miércoles, 21 de marzo de 2012

Masticar la desesperación


“Seguro soy una rata, se decía Roberto masticándose la desesperación. Todos los hombres estamos amasados con la misma venal urdimbre de deseo. Pero soy tan necio que me creo más trascendente que un oficinista o un almacenero. Quizá sea menos hombre que cualquier esquenún. Quizá el verdadero heroísmo consista en agachar la cerviz todos los días, sin patalear, de casa al matadero y del matadero a casa, encadenado a una percherona gruñidora y chancletuda”
Guillermo Saccomanno, "El amor argentino".

martes, 20 de marzo de 2012

Hijos en Luján y Brandsen

El viernes 23 de marzo a las 23.30 nos vamos a presentar en El Dioni” (25 de Mayo 6700 - Luján)y el sábado 24 a la misma hora vamos a estar en “El Club Progreso” (Alberti y Ferrari - Brandsen). Los esperamos.

jueves, 8 de marzo de 2012

“Empecé a morir en las cárceles de la dictadura”

Por Daniel Molina, Periodista y crítico cultural.

Nací muerto. Eran los 50 y mi madre fue fumando a la sala de parto. Al salir del útero no respiraba y no lograron reanimarme. Me descartaron. Por suerte, una tía estaba terminando su residencia en el mismo hospital y pasó por el quirófano. No sé qué método heterodoxo aplicó sobre mi cuerpo sin vida , pero logró que yo llorase: los pulmones comenzaron a funcionar. En las primeras horas de vida fui tan horrible que cuando me llevaron para que mi madre me conociera, sus primeras palabras fueron: “¿Eso es mi hijo?” .

La heterodoxia y la muerte, que fueron mis nodrizas, no me han abandonado nunca. Mi padre se suicidó cuando yo tenía 9 años y mi madre murió hace más de tres décadas. Me cuesta recordar qué se sentía ser hijo. Siento que siempre fui huérfano . Mi primer amigo del primario murió durante la epidemia de poliomielitis. Muchos de mis compañeros del secundario fueron secuestrados y asesinados en los 70. En los 80, durante la primera etapa democrática, el sida se llevó a decenas de conocidos y amantes . Ahora ya nos vamos muriendo de viejos.

Hay una experiencia que se parece a la muerte. Es la prisión. Más que la vida en la cárcel, lo mortuorio es el hecho de ir preso: significa un quiebre radical con la vida.

Ese instante es eterno . Es el momento perpetuo en el que se tiene la certeza de haber perdido, tal vez para siempre, la libertad, la dignidad, todo. Ese instante es la muerte. Literalmente. Empecé a morir en las cárceles de la dictadura, de nuevo, cuando tenía 20 años. Fui a prisión a la una de la mañana del 23 de noviembre de 1974.

Estaba haciendo el servicio militar y clandestinamente participaba en el PRT-ERP. Jamás había realizado una acción violenta, pero formaba parte de su estructura política. Un soldado de otra unidad me nombró al ser torturado . Se lo acusaba de un delito que no había cometido. Por esa comedia de equívocos terminamos en prisión ocho soldados: fuimos presos por un delito inexistente, pero en el camino nos acusaron por militar en un grupo en el que sí militábamos y que en ese momento estaba prohibido. Nos condenó un Tribunal Militar, aunque la Corte Suprema de la democracia desechó el juicio. Esas son argucias legales. Lo importante es que mi vida cambió radicalmente. En el instante en que me detuvieron, todo dejó de suceder. El tiempo, el ruido del mundo: todo se acabó.

A la medianoche vino a mi cuartel un móvil de inteligencia militar y pidió hablar con el oficial de guardia. Yo fui el encargado de acompañarlo hasta esa oficina. Inventaron una misión nocturna y me ordenaron que acompañara al oficial de inteligencia a los cuarteles de Palermo. Iba en la camioneta militar, rodeado de hombres armados que me miraban raro . Todos en un silencio absoluto. Miraba las calles como si nunca más volviera a verlas. De alguna manera extraña ya estaba aprendiendo a vivir sin vida.

Intentar dar cuenta de la cárcel es una empresa imposible. Si no lo lograron Primo Levi ni Solzhenitsyn ni Genet ni Wilde menos lograré yo dar cuenta de una experiencia que es en sí misma inefable. La gente que no estuvo presa cree que libros tan maravillosamente poéticos y trágicos como Si esto es un hombre o Diario de un ladrón dan cuenta de la vida en prisión. No es así. No llegan al núcleo candente de la experiencia. Justamente porque no hay vida en la prisión: es una forma de morir. Yo trataré apenas de dar testimonio.

