viernes, 9 de febrero de 2018

Entrevista a Haidu Kowski: “La carne es la droga argentina”



Nando Varela Pagliaro

Haidu Kowski (Buenos Aires, 1974) acaba de publicar Instrucciones para robar supermercados (Tusquets), una novela que es pura acción. A lo largo de las poco más de doscientas páginas hay incesto, antropofagia, orgías, tiroteos y prostitución. Sobre la novela, pero también sobre el marketing literario, el póker y Playboy hablamos en esta entrevista con el creador de los Jam de escritura.

-         ¿Cómo fue el proceso de escritura?

-         El libro lo empecé a escribir hace nueve años y habrán sido ocho de escritura. Yo no soy tanto de corregir lo que escribo, si algo no me cierra, lo escribo de vuelta. La última versión la empecé a escribir en el 2015, cuando ganó Macri. Ahí pensé que era un buen momento para un libro así. Desde esa última versión, fueron nueve meses intensos de escritura. En esa época, estaba sin laburo entonces iba a los supermercados sin saber muy bien por qué. Pero al tiempo empecé a ver que la gente tenía conductas muy diferentes: había algunos que se llevaban cosas para venderlas afuera; un pibito iba todos los días y tajeaba los sachets de leche, de puro anarquista.

-         Dijiste que a un libro así, le sentaba mejor un gobierno como el de Macri, ¿por qué creés eso?

-         No, no digo que iba a ser mejor. Yo sentí que para el personaje -por ser un pibe de clase media que se va para abajo- un gobierno así era un buen contexto para que esta historia ocurra. La novela para mí es apolítica, sí tiene algo antisistema. Más allá del país, en todo el mundo siempre hay una opresión del sistema hacia la gente.

-         ¿Cómo describirías a Franco, el personaje principal?

-         Franco es un personaje de clase media, educado por un padre estricto, que fallece cuando él tiene diecisiete años. A partir de ese hecho, la familia queda desmembrada en muchos aspectos, aunque tal vez al principio parezca que no. Por esas cosas del azar, se ve en medio de situaciones límite y eso hace que le nazca un gran instinto de supervivencia. Ese instinto lo llevó encontrar una salida para tratar de ser exitoso, exitoso en términos de lo que quiere el sistema, que mide todo en base al dinero.

-         También tiene una ética bastante especial, ¿no?

-         Sí, él se atreve a hacer cosas que no todo el mundo está acostumbrado a vivir.

-         Pero la moral del personaje aparece por ejemplo cuando decide a quiénes le roba a quiénes no.

-         Sí, en ese sentido pareciera que tiene una especie de Biblia a seguir. Esto de no robarle a pequeños productores lo tomo como algo divertido porque no deja de ser ficción.

-         Entre tantas cosas, tal vez de más valor, ¿por qué elige robar carne?

-         La carne para mí es un emblema, es la droga argentina. Somos adictos a la carne. Incluso, aunque seas vegetariano, te convertís en un extremista anti-carne. A partir de eso me puse a investigar y por eso llegué a lo de la carne humana. No quiero hablar más, así no spoileo el libro.

-         ¿Y qué te interesaba en especial del submundo de los supermercados?

-         En este caso el supermercado funciona como el establishment. Yo empecé a ver ahí poesía donde otros tal vez no ven nada.

-         Generalmente, cuando un escritor se sienta a escribir una novela tiene algunos libros de referencia en su mesa de trabajo. En tu caso, ¿cuáles fueron esos libros?

-         En mi caso, había ciertos personajes de Palahniuk que me gustan mucho. Por ejemplo Rant, que es el pibito que es adicto a las mordeduras de serpiente. También, a partir de una lectura posterior de El artista más grande del mundo de Juan José Becerra pude ver mi novela desde otro lado.
  
-         Me cuesta encontrar en nuestra literatura, libros que vayan por la línea del tuyo. ¿A vos te pasa lo mismo?

-         Tal vez Leo Oyola en Kryptonita tiene esta cosa de súperheroes que no son tales. Me parece que mi personaje también tiene algo de antihéroe.

-         Kryptonita fue llevada al cine, ¿te imaginás tu novela hecha película? ¿Te gustaría que la adapten?

-          Sí, la novela es muy cinematográfica. Me gustaría mucho adaptarla y hasta me imagino por dónde la empezaría porque es un libro que tiene muchos puntos de ataque.

-         ¿Te gustaría encargarte del guión?

-         Sí, pero no lo haría solo porque me volvería loco.

-         Antes contabas que la novela surgió en una época en que estabas sin trabajo. En nuestro país, un escritor a la par que elige ser escritor tiene que pensar de qué va a trabajar, ¿no?

-         Sí, tal cual. Yo tuve muchos laburos y algunos muy buenos. Primero trabajé en el negocio de mi familia y al poco tiempo decidí irme y una de las cosas que me dije cuando tomé esa decisión fue que nunca más iba a trabajar en algo que no me gustara. Por eso tuve la suerte de tener buenos laburos: fui guionista de Playboy, laburé en Inrockuptibles, en Haciendo cine, di clases, ahora hace ocho años que edito la revista Pokerface y me ligué al mundo del póker, que es algo que me gusta mucho.

-         Te lo habrán preguntado mil veces, pero es inevitable querer saber ¿cómo fue la experiencia de trabajar en Playboy?

-         Fue muy divertido. Como los programas los vendían a todo el mundo, se trabajaban todos con voz en off. Solo un programa lo hicimos en una isla, como si fuera un reality y fue una experiencia increíble. Yo hacía el guión e intentaba ponerle mucha poesía a los personajes. Ese tono que elegí tuvo mucha aceptación, por eso estuve trabajando cerca de cuatro años. Incluso, ahí conocí a la mamá de mi hija; yo le guionaba los textos a ella.

-         Antes decías que el sistema mide todo en términos de dinero. En tu caso, ¿qué es ser exitoso?

-         Para mí haber escrito una novela durante ocho años, de pronto volver a escribirla, terminarla en nueve meses, llevársela a Tusquest, que a ellos les cierre e incluso hagan una tirada extra, eso a mí ya me hace sentir exitoso.

-         ¿Y ahora qué esperás de la literatura?

-         Lo que vengo haciendo siempre, seguir escribiendo y sobre todo seguir leyendo. A veces los escritores nos metemos en el furor de la escritura y descuidamos esa parte. A partir del Jam de escritura, hace muchos años que el ochenta por ciento de mis lecturas son de escritores argentinos contemporáneos. Me pone muy contento que haya una camada tan buena de escritores.

-         Tus primeros libros los firmabas como Adrián Haidukowski, ¿por qué decidiste cambiarte el nombre?

-         En el 2015, Ediciones B me llama para hacer un libro de póker que no fuera de póker y como, en el póker todos me conocen como Haidu, preferí firmarlo así. Cuando salió el libro, me sentí mucho más cómodo firmando como Haidu Kowski que con mi nombre original.

-         ¿Fue una decisión que tuvo que ver con el marketing? Pienso en Fogwill, por ejemplo, que también hizo algo parecido.

-         El otro día, Horacio Convertini hizo una crítica y también reparó en el tema de mi nombre. De hecho, pensaba que era de afuera. Además, la foto que elegí también da un poco a escritor europeo.


-         En tu biografía, entre otras cosas, ponés que estudiaste marketing. A los escritores, ¿creés que le faltan ciertas estrategias de marketing para hacer circular mejor sus libros?

-         Si te digo que sí, y todos los escritores le pusieran mucho marketing a lo que hacen, deberían venderse muchos libros más y eso no va a pasar. Yo trabajo así porque es como me gusta moverme, forma parte de un todo. No se trata solo de escribir un texto bueno. Cuando hago la revista, me pasa lo mismo. Yo quiero que la revista entre, que se lea. Pensá que es una revista de póker y en 46 ediciones, solo tuve cuatro tapas con jugadores de póker, porque nadie los conoce. En los libros, no puedo dejar afuera mi costado de editor, por eso quiero que la tapa salga lo mejor posible, que el nombre llame la atención y que el título entre. Creo que, en este libro, esas tres cosas se dan y por eso está teniendo más aceptación.

-         Mencionabas el póker, ¿encontrás algo en común entre el póker y la literatura? ¿Hubo experiencias del mundo del póker que luego te sirvieron como escritor?

