miércoles, 27 de septiembre de 2017

Entrevista a Rodrigo Manigot: “Siempre va a ser difícil vivir de tus canciones”


Nando Varela Pagliaro

Con diecisiete años de carrera y unos cuantos hits sobre sus espaldas, Ella es tan Cargosa consiguió ubicarse como uno de los referentes indiscutidos del género rock canción. Luego de algunos cambios internos, el alejamiento de Mariano Manigot y Miguel Bassi, el grupo de Castelar vuelve al ruedo con un disco nuevo bajo el brazo: La sangre buena. A pocos días de su presentación, hablamos con Rodrigo “Rulo” Manigot, cantante y letrista de la banda, de las dificultades de sostener un proyecto artístico y de cómo se hace para seguir confiando en las canciones en un contexto un tanto adverso.

-En abril de 2016 Ella es tan Cargosa estaba literalmente partida al medio, solo quedaban El Tano, el Negro Rojas y vos. Con ese panorama, me imagino que pensar en un disco nuevo, no habrá sido tan sencillo. Ahora que La sangre buena está en la calle y otra vez están volviendo a los escenarios, ¿cómo recordás esos momentos de incertidumbre?

 -Vengo pensando que la incertidumbre es un elemento que siempre nos ha venido rondando desde que elegimos este oficio, casi que no puede faltar. Siempre está ahí, solo cambia el problema. Antes era que no había plata; cuando hubo plata, faltaba la disquera; cuando vino la disquera, los tironeos con ellos y los problemas personales. Creo que la incertidumbre está siempre en nuestro oficio y forma parte de la adrenalina con la que uno se sienta y decide pasar esa angustia o duda a canción.

-Se sabe que en los grupos de rock siempre hay problemas, peleas internas, etc. Primero pueden ser por la falta de éxito y luego, porque el éxito empieza a aparecer. En el caso de ustedes, que pasaron por ambas etapas, ¿cuáles problemas fueron o son más difíciles de solucionar?

-Pensalo como el país. Que haya una mejora en el PBI no cambia de por sí las cosas. Trae quilombos nuevos porque empieza el debate por el reparto de la torta. De todas formas, hay un montón de temas que no son grupales y que vienen de afuera. Alguien puede sufrir una crisis personal y en cualquier grupo que pise, estallar o hacerlo estallar. No todo pasa por la grupalidad de trabajo. Igual, siempre creo que es más fácil administrar en la abundancia, que ante la falta de guita. También, ya de grande, me gusta el modelo que me marcó Santi Llach, el modelo Sultanes del Swing: gente que se junta a tocar, pero no quiere pegarla. Ya sabe que vive de otra cosa y la música es su espacio de felicidad semanal. No quieren ser rockstars. Veo cada vez más ese modelo entre sups 40, y me parece sano y realista.

 - Varias veces contaste que tardaron casi siete años en grabar el primer disco porque querían sacarlo con el apoyo de una compañía. Para una banda como ustedes, ¿formar parte de la industria es casi el único camino posible o podrían manejarse de forma independiente?

 -En este momento te diría que somos un mix de ambas cosas, así que no soy quien para andar pregonando nada. La fantasía de mandar todo al carajo y ser independientes, la tenemos todos los artistas y va a morir con nosotros. Si sé, después de veinticinco años de andar en esto, que tampoco es fácil. Hay que armar una Pyme e informarse muchísimo. Creo que cada artista tiene que encontrar su camino y darle forma. La industria discográfica es como la televisión. Pareciera estar en crisis y caminar hacia su ocaso ineluctable, pero todavía existe una diferencia -a mi criterio- importante entre estar adentro y no estar. Y remarco siempre: estar tampoco decide nada. Siempre tenés que estar pensando vos en miles de cosas para tu banda que nadie va a pensar. Nunca, firmes con quien firmes, dejás de ser independiente. Los grandes sellos tienen cuarenta artistas. No tienen tiempo para ocuparse de vos.

-En el primer corte de difusión del disco, resaltás el valor de las mañanas, algo bastante extraño en un músico de rock. ¿Pensás que cada vez son más los músicos que eligen dejar un poco de lado la noche y la pose “pomelesca” o todavía hay muchos pomelos en nuestro rock?

 -Hablo de mí, de nosotros, de mi vida. No quiero juzgar a los demás, cada uno tiene derecho a hacer su vida. A mí me está gustando esta vida, me parece más productiva y sana, aunque no me convertí en el rockero evangelista que reniega de la noche. Me encanta y me gusta mucho salir y divertirme. Pero es lindo ensayar de mañana, grabar de mañana, grabar tomando mate y bebidas light. Al menos, el técnico de grabación, al editarte, no funde los Pro Tools.

-Si el disco fuera un libro, por las temáticas de varias de las letras, probablemente estaríamos hablando de literatura del yo. ¿Pensás que a medida que pasan los años se escribe cada vez más mirando hacia adentro que hacia afuera? ¿Ese es el camino lógico de todo letrista?

 - Es relativo. Esta es una era de explosión de las redes sociales, donde todo el mundo cuenta en primera persona sus viajes, pero también sus tragedias. Es la era de las series, donde todo está guionado por un departamento de tipos que estudiaron todos los plots del mundo y son capaces de hacerte ver nueve ediciones de una serie y que a vos no te esté gustando, pero estás ahí como un gil rellenando tu tiempo, porque el guión tiene algo parecido a la nicotina que te lo sacan hasta el capítulo que viene. En esta era, que aparezca un tipo como Barón Biza diciendo "mi papá le tiró ácido en la cara a mamá en la escritura de divorcio" o los cuentos de Lucía Berlin, una mina bien yanqui que derrapa termina limpiando casas y trabajando de enfermera y enamorada de yonquies, o los libros de Knausgård. Toda esa literatura, que es menos ficción que la ficción, encaja en una era, pero a la vez es más directa. No hay nadie del otro lado queriéndome retener adrede. Se parece a la verdad. Es solo un momento de la literatura, así como en un momento de la pintura se pintó a Dios en el centro de todos los paisajes, y después ya no se lo pintó más. En mi caso, armé mi banda separado. De entrada, los textos me sirvieron para cerrar heridas. Escribía y me sacaba la tristeza. Así que fue una decisión editorial de entrada, lo que no quita que no haya mirado hacia afuera o escrito canciones que no existieron. Este disco, La Sangre Buena, también es una especie de catarsis. Hay mucho de escritura como alivio. Escribí para entender, para curarme, para sacarme de encima la tristeza.

-Está claro que ustedes son un grupo que le da tanta importancia a la melodía como al texto. ¿Creés que ese cuidado por la letra, que había sobre todo en el primer rock nacional, ahora no es tan habitual?

 -No podría afirmar eso. A veces caemos en el error de englobar en Rock Nacional solo al rock que suena por la radio. Escuché a los mendocinos de Mi amigo Invencible y son geniales en sus letras. Está toda la camada de mendocinos liderada por Leandro Lacerna, acá en Baires, y ahí hay una monstruosidad de artistas, con Leo Costa y los Jureles. Están los pibes de Usted Señálemelo, también de Mendoza. Donde levanto la cabeza, hay gente haciendo cosas geniales; los maravillosos Acorazado Potemkin, ese es un gran letrista. Además del Manu Moretti de Estelares, de Flor Ruiz, de Coiffeur, de Sonreí, de Guille Beresñak. Y eso que ya ni salgo.

-Hablábamos del oficio del letrista. En Volviendo en mí, te refería a la música, a la escritura de canciones como un oficio sanador. Coincido con lo que decís, pero intuyo que este oficio también debe tener sus bemoles. ¿Qué es lo más difícil de ser músico de rock en un país como el nuestro?

 -Lo más difícil es lo desparejo en el trabajo. Pasás de hacer treinta o cuarenta shows en un año, a diez al siguiente. La enorme dificultad en armarte tu público. En un país blanco/negro como éste, frío/calor, La cargosa no termina de encontrar su lugar. Para las bandas pop somos muy rock, para los rock somos pop. Para los intelectuales somos radiables; y viceversa. Para las bandas barriales, somos muy finos y cultos. Para las bandas finas y cultas, damos bandita barrial. Hay ahí un tema que veo de que no es fácil encasillarnos. Más los errores que habremos cometido y no logro visualizar, por supuesto.

- Siguiendo con citas de tus letras, en El Mar del olvido decís que mientras te exigís y trabajás la canción, el planeta baila el paso del tucán. En este contexto, ¿cómo se hace para seguir confiando en las canciones?

-Bueno, porque sigue habiendo un público atento a las canciones. Y aun así no lo hubiera, ¿qué otra cosa vas a hacer? Crecimos oyendo canciones, empezamos a tocar canciones en nuestra adolescencia. Este es el país de Charly y el Flaco, de Fito y Andrés, de Sumo y los Redondos, de Pappo y Manal, vivimos rodeados de canciones, empezamos a hacerlas, le gustaron a un montón de gente, nos ganamos el pan con nuestros temas. ¡No nos vamos a poner a escribir Felices los cuatro! No nos saldría, por otro lado. No es tan fácil como parece.

 -En alguna nota dijiste que las letras del disco fueron tu manera de hablarle a tu hermano, de preguntarle lo que a solas por la calle, o en la habitación de tu casa ya le vivías preguntando. Ahora que salió el disco, ¿tuviste alguna devolución de su parte?

