por qué estaba preso el pibe y el tipo me responde: “Porque el padre es un gordo ansioso que mandó al hijo a explicarse, cuando nadie le había preguntado nada”. Es cierto esto, porque la monja Pelloni cuando denuncia a Luque, también denuncia a Arnoldito Saadi, al hijo de Monteagudo y al hijo del intendente de San Fernando del Valle. Esos cuatro pibes, según la monja, estaban adentro del auto cuando se llevan a María Soledad y esos otros tres pibes no aparecieron nunca en ningún lado. Pero a Luque lo mandó a explicar el padre, la gente lo miró y dijo: “este si lo explica es porque es”, la historia prendió en el gusto popular y a los medios les venía bárbaro este asesino. No te olvides que este caso batió records de permanencia en la tapa de los diarios, fue incluso más grande que Malvinas.

-Nombraste la guerra de Malvinas, que también te tocó cubrirla como periodista, ¿qué recordás de esa experiencia?

-Estuve en Malvinas en Puerto Argentino, pero llegué una mañana y me sacaron a patadas a la noche. Pude trabajar poco ahí. Fue el 10 de abril, ese día iban a llevar a un grupo de periodistas desde Río Grande, Tierra del Fuego, donde me habían asignado a mí y logré colarme, porque no estaba en la lista, pero después me terminaron sacando. Al final, pasé unos días en Comodoro, otros en Río Gallegos, pero básicamente me quedé los dos meses en Tierra del Fuego. 

-¿Y qué noticias llegaban estando en Tierra del Fuego?

-La derrota se empezó a respirar antes porque ibas al supermercado y la cajera tenía al marido o al hermano en el frente, porque las familias que estaban ahí, en su mayoría eran de los soldados del batallón de infantería o del área naval austral. Pese a que lo avisábamos, el triunfalismo siguió en Buenos Aires.

-Los medios seguían construyendo la noticia.

-Pero ahí no se los puede acusar tanto porque estaban sometidos a una dictadura y te podían filtrar mal la información. Llegó un momento en que la única manera de mandar nuestro material a Buenos Aires era despacharlo por un avión militar. Casi siempre vos entregabas el material en un despacho y a la media hora te llamaban y te decían: “usted no puede escribir esto”. En mi novela Banderas en los balcones cuento que una noche nos habían llevado a un galpón inmenso, una especie de granero para ovejas, que estaba ocupado por soldados. Fue un día de lluvia, de barro, era un 25 de mayo y nos trajeron a un gaucho para que cante y con los soldados que estaban ahí brindamos por la patria. Cuando volvemos, yo escribo esto y menciono la lluvia y el barro. Entonces, cuando lo lee un capitán de navío, que era el que estaba encargado de la prensa, me llama y me dice: “viejo, esto es información meteorológica de utilidad para el enemigo”. Entonces, ahí vos construías la realidad, pero no sabías bien si tenían razón o no. Se trataba de una guerra, había argentinos muriendo, uno no se podía hacer el pelotudo. 

-Desde mediados de los noventa vivís en Brasil. En todos estos años ¿seguiste al tanto de lo que se publicó acá? ¿Leés lo que pasa en los suplementos culturales?

-La verdad es que no leo autores vivos. Siempre digo que para vivo estoy yo. Leo los suplementos culturales y veo que aparecen escritores que hace treinta años que hacen lo mismo. Por lo menos a mí, los de mi camada me aburren. Por supuesto, hay escritores de acá que me gustan como Fontanarrosa, Soriano o Jorge Asís, con quien no coincido en ninguna de sus opiniones, pero es un escritor de la puta madre.

-En esa generación tuya que te aburre, ¿a quiénes incluís?