-         Claro, el póker en mi caso me sirvió hasta para entender el modo de vivir la vida. Además, me permitió conocer a personajes que piensan y avanzan en su vida de otra manera, con mucha más estrategia, buscando siempre sacar ventaja, porque eso tiene que ver con las reglas del juego. En mi caso, yo tuve cierta estrategia a la hora de ver cómo llevar adelante la novela. Fijate que es un texto que no cae nunca. En todos los capítulos, siempre hay algo diferente. Eso de ir jugándome todo y todo el tiempo, lo tomé del póker.

-         Además de editar la revista, ¿jugás frecuentemente?

-         Hubo un tiempo en que jugué mucho, pero no estoy como para jugar con profesionales porque al toque te sacan la ficha y es ir a perder. Yo reconocí que no soy bueno, pero de todos modos de vez en cuando voy y me saco las ganas, pero no mucho más. Para ser bueno hay que dedicarle horas todos los días y eso no es lo mío.

Gentileza de Revista Quid.

lunes, 8 de enero de 2018

Entrevista a Sergio Olguín: “A veces los escritores somos un poquito menos de lo que nos creemos”


Nando Varela Pagliaro.

“Cuando un libro mío vende un poco más de lo habitual, los tipos que están en contra del mercado editorial me pegan. Cuando salió Filo por primera vez, no dijeron nada, probablemente ahora, que sale una edición más grande, por ahí la critiquen”, dice Sergio Olguín café de por medio en uno de los bares típicos del barrio de San Cristobal.
El autor de La fragilidad de los cuerpos conoce el paño del que habla porque durante casi tres décadas trabajó en periodismo cultural. Ha escrito en diarios como Página/12, La Nación y Crítica; fundó las ya míticas V de Vian y El amante; fue jefe de redacción de La mujer de mi vida y editor de El guardián. Pero a la par siempre escribió ficción. En 1998 publicó Las griegas, un libro de cuentos y en el 2002, Lanús, su primera novela. Luego vendrían, Filo (2003), El equipo de los sueños (2004), Springfield (2007), Oscura monótona sangre (2009), con la que ganó el Premio Tusquets, y a partir de 2012 comenzó la exitosa saga de las novelas de Verónica Rosenthal: La fragilidad de los cuerpos (2012), Las extranjeras (2014) y No hay amores felices (2016). Su última novela hasta el momento es 1982 (2017). Con la excusa de hablar sobre la reedición de Filo, nos encontramos con Sergio Olguín un viernes muy caluroso de noviembre.

-Me imagino que no es tan sencillo hablar de un libro que uno escribió hace más de quince años. Para esta reedición de Filo, ¿volviste a releerlo, cambiaste algo?

-Lo revisé un poco y ahora que volví a mirarlo, después de publicarlo, me di cuenta de que lo tendría que haber corregido más. De todos modos, el texto en general me sigue convenciendo.

-En la novela aparece mucho el universo de Puán y todo lo que hay a su alrededor, ¿qué te dejó tu paso por la Facultad?

-La Facultad me permitió encontrar a mucha gente como yo, que amaba la literatura, que era algo que no había en mi familia ni en mis amigos del barrio. Encontrarse con ellos para hablar de libros, de poesía y compartir la pasión por determinados autores, fue muy importante desde lo humano. Ahí también descubrí a muchos autores que no conocía, incluso algunos fundamentales en mi vida como Boris Vian. También me dio la posibilidad de leer a autores y libros que sí conocía, pero que tal vez no me hubiera tomado el tiempo para leerlos, si no hubiera sido por la carrera. Y algo fundamental que aprendí en Puán fue a mirar con cierta desconfianza el predominio de la teoría literaria sobre la práctica. A mí la crítica académica nunca me interesó demasiado porque siempre le encontraba los hilos.

- ¿Terminaste la carrera?

-No, la dejé ya siendo un estudiante muy avanzado. Mi idea era especializarme en Literatura argentina y latinoamericana, que era el lugar de discusión ideológica, política y estética por excelencia, pero cuando empecé a hacer V de Vian me parecía medio contradictorio hacer la revista y continuar en la carrera porque nosotros éramos muy críticos con la facultad.

-Hablando de la Facultad, en la novela también aparece la voz de David Viñas como profesor. De hecho, en uno de los capítulos citás un episodio en el que Viñas comparaba Esa mujer de Walsh con Santa Evita de Tomás Eloy Martínez y decía que lo de Walsh era literatura mientras que Santa Evita era marketing. ¿Estás de acuerdo con esa mirada o con los años cambió tu forma de entender la literatura?

-La verdad es que no cambió mucho mi relación con la literatura. Tuve la suerte de haber estado en la primera clase que dio David Viñas, cuando volvió del exilio. De hecho, esos fragmentos que aparecen en la novela son apuntes tomados de ahí. Ese para mí fue un momento culminante de mi formación ideológica y literaria. Yo siempre le tuve un gran cariño a Viñas, incluso no le critico ni los errores, pero en ese momento sí me pareció una exageración tratar a Santa Evita como una novela marketinera, cuando sabemos que el peronismo siempre fue una de las obsesiones de Tomás Eloy Martínez. Nadie puede pensar que él era un recién llegado a la discusión. A pesar de que yo en esa época tenía una especie de obsesión de burlarme de Tomás Eloy, con el seudónimo de Santiago Pazos, me pareció una cuestión de honestidad intelectual defenderlo y decir que lo de Viñas era una exageración.

-Mencionás a Santiago Pazos. Con ese seudónimo escribías tus columnas en V de Vian, ¿no?

-Claro, en la revista tenía una sección que se llamaba Cuánto vale tu silencio, donde Pazos se burlaba de la pedantería de los escritores argentinos o sea que tenía material para mucho tiempo. En un momento, para que no se dieran cuenta de que era yo, empecé a criticar a Sergio Olguín y con golpes bastante bajos. La verdad es que me divertía mucho haciendo esas cosas porque me las tomaba con mucho humor, no así la gente a la que criticaba. Me ha pasado de cruzarme con dos escritores muchos años después y acercarme a ellos y disculparme por cómo les pegábamos en V de Vian y extrañamente esas dos personas lo tomaron a mal; todavía seguían enojados con lo que no eran más que brulotes de jóvenes que querían meterse en el mundo literario pegándole a los más grandes.

-En Filo, Santiago Pazos dice que lo que él hace no es crítica literaria, sino que pone sangre donde otros pusieron agua o tinta. ¿Creés que faltan voces como la de Santiago en la crítica actual?

-Mientras Elvio Gandolfo siga escribiendo crítica, no nos va a faltar. Elvio siempre ha sido un modelo de cómo entender a la crítica. Él es muy amigo mío y cuando salió mi primer libro, lo comentó en Noticias y lo destrozó porque no le gustó. En ese momento, comiendo con él en un bar le dije: “Elvio, ¿cómo me vas a pegar así?” y él me respondió: “¿y qué querés que haga, si no me gustó?”. No entendía la posibilidad de hablar bien de un libro de un amigo si no le gustaba. Eso es lo que hace un crítico realmente. Siempre ha tenido esa actitud de honestidad intelectual que es lo que muchas veces falla. En estos tiempos, donde la honestidad intelectual de los periodistas falla de manera mucho más terrible por cuestiones más jodidas, que los críticos solo se dediquen a hablar bien de sus amigos y mal de sus enemigos, me parece un problema menor dentro del mundo del periodismo.

-Durante muchos años vos también trabajaste en periodismo, ¿extrañás algo de las redacciones?

-Extraño el contacto permanente con los periodistas. De hecho, me sigo reuniendo con amigos periodistas y me fascina hablar con ellos de política, de deporte, de espectáculo y de cultura. Me gusta mucho más juntarme con ellos que con escritores. Extraño el calor de las redacciones, pero también el vértigo de tener que resolver en las próximas horas una nota y estar tomándome un café con otro periodista, mientras vemos la Champions. Esa tranquilidad que tiene el periodista frente a la página en blanco siempre fue muy admirable en los demás y es algo que he intentado hacer como periodista. Un poco en broma suelo decir que cuando era editor, para mí lo más importante era que me entregaran la nota a tiempo y en lo posible en la medida en que se la pediste. Porque están los desgraciados que te entregan cinco mil caracteres más y te joden la vida. Encima, están los puristas que quieren cortarla ellos y te tienen dieciocho horas dudando si ponen mondadientes o escarbadientes y vos como editor, los querés matar. Porque si te dieran cinco mil caracteres menos, en el medio podés ponerle el código penal o un texto en griego, si total después nadie lee nada.