Cuando llegamos a la compañía de la Policía Militar me temblaba el alma . Supe que había perdido todo y sólo me quedaba aceptarlo. Me introdujeron con violencia en un edificio que está cerca del portón de entrada.

Se me secó la garganta y no pude ni gritar . Los treinta metros del pasillo que conducía a la cámara a la que me llevaban los recorrí casi en el aire, elevado del suelo por las patadas y trompadas. Todavía no lo sabía, pero esos golpes eran las últimas caricias que me daba la vida.

De todas las torturas que padecí, la que más sufrí fue la privación total del sueño . Fue atroz y duró días. Entre sesión y sesión de picana y golpes, me tenían parado frente a una pared, las manos esposadas en la espalda (el dolor en los hombros me duró algo más de un año).

Un soldado me apuntaba con un fusil para que no me durmiese. Los que se durmieron fueron los que custodiaban . Dos veces dispararon el fusil inconscientemente, porque tenían el arma sin seguro, para que yo supiese que al mínimo movimiento me mataban .

Después de quince días, un militar uniformado (los que nos torturaban lo hacían de civil) me tomó declaración y me informó que iría detenido al penal de Magdalena. Allí permanecí los primeros seis años –un Consejo de Guerra me condenó a ocho, aunque finalmente estuve encarcelado casi diez–. Los cinco meses iniciales fueron de aislamiento total. Encerrado las 24 horas en mi celda. Solo tenía una cama, paredes descascaradas, un techo alto, un ropero casi vacío y aire para seguir respirando. Podía caminar cuatro o cinco pasos desde la puerta de la celda hasta la pared del fondo. Pasaba horas mirando la pared blanca que estaba delante de la cama. Durante años no me permitieron leer nada. Cada cosa que lograba tener era un tesoro: una cuchara oxidada, un trozo de madera, un espejito.

A las seis de la mañana nos despertaban para que nos higienizáramos rápido y tomáramos el desayuno: un mate cocido lavadísimo . Era uno de los momentos en los que podíamos socializar entre los presos que estábamos en el pabellón. Eran unos minutos. Luego venía el cambio de guardia.

Entre los presos políticos el sexo era algo impensable . Yo soy gay y todo el mundo lo sabía, o inmediatamente se daba cuenta. Eso en la cárcel era una doble condena . No sólo por los militares, que lo usaron algunas veces para maltratarme aún más, sino por mis compañeros: en ese entonces la gente de izquierda era militantemente homofóbica.

Consideraban que la homosexualidad era una aberración burguesa , que debía ser extirpada con “reeducación” (un eufemismo que se usaba para definir la política de enviar a los homosexuales a campos de trabajos forzados, tal como sucedía en todo el mundo socialista). La única sexualidad progresista era la masturbación solitaria.

La vida transcurría monótona: yo aprendí cierta serenidad zen en esa nada. Ahora vivo dos vidas: la que vivo y la que imagino . Mi imaginación es del doble del tamaño de lo real. Así poblé mi soledad de historias imposibles y de razonamientos absurdos. Como no veíamos nada más que la pared blanca, se aguzaba el oído. Los ruidos desconocidos nunca anunciaban nada bueno .

Cada vez que abrían la puerta del pabellón podía suceder algo malo. A treinta años de distancia, aún soy capaz de distinguir sonidos que se producen lejos de donde estoy. En realidad nunca estábamos solos del todo. Podíamos hablarnos gritando. Así manteníamos conversaciones, jugábamos a un ajedrez mental o “hacíamos gimnasia” : yo dirigía las sesiones gimnásticas, ordenando una serie de ejercicios que, después supe, era el único que las hacía.

El penal de Magdalena queda en medio del campo. Ausencia total de todo estímulo, pared blanca, trato duro, esperanza nula: creo que lo que me permitió sobrevivir con un mínimo de lucidez fue el humor . Siempre fui capaz de reírme de mí, pero en la cárcel alcancé la maestría. Desde entonces no puedo tomarme en serio.

Con el paso del tiempo hubo varios cambios en nuestra vida cotidiana. Ansiábamos poder hablar con otro, pero en las poco frecuentes ocasiones en las que nos permitían estar fuera de la celda solían estallar los conflictos. Convivir en esa olla a presión era más difícil que soportar la soledad.

En los dos últimos años estuve en celdas compartidas: extrañé el encierro solitario.

