Acá, más fotos.
domingo, 29 de abril de 2012
jueves, 26 de abril de 2012
Viernes en Cañuelas, sábado en La Feria
El viernes 27 de abril pasadas las 23.30, vamos a estar en “Old West” (Libertad y Belgrano -Cañuelas) y el sábado 28 a las 14 hs (puntual) en la Sala José Hernández de la Feria del Libro.
Los esperamos.
Los esperamos.
miércoles, 25 de abril de 2012
lunes, 23 de abril de 2012
Recrear ese momento
"Me parece que la creación siempre ocurre durante la infancia y la adolescencia, y después lo que uno hace el resto de su vida es recrear ese momento. Yo quiero volver a la infancia, metafóricamente hablando. A esos años impresionantes en cuanto a lo creativo". Acá, el resto de la nota a Charly.
viernes, 20 de abril de 2012
Hijos en Luján
El viernes 20 de abril a las 23.30 nos vamos a presentar en El Dioni” (25 de Mayo 6700 - Luján).Los esperamos.
Veneno por Juan Forn
Se puede decir que entré en la literatura por un ascensor. Me explico: cuando tenía quince, un vecino de mi edificio nos oyó hablar a mis amigos y a mí en un viaje en ascensor, y nos invitó a su departamento en el noveno piso. A partir de ese día empezó a pasarnos libros, recomendarnos películas y ponernos discos, y poco a poco, en aquel living a media luz en plena dictadura, nos hizo entrar a un mundo en el que James Dean le leía a Marilyn el Ulises de Joyce, Dylan Thomas volvía de su última curda al Chelsea Hotel, Coltrane intentaba llegar con su saxo hasta donde Charlie Parker había comenzado su caída libre, Fitzgerald aconsejaba con su último aliento a Faulkner que huyera de Hollywood, Pollock tiraba pintura como napalm en toda tela que le pusieran delante, Sylvia Plath despertaba de su primer electroshock y Burroughs le daba un balazo en la frente a su esposa jugando a Guillermo Tell en una pensión mexicana. Creo que ahí empecé a entender la literatura desde adentro, aunque me di cuenta mucho después. Esa matriz me quedó para toda la vida. He tratado desde entonces de llenarla de otras cosas, de diluirla en mí, mudar de piel, dejarla atrás. Pocas cosas me decepcionan como la literatura y el cine y la música yanqui de Reagan para acá. Pero igual tengo esa matriz en el adn, y me delato cada tanto: la exposición muy temprana al American Way deja una impronta que se les nota para siempre a sus víctimas. Déjenme ahora ir un poco más atrás en el tiempo. Mi padre acababa de casarse con mi madre, o quizá fue antes. El ya trabajaba como ingeniero en la empresa de caminos de mi abuelo: en realidad había querido ser dibujante, pero su padre lo necesitaba ingeniero como él (mi padre era el primogénito), así que mi padre fue lo que dijo su padre. Viene entonces Walt Disney a la Argentina. Sin decirle nada a nadie, mi padre deja en el hotel donde se aloja la comitiva una carpeta con dibujos suyos: no había un solo diseño propio, eran simplemente acetatos perfectos de las epónimas figuras de Disney. Pero todo en ellas era increíble: el color, el trazo, la continuidad. Y no Made in USA sino Made in casa por él solito, en sus ratos libres. La gente de Disney le ofreció trabajo bien pago en su factoría de Los Angeles. Mi padre lo mencionó en la mesa familiar esa noche. No hizo falta que mi abuelo levantara su voz de trueno contra él. Mi abuela, que no era de interrumpirlo nunca, se le adelantó. Mi abuela había nacido en Inglaterra. Era, y se creía, criolla de pura cepa, no había vuelto a Inglaterra más que unas pocas veces de paseo, pero hasta el día de su muerte conservó su pasaporte inglés, como un secreto certificado de pedigree, como un recuerdo de otra vida. Mi abuela sabía que mi padre leía la revista Time y fumaba cigarrillos norteamericanos y copiaba los gestos de los galanes de las películas norteamericanas. Mi abuela sabía también que una gran amiga de mi madre, casada con un amigo de mi padre, vivía en Los Angeles, vivía bien en Los Angeles y había recibido en su casa a mi padre y a mi madre durante su luna de miel. Todo eso lo podía aceptar. Pero que un hijo suyo, ese hijo precisamente (mi abuela tenía algo especial con mi padre: ese cariño callado de las madres que ven lo tremendo que es el padre con el primogénito), que ese hijo se le fuera a vivir a California, al epicentro del mal gusto norteamericano, era sencillamente inaceptable para ella. Le dijo con su voz pacífica de siempre: “Ese país no es para vos, hijo”. Mi padre pudo haber tenido la vida de sus sueños trabajando para la Disney, jugando al golf y tomando martinis al atardecer en la costa californiana, y yo me salvé de nacer allá, porque mi abuela le hizo sentir con una sola frase que ésa no era una vida para él. Y nunca más se habló del asunto. Mi padre fue ingeniero el resto de su vida. Nunca más dibujó, que yo sepa. En cambio, ganó plata. Mientras tanto yo crecí y llegó mi adolescencia, mi rebelión, empecé a practicar todo lo que a mi padre le daba tirria: el desorden de los sentidos, básicamente. Yo escribía poesía, yo odiaba su utopía de pacotilla, eso que Henry Miller llamó la pesadilla de aire acondicionado. Lo asombroso fue que elegí como guía, como padre espiritual en la construcción de mi utopía, a un tipo que me inoculó la versión alternativa del Mito USA: el desorden de los sentidos American Way. En la Argentina de la dictadura, yo quería ser un beatnik. El demonio, como sabemos, tiene muchas caras. Uno vuelve la vista atrás y ve cada encrucijada en que se cruzó con él (Kierkegaard decía que el problema de la vida es que se la vive para adelante pero se la entiende para atrás). El demonio es básicamente un veneno. Para que funcione tiene que haber algo en nosotros que responda a él: el veneno funciona si hace contacto con eso. De manera que reconocemos al demonio cuando ya lo llevamos dentro. Aquel vecino del piso nueve, aquel tipo que nos abría la cabeza a base de libros, discos y películas, tenía una hija. Era viudo y tenía una hija que era bastante menor que nosotros y que, de un día para el otro, dejó de ser la pendeja amarga y anteojuda que se paraba desafiante delante del sofá donde nos desparramábamos para decirnos: “Ustedes no son beatniks”. Volvió de un verano transfigurada en una beldad que te cortaba la respiración. Mentira: no era tan linda, pero a nosotros tres nos cortaba la respiración. Era una morocha argentina. Por ella se pudrió nuestra amistad y por ella nos peleamos con su padre, cuando pescó a uno de nosotros en la cama con su hija y nos echó a patadas a todos de su departamento, y puso a su hija pupila en un colegio en Córdoba, y nosotros terminamos el secundario y rumbeó cada uno para su lado. Cuando ese tipo ya llevaba tiempo largo bajo tierra, y mis amigos de entonces habían devenido uno financista y el otro estanciero, y llevábamos treinta años sin vernos, yo me reencontré con ella. Nos cruzamos acá en Gesell, ella había venido por unos días. Tiene el pelo gris y la cara hermosamente arrugada y es una especie de pachamama, de monja zen, que habla poco pero te la pone con lo poco que dice. Por ella supe que su padre era de la CIA. Nada especial: un perejil, nomás. Técnicamente hablando pertenecía al UCIS, el departamento de extensión cultural que, en cada embajada americana del mundo, solía ser la tapadera de la CIA. No pudo o no quiso averiguar mucho más, y no le era grato contármelo, pero me lo debía, por amargo que fuese. Con esa misma calma sobrenatural me dijo, un rato después, que sabía por qué yo no había ido a rescatarla de aquel colegio pupilo de Córdoba. Citó textuales unas palabras que su padre repetía siempre, y yo bajé la cabeza y no pude mirarla cuando ella dijo: “En el oficio de escribir se aprende rápido que, más útil que tener una musa, es haberla perdido”. Porque en lo más íntimo sé que empecé a ser eso que se llama escritor en aquel momento exactamente, cuando no la fui a buscar.
miércoles, 4 de abril de 2012
lunes, 2 de abril de 2012
Semana Santa en la Costa
Los cuatro días de Semana Santa, a las 19 hs. vamos a estar tocando en el Anfiteatro de Mar de las Pampas. Los esperamos.
viernes, 30 de marzo de 2012
A pesar de todo
Hoy a las 23.30, "a pesar del tiempo, a pesa de todo", vamos a estar en “Old West” (Libertad y Belgrano -Cañuelas).
miércoles, 28 de marzo de 2012
Mi tío Carlo

Me da pena, bronca y sobre todo, mucha lástima que te hayas ido así, tan de golpe. Como decías en ese poema que escribiste cuando murió el nono, “no me dejaste tiempo ni para el arrepentimiento”. Lo que más me duele es que no pude hacerte caso, dejé tantas cosas para mañana que no me lo voy a perdonar nunca. Ya sé que vos sabías lo importante que eras para mí y cuánto te quería, pero no me alcanza sólo con eso. Me hubiera gustado poder decírtelo yo mismo, ahora que ya soy grande, que soy un hombre, que crecí y que me hice cada vez más parecido a vos. Cómo no iba a terminar pareciéndome a vos si me pasé toda mi vida escuchándote en todos tus discos, que los ponía una y otra vez, hasta saberme todas las letras de memoria. Pero más que nada me gustaba hablar con vos en la cocina de casa. En esa casa, la de Belaústegui, que también ya no está más, como el nono. Ya van a hacer casi quince años, pero yo todavía me acuerdo de él. Parece mentira, cómo se destruyó la familia después de su muerte. Me acuerdo cómo te reías cuando lo hacía poner nervioso. Nada le gustaba, se vivía quejando de todo y de todos, pero sin embargo con él también se podía hablar. No sé a dónde quiero llegar con esto que estoy escribiendo ni para qué lo hago, pero por lo menos me sirve para desahogarme, para sentirme un poco menos culpable, por todo lo que no hice, por todas las palabras que no te dije a tiempo. “Por mirar el otoño, perdí el tren del verano”; soy un boludo, no supe ver “que todo lo que no se da, no se acumula; se pierde”. Supongo que te dabas cuenta que pocas cosas me gustaban más que hablar con vos. Cuántos domingos desde mi infancia hasta el día de hoy me los pasé escuchándote y preguntándote sobre tu pasado y el de nuestra familia. Para todo tenías una respuesta. Cuando era chico pensaba que no había nada que vos no supieras. Eras, junto con mi mamá, una especie de oráculo de Delfos pero en la cocina de mi casa o en la tuya, allá en Gesell. Ahí fue la última vez que te vi, te di un beso y te dije que ni bien llegara a Capital, en marzo te iba a llamar. No sé por qué mierda no lo hice. Ahora ya es muy tarde. No voy a poder agradecerte por compartir conmigo “los secretos, la poesía, el refugio, el camino y las canciones que había en vos”.
Hoy, en todos lados no paro de leer y escuchar que se murió Gian Franco Pagliaro, un cantautor italiano de mucho éxito en toda Latinoamérica. A mí esa noticia no me llega, a mí se me murió
Carlo, mi tío Carlo, Carlo Pagliaro, una de las personas que más quise en mi vida.
Hasta siempre tío, te voy a extrañar muchísimo. No te imaginás cuánto.