 -Mariano estuvo a una semana de grabar el disco, o sea que manyó todo el material. Hablamos muchas veces de las canciones. Las canciones son como las bufandas que te hacía tu abuela: te las hacía a vos, pero después vos te las olvidabas en una fiesta o en el bondi y ya no eran más tuyas. Estas canciones son fotos de un momento. Apenas pase este momento, ya no serán de nadie. De hecho, muchos temas en los que le hablo a él, al final siento que me hablo a mí. Se volvía loco con Mar del Olvido, con La Sangre Buena estaba encantado. Después no volvió a la sala, y nosotros nos miramos, agachamos la cabeza y seguimos trabajando. Todavía no volvió a contarnos qué le pasaba, pero intuimos que pronto lo hará.

-Supongo que no será fácil, pero ¿es posible una vuelta de Mariano a la banda o es muy pronto para pensar en eso?

-Eso es algo que siempre va a depender de él, más que de nosotros. Nosotros siempre vamos a estar abiertos a su vuelta, pero no podemos andar adivinando qué es lo que él quiere. Ahora tenemos que seguir trabajando.

 -Antes hablábamos del contexto. En los 90 estabas al frente de Los Mareados, un grupo con canciones hermosas, pero en pleno auge del grunge y el rock barrial, la suerte no estuvo de su lado. ¿Cómo ves hoy la escena para un grupo que comienza y como ustedes, tiene a la canción como estandarte?   

-Siempre va a ser difícil en este país vivir de tus canciones, llevar adelante un proyecto artístico, nunca lo que hagas va a ser lo que el mercado requiera. Te lo vas a tener que hacer vos, a golpes de fe, de insistencia, de volcar tu vida y tus cosas acá, en las canciones. A fin de cuentas, este siempre será el país de Muchacha ojos de papel, de La balsa, de Seminare, de Un pacto para vivir, de Un vestido y un amor, de Catalina Bahía, de Ella dijo, de Silencio, de Sucio y desprolijo, en estas tierras se hizo también Naranjo en flor, Balderrama, Alfonsina y el mar y cientos de bellezas que se van transmitiendo de generación en generación. O sea, escribís canciones en un contexto adverso, pero siempre en un país cancionero. Alguien va a parar la oreja.

-Por último, en Zattino, otra canción del disco, decís que cuando mirás para atrás, ves solo felicidad. Si mirás para adelante, ¿qué ves? ¿Qué te gustaría que pasara con este disco y con el futuro de Ella es tan cargosa?


 -Me gustaría que podamos seguir laburando con felicidad. Si hoy entrás a un ensayo, todo el mundo sonríe, todo el mundo está centrado en su trabajo; lo mismo las giras, los conciertos. La grabación del disco justamente fue un polvo. Quiero que sigamos laburando en este clima de por vida. Lo habíamos perdido, y es harto doloroso. Después, que la gente nos siga en menor o mayor cantidad depende de los gustos de la gente. Yo íntimamente sé que nunca decreció la calidad de los conciertos que damos. Somos autocríticos y estamos tratando de mejorar todo el tiempo. Hace poco vimos en Ituzaingó a La Mississippi. Era un jueves y había 250 personas saltando. Nos miramos con Lucas, el bajista, y el Negro, el batero, y les dije: ¿ven? Yo quiero esto: ir a Rosario, a Mendoza, a Mar del Plata, a La Plata y meter esta cantidad de gente y que la gente la pase así. Siento que no estamos lejos.

lunes, 14 de agosto de 2017

Entrevista a Walter Lezcano: “En el ombligo de las personas no hay más que pelusa”


Nando Varela Pagliaro

Walter Lezcano no se considera periodista. Sin embargo, ha publicado entrevistas, perfiles y reseñas en casi todos los medios culturales del país: Radar (de Página/12), Ideas (de La Nación), Tiempo Argentino, Anfibia, La Agenda, Playboy, Crisis y Bacanal, entre otros. Muchos de esos textos, acaban de ser reunidos en Nací en una generación. Periodismo, monotributo y cultura (Milena Caserola). En tiempos en los que pareciera que el periodismo agoniza, hablamos de la trastienda del oficio y del trabajo que conlleva elaborar una buena entrevista.

- ¿Cómo es tu metodología de trabajo? ¿Vas con un cuestionario armado o te entregás a la conversación sin ningún lineamiento previo?

- Llego muy preparado a un diálogo. Pero sin guión prefijado de antemano porque a veces no sabés cuánto tiempo te van a dar para hablar. Entonces hay que tratar de producir cierto grado de intimidad y confianza en tiempos muy breves. Lo que no trato nunca es de sacar algún titular o declaración “polémica”. Mi intención durante el diálogo es ver qué hay detrás del lugar común que lleva alguien encima cuando dialoga con un periodista, correr el velo de la rutina, romper con el cotidiano y tratar de conseguir alguna verdad. 

- Hace poco me tocó entrevistar a Jorge Lanata y él dice que la mayoría de los periodistas toman a la entrevista como la ratificación de opiniones propias, que no les preocupa conocer al entrevistado sino tener razón sobre lo que piensan de él.  ¿Pensás que es así?

- No hay nada que me interese menos, cuando entrevisto a alguien, que ratificar mis propias convicciones, prejuicios, ideas. Si el diálogo es otra oportunidad desaprovechada para salir de vos y se utiliza como un terreno fértil para el narcicismo no lo veo atractivo y no tiene sentido encontrarse con nadie. La palabra muere ahí, no hay comunicación posible. En el ombligo de las personas no hay más que pelusa. No es un mundo, es pura mugre que se agota con un soplido. Una entrevista debería ir en contra de eso, y de la soledad que implica fortalecer el egocentrismo. 

- Decís que llegás preparado a un diálogo, ¿cuánto tiempo invertís en preparar una entrevista?

- Todo el tiempo que puedo. Pero a veces esa cantidad de tiempo se ve fagocitada por la necesidad del medio y del editor de tener el texto en su casilla de mail para publicarlo. Se trata de negociar también. Además, me parece que estar en tema, investigar y estar preparado es importante, pero que no llega a ser determinante para lograr un buen diálogo que deje material distinguido en el texto final. La información en sí misma, existiendo Wikipedia, no tiene mucho valor: es una pista de despegue. Hay que educar más, me parece, la mirada y estar atento a lo que propone el entrevistado y qué está dispuesto a entregar más allá de su tiempo frente a vos. Se trata de llegar a zonas inesperadas. Aunque no siempre sucede.

 - ¿Y el silencio qué lugar ocupa en una conversación entre dos personas? ¿Te incomoda?

- La dosificación de los silencios en el diálogo es determinante en la medida que signifique el proceso íntimo de pensamiento o determinado momento de revelación. Si lograste eso es como un pequeño milagro porque se gesta entre dos desconocidos en una situación artificial y forzada como es la de la entrevista. Creo que hay que tratar de lograr siempre eso en el otro. No siempre se tiene esa suerte. Y no, no me molesta en absoluto hacer silencio porque es generar también mi propio ritmo en el diálogo. En cierto sentido, el ritmo de esos silencios termina funcionando como la sintaxis de esa charla.

 - Hablás de generar tu propio ritmo en el diálogo, ¿creés que se aprende a preguntar?

- El tema es que primero hay que aprender a escuchar y a producir ese combustible valioso llamado empatía. Sin eso, sin esa suerte de entrega, es difícil que se produzca el interés por el otro, por lo que dice y descubrir eso que esconde en sus palabras rutinarias. No sé si es posible generar la curiosidad y la inquietud. Y eso se nota en los textos después. De lo que estoy seguro es que si tu único y mayor interés pasa por verte a vos mismo en determinadas situaciones, nunca vas a poder ver qué ocurre realmente en el mundo o en determinados mundos dentro de éste.  

 - Dicen que hacer preguntas es un modo de ejercer poder, ¿qué es preguntar para vos?

- Hacer preguntas me parece un modo, quizás violento, de meterte y buscar el corazón de la experiencia ajena. Y que de alguna manera te involucra. En el momento en el que te cuentan algo valioso sos partícipe de una realidad distinta a la tuya. Y hay que estar a la altura de las circunstancias de la gente que elige confiar en vos.  
 
- Y en tu caso, ¿dónde ponés la mira al entrevistar?

- Entrevistar es una situación artificial y forzada en la que dos personas eligen hablar como si algo los uniera. Cuando hago una entrevista trato de romper ese artificio y lograr que esto sea lo más natural posible, construir puentes de diálogos que destruyan la puesta en escena que significa acordar un encuentro y responder preguntas. Que dos desconocidos puedan vencer la desconfianza que implica ser grabado y expuesto en un medio. Y también mi lucha es contra la miseria que comprende traicionar el sentido que el entrevistado le quiso dar a sus palabras. Para mí es importante no ingresar al mercado de la resonancia y la repercusión a partir del engaño de la confianza de alguien. 

- Siguiendo con lo metodológico, ¿cómo pensás los finales de cada nota?

- Con el tiempo, uno tiene la ilusión de que puede redondear, de que tiene la capacidad necesaria como para darle el punto final a un texto sin caer en obviedades. La intuición parece ser a veces un fantasma en el que debemos creer. También puede ser un salto de fe que nos dice que un escrito debe terminar de un determinado modo. Creo que hay que fortalecer esas ilusiones y aspirar al mayor grado de calidad posible.

- Dentro del periodismo cultural, ¿sentís que la entrevista es un género un poco menospreciado?