El infierno son los otros . La soledad me protegía de la mirada de los demás, pero compartir una celda las 24 horas con otro (u otros, como en Devoto, donde éramos 4 por celda) destruye la individualidad.

Todo el tiempo se está ante la mirada inquisitiva. Cada pedo que me tiraba era oído y olido por mi compañero de celda. Cagábamos y meábamos ante la mirada del que compartía la celda. Nos masturbábamos de noche, en el mayor silencio posible, pero igual oíamos que el otro se masturbaba.

Vino un gato a vivir al pabellón.

Lo llamamos Mendieta , por el perro de Inodoro Pereyra: solo le faltaba hablar. Cuando entraba a mi celda y me hacía compañía, yo era feliz.

Sí: feliz en la tumba . Jugaba con el Mendieta y reía. Era negro, inteligentísimo. Percibía todo antes de que sucediera. Aprendí mucho de él. Me pasaba horas observándolo: me volví gato.

El Mendieta se metía dentro de mi cama para dormir. Yo me sentaba en el piso y miraba el techo, pensando. De golpe, el Mendieta salía de la cama, se desperezaba y se sentaba frente a la puerta. Dos minutos más tarde, yo oía el carro de la comida que rodaba por los pasillos del penal a cien metros del pabellón. El Mendieta me enseñó a ver las cosas antes de que sucedan.

Mientras escribo se me hace un nudo en la garganta. Me emociona recordar al Mendieta. Me emociona recordar que fui joven y no lo supe . Por el vacío de las horas muertas, la cárcel es una espera eterna. No sucede nada o lo que sucede siempre es malo.

Estar preso en la época de Isabel Martínez y durante la dictadura era una condena a no se sabía qué.

Los relatos de Kafka vueltos realidad : sin metáfora. Había muertes en los traslados. Había muertes dentro de los penales. Sabíamos de las desapariciones. La libertad no era algo esperable.

Durar sin sentido o el sinsentido de la muerte: el día a día de mis veinte años.

En mayo de 1981 nos trasladaron a la cárcel de Caseros. Fuimos en un camión, esposados y sin ver adónde nos llevaban. Después de una hora y media de viaje olí el Riachuelo y me largué a llorar de emoción: ¡volvía a Buenos Aires! No imaginaba que el año y medio que iba a pasar en Caseros iba a ser el peor de mi vida. El sistema de Caseros era atroz.

Vivir allí ya era una tortura . El maltrato era la norma. A todo volumen pasaban una misma canción por los altoparlantes durante todo el día. No apagaban las luces a la noche: a mí me resultaba imposible dormir.

Ante cualquier pedido médico, te trataba el psiquiatra, que recetaba las drogas más embrutecedoras . Nos obligaban a tomarlas. Era una mezcla del manicomio y el infierno . No había ni un detalle dejado al azar. Nos sacaban a recreo dos horas diarias y todos estábamos tan pálidos y ojerosos que parecíamos cadáveres. Mi madre ya había muerto y me venía a visitar un tío. El me veía así y se ponía triste. Yo lo veía así y me entristecía más.

Me salvó la Guerra de Malvinas. El día del paro de la CGT, el 30 de marzo de 1982, me llevaron al calabozo por pelear con otro preso del que me había enamorado (y al que aún recuerdo con afecto, aunque nunca más lo volví a ver). De golpe, la mañana del 2 de abril viene a buscarme el celador al calabozo y me dice que me conmutaron el castigo : “Recuperamos las Malvinas; todos estamos ahora en el mismo bando”.

Yo creía que me estaba haciendo una broma.

Después de la derrota, a fines de agosto de 1982 sacaron a todos los presos políticos de Caseros. Casi todos fueron llevados a Rawson. A mí me trasladaron a la cárcel de La Plata, que era un mejor destino. Mi tío había visto al Papa cuando recibió a los familiares de los presos políticos.

Juan Pablo II pidió por mí ante la Junta Militar . Mi tío, como yo, era ateo militante. Más que yo, era anticlerical fanático, pero se arrodilló ante el Papa, le besó el anillo y le habló de mí. Yo no sé si hubiera sido capaz de hacer lo mismo por él.

De la Plata fui a Devoto y de allí a Rawson. Me conmutaron la condena una semana antes de que asumiera Alfonsín.

Salí en libertad el 3 de diciembre de 1983, a la una de la mañana.

Al cruzar la puerta que daba a la calle vi el muro del cementerio de Rawson, que estaba enfrente del penal, y me acordé de mis padres muertos.

Levanté los ojos y vi las estrellas.