Ojalá estés con el nono, con Laura y con Cuervita.
Te quiero muchísimo.
Fernando, Nando, tu sobrino más chico.
sábado, 24 de marzo de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
Masticar la desesperación
“Seguro soy una rata, se decía Roberto masticándose la desesperación. Todos los hombres estamos amasados con la misma venal urdimbre de deseo. Pero soy tan necio que me creo más trascendente que un oficinista o un almacenero. Quizá sea menos hombre que cualquier esquenún. Quizá el verdadero heroísmo consista en agachar la cerviz todos los días, sin patalear, de casa al matadero y del matadero a casa, encadenado a una percherona gruñidora y chancletuda”
Guillermo Saccomanno, "El amor argentino".
martes, 20 de marzo de 2012
Hijos en Luján y Brandsen
El viernes 23 de marzo a las 23.30 nos vamos a presentar en El Dioni” (25 de Mayo 6700 - Luján)y el sábado 24 a la misma hora vamos a estar en “El Club Progreso” (Alberti y Ferrari - Brandsen). Los esperamos.
jueves, 8 de marzo de 2012
“Empecé a morir en las cárceles de la dictadura”
Por Daniel Molina, Periodista y crítico cultural.
Nací muerto. Eran los 50 y mi madre fue fumando a la sala de parto. Al salir del útero no respiraba y no lograron reanimarme. Me descartaron. Por suerte, una tía estaba terminando su residencia en el mismo hospital y pasó por el quirófano. No sé qué método heterodoxo aplicó sobre mi cuerpo sin vida , pero logró que yo llorase: los pulmones comenzaron a funcionar. En las primeras horas de vida fui tan horrible que cuando me llevaron para que mi madre me conociera, sus primeras palabras fueron: “¿Eso es mi hijo?” .
La heterodoxia y la muerte, que fueron mis nodrizas, no me han abandonado nunca. Mi padre se suicidó cuando yo tenía 9 años y mi madre murió hace más de tres décadas. Me cuesta recordar qué se sentía ser hijo. Siento que siempre fui huérfano . Mi primer amigo del primario murió durante la epidemia de poliomielitis. Muchos de mis compañeros del secundario fueron secuestrados y asesinados en los 70. En los 80, durante la primera etapa democrática, el sida se llevó a decenas de conocidos y amantes . Ahora ya nos vamos muriendo de viejos.
Hay una experiencia que se parece a la muerte. Es la prisión. Más que la vida en la cárcel, lo mortuorio es el hecho de ir preso: significa un quiebre radical con la vida.
Ese instante es eterno . Es el momento perpetuo en el que se tiene la certeza de haber perdido, tal vez para siempre, la libertad, la dignidad, todo. Ese instante es la muerte. Literalmente. Empecé a morir en las cárceles de la dictadura, de nuevo, cuando tenía 20 años. Fui a prisión a la una de la mañana del 23 de noviembre de 1974.
Estaba haciendo el servicio militar y clandestinamente participaba en el PRT-ERP. Jamás había realizado una acción violenta, pero formaba parte de su estructura política. Un soldado de otra unidad me nombró al ser torturado . Se lo acusaba de un delito que no había cometido. Por esa comedia de equívocos terminamos en prisión ocho soldados: fuimos presos por un delito inexistente, pero en el camino nos acusaron por militar en un grupo en el que sí militábamos y que en ese momento estaba prohibido. Nos condenó un Tribunal Militar, aunque la Corte Suprema de la democracia desechó el juicio. Esas son argucias legales. Lo importante es que mi vida cambió radicalmente. En el instante en que me detuvieron, todo dejó de suceder. El tiempo, el ruido del mundo: todo se acabó.
A la medianoche vino a mi cuartel un móvil de inteligencia militar y pidió hablar con el oficial de guardia. Yo fui el encargado de acompañarlo hasta esa oficina. Inventaron una misión nocturna y me ordenaron que acompañara al oficial de inteligencia a los cuarteles de Palermo. Iba en la camioneta militar, rodeado de hombres armados que me miraban raro . Todos en un silencio absoluto. Miraba las calles como si nunca más volviera a verlas. De alguna manera extraña ya estaba aprendiendo a vivir sin vida.
Intentar dar cuenta de la cárcel es una empresa imposible. Si no lo lograron Primo Levi ni Solzhenitsyn ni Genet ni Wilde menos lograré yo dar cuenta de una experiencia que es en sí misma inefable. La gente que no estuvo presa cree que libros tan maravillosamente poéticos y trágicos como Si esto es un hombre o Diario de un ladrón dan cuenta de la vida en prisión. No es así. No llegan al núcleo candente de la experiencia. Justamente porque no hay vida en la prisión: es una forma de morir. Yo trataré apenas de dar testimonio.
Cuando llegamos a la compañía de la Policía Militar me temblaba el alma . Supe que había perdido todo y sólo me quedaba aceptarlo. Me introdujeron con violencia en un edificio que está cerca del portón de entrada.
Se me secó la garganta y no pude ni gritar . Los treinta metros del pasillo que conducía a la cámara a la que me llevaban los recorrí casi en el aire, elevado del suelo por las patadas y trompadas. Todavía no lo sabía, pero esos golpes eran las últimas caricias que me daba la vida.
De todas las torturas que padecí, la que más sufrí fue la privación total del sueño . Fue atroz y duró días. Entre sesión y sesión de picana y golpes, me tenían parado frente a una pared, las manos esposadas en la espalda (el dolor en los hombros me duró algo más de un año).
Un soldado me apuntaba con un fusil para que no me durmiese. Los que se durmieron fueron los que custodiaban . Dos veces dispararon el fusil inconscientemente, porque tenían el arma sin seguro, para que yo supiese que al mínimo movimiento me mataban .