- No quisiera dar nombres pero si me apretás te los doy y te digo que incluyo a Forn, Fresán y Saccomanno. Para mí ellos lo que buscaban era colgarse de modas y ponerse etiquetas, algo que ya dije en una serie de notas que publicaron en una revista cultural que no leía nadie, salvo los que la tenían que leer y la verdad es que no me trajo ningún favor. Pero la realidad es que en un momento esta gente manejó nuestra literatura, desde concursos y editoriales hasta los suplementos y la verdad es que no consiguieron nada. En los ’90, cuando hubo guita, se pudo haber producido otra cosa y sobre todo se pudo haber cambiado la mentalidad de las editoriales. Una editorial, cuando le gusta un escritor, cuando le ve condiciones y ve que desarrolla obra, tendría que venir y decirle: ¿vos cuánto ganás laburando en periodismo o en ese bar en el que laburás? Yo te lo cubro, dejá de trabajar y ponete a producir. Eso es lo que tendrían que hacer. Ellos en un momento tuvieron todo y lo desperdiciaron en un juego de toca chotos, que se elogiaban, se publicaban, se premiaban y se ungían entre ellos. Y si vos no ibas a jugar al pool con ellos, quedabas afuera. Además, con unas pretensiones literarias que no se sostenían nunca en los libros. Lo que me da pena es que se podría haber dado un giro para que las editoriales tengan otro estilo, para que la literatura se venda de otra manera. Yo había sacado La curva de la risa, una novela con sexo y droga, y te montaban en un esquema de prensa que terminabas hablando del libro en La salud de nuestros hijos. Yo les decía: “Esto no es así, muchachos. Vamos a copiar lo que hacen las editoriales norteamericanas, que diseñan una campaña para el libro y el autor”. Se trabaja con fe en esto, pero no, acá te dicen que la narrativa no vende. Y claro, como la mueven estos tipos no va a vender nunca. Si ya partís de que no vende, para qué lo publicás. Encima algunos te dicen, que no es necesario que venda, que para vender hay otras cosas. Pero si no se venden los libros, de qué comemos. “Todos toman naranjada y el pobre naranjo nada”. Yo en Alfaguara le decía a Estévez, “ustedes sigan sin darle de comer a la gallina y vendiendo los huevos, que la gallina un día va a dejar de poner los huevos”.    

- ¿Alguna vez te arrepentís de haber elegido este camino?

-Oscar Wilde decía soy escritor, pero esa no es vida para un hombre. La verdad es que no me arrepiento porque el momento de escribir siempre ha sido el de mayor placer en mi vida. Hay algo en el momento de la escritura que te da una felicidad distinta. Me hubiese gustado haberme apasionado por algo más redituable en tal caso, porque esto me ha traído mucho lucro cesante. Porque para escribir necesitás tiempo, el tiempo lo tenés que comprar, para comprar tiempo tenés que invertir tiempo. Eso ha sido siempre una lucha en mi vida. También me hubiese gustado que esto tuviese otra fortuna, pero eso está siempre en el bolillero y uno vive con esa ilusión. Además, escribir te ofrece la oportunidad de la gloria que te dura toda la posteridad. No sé si sirve de mucho, pero consuela. 

Publicada originalmente en la Revista Quid. 

lunes, 7 de marzo de 2016

Hamacas para olvidar


Nando Varela Pagliaro
Tenía ocho años esa mañana de mayo cuando me despertaron los gritos de mis viejos. Ya estaba acostumbrado a sus peleas, pero esta vez era distinto. No tardé mucho en darme cuenta. Desde la cama vi como entraban dos tipos y se cargaban nuestros muebles. Seguí haciéndome el dormido todo lo que pude hasta que Pablo vino a buscarme. “Dale Nando, levantate, nos vamos con mamá”, me dijo mientras me pellizcaba el brazo. Yo me tiré de la cama marinera y me vestí sin preguntar nada. Esa fue la primera vez que mis viejos se separaron. A partir de entonces vinieron muchas idas y vueltas más, pero siempre a nosotros nos tocó dejar la casa. A mi viejo no le importaba cuánto sufríamos Pablo y yo con tal de joder a mi vieja. Cada vez que nos íbamos, porque fueron varias, lo único que hacía era repetir: “de esta casa me sacan con los pies para adelante”.

 Yo era muy chico y su  actitud me daba un poco de miedo. Siempre que se estaba por armar, prefería escaparme lo más lejos posible. Sin que nadie se diera cuenta, agarraba mi almohada, la doblaba como para que cubriera mis oídos y me escondía debajo de mi cama hasta que alguno de los dos se cansara de pelear. De más grande cambié mi almohada y la cama, por la calle. Cerraba la puerta de casa muy despacio y me iba a la plaza. Me sentaba en una de las hamacas y trataba de olvidarme, de no pensar en nada. Pero era inútil. No podía entender por qué los dos se empecinaban en arruinarse y arruinarnos la vida. Teníamos todo para ser felices. Sin embargo cuanto más teníamos, peor estábamos.