- Considero que la entrevista es un género notable y que siempre fue muy productivo para poder llegar a ciertos tipos de conocimientos de gran valor. Es cierto que para que esto se produzca depende de muchos factores que no siempre se pueden controlar: estado de ánimo del entrevistado, condiciones de la entrevista, escenario dónde se lleva a cabo, y demás. Pero esto le da cierto riesgo, tensión y vértigo atractivo a cualquier encuentro. La lucidez, la inteligencia y la chispa pueden derrumbarse en cualquier momento. Por otra parte, grandes libros sustentan su potencia creativa en la entrevista y el diálogo: Crítica y ficción de Piglia y el recién salido Extravíos de vanguardia de Roberto Jacoby y José Fernández Vega, por ejemplo y por citar dos casos de muchos. Si hay alguien que menosprecie esta clase de obras, sinceramente, no lo conozco ni tampoco me genera el interés de pagarle una birra para conocer sus otras “ideas”.

- En el comienzo del libro incluís una cita de Oscar Wilde que dice: “Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad”. ¿Estás de acuerdo con eso? ¿Cuán cerca está el periodismo de la comunidad? ¿Realmente hay tanta ignorancia en el medio?

- Siempre me gustó esa frase de Oscar Wilde y me pareció muy graciosa. Tiene el espíritu corrosivo muy habitual en Wilde. La incluí porque considero que el tipo de periodismo que me interesa es el que trata de luchar contra la ignorancia que nos rodea, e incluso de la propia. No me siento afuera de nada ni por encima de nadie. Me interesa salir del oscurantismo cotidiano del mundo. Muchas veces, la mayoría diría, me toca meterme con temas que no conozco a fondo, aunque siempre hay un vínculo y anzuelo inicial, y una vez que termino de escribir el texto y lo mando al medio percibo que mi mundo pudo amplificarse un poco. Y me gustaría pensar que al lector, si es que existe, le pasó algo similar.  

- En estos años colaboraste en la mayor parte de los medios culturales del país, ¿cómo ves el ambiente cultural?

- Para un freelancer como yo no existe eso conocido como “ambiente”. No circulo en guetos ni me muevo en territorios donde todos tienen la misma profesión. No disfruto la endogamia ni trato de hacer un paneo para controlar qué hacen mis compañeros. Me manejo más en soledad, en casa, y me muevo por curiosidades que se van acumulando y trato de prestarle atención: con eso armo los sumarios y las notas. Soy de leer muchos medios online de acá y de afuera. Y en general, no lo hago con afán sociológico, sino como un lector más que intenta informarse. Por eso hay que leer tanto y variado y luego salir a la calle para ver algo de verdad. A lo que voy: no me interesan los ambientes, sino los modos en los cuales puedo generar un vínculo más intenso y certero con la palabra, con las frases, con los párrafos y con los textos.

- Muchos dicen que el periodismo es una de las formas más divertidas de ser pobres, ¿qué es para vos el periodismo?

- Yo lo vivo como un modo de ganarme la vida y como una de las formas más interesantes que encontré para meterme e involucrarme en la realidad de mi época.

- Una de las preguntas que se desprende del libro es: ¿Cuánta pobreza se banca una vocación? En tu caso, ¿cuál sería la respuesta?

- Son elecciones acerca de cómo vivir tu vida. Yo decidí apostar mi tiempo a la escritura, la docencia y el periodismo. Encontré mi vocación en ese sentido y sé que lo voy a llevar adelante durante mucho tiempo más. Si en el camino hay pobreza, se le hace frente porque hay algo más grande detrás que uno quiere concretar. Los destinos se eligen, se sostienen. 

- Llevás publicados varios libros de narrativa y poesía. El hecho de trabajar en periodismo, ¿cómo afecta a tu escritura?

- Se potencian mutuamente. Trato de que el periodismo no se convierta en un oficio que construye a cada texto en un desperdicio con destino de olvido. Y a la vez, el tiempo que no tengo dentro del periodismo para darle mil vueltas a una nota, lo utilizo con lo literario donde me tomo todo el tiempo que un texto y una voz y una prosa requieren. Nadie espera nada de nosotros: por eso hay que hacer lo mejor y entregarlo todo. Si es posible: ser inolvidable en la página.

- ¿Y cómo sentís que te trata el sistema literario?

- La sensación que tengo es que vivir y escribir son actividades full time. Y cargan con un nivel de obsesión muy grande de mi parte. Pienso en eso todo el tiempo. Pongo toda mi energía a tratar de tener una vida que valga la pena ser vivida y en escribir algo que tengan cierto interés para alguien, así sea una sola persona. Eso es lo que está a mi alcance y de lo que me ocupo y preocupo. Todo lo demás está por afuera de mi radar de acción e interés.

- Por último, desde hace más de diez años trabajás como docente de literatura, ¿cómo ves la relación de los adolescentes con la literatura? ¿El contexto es tan difícil como uno lo imagina?


- No hay nadie más apasionado que un adolescente frente a un texto que lo interpela, que le gusta, que lo disfruta. Es maravilloso ese momento. En ese sentido, es un trabajo arduo encontrar esos libros. Pero están, y es un paraíso cuando se encuentran. Y cuando uno los lleva al aula la vida cobra otro espesor: para el docente y para el grupo que tenés adelante. La imaginación que hay alrededor de los adolescentes adentro de la escuela, no tiene nada que ver con la cotidianeidad que se vive porque son más los momentos productivos e interesantes que los otros.

martes, 18 de julio de 2017

Fechas de julio


Entrevista a Nicholas Sparks: “La vida es buena, pero las cosas malas suceden”


Nando Varela Pagliaro

A Nicholas Sparks la categoría best seller ya le queda chica. Al momento, lleva escritas veinte novelas, traducidas a más de cincuenta idiomas, con más de 100 millones de copias vendidas a nivel mundial y más de 65 millones solo en Estados Unidos. De sus veinte novelas, once fueron llevadas al cine con un éxito de taquilla deslumbrante. En el marco de la gira de presentación de Solo nosotros dos (Roca Editorial) -su última novela-, hablamos con el autor de Diario de una pasión y Un paseo para recordar, entre otros.

-Me imagino que después de haber publicado veinte novelas, las expectativas, las ilusiones, los miedos, no son los mismos, ¿es así?

-Sí, es un desafío mayor ahora que cuando comencé, porque es más difícil ser original.

-Y en este libro, ¿dónde diría que reside la originalidad?

-En la estructura, la duración, la cantidad de personajes. Y también en que está narrado en primera persona, que es algo que no hice durante diez años. Además, tiene nuevos personajes, una nueva trama, lo que impulsa a la historia en sí es diferente. Con cada libro que escribo trato de hacer eso, por lo que es muy difícil generar una nueva obra cuando uno quiere modificar todos estos factores. Muchos novelistas escriben siempre la misma estructura, la misma voz -primera persona, tercera persona-, o muchos incluso el mismo personaje que se repite novela tras novela. En mi caso, es todo nuevo.

-   Para la mayor parte de los autores, vender cinco mil o diez mil ejemplares sería un éxito. Para un autor como usted, tal vez vender esa suma podría ser visto como fracaso. ¿De qué manera mide el éxito a nivel literario?

-Creo que no he tenido un libro que haya vendido menos de cinco millones de copias. De todas formas, para mí el éxito se basa en si estoy contento con lo que escribí, y si también lo están mi editor y mi agente. Así que escribo para un público de tres personas y siempre son muy duros con lo que produzco, por lo que el proceso de edición también es muy arduo. Mientras yo esté feliz con el resultado y también ellos, es suficiente. Eso para mí ya es un éxito.

- ¿Solamente tiene a esos tres lectores en mente, no piensa en el público masivo?

-Sí pienso en la audiencia, pero mientras estemos contentos nosotros tres, está bien. Realmente son muy duros conmigo, muy detallistas y no dejan que nada quede mal escrito.

-Explicar el éxito nunca es fácil, me imagino que a lo largo de su carrera muchas veces le han preguntado cuál cree que es la razón en su caso. ¿Encontró alguna respuesta?

-Pienso que mis libros tienen éxito en lo que se supone que tienen que ser, cuentan historias reales sobre personas reales, y genuinamente evocan emociones reales, siempre sorprenden a los lectores, dejándolos con una sensación de esperanza, incluso en momentos de oscuridad.

-Generalmente los libros como los suyos, que tienen un alto nivel de venta, no son acompañados por la crítica. ¿Le importa la opinión de los críticos? ¿Lee las reseñas de sus libros?

- La verdad es que no me importa. Ya sean buenas o malas reseñas, no las leo.

- ¿Cree que hay prejuicios con este tipo de libros?

-Quizás, no lo sé. También recibo muchas buenas críticas, pero nunca pienso en ellas a menos que me lo pregunten en las entrevistas. No me importa en realidad hasta que alguien me consulta por el tema.

- Y como lector, ¿es amante de este género o prefiero otro tipo de literatura?

-Sí, leo este género, pero también otros. Me gusta cualquier tipo de novela que esté bien escrita y que haga lo que se supone que debe hacer. Un thriller, tiene que generar suspenso; una novela de terror tiene que asustar; una novela literaria tiene que generar interés. Parece sencillo, pero no lo es tanto.

-La mayor parte de sus libros fueron llevados al cine. ¿Cómo se lleva con las adaptaciones? ¿El guión del escritor es tan o más importante que la tarea del director?

-El director es el más importante de todos, la película va a ser lo que él quiera que sea. Así que siempre se debe elegir al director cuidadosamente. En mi rol en relación a las películas, siempre estuve satisfecho; vendí los derechos, escribí el guión, produje; a veces las tres tareas a la vez. Lo que podía hacer en cada película dependía de cuán ocupado estaba.

