lunes, 11 de febrero de 2019

Entrevista a Darío Sztajnzrajber: "Vivimos una época sobrepoblada de sentido"


Por Nando Varela Pagliaro

A partir de 2011, cuando apareció Mentira la verdad en Canal Encuentro, Darío Sztajnszrajber se transformó en uno de los filósofos más populares de nuestro país, y sin dudas, el de apellido más difícil. Desde entonces, además de la televisión, ha llevado la disciplina a la radio, así como también a los escenarios con los espectáculos Desencajados y Salir de la caverna. Además, lleva dos libros publicados: ¿Para qué sirve la filosofía? (Planeta, 2013) y el reciente Filosofía en 11 frases. Con la excusa de la publicación de este último, nos recibió en su casa del barrio porteño de Villa Urquiza.  
  
Es muy común escuchar que un chico quiere ser futbolista o artista, pero no es tan habitual que alguien quiera ser filósofo, ¿cómo surge tu vocación?

Lamentablemente la elección vocacional con el tiempo se fue convirtiendo en una situación traumática, por no decir trágica, donde hay una presión social importante que piensa que en la elección vocacional se juega algo de la identidad, y que entiende que la identidad es algo que tiene sentido en la medida en que uno la encuentra. Cuando en realidad uno lo puede pensar al revés, que la identidad es una búsqueda abierta, permanente, que nunca debe encontrarse a sí misma y, por lo tanto, toda elección vocacional es contingente. En mi caso, me costó mucho decidirme entre Filosofía y Letras, pero lo que para mí era un dilema existencial profundo, para la mayoría de mis allegados era una pelotudez. Vengo de un hogar de clase media baja, comerciantes, en el que la palabra filosofía sonaba a una mezcla de terrorismo y drogadicción. Entonces, fue difícil instalarlo. Aparte, pasé mi secundaria en el pasaje de la dictadura a la democracia, con lo cual salí rápidamente a consumir toda la cultura psicobolche de mediados de los ochenta. Por eso, cuando llegué a la elección de la carrera, sabía que iba a ser complicada la aceptación, pero si no dudé fue porque siempre me interesó el tema.

Hace poco salió una nota en La Nación en la que analizaban de qué modo la serie Merlí y tu programa, Mentira la verdad, están incidiendo en la cantidad de chicos que se anotan para estudiar Filosofía. ¿Creés que con fenómenos así se alcanza a despertar el interés de los jóvenes en una carrera como esa?

Desde que estrenamos Mentira la verdad en el 2011, no hay localidad de la Argentina, y ahora te agrego Uruguay y Chile, en la que no se me acerquen y me digan que con mis programas se duplica la cantidad de ingresantes a la carrera. También es cierto que siguen egresando la misma cantidad.

A eso voy, es como cuando uno era chico, veía Karate Kid y enseguida quería salir corriendo a inscribirse para hacer karate, pero a los dos meses ya no tenías más ganas de ir.

Es un buen ejemplo, y tomando lo del karate es evidente que si lo estudiás, hay una cantidad de técnicas que en la película no las ves. Hay una formación que en la película no la tenés, pero también es cierto que, a diferencia del karate, lo que te puede inspirar una película como Karate Kid es a tener una relación más copada con tu cuerpo. Yo creo que la divulgación filosófica, esto es obvio, no suple un estudio universitario, pero puede inspirar a un tipo de abordaje de cuestionamiento, que en general en la vida cotidiana uno no le da pelota. Hay mucha gente que viendo nuestros programas, o los distintos espectáculos que hacemos, cambia algo en su manera de hacerse preguntas y de relacionarse con algunos fenómenos de lo diario. En la facultad no opera la misma lógica. Por eso para mí no compiten la divulgación y la academia, son idiomas distintos. Spinozeanamente te diría que son atributos distintos de la misma sustancia.

¿Te importa la mirada que tiene la academia sobre la divulgación?

Me importa porque se trata de un mismo espacio, pero creo que hay un tercer actor, en estas grietas que se arman, que es la docencia. Al docente la divulgación le sirve.

Muchas veces se termina hablando de la docencia y de lo importante que es inspirar a los alumnos. Desde los medios siempre se suele hablar del nivel de los estudiantes, pero es muy poco lo que se dice sobre el nivel docente. ¿Cómo lo ves?