A veces, cuando pienso en esos años, me pongo a tomar notas para intentar escribir un cuento, una poesía, una canción, algo. Pero no. Al final nunca lo hago. Apenas guardo apuntes, fragmentos como éste, para un texto más largo que sé que nunca voy a atreverme a escribir.

lunes, 22 de febrero de 2016

Entrevista a Mauro Libertella: “Muchas veces la literatura es una reacción a la propia clase"


Nando Varela Pagliaro

“Esa idea de que si sos escritor vas a ser pobre se suavizó, porque en los noventa todos nos dimos cuenta de que vamos a ser pobres”, dice Mauro Libertella. Acaba de publicar Un invierno con mi generación, su segunda novela, luego de Mi libro enterrado, su conmovedor debut literario en el que narraba la muerte de su padre, el escritor Héctor Libertella. Si en ese primer libro el tema del duelo era lo central, en el segundo, ese lugar lo ocupa el fin de la juventud. “De algún modo, fue como hacer otro duelo, el duelo de una época que se termina”, confiesa Libertella.

-Cuando publicaste Mi libro enterrado, en varias notas que diste hablabas de la presión que era cargar con tu apellido. ¿Sentís que ese peso te lo pudiste sacar de encima?

-Como para inventar un número te diría que me lo saqué en un ochenta por ciento. Con eso quiero decir que no me lo saqué definitivamente. Quizás es algo que siempre me va a acompañar y voy a tener que hacerme amigo de esa sensación. Hay cosas que me siguen pareciendo raras como por ejemplo que Random ponga en el lomo solo mi apellido. Es fuerte ver solo el apellido y que sea un libro mío y no de mi viejo. Si bien no me pasa lo mismo que antes, que es que el apellido yo sentía que le pertenecía a él y no a mí, ahora de algún modo siento que nos pertenece a los dos. Mi libro enterrado me alivianó esa presión que cargaba, pero al mismo tiempo apareció una segunda presión que fue que el primer libro tuvo una recepción mucho mejor de lo que yo esperaba. Entonces,  me preocupaba cómo seguir después de ese primer libro que tenía algo irrepetible por varias cuestiones: por el tema, porque había encontrado una forma de narrarlo que me parecía que no podía volver a repetir. De algún modo era un libro único y el problema con eso es que es difícil proyectar una continuidad. Un libro único no deja descendencia, no te muestra por dónde seguir, no me había dejado un hilo de dónde tirar. Después empecé a escribir El invierno con mi generación y evidentemente tiré de un hilo,  porque este libro en muchas cosas está espejado en el anterior.

-El espejo es lo autobiográfico. Fabián Casas siempre dice que apela a lo autobiográfico porque no tiene imaginación. En tu caso, ¿a qué se debe esa elección?

-A mí me pasa lo mismo. Pienso que es imposible escribir algo imaginativo porque creo que no dispongo de ese patrimonio que es la imaginación. Al mismo tiempo, a veces pienso que no me tengo que engañar y no pensar que yo no puedo hacer eso, sino que lo que a mí me interesa es otra cosa. Y con otra cosa me refiero a trabajar con materiales que para mí son más conflictivos como lo es la propia vida, los miedos y los deseos. Las veces que intenté escribir algo puramente ficcional sentí que me salía muy artificial, muy encorsetado, porque para mí la literatura de ficción es algo muy clásico que yo leía cuando era chico.

-En Mi libro enterrado hablabas de que tal vez dentro de la literatura ya se podía pensar en un género que es el que aborda la muerte del padre. De hecho, mencionabas todos los libros que leíste para escribir el tuyo. En Un invierno con mi generación, ¿seguiste el mismo método pero con los libros con historias adolescentes?
 
-Con el libro anterior tuve varios libros muy presentes y los leí de un modo sistemático y con fines muy precisos. Por un lado, para acompañar mi propia experiencia con los libros ajenos y por otro, con un sentido casi profesional de usarlos como herramientas y robarles todo lo posible para mi propio libro. En cambio con éste, mientras estaba escribiendo no leí ningún otro libro del “género iniciación o juventud”. Diría que casi no los tuve en cuenta, pero al mismo tiempo esos libros los leí en su momento y siempre me encantaron.