-Cuando escribe un libro como Solo nosotros dos, ¿Ya lo hace pensando en que puede ser llevado al cine? Es decir, ¿Lo escribe solo como un libro de literatura o a la par va escribiendo el guión?

-Ambas cosas. Cuando pienso en la historia antes de escribirla, trato de concebirla teniendo en cuenta que funcione como libro tanto como película. Tiene que ser original y también muy visual. Pero cuando empiezo a escribir, dejo a un lado todo y solo me concentro en el libro.

-Vi que tiene mucha presencia en las redes sociales, ¿cuán importante es para un escritor estar ahí?

-Pienso que es importante, no sé cuánto. Es una gran manera de proporcionar información a aquellos que les interesa, por ejemplo, estrenos de películas, lanzamientos de libros, entrevistas, etc.

- ¿Piensa que las redes sociales cambiaron la forma de leer de los lectores?

- No. Pienso que la gente que lee libros representa una pequeña porción de la población; quince o veinte por ciento. Si estás en ese porcentaje, y te gusta leer, vas a leer de todas maneras. El otro ochenta por ciento existe en las redes sociales.

-Hablando de redes sociales, en su Facebook leí que cuando era estudiante, marcó un récord en el equipo de atletismo norteamericano en la carrera de relevos de 4 x 800 metros. Ahora, ¿qué lugar ocupa el deporte en su vida? ¿De qué manera influye en su literatura? Hay muchos escritores, como Haruki Murakami por ejemplo, que cuando corren les aparecen las mejores ideas o consiguen encontrar el elemento que les faltaba para cerrar un determinado capítulo.

- Lo primer que quiero decir es que todavía sigo corriendo y que es cierto lo del récord. De hecho, aún sigue estando vigente. En cuanto a la influencia del deporte en mi literatura, debería decir que correr más que nada me enseñó el concepto de persistencia, diligencia y la necesidad de saber superar obstáculos. Y básicamente todas estas cosas que son tan comunes en el deporte, también están presentes en la literatura.

-Por último, Russell Green, el protagonista principal de Solo nosotros dos, es una persona que tiene todo, pero de la noche a la mañana lo pierde. ¿Tiene miedo de que algo así pueda sucederle en su relación con los lectores o en su propia vida?


-No tanto en mi relación con los lectores, porque en general escribo novelas con las cuales yo estoy satisfecho, así que lo que suceda va a pasar de todas maneras. En mi vida tuve muchos eventos trágicos; perdí a mi madre a los veintitrés años, a mi padre a los veintinueve y a mi hermana a los treinta y tres, mi hijo tiene autismo, me divorcié; así que siempre hay pérdidas. Mi lema es “la vida es buena, pero las cosas malas suceden”.

Publicada originalmente en Revista Quid.

sábado, 8 de julio de 2017

Entrevista a Carlos Ruiz Zafón: “El truco más difícil es la ilusión de la simplicidad”


Nando Varela Pagliaro

Con la publicación de El laberinto de los espejos, Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964) pone fin a la tetralogía de la que ha vendido más de 30 millones de libros. En esta entrevista con el autor de La sombra del viento, hablamos de su nueva novela y de algunos de los secretos de su éxito.

-En nuestro país, sus libros son muy conocidos, pero quizás no es tanto lo que sabemos del autor que hay detrás. ¿Cómo empieza su relación con la literatura?

- Empieza de muy joven. De niño ya sabía que quería ser escritor, inventaba historias, las ponía en papel y las dibujaba. Para mí la única cuestión era ver cómo podía ganarme la vida de esto. Toda mi vida ha sido una deriva a intentar aprender este oficio para ganarme la vida con él. Me llevó un tiempo, pero después de haber hecho varias cosas, finalmente pude ganarme la vida como escritor y eso he venido haciendo desde entonces.

- ¿Nunca hubo un momento de duda?

-Las dudas las tenía sobre todo al principio. Me preocupaba cómo conseguía sobrevivir en este juego. Cuando uno quiere dedicarse a algo que tiene que ver con la creación artística, nunca sabes cómo se llega a la semana que viene. No es que pienses ya en el éxito, lo que quería era sobrevivir día a día. Mi padre, que era agente de seguros, cuando le dije que quería ser escritor se puso muy mal porque pensaba que todos los escritores acaban bajo un puente, mueren tísicos, en la miseria y se los comen las cucarachas. Creía que si uno se dedicaba a esto pagaba un precio terrible y terminaba loco como Van Gogh. De sólo escucharlo, yo me lamentaba: “¿por qué habré salido así de fábrica? ¿por qué no habré querido ser directivo de alguna compañía y cobrar un sueldo fijo?” Pero no, resulta que mi sueño era contar historias. Todas las personas que se dedican a profesiones artísticas, siempre tienen esta sensación de precariedad, de no saber qué va a pasar mañana. Pero bueno, es algo con lo que vives y que tienes que superar. Si hay que trabajar más duro, se trabaja más duro y ya.

-Vayamos a sus libros. Los procesos de escritura son siempre muy especiales, pero imagino que en un proyecto como el suyo, que demandó quince años, muchas cosas deben haber cambiado de como usted las tenía en la cabeza en un primer momento a cómo llegaron al papel. ¿Fue así?

-Originalmente mi intención era crear una suerte de laberinto de historias con cuatro puertas entrada. Cada una de esas puertas quería que fuera una novela independiente, pero a la vez conectada, que fuera una historia que estuviera en constante movimiento, que cuanto más avanzáramos y más puertas exploráramos, la historia fuera cambiando como un gran mecanismo de relojería que se está moviendo constantemente con millones de piezas. Luego, en función de cómo lo exploramos, vemos que tiene nuevos relieves. Yo tenía esa arquitectura en mi cabeza, pero también era muy consciente de que me iba a llevar mucho tiempo. No tanto como el que me llevó, pero tampoco lo podía saber con exactitud. Además, la propia complejidad de esta construcción iba a hacer que por mucho que yo anticipara un diseño, a medida que descendía a los niveles más microscópicos, iba a descubrir nuevas implicaciones, nuevos detalles. Incluso, yo mismo, a lo largo de este proceso iba a evolucionar como persona, como escritor. La elaboración de estos cuatros tomos ha sido muy compleja y una de las cosas más complejas es precisamente no traspasar esa complejidad al lector. Para ello es necesario que el armazón que uno construye tape sus propias huellas. Creo que el truco más difícil es la ilusión de la simplicidad, que podamos disfrutar de las historias sin pensar en cómo están armadas.

-Ya que hablamos de complejidad, tengo entendido que el libro que más le costó de los cuatros es este último. ¿Por qué?

-Éste es el que tiene elementos estructurales más complejos, es la pieza de cierre de todo este gran mecanismo de relojería, donde el laberinto se cierra sobre sí mismo.  Además, es el que tiene el gran final. Toda la tensión narrativa acumulada a lo largo de muchas tramas, se desata y llegamos al fondo de la historia y los personajes.

-En cada Feria de Libros a la que asiste, llama la atención ver el fanatismo de sus lectores. ¿Por qué cree que esta saga despertó tanta empatía en millones de lectores de diferentes países?

-Porque los lectores primero que todo son lectores. A un lector no lo define si es japonés, italiano o francés. Los lectores son personas con curiosidad intelectual, que saben apreciar el lenguaje y quieren vivir más y mejor. Generalmente, son gente que también gusta del cine, de la música porque tienen una necesidad muy fuerte de conocimiento, de buscar la belleza que nos permite ir más allá de una vida cotidiana mecánica. Afortunadamente, hemos creado la belleza y la imaginación que nos permiten hacer nuestras vidas más interesantes. Creo que cuando cualquier pieza artística funciona no tiene que ver tanto con sus pretensiones, sino con los resultados. A veces uno puede tener grandes pretensiones y luego no pasa nada. Lo fundamental en un artista es que aprenda su oficio y para eso hay que trabajar duro. Crear cualquier cosa es una profesión como cualquier otra, no es un proceso etéreo donde las musas lo usan a uno como médium. Hasta donde yo soy capaz de hacer, todo está en función del oficio, de la capacidad y de la técnica que he aprendido. En la medida que sepa utilizar todos estos elementos, seré capaz de crear algo que merezca el tiempo de los demás. Yo siempre lo he visto así e intento trabajar duro para crear algo que merezca este tiempo; algo que seduzca a los lectores, que los empuje a un mundo en el que hay intriga, aventura y pasión; algo que les haga ver cosas dentro de sí mismos que no sabían que estaban, que les ayude a ver la vida de otro modo y que sobre todo se diviertan y puedan disfrutar de la belleza de la literatura. Cuando uno disfruta de una buena serie, de un buen libro, de buena música, son esos momentos en los que dice que vale la pena vivir.

-Nombraba recién las series y una pregunta muy recurrente que le hacen tiene que ver con su negativa a llevar estos libros a otro formato. ¿No hay forma de convencerlo? ¿Ni siquiera si trabaja su admirado Stephen King en la adaptación del guión?