- Ahora que te alejaste, ¿cómo es tu relación con los suplementos culturales?

- No leo mucho los suplementos y las revistas literarias; un poco me cansaron. De hecho, tampoco sigo tanto la actualidad. Me pude liberar de eso. Una vez que dejé de hacer periodismo cultural, me encontré con un montón de libros que hacía muchísimos años que quería leer y que no leía porque estaba pendiente de todas las novedades, de tal o cual chico del que todo el mundo hablaba bien. Ahora por ahí también los leo, pero porque tengo ganas, no porque me lo exigen. Pero la verdad hoy no me interesa estar al tanto de la última novedad del mercado editorial. En V de Vian había algo conceptual que es que la cultura no la hace el mercado editorial, una revista cultural no tiene que estar atada a si Planeta o Sudamericana publican a fulanita o menganito o si Anagrama decidió por fin importar un libro y traerlo al mercado argentino.

-Alguna vez dijiste que el periodismo cultural es el más bobo de todos, ¿realmente creés que es así?

- Eso lo dije para provocar. Sí creo que el periodismo cultural es mucho más fácil que otros géneros. Escribir sobre libros, sobre películas es bastante diletante, es algo que hacemos por placer. En otros géneros, no es tan directo encontrar el placer. De todos modos, en periodismo cultural también se pueden hacer investigaciones y poner en evidencia ciertas contradicciones de la política, pero no es lo que más suele hacerse. De hecho, los suplementos culturales en general son los que menos vinculados están con la realidad política. Eso ha permitido que los periodistas que nos dedicamos a la cultura, siempre zafamos de las discusiones ideológicas.

-Volviendo a la novela, así como en varios libros retomaste el personaje de Verónica Rosenthal, ¿alguna vez pensaste en volver a escribir sobre Santiago Pazos?

-Santiago Pazos era un producto ideológico de lo que era V de Vian como revista. De la misma manera que no retomaría hacer V de Vian, a pesar de que uno de mis sueños recurrentes es que hago un número de la revista, tampoco retomaría a Santiago Pazos. Tal vez porque tiene mucho que ver con mi pasado y ahora creo que preferiría tomar otras zonas de mi pasado.

- ¿Hoy sería viable una revista como V de Vian?

- Me parece que los noventa están más vinculados con la realización de revistas. Hoy creo que si tuviera la edad que tenía cuando hice V de Vian, haría una editorial, no una revista.

- ¿Pensás que no tiene sentido porque la literatura hoy circula más por las redes sociales?

- La literatura nunca funciona en las revistas o en los suplementos culturales, lo que funciona ahí es el mercado editorial, no la cultura.  

-En tu novela y en tus libros en general suele haber muchas escenas sexuales. ¿Creés que nuestra literatura sigue siendo muy pacata para narrar lo sexual?

-Ahora por suerte no es tan pacata. De todos modos, quiero negar eso de que en todos mis libros hay sexo porque en los infantiles no hay ni una escena (risas). Me parece que de la misma manera que aparecen crímenes o descripciones de otras características, que aparezca la sexualidad de manera más explícita, me permite mostrar mejor el vínculo de esos personajes. Todavía esas escenas siguen llamando la atención, supongo que, con el tiempo, van a resultar más naturales. A mí me divierte incluir esas escenas y son un momento especial cuando las escribo. Por otra parte, creo que aportan mucho en cuanto a la construcción del personaje. Por ejemplo, Verónica Rosenthal no se entendería tan bien si no conociéramos su sexualidad.

-Mencionaste a Verónica Rosenthal, ¿trabajás con distintos lectores en tu cabeza cuando escribís sobre ella que cuando hacés libros como Oscura monótona sangre, Filo o 1982?

-No, sacando mis novelas para chicos o adolescentes, yo trabajo de la misma manera cuando escribo sobre Verónica Rosenthal que cuando escribo el resto de mis libros. En mi cabeza, siempre tengo el mismo lector medio nebuloso que sé que está del otro lado.

- Siempre decís que lo que buscás es entretener a ese lector, ¿pensás que todavía hay prejuicios con respecto a la literatura como forma de entretenimiento?

- Todavía hay un prejuicio muy grande de parte de muchos escritores, que se llenan la boca diciendo que no piensan en el lector ni en el mercado editorial, pero después ves que escriben novela policial, cuando hay que escribir novela policial; que escriben sobre política, cuando hay que escribir sobre política o que escriben sobre la dictadura, cuando hay que escribir sobre la dictadura. Es decir, no les preocupa, pero parece todo lo contrario. También hay otros a los que les interesa un mercadito mucho más chico, pero a veces con mejores resultados sociales, que es el mercadito de los profesores de las distintas carreras de Letras. A mí realmente lo que me interesa es entretener al lector. Lo podés entretener de distintas maneras: provocándolo, confundiéndolo, incluso volviendo tu prosa ilegible, pero siempre hay una intención de que ese lector se mantenga concentrado en lo que escribís, sino ¿cuál es el sentido de entrar en el mercado editorial? Todo aquel que firma un contrato con una editorial, que saca su libro y se distribuye en las librerías de la Argentina, de Buenos Aires o en las cuatro cuadras de Palermo, está dentro del mercado. Estar primero o último en ventas en Eterna cadencia o en El Ateneo, es ser parte del mercado. El no ser consciente de eso, tiene que ver con cierta cobardía de enfrentar lo que somos como escritores. A veces, somos un poquito menos de lo que nos creemos.

- Y la saga de Verónica Rosenthal, ¿de alguna forma pensás que termina opacando al resto de tu literatura?

-  Mi literatura se opaca sola, no necesita ningún otro libro que la ayude a opacarse. Tiende a la opacidad muy rápidamente (risas).

-Hablando en serio, tal vez la palabra no es opacar, pero sí los coloca en un segundo plano.

-Supongamos que fuera Brad Pitt, que trabaje mucho mis músculos y me pongo una musculosa y después me quejo de que la gente mira mis músculos y no mis ojos o mis pies. Bueno Brad, te pusiste una musculosa, tenés que ser consciente de que te puede pasar eso (risas). Yo hago determinado tipo de literatura, por ahí la de Verónica Rosenthal pegó más y seguí escribiendo sobre Verónica Rosenthal porque me encanta su mundo. Eso no opaca para nada lo demás que hago. De hecho, creo que ambos lectores coinciden bastante.

-Ya que hablamos de Verónica Rosenthal, ¿qué te pareció la adaptación de La fragilidad de los cuerpos?

-Yo quedé muy conforme, aunque tal vez no es lo habría hecho yo como guionista. Creo como autor uno no está muy preparado para opinar. El escritor es una persona molesta a la hora de hacer un guión, es un tipo que cree que hay que respetar las comas y las comas no se ven cuando las filmás. Entonces, en estos casos lo mejor que puede hacer es renunciar a participar activamente de la realización de un producto audiovisual. Yo creo que lo que hicieron con La fragilidad de los cuerpos fue desarmar la novela y con los elementos de la novela construir una serie, que es un producto artístico nuevo. En general, el resultado que obtuvieron es muy bueno. Estéticamente me gustó muchísimo, hubo un laburo de producción muy grande. Se esforzaron en hacer un producto de primera calidad para el mercado internacional.

-Ahora que para muchos Verónica Rosenthal es Eva de Dominici, ¿te condiciona eso a la hora de seguir escribiendo?

-No, no me condiciona. Me encanta que Eva haya sido Verónica, creo que la hizo muy bien, que se fue afirmando capítulo a capítulo y termina siendo una Verónica muy convincente. Me enorgullece que haya sido Eva, que es una excelente actriz. La de mi novela, es una Verónica relativamente distinta; no es tan linda, nunca me la imaginé como una mina perfecta y Eva de Dominici es de una belleza perfecta. La Verónica de mi novela es una chica que se cree más linda de lo que realmente es.   
     
- ¿Es posible encontrar la pasión que tiene Verónica por el periodismo en los periodistas actuales?

-Verónica tiene ese amor por el periodismo que tenemos todos cuando empezamos, pero que la realidad nos va quitando. Tal vez se sostiene todavía en los estudiantes de periodismo o en los tipos que entran a colaborar por primera vez en una redacción; después la realidad te va transformando en un tipo con más cinismo alrededor del oficio de periodista.