Hacía 10 años que no las veía. La vida volvía a latir en mí, como si me hubieran descongelado. Al ingresar a la cárcel aún tenía 20 años y salí en libertad una semana después de cumplir los 30. En ese momento, de cada tres horas que había vivido, casi una hora había estado preso.

lunes, 20 de febrero de 2012

Escenografías

“Me siento atraído por los cementerios, no sé por qué. Hay un montón de cosas que me gustan y no sé por qué. A los cementerios los veo como escenografías a menudo descuidadas, gastadas, con las huellas de la intemperie en todos los rincones. Me gusta recorrer sus calles estrechas con mi cámara de fotos a cuestas. Ahí están las portadas de miles de biografías que nadie escribirá. Hay olvidos, muertes de otro siglo, desapariciones dolorosas, lujo cretino y estúpidamente faraónico, pero también mucha humildad. Hay fotos de color sepia, flores de plástico, estatuas de ángeles, panteones blindados con capillas polvorientas…”
Fragmento de “Morirse”, Andreu Buenafuente.
Revista Orsai Número 5.

Con Hijos en Plaza Primera Junta


Acá, más fotos.

Tumbas de la gloria II







Acá, pueden ver "Tumbas de la gloria" parte I.

martes, 14 de febrero de 2012

La gracia de escribir


"Uno escribe para saber cómo termina esa historia que está contando: uno es el primer lector de esa historia, ésa es la gracia de escribir. Y, una vez que descubrís cómo termina, empezás a escribir de atrás para adelante. Como decía Kierkegäard: "la vida se vive para adelante y se entiende para atrás". Ese movimiento de pelo y contrapelo permanente, eso es para mí la literatura, ese ir y venir".
Juan Forn.

jueves, 9 de febrero de 2012

Seguir viviendo sin el flaco

Gracias Flaco, por tu música, por tus palabras, por mostrarme un mundo distinto,tu mundo, por no traicionarte ni traicionarnos nunca. Se te va a extrañar muchísimo desde este lado del sol.Por suerte, como dice Aute siempre "queda la música". Para recordarte elegí 15 canciones, podrían ser muchas más, pero éstas ya son parte de mi piel.
Hasta siempre, flaco.