-¿Pero no los tenía en tu mesa como referencia mientras escribías?

-No. De hecho, me doy cuenta, ahora que me decís la palabra mesa, que agarré varios libros y los puse en la mesa de luz. Agarré Ocio de Fabián Casas, The catcher in the rye, que es aspirar a mucho, pero lo agarré; Musulmanes de Mariano Dorr, y los puse ahí, pensando en trabajar con esos libros, pero la verdad es que no los toqué. Tal vez no necesité tocarlos y armar esa lista; esa pila, fue mi modo de estudiarlos.  Después hubo dos obras de teatro de Walter Jakob y Andrés Mendilaharzu que sí me detonaron un poco más. Esas  obras se llaman Los talentos y La edad de oro. Cualquier similitud de mi libro con esas obras, no estaría siendo pura coincidencia.

-Igual que en La edad de oro, en tu novela también hacés referencia a muchos discos. En tu formación y sobre todo en la adolescencia ¿fue más importante la música que la literatura?

- Si hago memoria y pienso qué objetos culturales nos unían, eran mucho más los discos que los libros. A los dieciséis años estás pensando más en ir a ver un recital de La Renga o Los Redondos. Es muy raro que alguien venga y te diga estuve releyendo El Aleph y tengo ganas de engordarlo. Es un poco naif lo que voy a decir, pero a los dieciséis años en un colegio privado de Belgrano, nosotros sentíamos que ese rock tipo La Renga o Los Redondos, nos salvaba del chetaje en el que estábamos sumidos. Queríamos subrayar nuestra diferencia con ellos y hasta del modo más caricaturesco posible. Por eso usábamos la ropa toda rota, cuando yo podía vestirme bien, porque también estaba yendo a un colegio privado. Si bien no tenía el dinero de ellos, tenía para una remera limpia, pero me ponía la rota para mostrarles que yo era distinto. Me acuerdo de estar escuchando Valentín Alsina de 2 Minutos, que era un disco que no tenía nada que ver con mi realidad. Ellos hablaban de “barrio obrero, Valentín Alsina” y yo estaba yendo a Belgrano a un colegio privado judío de doble turno. Pero iba al colegio, miraba a la gente y decía: “yo no soy como ellos”. Volvía a mi casa escuchaba Valentín Alsina y pensaba: “yo sí soy como estos pibes”. Era un vínculo ficcional y lo sabía, pero ese pacto me servía para estructurar mi propia experiencia en relación a la gente del colegio. Después, en relación a los libros, este texto empieza en una edad en la que uno se separa más de sus padres. En mi caso, para separarme de ellos dejé de leer por un par de años porque para mí, mis viejos eran la literatura. De chico había leído mucho, pero entre los quince y los diecisiete dejé de leer casi completamente. Entonces, como en los años de esta historia yo no leía tanto, no aparecen los libros y el mundo más cultural.

-Hubo una especie de reconocimiento a ese mundo más cultural en el hecho de ponerle de título al libro una frase que hace referencia a un tema de Franco Battiato. ¿Porque de Valentín Alsina a Battiato hay una gran diferencia?

-Es que el libro está escrito desde hoy. El narrador a veces se acerca demasiado y casi pareciera que está escribiendo en presente, pero en realidad lo que hace es un balance. Está escribiendo desde el que soy yo ahora. Ahora soy Battiato y no soy más Valentín Alsina. Aunque Valentín Alsina en ese momento me ayudó para ser esto. Después, la realidad es que puse el título porque me encantaba esa línea y porque era un homenaje a un amigo.

-Algo interesante que decís respecto a lo generacional es que “somos la última generación analógica”, ¿hay algo que extrañes de esa época?