-Ya tenés varios libros publicados. Si tuvieras que elegir solo uno como carta de presentación, ¿cuál elegirías?

-Yo no digo que sea el que más me gusta, o el que más quiero, pero creo que La fragilidad de los cuerpos tiene algo de Oscura monótona sangre, algo de Lanús, algo de Filo, de El equipo de los sueños y de Springfield. Esa novela es la que mejor resume mis características como escritor.

-La última; en la revista La mujer de mi vida había una sección que se llamaba Las margaritas, en la que vos recomendabas cosas que te habían gustado mucho, poco y nada. Si tuvieras que hacerla hoy ¿qué cosas mencionarías?

-En “me gusta” pondría la serie Dr.Foster, es llevadera pero tampoco me vuelve loco. En “me gusta muchísimo” pondría un libro que estoy releyendo, porque lo voy a dar la semana que viene en un taller literario, que se llama Formas de amor, de David Garnett, un escritor inglés que lo reeditó Periférica, y originalmente lo sacó Sur en los años ’40. Y en “no me gusta nada” pondría que ya no soporto ver en televisión por aire y cable los programas vinculados a lo político; no soporto ni treinta segundos, ni una frase porque no son programas vinculados a lo político sino a las operaciones políticas.


Gentileza de Revista Quid.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Entrevista a Pablo Marchetti: “No hay nada más genuino que la risa”


Nando Varela Pagliaro

“Soy un anarquista ideológico y un peronista sentimental. Soy peronista cultural, sentimental y hasta religioso, te diría. Por eso me alucina Capusotto, porque es peronismo puro. Cuando el peronismo se cruza con alguna manifestación de vanguardia, me parece que da las cosas artísticas más sublimes. Lo digo por Lamborghini, por Favio, por Santoro, por Capusotto y por Agustín Guerrero, un pianista y compositor fuera de serie”.  El que habla, desde su PH en el barrio de San Telmo es Pablo Marchetti. El mismo que fue uno de los ideólogos de la revista Barcelona, el que está al frente del Conjunto Falopa, del programa de radio Hoy lloré canción (AM Once Diez) y el que acaba de publicar Puto el que lee. Diccionario argentino de insultos, injurias e improperios (Planeta, 2017).

- ¿Cómo surge la idea del libro?

-Va a sonar muy cheto lo que digo, pero se me ocurrió porque una vuelta, en un puesto de libros usados a orillas del Sena, conseguí un ejemplar de un diccionario de injurias en francés. Después investigué más y vi que había algunos en español, pero ninguno de la Argentina y que tuviera ejemplos no sólo literarios, sino también del habla callejera. Además, me parece que los insultos, las malas palabras son una de las zonas más ricas y dinámicas del idioma. Existe un dispositivo de creatividad puesto en función del insulto que es increíble. El insulto es una especie de cloaca del idioma y las cloacas son absolutamente necesarias. No podemos vivir sin ellas, sin embargo, las ocultamos todo lo que podemos. También me interesaba mostrar el hecho de que hay muchos insultos que son más fuertes que lo que llamamos malas palabras. Imbécil, por ejemplo, es mucho más fuerte que boludo. Sin embargo, imbécil no está considerada una mala palabra. Boludo es la palabra insignia de la Argentina y fíjate que puede ser un insulto, pero también un vocativo neutro. En esto es muy importante la dicción y la potencia con que se dice una letra. Si pensáramos en boludo y pelotudo, no hay diferencia en cuanto al significado, serían casi sinónimos. Sin embargo, pelotudo es más fuerte. Yo creo que claramente es por la P.

-Fontanarrosa hablabla de esto en su famosa ponencia en el Congreso de la Lengua.

- Exactamente. El título del libro lo tomé de Palabras iniciales, un magnífico cuento suyo. “Puto el que lee esto.” Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

 -Tanto en el diccionario como en casi todo lo que hacés siempre hay mucho humor. ¿Pensás que el humor es visto como un arte menor?

-Sí, claro. Yo me niego a decir que lo que hago es humor. Una cosa es que tenga humor y usar el humor como un recurso y otra es decir que hago humor. El humor en sí, no me interesa. Me interesa el humor solo como una forma de comunicar. Lo que más me interesa es la comunicación y el humor comunica. Tenemos muchos ejemplos de cosas que contienen lo humorístico y no son necesariamente humorísticas. El hallazgo de Página /12, cuando surgió, fue poner en un diario de noticias serio, títulos que muchas veces tenían un gancho humorístico. Eso lo que generaba era mayor empatía, mayor deseo de leer. No hay nada más genuino que la risa porque no se puede caretear.

-Hablás de los títulares de Página y es inevitable no asociarlo con la revista Barcelona. Me acuerdo de que cuando murió Kirchner, el título de la revista fue “La fuerza del tomuer”, un título bastante polémico que no fue tan bien recibido. ¿Pensás que hay límites para el humor?

- Si somos honestos, el límite está en nuestras convicciones.

-¿Y cuál es tu límite?

 -A mí no me causa gracia reírme del débil, me causa gracia reírme del poderoso. Lo que me gusta es poner en evidencia las construcciones de poder desde el lenguaje, lo que vemos como natural desde la comunicación y no es natural. Desnudar esas construcciones de poder es todo lo que puedo hacer. Me encantaría destruirlos o que mi intento por desnudarlos sirva para destruirlos. Muchas veces me pregunto por qué hablamos de inseguridad para determinados casos y no para otros. Los casos de gatillo fácil no son de inseguridad y un asalto en el centro sí lo es. Habría que replantearse algunas cosas, ¿no? En Barcelona, para un 24 de marzo hicimos una contratapa que decía 24 de marzo Día nacional de la inseguridad. 

- Hace poco lo entrevisté a Lanata y él me decía que cuando se fue de Página para él, el diario dejó de salir. Ahora, ¿cómo es tu relación con Barcelona?

-No vi más la revista desde que me fui. Bueno, vi alguna que otra cosa que me mostraron, pero muy poco. Barcelona salió en un momento donde éramos una trinchera. Éramos cinco los que hablábamos en contra de Clarín y teníamos una lectura crítica del periodismo. Claudia Acuña alguna vez dijo que Barcelona era el que se vayan todos, pero del periodismo. Ahora, después del debate que se dio con la ley de medios y con 6,7,8 hablando todos los días contra Magnetto, cambió todo. Hablar contra Clarín no era lo mismo en el 2003 que en el 2012. Entre eso y que yo sentía que tenía otras cosas que me interesaban hacer y no tenían cabida en Barcelona, sentí que la revista ya no me contenía más. Mas allá de que es cierto que tuvimos algunas diferencias políticas, la idea de satirizar un medio ya no me interesaba. Porque satirizar a un medio implica una atención muy grande de aquello que querés satirizar, porque necesitás conocerlo en profundidad. Para hacer la revista, nosotros leíamos Clarín minuciosamente, hoy ya no quiero ni leer. No me interesa nada, ni Lanata ni Navarro. Los programas políticos me aburren muchísimo. Intratables lo veo alguna vez, si va Vicky. De hecho, me invitaron y no quise ir porque me siento afuera de esa lógica. Lo único que periodísticamente me sigue representando es la cooperativa MU.

-¿Y no extrañás nada del día a día en la redacción, de estar un poco más acompañado?

-La verdad que no. Ahora estoy muy dedicado a la música. Estoy grabando un disco con mi banda que es Conjunto Falopa y estoy tocando muchísimo con Rafa Varela. Además, me gusta mucho escribir en soledad.   

-En tu web está muy organizado todo lo hiciste y lo que hacés. Si bajara un marciano y tuvieras que presentarte mostrándole una sola cosa de todas las que hacés, ¿qué le mostrarías?

-Esa web.

-Es buena la respuesta, pero imagino que de todas las cosas que hacés algunas te deben generar más orgullo que otras.

-Lo que más orgullo me da es no tener que laburar. Eso hace que tenga que trabajar muchísimo, pero en todas cosas que me alucinan. Digo muchísimo porque todo el tiempo tengo que inventarme el laburo, pero nada de lo hago significa un trabajo en serio para mí.