Después de quince días, un militar uniformado (los que nos torturaban lo hacían de civil) me tomó declaración y me informó que iría detenido al penal de Magdalena. Allí permanecí los primeros seis años –un Consejo de Guerra me condenó a ocho, aunque finalmente estuve encarcelado casi diez–. Los cinco meses iniciales fueron de aislamiento total. Encerrado las 24 horas en mi celda. Solo tenía una cama, paredes descascaradas, un techo alto, un ropero casi vacío y aire para seguir respirando. Podía caminar cuatro o cinco pasos desde la puerta de la celda hasta la pared del fondo. Pasaba horas mirando la pared blanca que estaba delante de la cama. Durante años no me permitieron leer nada. Cada cosa que lograba tener era un tesoro: una cuchara oxidada, un trozo de madera, un espejito.
A las seis de la mañana nos despertaban para que nos higienizáramos rápido y tomáramos el desayuno: un mate cocido lavadísimo . Era uno de los momentos en los que podíamos socializar entre los presos que estábamos en el pabellón. Eran unos minutos. Luego venía el cambio de guardia.
Entre los presos políticos el sexo era algo impensable . Yo soy gay y todo el mundo lo sabía, o inmediatamente se daba cuenta. Eso en la cárcel era una doble condena . No sólo por los militares, que lo usaron algunas veces para maltratarme aún más, sino por mis compañeros: en ese entonces la gente de izquierda era militantemente homofóbica.
Consideraban que la homosexualidad era una aberración burguesa , que debía ser extirpada con “reeducación” (un eufemismo que se usaba para definir la política de enviar a los homosexuales a campos de trabajos forzados, tal como sucedía en todo el mundo socialista). La única sexualidad progresista era la masturbación solitaria.
La vida transcurría monótona: yo aprendí cierta serenidad zen en esa nada. Ahora vivo dos vidas: la que vivo y la que imagino . Mi imaginación es del doble del tamaño de lo real. Así poblé mi soledad de historias imposibles y de razonamientos absurdos. Como no veíamos nada más que la pared blanca, se aguzaba el oído. Los ruidos desconocidos nunca anunciaban nada bueno .
Cada vez que abrían la puerta del pabellón podía suceder algo malo. A treinta años de distancia, aún soy capaz de distinguir sonidos que se producen lejos de donde estoy. En realidad nunca estábamos solos del todo. Podíamos hablarnos gritando. Así manteníamos conversaciones, jugábamos a un ajedrez mental o “hacíamos gimnasia” : yo dirigía las sesiones gimnásticas, ordenando una serie de ejercicios que, después supe, era el único que las hacía.
El penal de Magdalena queda en medio del campo. Ausencia total de todo estímulo, pared blanca, trato duro, esperanza nula: creo que lo que me permitió sobrevivir con un mínimo de lucidez fue el humor . Siempre fui capaz de reírme de mí, pero en la cárcel alcancé la maestría. Desde entonces no puedo tomarme en serio.
Con el paso del tiempo hubo varios cambios en nuestra vida cotidiana. Ansiábamos poder hablar con otro, pero en las poco frecuentes ocasiones en las que nos permitían estar fuera de la celda solían estallar los conflictos. Convivir en esa olla a presión era más difícil que soportar la soledad.
En los dos últimos años estuve en celdas compartidas: extrañé el encierro solitario.
El infierno son los otros . La soledad me protegía de la mirada de los demás, pero compartir una celda las 24 horas con otro (u otros, como en Devoto, donde éramos 4 por celda) destruye la individualidad.
Todo el tiempo se está ante la mirada inquisitiva. Cada pedo que me tiraba era oído y olido por mi compañero de celda. Cagábamos y meábamos ante la mirada del que compartía la celda. Nos masturbábamos de noche, en el mayor silencio posible, pero igual oíamos que el otro se masturbaba.
Vino un gato a vivir al pabellón.
Lo llamamos Mendieta , por el perro de Inodoro Pereyra: solo le faltaba hablar. Cuando entraba a mi celda y me hacía compañía, yo era feliz.
Sí: feliz en la tumba . Jugaba con el Mendieta y reía. Era negro, inteligentísimo. Percibía todo antes de que sucediera. Aprendí mucho de él. Me pasaba horas observándolo: me volví gato.
El Mendieta se metía dentro de mi cama para dormir. Yo me sentaba en el piso y miraba el techo, pensando. De golpe, el Mendieta salía de la cama, se desperezaba y se sentaba frente a la puerta. Dos minutos más tarde, yo oía el carro de la comida que rodaba por los pasillos del penal a cien metros del pabellón. El Mendieta me enseñó a ver las cosas antes de que sucedan.
Mientras escribo se me hace un nudo en la garganta. Me emociona recordar al Mendieta. Me emociona recordar que fui joven y no lo supe . Por el vacío de las horas muertas, la cárcel es una espera eterna. No sucede nada o lo que sucede siempre es malo.
Estar preso en la época de Isabel Martínez y durante la dictadura era una condena a no se sabía qué.
Los relatos de Kafka vueltos realidad : sin metáfora. Había muertes en los traslados. Había muertes dentro de los penales. Sabíamos de las desapariciones. La libertad no era algo esperable.
Durar sin sentido o el sinsentido de la muerte: el día a día de mis veinte años.
En mayo de 1981 nos trasladaron a la cárcel de Caseros. Fuimos en un camión, esposados y sin ver adónde nos llevaban. Después de una hora y media de viaje olí el Riachuelo y me largué a llorar de emoción: ¡volvía a Buenos Aires! No imaginaba que el año y medio que iba a pasar en Caseros iba a ser el peor de mi vida. El sistema de Caseros era atroz.
Vivir allí ya era una tortura . El maltrato era la norma. A todo volumen pasaban una misma canción por los altoparlantes durante todo el día. No apagaban las luces a la noche: a mí me resultaba imposible dormir.