Spinetta, el músico que nos salvó la vida


Algunas semanas antes de que la enfermedad del Flaco se filtrara en un diario sensacionalista, alguien, sabiéndome spinetteano, me confirmó que mi ídolo tenía cáncer. Días después, no me sorprendió que en la tapa de la revista Caras Spinetta siguiera brillando entre la mediocridad. La verdad es que no lo vi desmejorado: su figura, aun en los peores momentos, siempre estará asociada a la belleza, a algo refinado y difícil de sujetar. A ese golpe bajo, tan agresivo e indignante, prefiero elegir la discreción que hizo que miles de fans alrededor del país se pasaran la peor noticia con el cuidado que usarían al referirse a un gran amigo. Es que probablemente, Spinetta ha incidido en nuestras vidas tanto como aquellos a los que más amamos. Escucharlo jamás fue el acto mundano de apretar PLAY: significó, literalmente, encontrar un lugar en el mundo. Ahora entiendo que, de alguna manera, quienes escuchamos su obra hemos transitado la vida cobijados por una sensibilidad que, como la de todo gran artista, perdurará más allá de su permanencia en la Tierra.
Cuando me enteré de su muerte no pensé en los discos de las bandas eternas (la parte de su carrera que me obsesiona) sino en que nunca más iré al Auditorium a sacar las entradas para su concierto, en que nunca más preguntaré en AGB si salió "lo nuevo de Spinetta", en que nunca más escucharé en vivo "La herida de París". Su frase emblemática es elocuente: "Mañana es mejor" y su música nunca dejó de sonar en el futuro.
Durante décadas, la música de Spinetta se erigió como núcleo de resistencia ante el avance de la estupidez como forma de vida. Spinetta actuó como antónimo de “frivolidad”, “banalidad”, etc. Durante los 90, incluso, estuvo varios años sin grabar porque no le ofrecían un contrato discográfico a la altura de sus expectativas. "Leer basura daña la salud, lea libros" fue el mensaje del cartel con el que Spinetta salió en la tapa de la revista Gente durante su romance con Carolina Peleritti. Sin embargo, esa postura, pasada de rosca, muchas veces desembocaba en un hermetismo que a veces se confundía con el elitismo, la solemnidad o la pose intelectual. Como si la carga simbólica de Spinetta se hubiese desplazado de su extraordinaria música a su estereotipo (el Artista Complejo, el defensor de la Cultura, el Poeta, es decir, Luis Almirante Brown). En ese sentido, el recital de las Bandas Eternas fue un acto de justicia y una revelación. Spinetta reunió a 40.000 personas en una cancha de fútbol y se reconcilió con su veta popular, aquella que hace que hoy todos estemos llorando, intentando escribir o decir o recordar esa frase de ese tema que sintetice todo lo que sentimos y no podemos expresar. Tal vez Spinetta podría hacerlo: llegado el punto, hacía cualquiera cosa con el lenguaje. "Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca" y "Todas las cosas que se pierden las tiene en un bolso Dios" son versos que se pueden escuchar en dos de sus canciones. Entre una (1976) y otra (2006) hay 30 años. Siempre nos preguntaremos cómo hizo para introducirlos en canciones pop de pocos minutos. En un texto muy reciente, Fabián Casas dice que lloró cuando en el comunicado de diciembre pasado Spinetta le dio vida a un sustantivo y nos dijo, mágicamente: "no paniqueen". En esa imprudencia verbal también advertía toda la esencia de la lírica spinetteana.
Spinetta escribía “Te hallaré en mí como un jarrón” o “Curvas del aire son puertas del blanco barco lento de las horas desvelo”. Se trata de composiciones polisémicas que funcionan en base a su sonoridad, a la forma en que se cantan y al novedoso modo en que están diseminadas en el marco de una canción de rock-pop. Pero Spinetta también era capaz de conmover otorgándole un sentido mayor a frases creadas a través de palabras simples y directas: “Muchacha, te haga reír hasta llorar”; “Oh, mi amor, qué hermosa estás”; “No hagas que me pierda yo en tu corazón”; “Y hoy que enloquecido vuelvo buscando tu querer, no queda más que viento, ¿cómo no queda más que viento?”; “Alguien me hirió y algo más me hirió y luego otro también y me quedé súper herido”. Estas dos vertientes (la que flirtea con el surrealismo, la que se vale de un lenguaje más llano) conforman el universo semántico de un autor totalmente extraterrestre. Musicalmente se valió de distintos géneros en boga (el hard rock, el jazz, el blues, la balada beatle), pero siempre metabolizando la información desde su inédita perspectiva.
Ya todo fue dicho pero nunca viene mal aclarar que su voz era como un instrumento. No sólo a la hora de cantar, sino también en la conversación: la voz de Spinetta es un emblema de la cultura argentina. ¿Quién no lo recuerda preguntando "¿Estamos todos locos o pasó una hormiga, Cacho?" o diciéndole a Mercedes Sosa que estaba saliendo con Britney Spears? En una de esas valijas que entierran para que las las generaciones futuras sepan cómo era la civilización actual, deberían poner una grabación de Spinetta hablando: nunca jamás habrá un tipo con ese tono. No hará falta guardar discos, perdurarán por siempre. Me alegra, en este momento tan triste, tener la seguridad de que dentro de cientos de años van seguir existiendo adolescentes que van a descubrir a Spinetta. De alguna manera es la prueba de que el mundo no es tan horrible.
Todos los días tengo un disco favorito de Spinetta distinto. Hoy no me voy a hacer el original. Elijo Artaud. Es el instante en el que el rock argentino deja de ser un género para convertirse en una cultura. Spinetta asimila influencias literarias y las vuelca a su obra expandiendo ese interés a todos sus seguidores. El rock ya no servía sólo para tener un look atípico y espantar a los padres sino también para elaborar una cosmovisión que contradecía las normas estructurales de la sociedad.
Recuerdo una vieja nota sobre Los Ramones en la que Joey decía que el rock le había salvado la vida. En los últimos años, casi todas las apariciones públicas de Spinetta se relacionaban con su labor en Conduciendo a Conciencia. Alertaba sobre el flagelo de los accidentes de tráfico para que no se siguieran provocando muertes evitables. El Flaco no lo sabía: sin necesidad de ninguna campaña, su música nos había salvado la vida mucho tiempo atrás.
Vía Il Corvino.

jueves, 2 de febrero de 2012

Cambiar el mundo

Es posible cambiar el mundo. La música como instrumento de cambio. La música: instrumento sobre el que ejecutamos la transformación.
Sucede en Venezuela. Venezuela: ese legar que tantas veces oí nombrar de niño. Al otro lado del mar, lejos. Venezuela: donde los hombres más audacez, empujados por el hambre, encontraron un nueva oportunidad, un nuevo abrazo. Algunos no volvieron; otros, volvieron cargados de dinero. Algunos llamaron a sus familias; otros, iniciaron nuevos efectos más allá del océano.
Sucede en Venezuela. Venezuela: tierra extremadamente violenta donde ví, por primera vez, los ranchos hacinados ladera arriba. Marginalidad, violencia y escasas oportunidades.