-Muchos se meten en periodismo porque creen que es una manera de cambiar el mundo. Vos decís que empezaste porque fue la manera que encontraste de trabajar escribiendo, ¿cuál creés que es realmente el poder del periodismo, si es que tiene algún poder?

-Me quedé con lo de cambiar el mundo porque me parece muy importante hacernos cargo de que queremos cambiar el mundo. Si vos te plantás frente a un micrófono, si escribís o hacés alguna cosa que tiene que ver con la comunicación, tenés que ser consciente de que lo que hacés es la nada, no estás construyendo un puente, ni operando a corazón abierto, sino que hacés algo que no le importa a nadie, que no es vital. Si querés llegar a determinada gente y querés comunicar algo, ese comunicar algo implica dar una versión de los hechos e incorporar una mirada que en quien lo vea, lo lea, cause un determinado efecto. La fantasía siempre es llegar a una mayor cantidad de gente. Algunos solo quieren llegar a un gran público, esa es su búsqueda. A mí me gustaría llegar a más gente, pero no voy a cambiar nada de lo que soy, pero porque sé que de alguna manera quiero cambiar el mundo. Ahora, si pienso que realmente lo voy a cambiar, soy un pelotudo. No puedo ser tan soberbio de creer que puedo hacerlo, pero tengo que hacerme cargo de que lo quiero hacer.

-En alguna nota dijiste que el hecho de haberte casado con Victoria Donda hizo que te alejaras de la agenda política, ¿por qué fue así?

- Por ver la política desde otro lugar, perdí interés y me di cuenta de que hay dos cuestiones muy distintas, una tiene que ver con las convicciones y como uno lleva adelante esas convicciones y en eso tengo una coincidencia plena con Vicky. Yo estoy muy orgulloso de su laburo parlamentario y cada vez que sale a la calle, estoy en el mismo lugar que ella. Coincidimos en la agenda de las cuestiones políticas a resolver. Eso es una cosa y una muy distinta y con la que yo no tengo nada que ver, son las alianzas electorales y las fotos.

-¿Te joden esas alianzas porque pensás que están en la vereda opuesta de lo que ella piensa?

-Me jodió en un momento, hasta que pude acomodarme y ver cómo eran las cosas. La política es un lugar tan extraño, donde las alianzas van y vienen. Hay diez mil factores que no tienen nada que ver con las convicciones políticas.

-Escribiste un poema que llamaste El chongo de la diputada. En un punto, ¿te molesta algo de la mirada de los otros?

-La verdad que me río de eso. Si alguno cambió la forma de ver lo que yo hacía, es un problema del otro. Aparte, si quiere tener esa mirada sobre mí, nunca va a tener una atención sobre lo que hago. No vivo pendiente de la mirada de los otros.

-En una nota que te hizo Eugenia Zicavo dijiste que en una época tu vida se dividía en momentos en los que tenías plata para comprar libros y otros en los que tenías tiempo para leerlos. En alguien como vos, ¿qué lugar ocupa lo material?

-Habría que definir qué es lo material, a mí lo que me importa es vivir tranquilo. ¿Qué lujos me gusta darme? Me gusta viajar y tal vez me gustaría poder hacerlo un poco más. Pero por suerte, varias veces nos invitan, así que no es demasiado gasto. Después, cada tanto nos vamos a Santa Fe a casa de unos amigos, pero ir o no es más una cuestión de tiempo que de guita. Y después, como podés ver, me gustan los discos y los libros, no tengo mayores ambiciones económicas.


Gentileza de Quid.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Entrevista a Felipe Pigna: “La construcción de un pensamiento muchas veces tiene más que ver con la cultura que con la política”


Nando Varela Pagliaro

Acaba de publicar La vida por la Patria, un libro en el que recorre la vida y obra de Mariano Moreno para desentrañar los mitos y los debates en torno a su figura. En esta entrevista con el historiador más popular de nuestro país, hablamos del minucioso trabajo de investigación que hay detrás de la biografía del secretario de la Junta, del lugar que ocupa la historia de acuerdo con la ideología política y de cómo cambió la metodología de enseñanza a partir de sus libros.

-Antes de ir al libro, quisiera hablar de tus inicios. Es muy común escuchar que un chico quiera ser futbolista o artista, pero no es tan habitual que alguien quiera ser historiador, ¿cómo surge tu vocación?

-De chico yo tampoco quería ser historiador, quería ser veterinario porque estaba muy influido por una serie que se llamaba Daktari. Después, ya en la secundaria, tuve dos profesoras muy determinantes. Una muy reaccionaria, cuando cursaba segundo año, y la otra en quinto.  Era justo el año ‘76 y a mí me pareció increíble que ella pueda hacernos pensar, a la vez de cuidarse y cuidarnos en ese contexto tan tremendo.

-Cuando empezaste a estudiar Historia, supongo que pensabas en un futuro como docente, ¿Imaginabas algo de todo lo que te terminó pasando?

-Era imposible imaginarlo. De todos modos, la docencia tiene mucho que ver con el lugar al que yo llegué. Porque la obsesión con que te entiendan va derivando en querer producir material. En mi caso, primero fueron los manuales y los documentales que hicimos para el Carlos Pellegrini. Esos documentales, me permitieron tomar contacto con los medios por primera vez. A partir de ahí, me empezaron a llamar para dar entrevistas y de a poco fui haciéndome un lugar, hasta que finalmente arranqué en Radio Mitre en un programa que se llamaba Historia Confidencial. Después vino Canal Siete y al poco tiempo ya quise publicar mi propio libro. Eso me costó mucho porque me rebotaban en todas las editoriales. Hasta que Norma sacó mi primer libro y fue un boom. Después, vino Algo habrán hecho, que fue muy importante en lo que refiere a la popularidad.  El primer capítulo salió un lunes y el martes ya era popular; igual, es una fama linda que me sigue acompañando, que no es invasiva. Al contrario, siempre se acercan con mucho respeto, incluso con ciertos tintes surrealistas. Me pasa que a veces salgo un domingo a caminar por el barrio y me para alguno para preguntarme quién mató a Dorrego.

- Me hablás del éxito y pienso en tus padres, ¿ellos llegaron a vivirlo? 
 
- Lamentablemente, mi papá no, porque falleció muy joven. Le hubiera encantado verme. A mi vieja la perdí este año, así que, por suerte, sí pudo verme. Siempre estaba en la primera fila de la Feria del Libro. Los dos fueron muy importantes en mi vida. Ellos fueron los responsables de que a mí me gusten los libros y la música. Mi casa era muy musical, siempre estaba llena de artistas, músicos y pintores. Eso influyó muchísimo en mi vida.

-¿Tus padres trabajaban en el ámbito cultural?

-Sí, mi viejo fue gerente de SADAIC en dos ciudades de Buenos Aires y una de Córdoba. De esos años, la época más interesante que recuerdo es la que vivimos en Azul. Ahí a la vez de ser gerente de SADAIC, fue nombrado secretario de Cultura. En Azul hizo un gran trabajo cultural y llevó a gente de primer nivel. Lo bueno de eso es que después de los conciertos, los músicos venían a comer a mi casa. Así conocí a Atahualpa Yupanqui, a Mercedes Sosa, a Falú, a Cafrune, a todo el mundo. Me acuerdo de quedarme escuchando anécdotas hasta la madrugada. A decir verdad, ese fue mi primer contacto con la historia y con los grandes narradores. Antes la gente narraba más, era una narrativa sin apuros y sin celulares, lo que hacía que se escuchara con mucha más atención.

-Vayamos a La vida por la patria. En el prólogo decís que, a 200 años de su muerte, la figura de Mariano Moreno todavía sigue incomodando. ¿Por qué creés que incomoda?

-En la primera frase que pongo de él, ya te das cuenta qué es lo que incomoda. Por ejemplo, cuando dice que un gobierno no puede defraudar a los ciudadanos, no puede robar ni mentir, y tiene que estar al servicio. Que es bueno que la gente piense que un gobierno debe obrar bien, pero es más importante que sepa que nunca debe obrar mal. Todo esto puede sonar ingenuo, pero cuando el tipo lo dice, está fundando una patria, habla con un cuaderno en blanco. La incomodidad también tiene que ver con sus escritos de 1810 en La Gaceta, que tienen una vigencia tremenda. Por ejemplo, cuando habla de la justicia, de la corrupción, de la doble cara de un funcionario público y de todas esas cosas que pasaron y siguen pasando. No es casual que Moreno no tenga ninguna fecha en el calendario oficial. Ni su nacimiento, el 23 de septiembre ni su muerte el 4 de marzo son feriados, ni siquiera se lo recuerda.