-El problema no está en quién haga la adaptación y por supuesto no tengo nada en contra del cine y las series. De hecho, he dedicado años de mi vida a trabajar en esos medios y siempre digo que el ochenta por ciento de la mejor narrativa de nuestros tiempos se está haciendo en la televisión. El problema es que para mí estas novelas fueron concebidas como un gran homenaje a la literatura, como un proceso de reflexión sobre la creación literaria, como una experiencia ligada al mundo de los libros. Además, la versión definitiva es la que yo he querido crear. Si hubiera querido que fueran una serie de televisión, las hubiera escrito como tal. A veces se dice que cada cual se imagina los libros a su manera; los míos no, los míos se los imagina exactamente como yo he querido que se los imaginen, porque proyectan en su cerebro una serie de imágenes y movimientos a las que yo les dedico mucho tiempo. Por otra parte, sería perder el tiempo dedicar tres años de mi vida a adaptar esto a otro formato cuando ya creé la versión que quiero que reciba el lector. No sería honesto hacerlo, sólo por querer que fuera más popular o utilizando una palabra que ahora se usa mucho: por “monetizar” este proyecto, que vendría a ser la manera fina de decir exprimir dinero de las cosas.

- Todo escritor tiene una definición de lo que es escribir. Usted ha dicho que “escribir es reescribir” y que se escribe para uno y se reescribe para los demás. ¿Hay cosas que escriba sólo para usted?

- Yo creo que todo lo que escribo, primero es para mí mismo. En todo proceso de creación, siempre hay una parte de autoexploración, uno explora su propio mundo y aquello que encuentra, lo reelabora y se lo comunica a los demás. En ese momento de reelaboración, ya se produce ese proceso interno. A uno le sirve mucho reescribir. Lo que ocurre es que cuando uno decide hacer una profesión de ello, esa parte que podría ser terapéutica o de exploración, es sólo una parte; luego uno tiene otra responsabilidad y es eso que decíamos antes, de merecer el tiempo de los demás.

- En este sentido, ¿la música sí ocupa ese terreno más íntimo?

-Puede que sí, la música para mí es la más alta de las expresiones creativas del ser humano. La gran frustración de mi vida es que yo no pude tener una educación musical, entonces me la di a mí mismo. Intenté aprender música por mi cuenta, que es una cosa que uno puede hacer pero que tiene grandísimas limitaciones. Siempre digo que, si uno quiere ser músico y tiene la oportunidad de tener una buena educación musical, ése es el camino. Lamentablemente, yo no pude tener eso. De niño iba a lugares y sacaba de bibliotecas el tratado de armonía de Schoenberg y lo intentaba descifrar. Leía libros de orquestación y de contrapunto, que para mí eran como la teoría de la relatividad. Me enseñé a mí mismo a tocar el piano, empecé a componer; incluso hubo un tiempo en que trabajé como músico, pero siempre tenía la sensación de que no tenía las herramientas necesarias para crear la música que a mí me hubiera gustado hacer. Y como de niño sabía que aquello para lo que había sido fabricado era la escritura, pensé que iba a disfrutar más de la música si la mantenía como un hobby, sin colocarle el peso a tener que vivir de ella, pero sin que esto quiera decir que he renunciado a ella. La música sigue ocupando un gran espacio en mi vida. Una cosa que me divierte mucho es componer música para mis propias historias. Incluso, muchas veces me ayuda en el proceso creativo, para resolver personajes o encontrar atmósferas, o una textura que luego puedes traspasar a la literatura. A mí me gusta pensar el lenguaje literario como una paleta orquestal. Cuando trabajo con el lenguaje, pienso que tengo una orquesta y tengo diferentes opciones, diferentes colores; y el texto que voy a componer debe utilizar todos esos elementos y sonoridades.

-Con respecto a la música, alguna vez dijo que era la más sublime de las artes, pero también la más dura y complicada. ¿Cree que es más complicada que la literatura?

- Lo que dije fue que la música es la más sublime de las artes y la más miserable de las profesiones. Creo que por esta característica sublime que tiene la música, los músicos muchas veces se ven en una situación de tener que hacer algo tan alejado de lo que sería su sueño, que la práctica profesional se puede convertir en un pequeño martirio, que desde afuera los demás no perciben. Esto mismo sucede con la literatura; también puede ser una amante fría y cruel, a la que muchísimas personas le entregan su vida, su pasión, pero no son correspondidos. Por eso viven en una amargura, en un resentimiento, porque aquello que hacen no encuentra el camino que quisieran. Ese resentimiento, va pudriendo el alma por dentro y la envidia se apodera de las personas. Qué terrible destino, transformarse en alguien que pasa por la vida consumido por la envidia y el resentimiento. 

- Me habla del éxito y el fracaso, ¿por qué tener éxito en el mundo de la literatura es vivido como un pecado?

-Yo creo que la literatura es la única profesión en el mundo en la cual hay personas que intentan utilizar el éxito profesional como si fuera una prueba de que uno no es capaz. Hay personas que nos quieren convencer de que un libro es malo porque es leído por mucha gente. Es como si dijéramos que el New York Times es el peor diario del mundo porque es el más leído de todos. En el mundo de los libros, muchas veces se intenta utilizar la palabra best seller como una maldición gitana que a lo mejor empaña el éxito de otra persona, que muy probablemente es el éxito que yo hubiera querido tener, pero no he conseguido. Yo creo que es bueno e higiénico aplicar un sentimiento crítico; cuando veamos a alguien que nos quiere convencer de algo, pensemos por qué lo dice, quién lo dice, qué motivos tiene, qué quiere conseguir con ello.  

- ¿Intuyo que se está refiriendo a la crítica literaria?

-A veces se habla de la crítica como si fuese una especie de ejército monolítico, cuando una crítica es sencillamente la expresión de una opinión realizada de manera pública. Por el hecho de hacerse públicamente, en un medio de comunicación, está condicionada por determinados factores.

-A un escritor como usted, que tiene el beneplácito de los lectores, ¿le importa la mirada de la crítica?

-Cuando hay una crítica que es positiva, la agradezco; pero uno siempre tiene que tener una distancia con eso. Creo que los grandes críticos literarios son aquellos que descubren obras a los lectores, que quizás de otro modo no se hubieran descubierto nunca. En eso, hay un gran talento, una gran virtud. Pienso que para eso debe servir la crítica literaria, no para destrozar el trabajo de alguien que no nos simpatiza o que políticamente no está en nuestra facción. Por eso, el público debe estar atento, porque cuando alguien nos quiere convencer de algo, siempre atrás hay un motivo. La gran virtud de los seres humanos es que todos tenemos nuestro propio cerebro, lo que tenemos que hacer es utilizarlo y pensar por nosotros mismos, sin esperar que venga alguien a ponernos las ideas en la cabeza.

-Cuando era muy chico, le mandó una primera novela a Paco Porrúa, el editor de Cortázar. Él la leyó, lo recibió en su despacho y en esa charla le dijo que no se preocupara tanto, que se le notaba que vivía muy de prisa. Ahora, ¿cuál es su relación con el tiempo?

- Viví con mucha prisa cuando era joven y era algo que no me gustaba de mí mismo. Era consciente de que tenía un problema, pero había algo en mi cabeza que me hacía vivir así y querer conseguir cosas. Con los años, me he hecho mayor y he adoptado una perspectiva más serena; al menos eso me gusta pensar. Tengo la sensación de que la vida es muy breve, todo es muy efímero, y a veces no nos damos cuenta de ello y vivimos como si fuéramos a hacerlo para siempre.

- ¿Y tiene una obsesión con respecto al tiempo y la obra por publicar?

-No me preocupa la relación entre tiempo y obra, pero sí es algo que me planteo. Soy consciente de que hay un tiempo limitado. Afortunadamente, he tenido la oportunidad de hacer algunas de las cosas que me había planteado, del modo que quería, y estoy satisfecho de lo que hice. No me voy con la sensación de haber intentado cosas y no haberlo conseguido; me queda mucho por hacer y no sé si seré capaz; lo intentaré, pero la verdad no es un tema que me preocupe tanto. A cierta edad, uno empieza a hacer las paces con uno mismo y acepta que quizás no habrá tiempo para hacer todo lo que uno quisiera.

- ¿Y se cree con la capacidad de llevar adelante otro proyecto tan ambicioso como éste?


-No lo sé, este es un proyecto que tenía esa particularidad, pero cada libro es diferente. Una vez que elijo lo que voy a hacer, intento encontrar cuál es el modo que me parece mejor para hacerlo. No creo que vuelva a intentar hacer lo mismo, no sé si tendrá más o menos complejidad, pero sin dudas todo tiene su dificultad.

Publicada originalmente en Revista Quid.

Solo se trata de escribir en La Agenda


En La Agenda, Leticia Martín reseño Sólo se trata de escribir y entre otras cosas, dijo: "Varela Pagliaro no tarda en ubicar el talón de Aquiles de sus entrevistados y hurga, desde su lugar invisible, casi desapareciendo de la escena, en los rincones menos explorados de estas discursividades. Finalmente, a costa de repreguntar, fluye esa materia oculta que captura nuestra atención". Acá, la nota completa.

jueves, 22 de junio de 2017

Hijos en Eter


Entrevista a Fernando Aramburu: “No faltan quienes consideran a las víctimas de ETA un obstáculo para la paz”


Nando Varela Pagliaro

Fernando Aramburu es un escritor vasco que desde hace más de treinta años vive en Alemania. Desde Hannover, la ciudad a orillas del río Leine en la que pasa los días junto a su esposa alemana, ha escrito su Trilogía de Antíbula, Los peces de la amargura y Años lentos, entre otros. Su última novela, Patria (Tusquets), ha sido señalada por unanimidad de la crítica ibérica como uno de los mejores libros del año. El éxito no solo fue acompañado por la crítica sino también por el mercado: en España superó ampliamente los 300 mil ejemplares y en nuestro país ya agotó una primera edición.
Con el anuncio del abandono de las armas emitido por ETA como punto de partida, en sus más de seiscientas hojas, Patria recorre la vida de dos familias a las que un atentado coloca a un lado y al otro de las ideologías que dividieron al pueblo vasco. Se podría decir que Patria es una novela sobre los múltiples efectos de la violencia, pero sobre todo es una profunda reflexión sobre la imposibilidad de olvidar y la necesidad del perdón en una comunidad fragmentada por el fanatismo político. 