Un hombre, un músico, tiene un sueño. Su nombre: José Antonio Abreu. Su sueño: Llenar Venezuela de orquestas. Hace 36 años, 11 músicos en un garaje; hoy, 280 escuelas a lo largo y ancho del país. El hombre es un visionario. Tiene un sueño y no descansa. Los resultados: 400.000 niños y jóvenes rescatados de la marginalidad en un país azotado por la violencia, el crimen y la inseguridad.

José Antonio Abreu dice (en trevista realizada para El País Semanal por Jesús Ruiz Mantilla):

En el aspecto social, la inclusión es el principio básico. Nuestro lema son los pobres primero y para los pobres los mejores instrumentos, los mejores maestros, las mejores infraestructuras. La cultura para los pobres no puede ser una pobre cultura. Debe ser grande, ambiciosa, refinada, avanzada, nada de sobras. Además, ellos multiplican su efecto, porque son enormemente agradecidos ante el esfuerzo.

Cualquier muchacho de un barrio marginal, sometido a las tensiones de la violencia, la inseguridad, el asesinato, el robo, puede elegir tocar un instrumento como algo intrascendente. Pero la mera presencia de ese instrumento en la casa puede volverse fundamental y cambiar su vida. Cuando vives en una cloaca y un maestro toca a tu puerta, con ese sencillo gesto ya estás realizando un acto de inclusión. El instrumento es el cebo, del resto se encarga el sistema. Ambos combinados obran el milagro.

(…) cuando después se ven atrapados en la red del sistema, raramente regresan a la marginalidad. Nunca más. La marginalidad se ha demostrado algo reversible a través de la música y el trabajo bien organizado.

(…) una vez que se empiezan a apreciar los resultados, el muchacho se convierte en un héroe. Cuando hace años se produjo una tragedia en La Guaira, a algunas personas afectadas se las reconoció por su instrumento. Era lo que les diferenciaba en el barrio. Esa es su seña de identidad.

Cuando un muchacho toca por primera vez ante sus padres, ese día nace un nuevo ser humano. Se produce una revolución en la vida del niño: a partir de entonces es alguien, adquiere una insólita dignidad que da lugar a una especie de constelación de anillos en la que se agrupa su familia; después, los vecinos, la gran comunidad, el gran anillo que lo protege. Las orquestas han cambiado muchas áreas peligrosas en Caracas y las grandes ciudades o en Estados alejados, junto al Amazonas, donde me propuse fundar núcleos del sistema. Lugares donde, si no llegaban los instrumentos, los padres fabricaban los suyos propios con restos de hojalata para tocar en bodas y bautizos. Ni se imagina la gente la emoción tan grande que pudieron sentir cuando les llegaron los de verdad.

Vía Pedroguerra.com

Tomás Eloy

Por Martín Caparrós

Ayer se cumplieron dos años de la muerte de mi amigo Tomás Eloy Martínez. La fundación argentina que lleva su nombre lo recordó con una serie de textos en la web. Uno de ellos era éste, que escribí para él entonces. Cuando lo leí me dieron ganas de colgarlo aquí, totalmente fuera de programa:

“¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo nos hemos despedido?”.

Son versos, son de Borges, encabezan el primer gran libro de Tomás Eloy Martínez. En la página inicial de Lugar común la muerte resuena la pregunta: ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo nos hemos despedido? ¿Quién será el que se ha muerto ahora que, muerto, ha quedado en los vivos? ¿Quién será aquel que fue, ya ajeno de sí mismo?

Morir es entregarse. Los muertos se hacen nuestros: los hacemos. Nosotros, los provisoriamente vivos, hilamos una vida sin saber que la hilamos, como quien se distrae –“yo vivo, yo me dejo vivir, para que él trame su literatura…”–, y esa vida se va haciendo relato sin querer: un relato donde a veces influimos más que otras, tallando marcas, sembrando materiales. Hasta que, al fin, el día más pensado, nos volvemos tan poco, cajita de cenizas: construcción de los otros. Morirse es, también, convertirse en un cuento que otros van tejiendo. ¿Quién nos dirá de quién, y quién será el que era? Mi maestro Tomás se murió hace unos días.