-Me haces caer en la melancolía, pero la verdad es que no sé si extraño. Lo que trato de hacer es el ejercicio constante de recordar cómo era esa época; no todo el tiempo porque sería un freak. Trato de no naturalizar esta era digital en la que ya estamos hace muchos años porque me da la sensación de que si naturalizás algo, lo dejás de ver. Hay gente que es evangelista de lo digital y piensa que lo que define a la literatura del siglo XXI es lo digital, es la irrupción de Internet. Yo entiendo que fue algo determinante y vivo la mitad de tiempo en Internet y la mitad en la vida real, pero al mismo tiempo me parece que si nosotros asumimos esta época, sin marcar que hace muy poco vivimos en un mundo que era distinto, nos estamos perdiendo un capital muy valioso que tenemos solo nosotros. La generación de nuestros padres también vivió la transición, pero a uno le da la sensación de que quedó más anclada en lo analógico. Yo puedo decir que la mitad de mi vida fue analógica y la otra mitad digital, ¿qué otra generación puede decir lo mismo? Es como haber vivido la Primera Guerra Mundial en la mitad de tu vida, cosas que cambian al mundo de un modo definitivo y para siempre. Los tipos que vivieron la Guerra Mundial, no pararon de escribir sobre eso. Nosotros tenemos este capital, que es muy distinto, pero sin que suene muy dramático, te diría que casi tenemos la obligación de usarlo.

-Te escucho hablar de lo analógico y lo digital y pienso que no estás en ninguna red social, ¿tenés un porqué para no estar?

-No tengo Facebook, ni Twitter, ni Instagram, ni Whats App, ni nada. Llegué al mail y me estanqué ahí. De hecho me estoy dando cuenta de que el mail quedó viejo y es algo que me está matando. La verdad es que no sé bien porque no tengo nada de eso. Por un lado, por obstinación, para generar que la gente se asombre. Por otro, cuando la gente de nuestra edad empezó a tener Facebook y Twitter, ya estaba escribiendo periodismo y publicando semanalmente en suplementos y me parecía que ese ya era el máximo de intervención que quería tener. Sigo pensando que el exceso de exposición te termina erosionando. Es como la inflación y los billetes, si vos sobreimprimís pesos va a haber inflación y se va a terminar devaluando tu moneda. Si yo estoy tuiteando cada un segundo, publicando en Facebook cada un segundo, veinte veces por día y al mismo tiempo escribo notas todas las semanas en tres revistas y publico un libro por año, me da la sensación de que es como si estuviera sobreimprimiendo billetes.

-¿No creés que hoy la voz de nuestra generación está mucho más en Twitter que en un suplemento cultural y que incluso también se lee mucho más?

-Sí, soy consciente de eso. La gente de prensa de la editorial, que es gente joven, esto ya lo sabe y no tiene el viejo fetiche de las editoriales de antes a las que lo único que le importaba era que el libro saliera en La Nación. Hoy eso no deja de ser importante, porque La Nación todavía conserva cierto prestigio y de algún modo genera legitimidad, pero en términos de resonancia pura, que es lo que busca un agente de prensa, las redes sociales funcionan muchísimo.
Otro tema es cuáles pueden ser los roles de un autor respecto a hablar de su propio libro en Facebook o Twitter. A mí eso me genera un conflicto porque no tengo una postura resuelta. No me gusta el que cada cinco minutos pone cosas de sus libros. El autobombo no me parece muy elegante.        


-Siguiendo con lo generacional, ¿pensaste cuáles son los riesgos de hablar o escribir en nombre de una generación?

-Cuando terminé el libro, se lo pasé a Malena Rey, una amiga que siempre lee las cosas que escribo y su reparo mayor fue ese. “Vos no te podés arrogar la palabra generación. Es un grupo de gente con unos ciertos consumos culturales específicos, de determinado barrio y clase social, nada más”. Hace tiempo fui a una charla de Mario Wainfeld y en un momento dijo que la generación de los años setenta fue la que se dijo a sí misma que era la generación de la militancia. Mucho tiempo después se dieron cuenta de que eran un grupo aislado y que el grueso de la gente de su edad o no tenían idea de lo que estaba pasando o no compartían lo mismo y estaban directamente en contra de sus ideas políticas. Por eso, para él arrogarse la palabra generación había sido un gran error histórico. Yo soy consciente de que el título puede suscitar un equívoco pero creo que el libro en pocos momentos te marca que nuestro grupo sabía que el resto de la gente no era igual a nosotros.      

-El grupo de amigos del libro son todos chicos de clase media, ¿Creés que en la literatura muchas veces hay cierto desprecio hacia la clase media?