-En muchas entrevistas que dio, debido al gran éxito de la novela termina hablando más de ETA y de política que de literatura, ¿le molesta que pase eso?

-Conocer el éxito y sentirse molesto se me figura a mí que es una actitud de hombre mimoso. Confieso, no obstante, que me preocupa contribuir a la simplificación de mi libro, en cuyo caso sí me siento molesto, pero conmigo mismo.

- ¿Cree que falta cierto compromiso intelectual de los escritores a la hora de involucrarse en cuestiones que tienen que ver con acontecimientos históricos y políticos?

-No he llevado a cabo el recuento. Mi impresión es que cada vez hay más intelectuales que solicitan el turno de palabra y se pronuncian en público sobre las cuestiones históricas o de interés colectivo relativas a las últimas décadas de mi tierra natal vasca.

- ¿Piensa que su libro, de algún modo, servirá para que otros escritores se animen a publicar otras historias relacionadas a ETA?

-Cabe esa posibilidad, de igual manera que yo me he inspirado en otros escritores actuales o del pasado. Al respecto he oído de todo. Hay quien considera que mi novela abre una vía para el relato de nuestra historia reciente y quien está deseando que Patria sea refutada e ideológicamente neutralizada.

- Desde hace muchos años usted reside en Alemania, ¿cree que esa distancia le dio otra perspectiva sobre el tema?

-Supongo que debido a esta circunstancia he tenido a mi disposición durante largo tiempo una perspectiva panorámica, la del jugador de ajedrez que observa la partida desde el aire. No he tenido otra posibilidad. Según para qué cuestiones, quizá sea preferible esta perspectiva abarcadora de todo el tablero, que la del alfil o la torre en su rincón.

- ¿Cuán necesario cree que fue que ETA anunciara el cese definitivo de los atentados para que usted pudiera escribir esta historia? ¿Hubiera sido posible un libro así en el contexto anterior?

-El mencionado anuncio desencadena el arranque de Patria. Sin él mi novela no habría existido. Habrían sido posibles otras historias, pero ésta en concreto no. Patria comienza en el instante en que la violencia se detiene y los personajes principales vuelven la mirada al pasado.

- Miren y Bittori, las dos mujeres que protagonizan la novela, son las referentes de las dos partes en que quedó dividida la sociedad vasca. ¿Qué queda aún de esa división? ¿Cómo se hace para construir a partir de una sociedad fragmentada?

-Ya me gustaría a mí conocer la receta adecuada que permitiera la recomposición de los lazos sociales y afectivos rotos. No tengo dicha receta, pero sí conozco uno de sus ingredientes principales: la superación del odio.

-Patria es una novela sobre los efectos de la violencia, pero más que nada es una reflexión sobre el perdón. ¿Todo puede perdonarse?

-Esta misma pregunta se la he trasladado, cuando tuve ocasión, a algunas personas que perdieron la esposa o el marido, quizá un hijo, como consecuencia de un atentado. Son ellas las únicas legitimadas para responderla. Los demás podemos caer rápidamente en el hoyo helado de la teoría. Descubrí que la pregunta resulta muy incómoda, pues obliga a la víctima a una reacción que en muchos casos implica reactualizar un sufrimiento. El perdón en público, con fotógrafos y cámaras, incumple dos principios indispensables: la franqueza y la intimidad del acto. Quizá la religión pueda sugerir a algunos el gesto de generosidad suprema del perdón. Fuera de ella, yo diría que el asunto se presenta muy difícil.

- ¿Cómo ven las nuevas generaciones a ETA? ¿Ya no es una amenaza para el País Vasco?

- Leí recientemente en un periódico que los jóvenes están poco informados de lo que pasó en las calles por las que ellos ahora transitan con tranquilidad.

- Dentro de la sociedad vasca, ¿ahora qué lugar ocupan las víctimas de ETA y sus familiares?

- Las víctimas estorban. Elevan sus reclamaciones de justicia, acusan y reprochan, traen recuerdos de épocas nada gloriosas, se las identifica con el dolor y la pena. No faltan quienes las consideren un obstáculo para la paz; para una paz basada, claro está, en la impunidad y el olvido calculado.

- Mientras escribía la novela, ¿tenía algún modelo de lector en mente? ¿Le preocupaba la recepción que podía llegar a tener el libro a ambos lados de la grieta?

-Lo único que me preocupaba durante el tiempo de escritura era fracasar en el plano literario e incurrir en alguna afirmación, escena, pasaje, que pudiera ofender a los que sufrieron.

- El éxito de “Patria” trascendió las fronteras de su país, de hecho, en Argentina ya agotó una primera edición. ¿Imaginaba que algo así podía pasar?

-No. Abrigaba las ilusiones habituales del escritor que hace público el resultado de su esmero; pero en modo alguno sospeché que mi novela habría de recibir tamaña atención de la crítica y los lectores.

- Después de un libro tan intenso, ¿cómo continúa su proyecto literario?

-Patria me ha apartado del escritorio más tiempo de lo aceptable; pero pronto volveré a mi soledad querida y me consagraré como de costumbre a un nuevo proyecto. Está decidido. El próximo mes de junio echaré a andar hacia un nuevo horizonte creativo, regresaré a mi incertidumbre y mis dudas cotidianas, y con un poco de suerte y la ayuda inestimable de la paciencia, la salud y el tiempo, tal vez llegue algún día al final de una nueva obra.

Publicada originalmente en Revista Quid.


viernes, 26 de mayo de 2017

Entrevista a Marta Sanz: “Soy una mujer de izquierdas, pero no soy un monje franciscano”


Nando Varela Pagliaro

Si algo queda claro luego de hablar con Marta Sanz es su lucidez y su visión crítica de la cultura contemporánea. Farándula, su última novela (Premio Herralde 2015), es precisamente eso: una crítica lúcida, que utiliza al mundo del teatro como telón de fondo, para abordar sin miramientos cuestiones sociales, culturales y el modo de afrontar la vida que tienen ciertos artistas. Previo a su visita a la Feria del Libro, hablamos sobre el compromiso, el feminismo, el éxito y la importancia de los premios con la escritora madrileña.

-El mundo de la literatura y del teatro tienen muchos puntos en común. Sin embargo, a la hora de escribir su nueva novela prefirió hacerlo sobre el mundo del teatro. ¿Con qué tuvo que ver esa elección? ¿Qué le daba el mundo de los actores?

-Me daba a la vez distancia y proximidad. Me permitía hablar de cultura desde un lugar que es el mío, pero no es absolutamente mío. Como quien mira su casa a través de una ventana exterior. Me parece que ese sitio es un sitio privilegiado para contar: con una pierna dentro y otra fuera. Por otro lado, yo siempre he tenido un lado mitómano y cinéfilo que me hizo disfrutar mucho construyendo los personajes de Farándula. A eso se añade la breve experiencia biográfica de que mi madre fue actriz de una compañía amateur cuando yo era una niña: yo la veía ensayar, moverse por la casa, y sufría durante los estrenos por si se equivocaba. Esa empatía, casi enfermiza, con el actor me vino muy bien para expresar uno de los temas fundamentales de Farándula: el de la necesidad de conservar los vínculos fuertes en el amor, la política y la cultura frente a esos otros vínculos más débiles, propiciados por el cambio de modelo de conocimiento y la virtualidad: por la idea de que lo interesante siempre está sucediendo en otra parte. Privilegiamos lo ausente frente a lo presente. En el tránsito de un modelo de construcción y recepción cultural que va de lo analógico a lo digital posiblemente ganamos muchas cosas, pero también perdemos otras a las que me parece que no deberíamos renunciar. La profesión de actor también me servía para reflexionar sobre la existencia de distintas clases sociales dentro de los oficios artísticos: hay actores y escritores que viven como reyes en una loma de Beverly Hills despertando formas del resentimiento que posiblemente son legítimas en un mundo en crisis; hay otros que casi se identifican con el lumpen; y otros que pertenecemos a una borrosa clase media, con altos y con bajos, una borrosa clase media, ausente del músculo constitutivo de la sociedad, cada vez menos medular en el debate social y político.

-¿Tuvo alguna devolución de parte de actores que leyeron la novela?

-Tuve una recepción muy positiva por parte de críticos teatrales y directores escénicos. No he sentido el rechazo de ningún actor, entre otras cosas, porque creo que, por detrás de los filtros satíricos y de los espejos valleinclanescos que deforman y exageran las personalidades artísticas en Farándula, cualquier lector se da cuenta de que el sentimiento que yo les profeso a los actores es de admiración y respeto. Enormes. Lo mismo sucedió cuando utilicé la parresia para hablar de mi madre en la novela autobiográfica, La lección de anatomía: mi madre fue lo suficientemente inteligente como para percatarse de que, por detrás de mi percepción siempre subjetiva de los fragmentos más oscuros de su personalidad, lo que prevalece es el amor: la necesidad de construir una madre que llegue a los lectores como personaje de carne y hueso, en su luz y su sombra, un personaje que se sintiese como persona, “amable” -en el sentido literal del término- con todas sus contradicciones. Amable como yo la amo. 