Lo hemos llorado, lo hemos saludado, le hemos dicho que lo vamos a extrañar –y es tristemente cierto. Tomás era cariñoso, pícaro, generoso, malévolo. Tomás era absolutamente querible, interesante, culto, atento a sus amigos: uno de esos raros grandes conversadores que no se olvidan de hacer preguntas y escuchar respuestas. Tenía un arte del relato oral que envidiaría cualquier tía solterona, y le gustaba tanto charlar de libros como de chismes, de política y películas como de bueyes muy perdidos; contaba chistes malos. Y, sobre todo, le interesaban con pasión los hombres y mujeres, las historias. Ahora se ha vuelto, finalmente, una.

Me gusta pensar que le interesaría ese pasaje: que podría, como solía, reírse, sorprenderse, enfurecerse incluso escuchando lo que empieza a ser. Él, que lo hizo con otros muertos, con grandes muertos de la patria: él, que inventó algunas de las formas más precisas de Juan Domingo Perón, de Eva Perón –y tantos otros. Nada le gustaba más que recordar cómo ciertos episodios que imaginó para Perón en su Novela, para Evita en su Santa eran citados aquí y allá como historia verdadera. A mí me gusta recordarlo así: como un gran inventor de historias verdaderas. Cualquiera inventa historias; es muy difícil inventar historias verdaderas.

(Este martes, al lado de la lluvia, su cuerpo muerto tronaba en medio de la sala y en un rincón, en una mesa, descansaban sus libros. A las dos de la tarde unos señores se llevaron el cuerpo; los libros se quedaron. Sólo la realidad puede hacer metáforas tan malas; Tomás la habría tachado o mejorado. Pero es cierto que, de ahora en más, él va a ser, sobre todo, esas historias verdaderas que inventó.)

Tomás empezó a escribir en serio en la Argentina de los años sesentas. Era un gran periodista, jefe de redacción de una de las mejores revistas argentinas, donde cada nota era obsesivamente reescrita para que mantuviera el estilo de un autor colectivo que se llamaba Primera Plana –y donde nadie creía que los lectores fueran a asustarse frente a páginas rebosantes de letras porque en esos días todos –periodistas y lectores– se creían gente inteligente. En medio de esos alardes –de esas facilidades, diría alguna vez–, Tomás Eloy Martínez se buscaba.

Empezó a encontrarse en esa mezcla de historia y ficción en que tanto la ficción como la historia se mejoran. Si el nuevo periodismo –entonces nuevo– consistía en retomar ciertos procedimientos de la narrativa de ficción para contar la no ficción, él se apropió lo más granado del momento. Sus crónicas fueron un raro encuentro entre Borges y García Márquez: sus frases tomaron préstamos del ciego, sus climas del realismo mágico. Y, muy pronto, consiguió lo más difícil de alcanzar: un estilo –una música, ritmos, una textura de la prosa.

Tomás –como muchos de los mejores– se pasó muchos años escribiendo, de alguna forma, el mismo texto. Ya en Lugar Común anunciaba su intento: “Debo acaso explicarme: las circunstancias a que aluden estos fragmentos son veraces; recurrí a fuentes tan dispares como el testimonio personal, las cartas, las estadísticas, los libros de memorias, las noticias de los periódicos y las investigaciones de los historiadores. Pero los sentimientos y atenciones que les deparé componen una realidad que no es la de los hechos sino que corresponde, más bien, a los diversos humores de la escritura. ¿Cómo afirmar sin escrúpulos de conciencia que esa otra realidad no los altera?”.

Con ese programa, contra la práctica notarial del periodismo chato, escribió sus crónicas de entonces y, obstinado, entusiasta, ligeramente escéptico, creyente, sus dos libros más celebrados, los Perón. Donde terminó de romper los límites entre ficción y realidad, porque entendió que la realidad puede comunicarse mejor con la dosis necesaria de ficción, y la ficción se enriquece con su parte de realidad –y que esa mezcla desafía al lector, lo obliga a no creer, lo convierte en un cómplice activo. Fue su consagración o, dicho de otra manera, su hallazgo de sí mismo. Desde entonces se pasó dos décadas fecundas componiendo una Argentina que –vaga, complaciente– aceptó ser la que él contaba. Tomás, mientras tanto, se dejaba vivir, gozaba de la vida, sufría de la vida –y escribía escribía escribía más.

He conocido a pocos tan ferozmente escritores. Hace unos años, cuando leí su despedida de su mujer, Susana Rotker, me impresionó que, en medio de tal dolor, pudiera escribir esas palabras. Hace unos días, la última vez que nos vimos, me dijo que, contra la enfermedad, seguía escribiendo, y entendí cómo una metáfora gastada puede volverse realidad: escribía porque era la única forma en que sabía vivir, porque escribir era seguir viviendo.