-De algún modo se lo recuerda el día del periodista.

-El día de periodista se habla un poco de Walsh y algo de Moreno, pero muy poco. Te dicen que fue el secretario de la Junta, pero no que fue el fundador de la jurisprudencia en Argentina, porque fue el primer abogado que empieza a plantear la necesidad de un nuevo derecho, que cambie el Derecho Colonial.

- Los argentinos tenemos un gran afán reduccionista que nos lleva a encasillar a nuestros próceres con algunos hechos puntuales. Por ejemplo, salimos de la escuela repitiendo como loros que Sarmiento es el padre del aula, que Belgrano creó la bandera y que San Martín cruzó los Andes. Con Moreno en cambio, ni siquiera podemos hacer este reduccionismo berreta. ¿Por qué pensás que pasa eso con su figura?

-Como mucho se dice que es el padre del periodismo. Pero sí, estoy de acuerdo con lo que decís. Creo que eso pasa porque él no es un militar y su capital está en el intelecto. Ya lo sabemos, el intelecto nunca tuvo buena prensa, sino que más bien genera desconfianza. Ahí tal vez está la clave de por qué no se le asigna ninguna paternidad. Además, esta pesificación que vos decís es reduccionista a tal punto, que reduce al personaje solo a ese rol. Ese razonamiento viene por pensar en que la historia está destinada a los niños y a los adolescentes y como algunos adultos suponen que los chicos son seres inferiores, que no están en condiciones de comprender el conflicto o los procesos, mejor se les cuenta una cosa a la vez. No digamos que Rivadavia y San Martín eran enemigos o que Mitre y Sarmiento se peleaban porque no lo van a entender, cuando un pibe de hoy que ve 690 personajes japoneses entiende el conflicto, las diferencias y las antinomias perfectamente.
 
-Me acuerdo de la canción de los Cadillacs que dice que en la escuela solo nos enseñan a memorizar fechas de batallas. ¿No creés que a partir de tus libros cambió la metodología?

-Está cambiando y es cierto que hay una demanda distinta. También hay más padres que se interesan por lo que les enseñan a los hijos. Ya es imposible que en una escuela les enseñen que Colón descubrió América en esos términos. Es de una falsedad que no hace falta ni aclarar nada. Hemos avanzado y eso me da mucha alegría. En los colegios se trabaja mucho con mis historietas. Hace poco estuve en Independiente y había un montón de pibes, cuando llegué me empezaron a gritar: “Felipe, Felipe” y yo no lo podía creer. Me emocioné tanto que no podía ni hablar. Todo esto tiene mucho que ver con las maestras y con el hartazgo de una forma de enseñar la historia que es mentirosa y aburrida. Como bien cantan Los Cadillacs a quién le importa la fecha de una batalla si esa batalla no significa nada. Si vos me decís San Lorenzo y no sabés qué pasó, de poco te sirve saber una fecha. Sí es importante que un chico reconozca un proceso histórico, que tenga algunos datos memorizados, una mínima ubicación histórico temporal siempre es necesaria.

-Volvamos a la figura de Moreno, ¿pensás que el progresismo y la izquierda de algún modo están en deuda con él?

-La izquierda siempre lo reivindicó parcialmente. Quizás algún sector de la izquierda peronista no lo ha leído bien. Otros sectores, más bien de la derecha peronista, lo tenían como a un agente inglés, como el autor de La representación de los hacendados, que la leen muy parcialmente, como un alegato por el libre comercio, cuando en realidad es un alegato por la libre exportación de nuestros productos.

-Y el famoso Plan de operaciones que tantas polémicas suscitó, ¿resulta que era apócrifo?

- En el libro dejo en claro que el Plan de operaciones es falso. A partir de un libro que se llama El cementerio de la magdalena, se comprueba que hay hojas enteras que están tomadas de ahí y que justamente son las peores partes, en las que se habla de cortar cabezas y verter ríos de sangre. Eso claramente no lo escribió Moreno, sino que es un engendro del año ‘14, que hace Álvarez de Toledo, un espía español al servicio de Portugal. El objetivo era que ese documento les sirviera para justificar que en América gobernaban los salvajes. Para algunos es una decepción que Moreno no lo haya escrito y para otros es la confirmación de una sospecha que tuvo muy tempranamente Ricardo Levene.

-Tu libro se llama La vida por la patria, ¿hoy existen políticos que estén dispuestos a dejarlo todo?

-No creo que queden muchos. Estamos asistiendo a un momento de mucha pobreza y de mucho ego. Lo que uno menos ve, en los llamados debates políticos, son propuestas. Lo único que hay son puros carpetazos, una recurrencia obsesiva al pasado, pero no al buen pasado, sino a los prontuarios del adversario.

- Pienso en Moreno y en su plan de lectura para formarse. El compromiso intelectual, ¿también se perdió?

-Yo creo que sí. Lo que quiero remarcar en el libro es la importancia del pensamiento que precede a la acción: cómo se sentía un político que tenía que prepararse para actuar. Esto se repite en Belgrano y en San Martín, que antes de hacer nada, leyeron y se prepararon muchísimo. Hoy la pobreza de los debates es terrible. Nunca vas a escuchar a un político argentino hacer citas. La última que recuerdo y muy desafortunada es la de Menem, cuando dijo que había leído todas las obras completas de Sócrates. Como ciudadanos deberíamos exigir que el político se forme. A veces se les hace preguntas muy básicas y no son capaces de responder. El otro día hablaba con un colega de Estados Unidos y él me decía que estaba muy asombrado porque el argentino medio supera ampliamente al político medio; que las conversaciones del argentino medio estaban muy por encima de las conversaciones de la clase política. Eso habla muy mal de nosotros, los votantes.

-Te escucho hablar y pienso que son muchos los historiadores -Mitre, Sarmiento- que se involucraron en la política, ¿te ves como político?

-La verdad que no es una opción. Mi forma de hacer política no es partidaria, sino que hago política desde la historia. Política en el sentido de abrirle la cabeza a la gente. Tengo muchos años de docencia y el momento de mayor felicidad para un docente es cuando ves que el otro elabora conceptos propios. Yo detesto la bajada de línea y el ego halagado de creer que el otro dice y piensa lo mismo que uno. La felicidad del docente de alma, como es mi caso, está en ver que el otro piensa.

-Decís que hacés política desde la historia. Según la ideología, ¿cambia el lugar en el que se coloca a la historia?

-Por supuesto porque la historia es una ciencia completamente subjetiva. Eso no está mal en la medida que el lector sepa que los historiadores subjetivamos. Subjetivar no quiere decir ninguna operación maléfica, sino que lógicamente la aprensión de un documento tiende a una interpretación que es personal y única de cada historiador. Yo creo que la desconfianza no tiene que estar en los que decimos que tenemos abiertamente una mirada determinada de la historia, sino en aquellos soberbios que se proclaman imparciales. Esa soberbia no le corresponde ni siquiera a los jueces, porque está demostrado particularmente en la Argentina, que los jueces de imparciales no tienen nada. Lo que sí hay que exigir a los historiadores y a todo el mundo es honestidad: no andar escondiendo bajo la alfombra lo que no conviene. El ejemplo que siempre doy es mi libro sobre el peronismo; el que lo lea, se va a dar cuenta de que está puesto todo lo que tiene que ver con el peronismo; lo malo y lo bueno. Poner solo lo que me conviene sería defraudarme a mí mismo y hacer una muy mala praxis histórica.

-Con respecto al lugar en el que se coloca a la historia; ¿creés que cambió en algo del gobierno anterior al actual?

-No tiene que ver solamente con el gobierno, que quizás propició un cierto relato de la historia que suponía que le era funcional y no le sirvió de mucho en términos electorales. No armó una didáctica para hacerle entender a la gente que lo que tenía era porque se habían creado políticas favorables. La respuesta está en que la gente terminó pensando que lo que obtuvo en esos años fue por mérito propio. Ahí hubo un error de comunicación de pasado y presente. Esto también tiene que ver con momentos del mundo en el que la historia también maduró muchísimo. La historia no puede contarse sin el contexto, como tampoco puede contarse sin el cine, sin la música, sin el teatro y la literatura. La historia fáctica murió. El libro que cuenta una asociación de hechos sin conceptualizar, sin los imaginarios sociales de cada momento, ya no existe. La construcción de un pensamiento muchas veces tiene más que ver con la cultura que con la política.