- Farándula ganó la anteúltima edición del premio Herralde. ¿Hasta qué punto los premios terminan legitimando una obra? En su caso, ¿cómo influyó? ¿Se siente cómoda con el nuevo lugar que ocupa en escena literaria?

-Los premios, las reseñas positivas, los estudios académicos, las invitaciones a congresos, las presentaciones... Todo son mecanismos de visibilización de proyectos literarios que solo se consideran útiles en la medida en la que repercuten, no tanto en esa posteridad de una escritura que se relaciona con su potencial cosmovisionario, sino en la posibilidad de vender. Al final, en una sociedad de mercado, lo único que legitima a quienes nos dedicamos a este oficio son las ventas. En ese contexto, yo no me siento especialmente cómoda, porque, aunque soy absolutamente consciente de que el proceso comunicativo de la literatura solo encuentra su sentido último en la recepción, me parece que no deberíamos identificar mimética y excluyentemente "recepción" con cantidad de libros vendidos. La recepción de un texto no solo es un asunto cuantitativo, sino también cualitativo. En este sentido, el premio Herralde para mí ha sido un estímulo fundamental, porque considero que es cualitativamente muy relevante. Jorge Herralde no es un lector ni un editor cualquiera. Su inteligencia, su lucidez, su arrojo y su trabajo le han hecho ganarse un lugar de privilegio en el campo de la literatura escrita en español.

-Entre otras cosas, la novela trata sobre el desprestigio de la cultura, sobre la posibilidad de que el arte pueda comprometerse. ¿Por qué cree que son tan pocos los referentes de la cultura que se comprometen con las causas que verdaderamente importan? Usted suele hablar de compromiso tolerado y compromiso no tolerado.

-Comprometerse desde la cultura estrecha el ancho de banda de un público objetivo que se identifica con el "cliente". Hace poco en España una actriz declaró que los actores nunca deberían hablar de política, que los actores deberían hacer lo mismo que los futbolistas. A mí me parece que lo imposible es no posicionarse: cuando tomas la palabra en el espacio público, estás adoptando una posición en ese espacio. Eso es inevitablemente un gesto ideológico. Un gesto que se imposta o que se adopta escribiendo literatura política o rondando una comedia romántica aparentemente "blanca". Nada hay menos blanco que una comedia romántica -me parece-. Respecto a lo del compromiso tolerado y no tolerado, tengo la sensación de que si le metes el dedo en el ojo a los mantras de la ideología dominante puedes tener problemas, pero si desarrollas una especie de crítica humanista light te has ganado un lugar en el cielo de los justos. Y de las buenas personas.

- En Farándula cita una frase de Orson Welles: “Lo malo de la izquierda americana es que traicionó para salvar sus piscinas”. De algún modo, ¿muchos intelectuales no terminan traicionándose para salvar, no sus piscinas, pero sí el mucho o poco espacio que han conseguido?

-Supongo que todo el mundo tiene derecho a salvar lo que cree que se ha ganado con el fruto de sus esfuerzos siempre y cuando eso que ha ganado no provenga de la explotación y de la violencia ejercida contra los otros. Yo soy una mujer de izquierdas, pero no soy un monje franciscano. Y me niego a aceptar el argumento de que las personas de izquierda para ejercer la crítica deberíamos renunciar a nuestros bienes. Ese argumento es un modo de precarizarnos, de neutralizar o imposibilitar la crítica, de taparnos la boca. Yo tengo una casa, ni muy grande ni muy cara, pero por el hecho de tenerla no voy a dejar de decir lo que me parece mal. No me avergüenzo. Por otro lado, la palabra "traición" me parece gruesa y dogmática. Los pensamientos pueden evolucionar legítimamente en función de las vivencias. La búsqueda de un horizonte de coherencia y honestidad ha de ser público, pero también privado.

-Además del desprestigio de la cultura, en su novela también hace una crítica de la ideología de Silicon Valley, del tránsito de lo analógico a lo digital que está modificando nuestro modo de pensar, nuestra visión del ser humano. En este contexto, ¿para qué sirve la literatura?

-Espero que la literatura sea un espacio desde el que mirar, entender, resistir, intervenir y transformar. El lugar para poner en conexión el fuera con el dentro; el individuo con la comunidad, el yo en el nosotros.  Puede que en la práctica literaria se conserve una forma de lenguaje lenta y con relieve que nos ayude a no perder el sentido crítico. Que nos estimule a buscar por debajo de la falsa sentimentalidad de las posverdades, que hoy es el concepto de moda, y que nos ayude a entender que posiblemente la ideología dominante y la invisible son lo mismo. Un ámbito para no perder la memoria y en el que se pueda conversar sin sentirse encorsetado por la corrección política, la prisa, la necesidad publicitaria de la actualidad y la idea interesada y terrible de que la libertad de expresión es siempre un exabrupto.

- La novela plantea que si se cree que la inteligencia es la capacidad de adaptación al medio, se elimina la posibilidad de disentir. ¿Cree que estamos perdiendo el sentido crítico?

-Creo que la resiliencia y el pensamiento positivo nos ponen una sonrisa en los labios y que resulta muy, muy duro, bracear siempre contra la corriente. Que a veces llega la fatiga y que no se puede culpar a nadie por sentirse cansado y retirarse. A la vez, soy gramsciana: pesimista en el pensamiento, pero optimista en la voluntad. Tal vez por eso sigo escribiendo libros para contar, entre otras cosas, que cuando a un parado de más de cincuenta años le dicen que la crisis es una oportunidad y que se haga emprendedor, dicha sugerencia se parece mucho a una burla. Me inquieta que un señor como Warren Buffett tuviese que decirnos a todos que la lucha de clases existía y que, por supuesto, la iban ganando ellos.

- Se define como una mujer de izquierda y feminista. A nadie se le ocurriría preguntarle a un escritor si hace una literatura masculina. Sin embargo, no son pocas las escritoras que deben responder si su literatura es femenina. ¿Por qué cree que pasa eso?

-Seguramente porque seguimos viviendo en sociedades patriarcales, pese a que a veces queramos vivir el espejismo de que no. A mí me gusta mucho la idea de Adrienne Rich de las geografías de la escritura: yo escribo desde mi condición de mujer española de clase media, blanca, heterosexual, casada, con padres vivos, atea, de izquierdas... Todo ese magma se proyecta en cada una de las ficciones que construyo porque todo ese magma está en la base de mis preocupaciones: entre ellas la que convierte mi diferencia como mujer en una desventaja. Seguimos viviendo en un patriarcado en el que muchas mujeres, en la conquista de la igualdad, luchamos por emular conductas patriarcales, competitivas, excluyentes. Yo creo que se trata de intentar construir otra mirada, otra voz, otra manera de actuar en la vida cotidiana, tomando conciencia de nuestras contradicciones y de todas las capas culturales que nos conforman y que hacen que a menudo entremos en contradicción con nosotras mismas y con nuestra idea de lo que es la libertad. Yo creo que la libertad tiene que ver con la posibilidad de elegir y de cumplir nuestros deseos, pero para ello debemos saber de dónde provienen nuestros deseos. Y, en este sentido, tengo la sospecha de que dentro de mí, como mujer, en el ámbito de la intimidad, aún no he conseguido desprenderme del prejuicio del sexo como suciedad, culpa, pecado; de la tachadura del cuerpo a la que sometió a las mujeres el nacionalcatolicismo franquista; de la idea vampírica, posesiva y arrebatada del amor romántico; y junto a todo ello ahora se adhiere la capa de las nuevas exigencias de un neoliberalismo que banaliza el sexo, lo mercantiliza dentro de cada hogar y de cada comunidad, y me obliga a ser sexualmente hiperactiva e incluso complaciente hasta justo el momento antes de morir. El caso es que las mujeres siempre nos equivocamos y debemos justificarnos por todo: por tener hijos, por no tenerlos, por escribir libros con voces femeninas, por escribir libros, por trabajar, por no trabajar, por cuidar a los ancianos o no cuidarlos, por contraer matrimonio o decidir no hacerlo... Estamos en una posición de vulnerabilidad y somos víctimas de violencias contemporáneas muy sofisticadas a las que se unen ciertas violencias prehistóricas. Tenemos que reubicarnos en el espacio de la intimidad y limar todas las desventajas en la sociedad civil: brechas salariales, violencia de género, derecho a decidir sobre nuestro cuerpo...

- ¿También en el mundo de la literatura, las mujeres siguen estando en desventaja?

-Claro, la literatura no es una burbuja al margen del entero mundo.

-La escuché decir que vivimos en un mundo corrupto y perverso y, si tienes cierto éxito, eso significa que algo estás haciendo mal, que en algo te estás equivocando. ¿Cómo se lleva con su propio éxito?

-Bueno, eso depende de lo que entiendas por "éxito". Yo he ganado un premio que me ha permitido poder llegar a muchísimos más lectores y poder culminar así la faceta comunicativa de la literatura. En este momento, ocupo un sitio que para muchas otras personas sería envidiable. Y yo me siento agradecida y honrada. Sin embargo, me parece que todo esto es episódico. La novedad y la velocidad son exigencias del mercado, y sé que es muy probable que, dentro de poco tiempo, casi nadie se acuerde de mis libros. Por otro lado, para mí el éxito, más allá de la coherencia personal y la honestidad y la posibilidad de hacer lo que a uno le gusta, también se relaciona con la tranquilidad y el poder adquisitivo. Y yo no estoy nada tranquila, no me he desclasado hacia arriba y mi poder adquisitivo deja mucho, mucho que desear: los oficios culturales están precario -eso es un tema básico en Farándula- y me auto-exploto más que nunca. Como casi todo el mundo, tengo que hacer muchísimas cosas para llegar a fin de mes. Por muchas de ellas no cobro nada y, aun así, sé que no puedo decir que no.