Ahora, ya desembarazado de la obligación de ser real –esa torpe necesidad de comer, querer, ganarse el sueldo, elegir la camisa–, será puro relato. Por eso ya no importa quién era aquel Martínez. Importará, de ahora en más, cómo lo hacemos: ¿quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo nos hemos despedido?

“Todo texto es fatalmente autobiográfico, pero las columnas de prensa no tienen por qué convertirse en un confesionario. Si traiciono esa ley de hierro es porque no me perdonaría jamás seguir adelante sin decir todo lo que le debo”, escribió Tomás alguna vez. Hace muchos años le dediqué mi primer libro de crónicas. Ayer encontré, doblado dentro de mi ejemplar de Lugar común la muerte, Caracas, 1978, el papelito donde había ensayado esa dedicatoria: “Porque/ si no hubiera sido por aquel Lugar Común,/ jamás me habría atrevido/ a suponer este libro./ Gracias”. Otros harán otros Tomás; yo seguiré escribiendo, en cada texto, acechado por mis limitaciones, éste: el que nos permitió escribir lo que escribimos, el que nos inventó. Por eso me gusta pensar que leería estas líneas con su sonrisa pícara, con el brillo guasón de sus ojitos claros, y me diría que no he inventado suficiente. Tiene razón, maestro. Dénos tiempo. Total, por fin, ya no lo apura ningún cierre.

martes, 24 de enero de 2012

Votá por Hijos de Babel

Amigos, necesitamos que nos voten en el Mundial de Bandas del Canal Quiero. Para hacerlo tienen que entrar en http://www.qmusica.tv/mundial-de-bandas , loguearse con su usuario de facebook o twitter, luego sólo hay que clickear sobre nuestra foto y votar. La votación cierra el 30 de enero, no se duerman. Por favor, compartan esto en sus muros, así todo el mundo sabe que Hijos de Babel tiene que ganar este concurso. Muchísimas gracias por su apoyo.

lunes, 2 de enero de 2012

Dos miradas

I

Una mochila nueva, sin roturas.
Todos los días una frase distinta de Martí.
Alexander piensa que ese hombre
no hizo otra cosa que escribir.
Sólo mentiras y más mentiras,
puras mentiras.
Acá, la educación y la salud
también se pagan.
Todo se paga.
Mientras tanto, los vasos se llenan de
daiquiris, ron y piña colada.
Cada noche hay un show diferente.
Una pulserita de colores divide al mundo en dos.
Rolando tenía razón:
la realidad no habla.

II

A cada paso una escuela,
a cada dos un centro médico.
Una isla mirando al sol,
que prefiere hundirse en el mar
antes de ser esclava de nadie.
Acá, ninguno se calla,
hasta las paredes hablan.
“Más de cincuenta años
con la guardia en alto,
defendiendo al socialismo”.
“Todo por la revolución y la libertad,
por la justicia y la distribución equitativa”.
“Con muchas virtudes y logros,
que a veces olvidamos o ya no vemos,
pero siempre, siempre, siempre,
siendo fieles a nuestra historia”.

Fotos del Centro Cultural Recoleta


Acá, más fotos.

Tocando en el Centro Cultural Recoleta



Piratas y tiburones

Por Hernán Casciari

El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. “Dado que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros”, dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: “Pobrecita, miren lo que Internet les está haciendo a los autores”.

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero les pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en Internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: “qué bueno, cuánta gente me lee”. Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: “qué espanto, cuánta gente no me compra”.

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antología de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, “un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho”.

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

“Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. El ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección” (y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara).

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman “La aportación”. En la cláusula 4 dice que “el editor podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)”. En la cláusula 5, ponen: “Como remuneración por la cesión de derechos de ‘La aportación’, el editor abonará al autor cien euros (¿100?) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan”.

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

“Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.”

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

“Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. ¡Saludos!”

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer.

–¿Me das eso? –dice el abuelito.

–Sí, abuelo, tomá.

–No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

–No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

–¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

–¿Pero por qué, abuelo?

–Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

–Bueno, abuelo, otro día hablamos... Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias de la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.

Hijos en la Costa


Del 7 al 22 de enero vamos a estar tocando por la Costa (Villa Gesell, Mar de las Pampas, Mar Azul). Los esperamos por allá.
Saludos y buen 2012 para todos.