Ante cualquier pedido médico, te trataba el psiquiatra, que recetaba las drogas más embrutecedoras . Nos obligaban a tomarlas. Era una mezcla del manicomio y el infierno . No había ni un detalle dejado al azar. Nos sacaban a recreo dos horas diarias y todos estábamos tan pálidos y ojerosos que parecíamos cadáveres. Mi madre ya había muerto y me venía a visitar un tío. El me veía así y se ponía triste. Yo lo veía así y me entristecía más.
Me salvó la Guerra de Malvinas. El día del paro de la CGT, el 30 de marzo de 1982, me llevaron al calabozo por pelear con otro preso del que me había enamorado (y al que aún recuerdo con afecto, aunque nunca más lo volví a ver). De golpe, la mañana del 2 de abril viene a buscarme el celador al calabozo y me dice que me conmutaron el castigo : “Recuperamos las Malvinas; todos estamos ahora en el mismo bando”.
Yo creía que me estaba haciendo una broma.
Después de la derrota, a fines de agosto de 1982 sacaron a todos los presos políticos de Caseros. Casi todos fueron llevados a Rawson. A mí me trasladaron a la cárcel de La Plata, que era un mejor destino. Mi tío había visto al Papa cuando recibió a los familiares de los presos políticos.
Juan Pablo II pidió por mí ante la Junta Militar . Mi tío, como yo, era ateo militante. Más que yo, era anticlerical fanático, pero se arrodilló ante el Papa, le besó el anillo y le habló de mí. Yo no sé si hubiera sido capaz de hacer lo mismo por él.
De la Plata fui a Devoto y de allí a Rawson. Me conmutaron la condena una semana antes de que asumiera Alfonsín.
Salí en libertad el 3 de diciembre de 1983, a la una de la mañana.
Al cruzar la puerta que daba a la calle vi el muro del cementerio de Rawson, que estaba enfrente del penal, y me acordé de mis padres muertos.
Levanté los ojos y vi las estrellas.
Hacía 10 años que no las veía. La vida volvía a latir en mí, como si me hubieran descongelado. Al ingresar a la cárcel aún tenía 20 años y salí en libertad una semana después de cumplir los 30. En ese momento, de cada tres horas que había vivido, casi una hora había estado preso.
Nací muerto. Eran los 50 y mi madre fue fumando a la sala de parto. Al salir del útero no respiraba y no lograron reanimarme. Me descartaron. Por suerte, una tía estaba terminando su residencia en el mismo hospital y pasó por el quirófano. No sé qué método heterodoxo aplicó sobre mi cuerpo sin vida , pero logró que yo llorase: los pulmones comenzaron a funcionar. En las primeras horas de vida fui tan horrible que cuando me llevaron para que mi madre me conociera, sus primeras palabras fueron: “¿Eso es mi hijo?” .
La heterodoxia y la muerte, que fueron mis nodrizas, no me han abandonado nunca. Mi padre se suicidó cuando yo tenía 9 años y mi madre murió hace más de tres décadas. Me cuesta recordar qué se sentía ser hijo. Siento que siempre fui huérfano . Mi primer amigo del primario murió durante la epidemia de poliomielitis. Muchos de mis compañeros del secundario fueron secuestrados y asesinados en los 70. En los 80, durante la primera etapa democrática, el sida se llevó a decenas de conocidos y amantes . Ahora ya nos vamos muriendo de viejos.
Hay una experiencia que se parece a la muerte. Es la prisión. Más que la vida en la cárcel, lo mortuorio es el hecho de ir preso: significa un quiebre radical con la vida.
Ese instante es eterno . Es el momento perpetuo en el que se tiene la certeza de haber perdido, tal vez para siempre, la libertad, la dignidad, todo. Ese instante es la muerte. Literalmente. Empecé a morir en las cárceles de la dictadura, de nuevo, cuando tenía 20 años. Fui a prisión a la una de la mañana del 23 de noviembre de 1974.
Estaba haciendo el servicio militar y clandestinamente participaba en el PRT-ERP. Jamás había realizado una acción violenta, pero formaba parte de su estructura política. Un soldado de otra unidad me nombró al ser torturado . Se lo acusaba de un delito que no había cometido. Por esa comedia de equívocos terminamos en prisión ocho soldados: fuimos presos por un delito inexistente, pero en el camino nos acusaron por militar en un grupo en el que sí militábamos y que en ese momento estaba prohibido. Nos condenó un Tribunal Militar, aunque la Corte Suprema de la democracia desechó el juicio. Esas son argucias legales. Lo importante es que mi vida cambió radicalmente. En el instante en que me detuvieron, todo dejó de suceder. El tiempo, el ruido del mundo: todo se acabó.
A la medianoche vino a mi cuartel un móvil de inteligencia militar y pidió hablar con el oficial de guardia. Yo fui el encargado de acompañarlo hasta esa oficina. Inventaron una misión nocturna y me ordenaron que acompañara al oficial de inteligencia a los cuarteles de Palermo. Iba en la camioneta militar, rodeado de hombres armados que me miraban raro . Todos en un silencio absoluto. Miraba las calles como si nunca más volviera a verlas. De alguna manera extraña ya estaba aprendiendo a vivir sin vida.
Intentar dar cuenta de la cárcel es una empresa imposible. Si no lo lograron Primo Levi ni Solzhenitsyn ni Genet ni Wilde menos lograré yo dar cuenta de una experiencia que es en sí misma inefable. La gente que no estuvo presa cree que libros tan maravillosamente poéticos y trágicos como Si esto es un hombre o Diario de un ladrón dan cuenta de la vida en prisión. No es así. No llegan al núcleo candente de la experiencia. Justamente porque no hay vida en la prisión: es una forma de morir. Yo trataré apenas de dar testimonio.