- Por último, suele decir que todos los libros que escribe salen de libros anteriores. Farándula surge de las ideas que se recogen en el ensayo No tan incendiario y de ese leitmotiv de Daniela Astor que es la relación entre la realidad y sus representaciones. ¿El origen del próximo libro habrá que buscarlo en Fárandula? ¿Sobre qué está trabajando en estos días?


-En estos días en España acaba de salir un nuevo libro. Esta vez escribí sobre el cuerpo como centro de un dolor que puede ser físico o psíquico, interno o externo. Es un texto humorístico e híbrido que más que una historia de hipocondría es un relato de sobreexplotación; una indagación sobre las raíces económicas y sociales del dolor, sobre el derecho a quejarse y sobre cómo los textos se fracturan como consecuencia de la irrupción en ellos de lo físico y lo real.

Publicada originalmente en la Revista Quid.

jueves, 18 de mayo de 2017

Entrevista a James Rhodes: “Algunas cosas no merecen perdón”


Nando Varela Pagliaro

“De niño me violaron. En el transcurso de cinco años mantuve relaciones sexuales con un hombre tres veces más grande yo y entre treinta y cuarenta años mayor, en contra de mi voluntad, de forma dolorosa, secreta, agresiva, montones y montones de veces. Fui convertido en algo que utilizar. El dolor lo podía sobrellevar. Pero lo que no te cuentan es que las consecuencias extienden sus manos frías y tóxicas más allá de tu propia persona. Instauran en ti la finísima creencia de que todos los niños atraviesan la infancia sufriendo de las formas más abominables y nadie los puede proteger de ello”. El que habla es James Rhodes, un pianista londinense que se ha convertido en lo más parecido a una estrella pop dentro del mundo de la música clásica. Instrumental, su conmovedora autobiografía, es la historia de un sobreviviente, de alguien que intentó suicidarse varias veces, que se enfrentó cara a cara con sus demonios, pero pudo salir. La música lo curó, lo mantuvo a salvo, le dio esperanza cuando no la había en ningún otro lado. Comenzó a tocar el piano de muy pequeño, pero nunca se planteó dedicarse en forma profesional. Cuando llegó la época de ir a la Universidad, se inscribió en Psicología en Edimburgo, pero al poco tiempo terminó en un psiquiátrico. Entre los 18 y los 28 años, consiguió un trabajo en la City en el que le pagaban muy bien y abandonó el piano. Se casó, tuvo un hijo, se compró una casa y llevó la vida que todo pequeño burgués añora. Pero las heridas del pasado lo seguían atormentando y huyó de esa vida. En ese momento pensó que solo podía estar bien si estaba cerca de la música. Por eso, su primera intención fue dedicarse a ser agente de pianistas. Sin embargo, gracias a la ayuda de un amigo que ofició como un antiguo mecenas, fue él mismo el que terminó siendo concertista. Ahora, con cuarenta y dos años, la vida de Rhodes es mucho más feliz de lo que hubiera imaginado. Vive con su segunda mujer, cuida a su hijo y recorre distintos países tocando el piano y hablando de música clásica. Pero de cualquier modo las secuelas de la violación nunca lo dejan. Sabe que sólo dos semanas lo separan de acabar en un psiquiátrico y terminar otra vez hundido.
 En esta entrevista, hablamos del poder sanador de la música, con James Rhodes, el pianista que huye de las formalidades y los trajes de etiqueta.

-Me imagino que debe estar cansado de remover su pasado en cada entrevista, ¿es así?

-A veces sí, pero creo que es muy importante hablar de ciertas cosas de las que es difícil hablar. Sentirse expuesto y a veces avergonzado no es una razón válida para quedarse callado. Además, también puedo hablar mucho de música, lo cual es fantástico.

-Al leer el libro queda claro que no se puso ningún límite a la hora de contar su propia historia. Ahora que el libro está publicado, ¿se arrepiente de algo?

-De nada. La pelea legal para publicarlo fue agotadora y costosa en todos los niveles, pero no me arrepiento.

-Su ex mujer quiso prohibir la publicación del libro porque las cosas que usted contaba temía que le podían hacer daño al hijo de ambos. A usted, ¿le preocupa la lectura que pueda hacer su hijo del libro?

-No me preocupa. Sé que no es un libro para niños. De todos modos, si por un minuto sintiera que él sufriría al leerlo, nunca lo habría publicado. Siguiendo el mismo criterio, ¿los directores de cine o los escritores que son padres no deben hacer películas o escribir libros que tratan temas difíciles? Yo creo que sí.

-Además de la música, su hijo y su mujer, ¿cuán importante fue poder contarle su historia a todo el mundo para sentir que la vida tiene sentido?
-Mi vida todavía no tiene sentido. Pero creo que es importante hablar de enfermedades mentales, abuso infantil y música clásica. Todos ellos son temas sobre los que necesitamos hablar más para ser más abiertos al respecto.

-Y la terapia, ¿cuánto ayudó? ¿Qué piensa hoy de los hospitales psiquiátricos?

- Fue una mezcla de todo lo que me mantuvo vivo. Un buen terapeuta puede hacer un trabajo increíble. A menudo hay demasiada burocracia en los hospitales, pero todas las enfermeras que conocí querían hacer el mejor trabajo posible y también debo reconocer que las drogas eran geniales.

-Contar su historia cambió su vida abruptamente. Ahora es un músico exitoso a escala internacional. Teniendo en cuenta todo lo que ha pasado, ¿tiene miedo de que el éxito lo confunda?
- Todo me confunde. Lo bueno es que al menos así puedo seguir haciendo lo que amo mientras estoy confundido.

-¿Y es difícil seguir siendo honesto con uno mismo y con su propia búsqueda artística después de un éxito comercial como el que tuvo?

- Independientemente del éxito, para todos nosotros creo que es difícil ser honestos. De todos modos, aunque realmente no siento que he tenido éxito en algo, siempre trato de mejorar y mejorar. Todos los días hago lo mejor para ser lo más honesto conmigo mismo que puedo ser.

-En estos tiempos de redes sociales, ¿es posible que la música clásica ocupe el lugar que usted desea que tuviera? ¿Es posible pensar en un Mozart de estos tiempos?

- Lamentablemente no sé si un Mozart podría existir hoy. Pero creo que la música clásica puede y necesita ser más escuchada; es el mejor antídoto para el mundo súper rápido en el que vivimos.

-Instrumental lo escribió por pedido de una editora. Ahora, ¿qué lugar ocupa la escritura en su vida?

- Casi tanto como el piano. Me encanta escribir. Quiero mejorarme. Estoy escribiendo todos los días. Me siento muy afortunado.

-Leyendo su historia uno piensa que los finales felices son posibles. ¿Realmente cree en eso o la oscuridad y los demonios siempre van a estar ahí, a punto de aparecer?

- Quiero creer desesperadamente en finales felices. Pero tengo que ser realista y no ser complaciente. Lamentablemente, creo que nunca estoy muy lejos de estar de vuelta en el hospital o peor. Tal vez eso cambiará con el tiempo.

-Uno de los ejercicios que le hicieron hacer en terapia es escribir una carta para que la lea su violador. ¿Le hubiera gustado que él leyera su libro y viera que a pesar del daño que le hizo finalmente pudo salir adelante?

-No, que se pudra.

-¿Se puede perdonar alguien que hizo tanto daño? ¿Usted pudo?

- No, que se pudra de nuevo. La ira es buena. El tiempo no cura todas las heridas y algunas cosas no merecen perdón.

- Cada capítulo está encabezado con el título de una pieza musical y una pequeña biografía -frecuentemente infeliz- de sus autores. ¿Hay una relación entre la existencia traumática, la locura y la música clásica?

- Todos nosotros estamos un poco locos. Todos experimentamos traumas hasta cierto punto. Si tenemos la suerte de crear, lo hacemos a pesar de nuestros traumas, no por tenerlos. Estoy convencido de que la creatividad es un signo de bienestar mental, no de enfermedad mental.

-Los argentinos somos muy egocéntricos, así que no puedo dejar de preguntarle por nuestros pianistas célebres. ¿Qué piensa acerca de Marta Argerich y Daniel Baremboim?

- Si Argerich y Barenboim fueran del Reino Unido, también hablaría de ellos todo el tiempo. Son legendarios y me encantan los dos.  Sergio Tiempo también me encanta. Él es increíblemente talentoso. Es parte de la razón por la que estoy tan emocionado de visitar Argentina. Oh Dios, Argerich. La quiero profundamente.

-¿Le preocupa cuánto pesa su historia personal a la hora de valorar su obra como interprete?

- De ningún modo. La música y la interpretación provienen de un lugar mucho más profundo que nuestros propios egos e historias.

-“La música no es difícil, lo que es complicado es invertir tiempo en ella”, ¿ por qué cree cuesta tanto dedicar tiempo a las cosas que nos hacen bien?


- Tal vez porque ahora hay una aplicación para todo. Y la idea de 10.000 horas de práctica parece bastante más allá de nuestras capacidades. Pero no es así y la recompensa de trabajar duro en algo, ya sea música o meditación, escritura o baile, es milagrosa. Tal vez también no tendemos a sentir que merecemos invertir tiempo en nosotros mismos. Lo cual es profundamente triste y espero que esto un día cambie. Lo necesitamos.

Publicada originalmente en Revista Quid.