-No sabría qué decirte, pero si revisamos la historia, antes los escritores eran de las clases altas, hoy el grueso de los escritores ya son todos de clase media. Tal vez en la generación de Piglia o Aira todavía quedaban resabios del escritor aristocrático, que no tenía que trabajar, que vivía de fincas y se iba tres meses a Europa a escribir. Eso a mí me da la sensación de que ya no existe. Obviamente puede haber gente que tiene más dinero y que no necesita ir a fichar todos los días a una oficina en Constitución, como es mi caso. Pero más allá de la plata que tenga cada uno, hay algo del imaginario de clases desde el cual escribís que hoy está mucho más emparejado. Si es que ese desprecio que decís por la clase media existe, puede que tenga que ver con que muchas veces la literatura es una reacción hacia la propia clase.

-Y para un escritor de nuestra generación, ¿qué lugar ocupa el dinero? Como en la música, en la literatura muchas veces tomar la decisión de dedicarte a eso y el progreso económico van por caminos que no se corresponden.

-Lamentablemente, sí. Me da la sensación que eso un poco cambió. Antes de los noventa estaba esa idea de “no te dediques a la literatura porque no vas a tener un mango”, “tenés que ser abogado y conseguir un trabajo estable”. Me acuerdo que en El juego de la vida, cuando llegabas al final tenías dos caminos: ser millonario o bancarrota. Cuando te tocaba bancarrota había una tarjeta que decía: “Se retira al campo y se convierte en filósofo”. Eso era demencial, pero ese era el imaginario. En esa época tal vez los padres, no en mi caso, trataban de evitar que los hijos se dediquen a algo artístico porque querían un futuro en serio para su hijo. Después de los noventa, cuando ya dejaron de existir los trabajos para toda la vida, esto de dedicarte a escribir pasó a ser parte del mundo normal, en el que nadie tiene nada asegurado.

-Volviendo  a la novela, recién mencionabas el contexto social de los noventa. En Un invierno con mi generación, el contexto son los dos mil y llama un poco la atención la falta de referencias a esa coyuntura.

-Entiendo que algunos vean esa ausencia, pero en mi caso veo una presencia casi excesiva. Me pasa que los elementos de coyuntura política me hacen mucho ruido y siento que pueden arruinar un libro si los usás mal. Las pocas referencias que hay aparecen en la idea de que no conseguíamos trabajo o en remarcar algunos aspectos de la clase media. Cuando yo leía esto pensaba que ya se me había ido la mano, pero por suerte veo que no, porque otros me remarcan todo lo contrario. Esas alusiones que te nombro para mí eran lo máximo que podía tolerar. Después empecé a pensar cosas más abstractas y tal vez el hecho de que estos pibes se encierren sobre sí mismos, también se puede interpretar como un modo de protegerse contra la política que les parece hostil. Si bien no está dicho que a ellos el contexto les parecía hostil, en ese encierro, sin decirlo ya lo estás diciendo. Es una interpretación más abstracta, pero también es una lectura válida. La política en este caso entraría como algo a lo que hay que darle la espalda.
    
-Hablando de lecturas válidas, en tu libro anterior te interesaba saber de qué modo hubiera leído el libro tu viejo ¿Pensaste cómo hubiera leído este?

-Lo de mi viejo no lo pensé mucho y me da pánico pensarlo. Quiero creer que lo hubiera leído con un cierto orgullo de padre, pero al mismo tiempo él hasta el final de su vida mantuvo una idea de la literatura bastante vanguardista. De hecho, en los últimos años profundizó bastante su hermetismo y se cerró sobre sí mismo. Por eso si lo pienso con frialdad este tipo de literatura no es la que le hubiera interesado.  Si yo trajera este libro y no estuviera firmado por mí, tal vez me diría que esto no es literatura. Es cruel pensarlo así, pero no puedo dejar de hacerlo, porque la verdad lo que yo hago no está en la línea de lo que él hacía. También podría pensar que en el tiempo que pasó desde su muerte hasta ahora, que fueron ocho o nueve años, tal vez ya se hubiera modernizado un poco y le hubiera interesado.

-Desde hace más de diez años venís trabajando en periodismo cultural. En una entrevista bastante vieja dijiste que mucha gente cree que el periodismo es un trabajo superior, ¿Vos qué pensás? ¿Cuáles son las ventajas y las desventajas?