Cuando llegamos a la compañía de la Policía Militar me temblaba el alma . Supe que había perdido todo y sólo me quedaba aceptarlo. Me introdujeron con violencia en un edificio que está cerca del portón de entrada.
Se me secó la garganta y no pude ni gritar . Los treinta metros del pasillo que conducía a la cámara a la que me llevaban los recorrí casi en el aire, elevado del suelo por las patadas y trompadas. Todavía no lo sabía, pero esos golpes eran las últimas caricias que me daba la vida.
De todas las torturas que padecí, la que más sufrí fue la privación total del sueño . Fue atroz y duró días. Entre sesión y sesión de picana y golpes, me tenían parado frente a una pared, las manos esposadas en la espalda (el dolor en los hombros me duró algo más de un año).
Un soldado me apuntaba con un fusil para que no me durmiese. Los que se durmieron fueron los que custodiaban . Dos veces dispararon el fusil inconscientemente, porque tenían el arma sin seguro, para que yo supiese que al mínimo movimiento me mataban .
Después de quince días, un militar uniformado (los que nos torturaban lo hacían de civil) me tomó declaración y me informó que iría detenido al penal de Magdalena. Allí permanecí los primeros seis años –un Consejo de Guerra me condenó a ocho, aunque finalmente estuve encarcelado casi diez–. Los cinco meses iniciales fueron de aislamiento total. Encerrado las 24 horas en mi celda. Solo tenía una cama, paredes descascaradas, un techo alto, un ropero casi vacío y aire para seguir respirando. Podía caminar cuatro o cinco pasos desde la puerta de la celda hasta la pared del fondo. Pasaba horas mirando la pared blanca que estaba delante de la cama. Durante años no me permitieron leer nada. Cada cosa que lograba tener era un tesoro: una cuchara oxidada, un trozo de madera, un espejito.
A las seis de la mañana nos despertaban para que nos higienizáramos rápido y tomáramos el desayuno: un mate cocido lavadísimo . Era uno de los momentos en los que podíamos socializar entre los presos que estábamos en el pabellón. Eran unos minutos. Luego venía el cambio de guardia.
Entre los presos políticos el sexo era algo impensable . Yo soy gay y todo el mundo lo sabía, o inmediatamente se daba cuenta. Eso en la cárcel era una doble condena . No sólo por los militares, que lo usaron algunas veces para maltratarme aún más, sino por mis compañeros: en ese entonces la gente de izquierda era militantemente homofóbica.
Consideraban que la homosexualidad era una aberración burguesa , que debía ser extirpada con “reeducación” (un eufemismo que se usaba para definir la política de enviar a los homosexuales a campos de trabajos forzados, tal como sucedía en todo el mundo socialista). La única sexualidad progresista era la masturbación solitaria.
La vida transcurría monótona: yo aprendí cierta serenidad zen en esa nada. Ahora vivo dos vidas: la que vivo y la que imagino . Mi imaginación es del doble del tamaño de lo real. Así poblé mi soledad de historias imposibles y de razonamientos absurdos. Como no veíamos nada más que la pared blanca, se aguzaba el oído. Los ruidos desconocidos nunca anunciaban nada bueno .
Cada vez que abrían la puerta del pabellón podía suceder algo malo. A treinta años de distancia, aún soy capaz de distinguir sonidos que se producen lejos de donde estoy. En realidad nunca estábamos solos del todo. Podíamos hablarnos gritando. Así manteníamos conversaciones, jugábamos a un ajedrez mental o “hacíamos gimnasia” : yo dirigía las sesiones gimnásticas, ordenando una serie de ejercicios que, después supe, era el único que las hacía.
El penal de Magdalena queda en medio del campo. Ausencia total de todo estímulo, pared blanca, trato duro, esperanza nula: creo que lo que me permitió sobrevivir con un mínimo de lucidez fue el humor . Siempre fui capaz de reírme de mí, pero en la cárcel alcancé la maestría. Desde entonces no puedo tomarme en serio.
Con el paso del tiempo hubo varios cambios en nuestra vida cotidiana. Ansiábamos poder hablar con otro, pero en las poco frecuentes ocasiones en las que nos permitían estar fuera de la celda solían estallar los conflictos. Convivir en esa olla a presión era más difícil que soportar la soledad.
En los dos últimos años estuve en celdas compartidas: extrañé el encierro solitario.
El infierno son los otros . La soledad me protegía de la mirada de los demás, pero compartir una celda las 24 horas con otro (u otros, como en Devoto, donde éramos 4 por celda) destruye la individualidad.
Todo el tiempo se está ante la mirada inquisitiva. Cada pedo que me tiraba era oído y olido por mi compañero de celda. Cagábamos y meábamos ante la mirada del que compartía la celda. Nos masturbábamos de noche, en el mayor silencio posible, pero igual oíamos que el otro se masturbaba.
Vino un gato a vivir al pabellón.
Lo llamamos Mendieta , por el perro de Inodoro Pereyra: solo le faltaba hablar. Cuando entraba a mi celda y me hacía compañía, yo era feliz.
Sí: feliz en la tumba . Jugaba con el Mendieta y reía. Era negro, inteligentísimo. Percibía todo antes de que sucediera. Aprendí mucho de él. Me pasaba horas observándolo: me volví gato.
El Mendieta se metía dentro de mi cama para dormir. Yo me sentaba en el piso y miraba el techo, pensando. De golpe, el Mendieta salía de la cama, se desperezaba y se sentaba frente a la puerta. Dos minutos más tarde, yo oía el carro de la comida que rodaba por los pasillos del penal a cien metros del pabellón. El Mendieta me enseñó a ver las cosas antes de que sucedan.
Mientras escribo se me hace un nudo en la garganta. Me emociona recordar al Mendieta. Me emociona recordar que fui joven y no lo supe . Por el vacío de las horas muertas, la cárcel es una espera eterna. No sucede nada o lo que sucede siempre es malo.