-Cuando escuchás a algunos periodistas decir que están hartos de la dictadura, hartos de revisar el pasado; ¿qué te pasa?

-A mí no me pasa nada, porque creo que son pataleos. ¿Qué quiere decir estar harto de la dictadura? La sociedad argentina demuestra y demostró cuando fue lo del 2x1 que no quiere saber nada con terminar con el pasado y decretar la impunidad. Aún en un panorama político muy adverso, en un gobierno que no propicia para nada ni la justicia con los represores ni la memoria histórica, la gente igual salió a la calle. Y seguramente muchos de los que estaban en esa plaza, votaron a Macri, pero le dijeron que no al 2x1. Más allá de los pataleos interesados e histéricos, por una cuestión publicitaria de cierto negacionismo snob, para la sociedad argentina, el tema de los derechos humanos siempre va a estar en agenda.


Gentileza de Quid. 

Entrevista a Iván Noble: “No necesito el aura de misticismo "


Nando Varela Pagliaro

“Los casi 50 son un punto en el que parás la pelota, levantás la cabeza y empezás a mirar si no se la estás dando siempre al mismo”, dice Iván Noble. Las metáforas futboleras a esta altura ya son casi su marca registrada a la hora de escribir. A tres meses del multitudinario show que dio junto a Caballeros de la Quema en el Estadio Único de La Plata, hablamos con el cantante sobre las impresiones que dejó una vuelta tan esperada.

-Cuando te preguntaban por la vuelta de Caballeros, siempre decías que las canciones que te gustaban las podías tocar y no necesitabas nada de la mística y el folclore que rodeaba a la banda. Ahora bien, cuando viste a las 26 mil personas que fueron a verlos al Único de La Plata, ¿qué te pasó?

- Nobleza obliga, me sacudió los cimientos emocionales que estaban un poco anestesiados. Pensá que irme de Caballeros en la época en que me fui, significó una situación bastante hostil de parte de lo que era el público nuestro e incluso de la inteligentzia del rock. Eso hizo que me tuviera que defender como podía. En principio, desde lo musical y después, tratando de poner todo el tiempo una barrera. No es fácil salir a cantar tus canciones nuevas y que la gente te pida sólo temas de Caballeros; así que yo estaba, no enojado, pero sí fastidiado con ese fantasma. Después el tiempo pasó, las cosas se acomodaron, empezó a cambiar el público y empecé a hacer, como solista, las canciones de Caballeros que me quedan mejor. Y la verdad es que no necesitaba ni necesito el aura de misticismo y de épica que rodea un grupo de rock. De hecho, no volvería a tener día a día una banda, no volvería a pensar en Caballeros como un proyecto oficial, pero tengo que reconocer que lo que pasó el día del Único sobrepasó todo tipo de expectativas, fue muy emocionante y me sacudió. Y en lo personal, me reconcilió bastante con una parte de esa historia que tenía medio obturada.

- Muchas veces fuiste muy crítico con todo lo que tiene que ver con la cultura rock, la cultura del aguante. ¿Tenías miedo de que tal vez el público más fiel de Caballeros te diera la espalda?

-Sigo siendo muy crítico con la cultura del rock, pero la verdad no tenía ese miedo. Además, en ese sentido, las bandas -y Caballeros no es la excepción- amortiguan ciertas antipatías que pueda haber con alguno de los miembros.  A lo mejor, a alguna de la gente que fue al show durante todos esos años, yo les caí antipático, pero para ellos está primero la banda. Otra cosa que pasó y fue muy conmovedora fue la incorporación de otra gente que nunca nos había visto. Fue muy emocionante ver la cantidad de padres con hijos que fueron al show.

-Más allá de lo que se vio arriba del escenario, ¿cómo fue el encuentro entre ustedes?

-También superó las expectativas, porque creo que fuimos muy inteligentes desde el minuto cero. Una vez que nos pusimos de acuerdo, que no fue fácil porque pasaron unos cuantos años, coincidimos en que la única manera de hacerlo era yendo al grano en lo musical, o sea encerrarnos dos meses a ensayar mucho, y no hacer ningún tipo de revisión de cuentas que ya prescribieron. Cuando las bandas se separan siempre quedan rencores, resentimientos, deudas pendientes, asuntos por aclarar. Pero como habían pasado quince años e incluso la sensación era que los tipos a los que les había pasado eso no éramos los mismos de ahora, dijimos: “muchachos, si nos vamos a sentar a discutir sobre lo que pasó esa vez en Catamarca, o si estuvo mal tal cosa o tal otra, no tiene ningún sentido”.

-Decís que no eran los mismos. Muchas de las canciones que cantaste tienen más de veinte años. ¿Te creíste cantando esas letras o algunas te costaron más que otras?

-El ochenta por ciento de las canciones me fue absolutamente fácil, y hubo una pequeña porción, te diría tres o cuatro que a primera vista dije, no me gustan tanto.

- ¿Se puede saber cuáles eran?

-Por lo general eran las más viejas: “Carlito” es una y “Primavera Negra”, otra.

-Paradójicamente son las que más festeja gran parte del público. ¿Qué es lo que no te cerraba?

-Escuchaba la letra y me parecía oscura, retorcida, medio críptica. Yo nunca más volví a escribir así ni lo haría, pero entendía que en ese momento estaba bien.

-Muchas veces dijiste que ya no te imaginabas como frontman de una banda de rock, ¿tenías miedo de no encajar con el público?

-Tenía miedo de no creérmela yo, no en cuanto a lo que me pasaría con el público. Pero los ensayos fueron como un banco de prueba, porque para funcionar arriba del escenario, tenés que funcionar en la sala. Te tenés que creer las canciones: son remeras que te ponés y tenés que salir a la calle como si tuvieras puesta la más linda del mundo. Eso pasó, y además la emoción de esa noche le pasó por encima a cualquier tipo de duda.

- ¿La vuelta sirvió para que se acerquen como amigos?

-Elegimos una forma de vincularnos que fue -desde el minuto cero hasta hoy que estamos terminando de armar el DVD- estrictamente profesional, pero en el mejor de los términos, no fría. Intentar otra cosa sería revivir una época que ya pasó; ir a buscar a tipos que ya no están. Antes nos quedábamos hasta las cinco de la mañana después de los ensayos tomando cerveza y tocando la guitarra; hoy eso ya no va a pasar, cada uno tiene que volver a su casa.

-Además del DVD, ¿proyectan algo más o eso sí es lo último?

-El DVD va a quedar buenísimo y la verdad me parecería raro que no hagamos algo más, al menos para presentarlo, pero por ahora no hay nada cerrado. Si me preguntás a mí, a lo mejor me entusiasmaría tocar de vez en cuando en un ámbito parecido a donde lo hicimos.

-¿Y la idea de componer canciones nuevas?

-Hoy no está ni ahí, pero a lo mejor en tres o cuatro meses me llaman Guerra o Méndez y me dicen, “tengo una música, ¿le querés poner letra?”, y por ahí lo hago. Pero la verdad no me imagino haciendo un disco nuevo con Caballeros, no está esa ambición.

- Salgamos de Caballeros. ¿Cómo fue el contraste entre el show del Único y volver a Al fin solos, esta gira que venís haciendo por todo el país vos solo con tu guitarra?

 -Lo necesitaba. La intimidad a la enésima potencia es una situación que me gusta cada vez más. Me siento muy cómodo en un escenario, solo con la guitarra y con las canciones desguarnecidas. Es un tipo de show que me obliga a conectarme con los temas de otra manera. Descubrí con el tiempo que cuando uno recrea las canciones, casi constantemente hay mucho de piloto automático. La gente le agrega emoción; a veces más, a veces menos, pero podés de un modo u otro, poner el piloto automático. En cambio, en este tipo de show no podés porque la canción es otra. Solo están tus dedos, la garganta y nada más.

-¿Por qué pensás que es tan difícil que un solista genere la mística que genera una banda de rock?

-Porque me imagino que, por un lado, las bandas tienen esa cosa más de equipo de fútbol y por otro, los orígenes suelen ser míticos, siempre hay un mito fundacional: el barrio, los pibes que se juntan, el garaje, etc. Eso colabora en alimentar un mito y los mitos siempre provocan más empatía.