-Eso de que mucha gente cree que el periodismo es un trabajo superior lo veo con el periodismo y también con la literatura. A mí me cuesta decir “soy escritor”, pero alguna vez he tenido que decir que escribí un libro porque no me quedó opción y la gente suele hacer una especie de pequeña reverencia medio solemne. Martín Kohan dice que eso después nunca se condice con las ventas de los libros. Cuando decís que  sos escritor, muchos dicen: “Ah, qué importante”, pero después ninguno lee un libro. Ese encumbramiento del escritor hay que tratar de no fagocitarlo. Es medio berreta pensar que ser escritor es algo superior. Además, ya se demostró que no es así.
Con el periodismo veo que mucha gente piensa que por haber accedido a ser periodista socialmente debería ser más respetada que con otro oficio. Yo no estoy de acuerdo, pero muchos compañeros sí lo piensan y eso es muy visible. Estarán orgullosos de su profesión y no está mal, pero de ahí a pensar que es algo superior ya me parece mucho.
En cuanto a las ventajas o desventajas, siento que al periodismo lo uso como un banco de pruebas meramente de prosa y de retórica. Como existe esa idea de que el diario de hoy mañana se usa para hacer un asado y envolver los huevos, eso me hace sacarle solemnidad a lo que escribo. Un clásico de muchos escritores es decir que no piensan en el lector, yo en cambio sí pienso en el lector y quiero que lo que escribo se entienda, que sea entretenido, que sea llevadero, que tenga una estructura hilada. Esas cosas las aprendí del periodismo, otras supongo que las tomé de lo académico. Con respecto al periodismo, creo que era Hemingway el que decía que llega un momento en que al periodismo hay que saber dejarlo a tiempo.

-¿Vos estás pensando en dejarlo?


-Esa frase a mí me mata. Me pregunto cuándo será ese momento y si me daré cuenta de dejarlo a tiempo. Por ahí es como cuando se termina una relación de pareja, que hay un periodo de sobrevida espantoso de un año o más en el que no te atrevés a separarte por miedo, por inercia, pero en realidad tal vez deberías haberte separado hace más de un año. Supongo que en el periodismo el momento del divorcio debe ser igual, no es algo instantáneo. Para serte sincero, hace un tiempo que siento que estoy en piloto automático. Tal vez estoy en ese año en el que ya me tendría que haber divorciado, pero no me animo porque obviamente necesito el sueldo y porque me gustó tanto hacerlo, que también sobrevive el recuerdo. Pienso que si fue tan lindo, puede volver a ser tan lindo. 

-En el libro decís que los grandes artistas son los que cambian, después de Un invierno con mi generación, ¿qué se viene?

-Es fuerte lo que me decís porque yo pienso eso, pero la verdad es que no veo mucho cambio en mí. Ahora tengo dos cosas en mente, una que ya estoy trabajando que es un retrato de Mario Levrero para la editorial chilena Diego Portales. Me invitaron a escribir para su colección de perfiles y la que los edita es Leila Guerriero. Me pareció bárbaro poder trabajar con ella porque es como tener un maestro gratis y que además te paguen. En cierto sentido el proyecto es parecido a lo que vengo haciendo porque es escribir una vida, pero no la mía. Eso un poco me gusta, así salgo un poco de mí. Pero es muy curioso lo que me pasa, porque ya empecé a investigar y estuve hablando con algunos amigos y familiares de Levrero, me metí mucho en su vida y me di cuenta hace muy poco, entrevistando a su hijo, que Levrero es muy parecido a mi viejo y que estoy escribiendo nuevamente un libro sobre mi viejo.

Publicada originalmente en la Revista Quid.

martes, 16 de febrero de 2016

Solo se trata de escribir en Perfil

En Perfil, Daniel Gigena reseñó Solo se trata de escribir. Abajo, una foto de la nota impresa en el suplemento de Cultura y el gran Martín Kohan habló del libro en su clásica columna.

Solo se trata de escribir en Infobae



En Infobae, Luciano Sáliche reseñó Solo se trata de escribir y entre otras cosas, dijo: "Varela Pagliaro se invisibiliza y oficia como un director de orquesta; lo vemos cada tanto que mueve los brazos haciendo alguna pregunta pero en realidad, los que brillan son los músicos, en este caso los escritores, porque de alguna manera los potencia, no los hace decir, sino que crea el ambiente propicio para que hablen, cuenten, expongan, maravillen. Al fin de cuentas, ¿no ese es el rol del entrevistador?". Acá, la nota completa.