Estar preso en la época de Isabel Martínez y durante la dictadura era una condena a no se sabía qué.
Los relatos de Kafka vueltos realidad : sin metáfora. Había muertes en los traslados. Había muertes dentro de los penales. Sabíamos de las desapariciones. La libertad no era algo esperable.
Durar sin sentido o el sinsentido de la muerte: el día a día de mis veinte años.
En mayo de 1981 nos trasladaron a la cárcel de Caseros. Fuimos en un camión, esposados y sin ver adónde nos llevaban. Después de una hora y media de viaje olí el Riachuelo y me largué a llorar de emoción: ¡volvía a Buenos Aires! No imaginaba que el año y medio que iba a pasar en Caseros iba a ser el peor de mi vida. El sistema de Caseros era atroz.
Vivir allí ya era una tortura . El maltrato era la norma. A todo volumen pasaban una misma canción por los altoparlantes durante todo el día. No apagaban las luces a la noche: a mí me resultaba imposible dormir.
Ante cualquier pedido médico, te trataba el psiquiatra, que recetaba las drogas más embrutecedoras . Nos obligaban a tomarlas. Era una mezcla del manicomio y el infierno . No había ni un detalle dejado al azar. Nos sacaban a recreo dos horas diarias y todos estábamos tan pálidos y ojerosos que parecíamos cadáveres. Mi madre ya había muerto y me venía a visitar un tío. El me veía así y se ponía triste. Yo lo veía así y me entristecía más.
Me salvó la Guerra de Malvinas. El día del paro de la CGT, el 30 de marzo de 1982, me llevaron al calabozo por pelear con otro preso del que me había enamorado (y al que aún recuerdo con afecto, aunque nunca más lo volví a ver). De golpe, la mañana del 2 de abril viene a buscarme el celador al calabozo y me dice que me conmutaron el castigo : “Recuperamos las Malvinas; todos estamos ahora en el mismo bando”.
Yo creía que me estaba haciendo una broma.
Después de la derrota, a fines de agosto de 1982 sacaron a todos los presos políticos de Caseros. Casi todos fueron llevados a Rawson. A mí me trasladaron a la cárcel de La Plata, que era un mejor destino. Mi tío había visto al Papa cuando recibió a los familiares de los presos políticos.
Juan Pablo II pidió por mí ante la Junta Militar . Mi tío, como yo, era ateo militante. Más que yo, era anticlerical fanático, pero se arrodilló ante el Papa, le besó el anillo y le habló de mí. Yo no sé si hubiera sido capaz de hacer lo mismo por él.
De la Plata fui a Devoto y de allí a Rawson. Me conmutaron la condena una semana antes de que asumiera Alfonsín.
Salí en libertad el 3 de diciembre de 1983, a la una de la mañana.
Al cruzar la puerta que daba a la calle vi el muro del cementerio de Rawson, que estaba enfrente del penal, y me acordé de mis padres muertos.
Levanté los ojos y vi las estrellas.
Hacía 10 años que no las veía. La vida volvía a latir en mí, como si me hubieran descongelado. Al ingresar a la cárcel aún tenía 20 años y salí en libertad una semana después de cumplir los 30. En ese momento, de cada tres horas que había vivido, casi una hora había estado preso.
lunes, 20 de febrero de 2012
Escenografías
“Me siento atraído por los cementerios, no sé por qué. Hay un montón de cosas que me gustan y no sé por qué. A los cementerios los veo como escenografías a menudo descuidadas, gastadas, con las huellas de la intemperie en todos los rincones. Me gusta recorrer sus calles estrechas con mi cámara de fotos a cuestas. Ahí están las portadas de miles de biografías que nadie escribirá. Hay olvidos, muertes de otro siglo, desapariciones dolorosas, lujo cretino y estúpidamente faraónico, pero también mucha humildad. Hay fotos de color sepia, flores de plástico, estatuas de ángeles, panteones blindados con capillas polvorientas…”
Fragmento de “Morirse”, Andreu Buenafuente.
Revista Orsai Número 5.
Fragmento de “Morirse”, Andreu Buenafuente.
Revista Orsai Número 5.
martes, 14 de febrero de 2012
La gracia de escribir

"Uno escribe para saber cómo termina esa historia que está contando: uno es el primer lector de esa historia, ésa es la gracia de escribir. Y, una vez que descubrís cómo termina, empezás a escribir de atrás para adelante. Como decía Kierkegäard: "la vida se vive para adelante y se entiende para atrás". Ese movimiento de pelo y contrapelo permanente, eso es para mí la literatura, ese ir y venir".
Juan Forn.
jueves, 9 de febrero de 2012
Seguir viviendo sin el flaco
Gracias Flaco, por tu música, por tus palabras, por mostrarme un mundo distinto,tu mundo, por no traicionarte ni traicionarnos nunca. Se te va a extrañar muchísimo desde este lado del sol.Por suerte, como dice Aute siempre "queda la música". Para recordarte elegí 15 canciones, podrían ser muchas más, pero éstas ya son parte de mi piel.
Hasta siempre, flaco.
Hasta siempre, flaco.
Spinetta, el músico que nos salvó la vida

Algunas semanas antes de que la enfermedad del Flaco se filtrara en un diario sensacionalista, alguien, sabiéndome spinetteano, me confirmó que mi ídolo tenía cáncer. Días después, no me sorprendió que en la tapa de la revista Caras Spinetta siguiera brillando entre la mediocridad. La verdad es que no lo vi desmejorado: su figura, aun en los peores momentos, siempre estará asociada a la belleza, a algo refinado y difícil de sujetar. A ese golpe bajo, tan agresivo e indignante, prefiero elegir la discreción que hizo que miles de fans alrededor del país se pasaran la peor noticia con el cuidado que usarían al referirse a un gran amigo. Es que probablemente, Spinetta ha incidido en nuestras vidas tanto como aquellos a los que más amamos. Escucharlo jamás fue el acto mundano de apretar PLAY: significó, literalmente, encontrar un lugar en el mundo. Ahora entiendo que, de alguna manera, quienes escuchamos su obra hemos transitado la vida cobijados por una sensibilidad que, como la de todo gran artista, perdurará más allá de su permanencia en la Tierra.