-Antes hablábamos del público. A los escritores siempre se les pregunta si a la hora de escribir tienen algún lector en mente. En tu caso, cuando componés una canción, ¿sabés para quién cantás?

-Cada vez me cuesta más imaginarlo. Hasta hace unos años, pensaba que más o menos sabía qué tipo de canciones le podían gustar a cierto tipo de gente o qué cosas se escuchaban en la radio. Hoy en día, los cambios tan abruptos en la forma de consumo musical hacen que sea muy difícil que puedas plantearte un target específico. Por otra parte, a la hora de escribir, eso nunca sirve para nada. Cuanto más grande te ponés y más distancia empieza a haber entre tu público y vos, también sigue siendo mucho más difícil. Para mí lo mejor sigue siendo escribir canciones que te gusten, que en algún momento de la hechura te provoque esa sensación de querer mostrársela al mundo. Ese es el filtro básico para los tipos que hacemos canciones y tenemos la convicción de que ojalá duren mucho.

-Enrique Symns dice que en los años ´70 y hasta en los ´90, para los rockeros el mundo era la calle. En cambio, hoy están encerrados en sus mansiones yoicas y las calles están vacías. ¿Pensás que el hecho de haberse alejado de la realidad hace que sea más difícil componer una canción que arañe el corazón de la gente?

-Yo creo que las bandas nuevas están en la calle igual que estábamos nosotros hace treinta años. Yo no estoy en la calle o estoy muy poco. Desde hace un tiempo, las canciones que escribo son lo que llamo “de piel para adentro”. Son más introspectivas que callejeras, porque hoy en día escribir sobre una madrugada en un andén de Morón, me es imposible. Sólo usando la memoria emotiva o poniendo en tercera persona a un personaje; pero esa pretensión sería sobreactuada de mi parte. Si alguna vez Los Caballeros, Los Piojos o La Renga, fuimos algo así como cronistas de la época, yo creo que hoy no estamos en condiciones de serlo, o al menos yo. Hoy confío más en las canciones como autopsias personales que en las de un tipo que sale a sacar Polaroids, como decía Fito, y con eso hace una canción. Me es más fácil escribir sobre miedos, fobias, mañas, temores, de piel para adentro.

-Alguna vez hablando de los letristas de tango, hablaste de ellos como tipos con más bagaje cultural, con más recursos literarios. De algún modo, ¿pensás que al rock le faltó ilustrarse?

-Al principio no, en los ’70 eran tipos muy ilustrados, pienso en tipos como Javier Martínez, Moris o Spinetta. A partir de los ’90, consciente o inconscientemente, se subvaloró esa formación cultural clásica a la hora de escribir canciones y fue más notorio el compromiso con la experiencia en carne viva. Eso está bien porque sin eso las canciones tampoco funcionan, pero salvo excepciones en los ’90, no sé cuántos tipos que escriben canciones, leen. A mí me parece que una minoría, y eso para mí se termina notando. No quiere decir que por el hecho de ser lector, tengas un cheque en blanco a la hora de escribir, pero sí es una herramienta más.

-Hablás de escribir canciones. En una nota muy vieja que Symns le hizo a Julieta Ortega, cuando todavía vivían juntos, ella decía que vos tenías cierto miedo de que esto de vivir de tus canciones un día se acabe, ¿seguís teniendo ese miedo o ya no?

-Ya no tengo tanto ese miedo, pero la verdad es que tampoco me imagino tanto tiempo más haciendo esto. Siempre dije que hacerlo diez años más estaría bien, pero después sólo cantaría cuando se me dé la gana. Me imagino más -si uno pudiera ser hacedor de su propio destino, lo cual es discutible- escribiendo a secas, que estando arriba de un escenario, tal vez por una cuestión de pereza personal.

- La música es un trabajo bastante atípico y supongo que eso hace que se genere una relación distinta con lo material. En tu caso, ¿sentís algo de culpa por la forma en que te ganás la vida?

-Mucho tiempo me sentí con culpa, ahora ya no tanto, o al menos no está a flor de piel. Pero me pasó con respecto a mis viejos, y a otros amigos míos que son mucho más laburantes. Pero después entendí que no le estaba robando la plata a nadie y que además uno tampoco es millonario. Pero cuando empezás a prosperar está esa especie de culpa pequeño burguesa, incluso inducida por el público. En los ’90 pasaba mucho eso de dejar el coche a tres cuadras del lugar en el que se tocaba.

-A finales de los ´90 fue tu etapa de mayor exposición. En esos años, ¿tuviste tus momentos más “pomelescos”?

-Sí, fui un imbécil un rato, sobre todo cuando empecé a salir con chicas conocidas y a aparecer en lugares donde no sabía cómo se nadaba en esas aguas, y claro, metí la gamba más de una vez.

- ¿Te arrepentís de algo?

- No, porque la verdad salí bastante rápido y no quedé detenido en esa situación. Salí rápido porque una vez que se acaba la primera fascinación, te acomodás. Además, tengo amigos inteligentes, con los pies muy sobre la tierra, y ni siquiera hizo falta que me cachetearan mucho.

-Ese perfil alto, sobre todo en la época del romance con Natalia Oreiro, ¿pensás que te jugó en contra a la hora de valorar lo que hacías con la banda?

-Si, puede ser. Es probable que eso haya erosionado cierta credibilidad, pero la verdad es que me chupa un huevo. Hoy, un pibe que sale con una modelo o una actriz no provoca estupor en la gente, pero en esa época sí.

- En alguna nota dijiste que no te interesa tener un yate, ni salir en la tapa de la Rolling Stone ni que tus canciones se vendan en España. ¿Tan en segundo plano está tu carrera?

-No soy un tipo demasiado ambicioso. En cualquier oficio detecto gente napoleónica, gente con una mirada de estrategia global a mediano y largo plazo. Después creo que hay gente, entre la que me ubico, que es más lagunera, más perezosa, y que nos conformamos con el statu quo que uno tiene. Además, lo agradezco y me va mejor de lo que nunca imaginé. Ya tengo casi cincuenta años, la verdad no me imagino yéndome a hacerme de abajo a España. Eso tendría que haber ocurrido hace veinte años atrás y no ocurrió. Cuando la banda estuvo a punto de regionalizarse, nos separamos. Después, como solista remé desde muy abajo, y nunca ocurrió eso. Soy un tipo que viaja muchísimo por el país, soy casi de cabotaje y a mucha honra; hago cincuenta o sesenta shows por año, casi todos en Argentina, alguno que otro en Uruguay y Paraguay, pero casi todos acá, y estoy muy cómodo así. No necesito el aplauso internacional, que por otro lado tampoco sé si lo tendría.

- Decís que sos bastante perezoso, ¿no tenés el dilema que tienen muchos autores entre tiempo y obra publicada?

-Por ahora no tengo una angustia al respecto y esto puede sonar un poco naive, pero casi todo lo que me pasó como tipo que hace canciones fue inesperado para mí. Yo no era un tipo que hacía canciones a los diez años ni tocaba un instrumento desde los siete ni nada de eso. Era un tipo que hasta los veinticuatro años iba a ser sociólogo y de repente la música, que era una especie de hobbie, se transformó en un oficio. No solo eso, sino que además terminé siendo cantante, que era algo que imaginaba mucho menos. Entonces, todo lo que vino fue parte de un sueño no soñado, así que, si dentro de un año no pudiese escribir más canciones, no está tan mal lo que ya hice. No me imagino ad eternum haciendo esto; me interesa la literatura, y de a poco voy teniendo ese antojo. Tuve una primer y muy breve experiencia en un libro de poemas con Cucurto y ahora estoy terminando otro de relatos cortos.

- ¿En qué etapa del proceso de escritura está?

- Está en proceso de corrección. Son relatos cortos en los que uso mi relación con el oficio como excusa para hablar de las cosas que le pasan a un tipo de cuarenta y pico.

- ¿Creés que por ser Iván Noble vas a tener que mostrar más credenciales?

-Puede ser que se me mire de reojo, como suele ocurrir cuando un forastero ingresa a una disciplina que no es la suya. Igual, si ya me tiene sin cuidado la crítica musical, imagínate la literaria que ni siquiera pertenezco ahí.


Gentileza de Quid.