Cuando me enteré de su muerte no pensé en los discos de las bandas eternas (la parte de su carrera que me obsesiona) sino en que nunca más iré al Auditorium a sacar las entradas para su concierto, en que nunca más preguntaré en AGB si salió "lo nuevo de Spinetta", en que nunca más escucharé en vivo "La herida de París". Su frase emblemática es elocuente: "Mañana es mejor" y su música nunca dejó de sonar en el futuro.
Durante décadas, la música de Spinetta se erigió como núcleo de resistencia ante el avance de la estupidez como forma de vida. Spinetta actuó como antónimo de “frivolidad”, “banalidad”, etc. Durante los 90, incluso, estuvo varios años sin grabar porque no le ofrecían un contrato discográfico a la altura de sus expectativas. "Leer basura daña la salud, lea libros" fue el mensaje del cartel con el que Spinetta salió en la tapa de la revista Gente durante su romance con Carolina Peleritti. Sin embargo, esa postura, pasada de rosca, muchas veces desembocaba en un hermetismo que a veces se confundía con el elitismo, la solemnidad o la pose intelectual. Como si la carga simbólica de Spinetta se hubiese desplazado de su extraordinaria música a su estereotipo (el Artista Complejo, el defensor de la Cultura, el Poeta, es decir, Luis Almirante Brown). En ese sentido, el recital de las Bandas Eternas fue un acto de justicia y una revelación. Spinetta reunió a 40.000 personas en una cancha de fútbol y se reconcilió con su veta popular, aquella que hace que hoy todos estemos llorando, intentando escribir o decir o recordar esa frase de ese tema que sintetice todo lo que sentimos y no podemos expresar. Tal vez Spinetta podría hacerlo: llegado el punto, hacía cualquiera cosa con el lenguaje. "Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca" y "Todas las cosas que se pierden las tiene en un bolso Dios" son versos que se pueden escuchar en dos de sus canciones. Entre una (1976) y otra (2006) hay 30 años. Siempre nos preguntaremos cómo hizo para introducirlos en canciones pop de pocos minutos. En un texto muy reciente, Fabián Casas dice que lloró cuando en el comunicado de diciembre pasado Spinetta le dio vida a un sustantivo y nos dijo, mágicamente: "no paniqueen". En esa imprudencia verbal también advertía toda la esencia de la lírica spinetteana.
Spinetta escribía “Te hallaré en mí como un jarrón” o “Curvas del aire son puertas del blanco barco lento de las horas desvelo”. Se trata de composiciones polisémicas que funcionan en base a su sonoridad, a la forma en que se cantan y al novedoso modo en que están diseminadas en el marco de una canción de rock-pop. Pero Spinetta también era capaz de conmover otorgándole un sentido mayor a frases creadas a través de palabras simples y directas: “Muchacha, te haga reír hasta llorar”; “Oh, mi amor, qué hermosa estás”; “No hagas que me pierda yo en tu corazón”; “Y hoy que enloquecido vuelvo buscando tu querer, no queda más que viento, ¿cómo no queda más que viento?”; “Alguien me hirió y algo más me hirió y luego otro también y me quedé súper herido”. Estas dos vertientes (la que flirtea con el surrealismo, la que se vale de un lenguaje más llano) conforman el universo semántico de un autor totalmente extraterrestre. Musicalmente se valió de distintos géneros en boga (el hard rock, el jazz, el blues, la balada beatle), pero siempre metabolizando la información desde su inédita perspectiva.
Ya todo fue dicho pero nunca viene mal aclarar que su voz era como un instrumento. No sólo a la hora de cantar, sino también en la conversación: la voz de Spinetta es un emblema de la cultura argentina. ¿Quién no lo recuerda preguntando "¿Estamos todos locos o pasó una hormiga, Cacho?" o diciéndole a Mercedes Sosa que estaba saliendo con Britney Spears? En una de esas valijas que entierran para que las las generaciones futuras sepan cómo era la civilización actual, deberían poner una grabación de Spinetta hablando: nunca jamás habrá un tipo con ese tono. No hará falta guardar discos, perdurarán por siempre. Me alegra, en este momento tan triste, tener la seguridad de que dentro de cientos de años van seguir existiendo adolescentes que van a descubrir a Spinetta. De alguna manera es la prueba de que el mundo no es tan horrible.
Todos los días tengo un disco favorito de Spinetta distinto. Hoy no me voy a hacer el original. Elijo Artaud. Es el instante en el que el rock argentino deja de ser un género para convertirse en una cultura. Spinetta asimila influencias literarias y las vuelca a su obra expandiendo ese interés a todos sus seguidores. El rock ya no servía sólo para tener un look atípico y espantar a los padres sino también para elaborar una cosmovisión que contradecía las normas estructurales de la sociedad.
Recuerdo una vieja nota sobre Los Ramones en la que Joey decía que el rock le había salvado la vida. En los últimos años, casi todas las apariciones públicas de Spinetta se relacionaban con su labor en Conduciendo a Conciencia. Alertaba sobre el flagelo de los accidentes de tráfico para que no se siguieran provocando muertes evitables. El Flaco no lo sabía: sin necesidad de ninguna campaña, su música nos había salvado la vida mucho tiempo atrás.
Vía Il Corvino.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