Para responderte primero deberíamos discutir qué es tener nivel, en qué tipo de proyecto educativo inscribís la categoría de nivel. Para mí lo que está en juego es el modelo educativo. Yo creo que hay una crisis escolar histórica que excede las distintas coyunturas. Tiene que ver con que siempre el alumno responde a una generación nueva con una materialidad en juego diferente a la del docente. Hoy, la mayoría de los docentes están formados en el siglo pasado y tienen que lidiar con alumnos del siglo XXI, que tienen otro tipo de herramientas y de conceptualización sobre lo que es estar adentro de un aula. Hoy el aula está deserotizada, hoy ningún chico va al aula a aprender nada porque no le interesa ese formato. No es que los chicos están deserotizados, lo encuentran por otro lado. Hoy rinde más la educación no formal que la formal. El método educativo tradicional debería dejarse impregnar por otra lógica, porque los contenidos en el aula ya son una pérdida de tiempo. Yo no puedo dar una clase de Filosofía explicando el año en que nació Aristóteles. Cualquier alumno lo googlea en dos segundos. Saberse de memoria esas fechas es casi como una destreza de circo. Creo que hace falta una reinvención permanente de la tarea que hacemos.

Desde su publicación, Filosofía en 11 frases figura entre los libros más vendidos de no ficción, ¿por qué creés que la filosofía está cada vez más cerca del consumo popular?

Yo creo que hay un prejuicio que consiste en pensar que vivimos en una época vaciada de sentido. A mí me gusta pensarlo al revés, que está sobrepoblada de sentido. Hay recetas para todo y todo ya viene procesado, elaborado y con su manual de instrucciones para el uso y consumo cotidiano. Me parece que esa normalización industrial en la que advenimos genera una sensación de tedio. El tedio irrumpe ante la superpoblación de respuestas, no ante la ausencia. Como decía Martin Heidegger, el tedio es tedio por el todo, la angustia es angustia por la nada. Entonces, se trata de recuperar la nada frente a un sistema totalitario en el sentido existencial del término. Hay una necesidad de provocar una fisura que tiene que ver con la libertad. Lo que la filosofía de hoy te propone, a la inversa de la sociedad de consumo y de la autoayuda, es la incertidumbre, es reencontrarte con los abismos originarios, con la contingencia; reconciliarte con la idea de que todo está abierto; abrirse a la irrupción del otro, de ese que te lleva puesto y te resignifica todo el tiempo. Creo que ahí la filosofía tiene una entrada desde este discurso más escéptico, más cuestionador y que apuesta más a la apertura. Cuando el ser humano está demasiado consciente de su vértigo, busca esos fármacos que lo tranquilicen y lo fijen en ejes concretos, pero cuando está demasiado fijo en estructuras que parecen incólumes, busca sobrepasarse a sí mismo, que es lo que propone la filosofía que a mí me interesa.

Y esto de cuestionarlo todo, ¿lleva a que uno esté mejor?

Es claro que la filosofía no trae felicidad, la filosofía angustia. Yo siento la paradoja de que a mí me hace feliz angustiarme, pero no en el sentido flagelante. Lo que me hace feliz es encontrar que con las preguntas puedo ir resquebrajando zonas muy macizas que encubren intereses dominantes. Es una sensación de liberación, no de libertad como algo definitivo, sino de estar liberándose permanentemente de ciertos dispositivos. A mí me hace feliz estar en movimiento, encontrarle siempre la quinta pata al gato. Obviamente, en un momento paro y voy a la cancha y grito un gol o estoy con mis hijos y les doy besos y no pienso en por qué el beso es la forma de relacionarte con el afecto, porque si no te enfermás. Yo digo siempre que, si estás veinticuatro horas haciéndote preguntas, no das un paso y te volvés un tarado, pero si no te hacés ninguna pregunta las veinticuatro horas, también te volvés un tarado. Se trata de ver qué tipo de tarado querés ser.

Uno de los grandes temas de la filosofía es el tiempo. En tu caso, ¿qué relación tenés con el tiempo?

Yo padezco el tiempo. Te diría que fue mi primera pregunta existencial. No entiendo la alegría de los cumpleaños, no entiendo qué se festeja. Para mí cada cumpleaños es como una mutilación de mi cuerpo. Ahora, la pregunta es: ser consciente de que el camino ineluctable es hacia la muerte, ¿es algo de lo que tenés que estar todo el tiempo pendiente? Yo creo que toda nuestra cultura fue pensada como un modo de aligerar esa consciencia. Te casás, tenés hijos y vas a la cancha para olvidarte de que te vas a morir igual. Cuando esa cultura te enajena tanto que olvidás tu condición de finitud, ahí hay que recuperarla. Como diría Heidegger, “una vez por semana acordate de que te vas a morir igual”. Eso modifica el lugar desde el que te relacionás con las cosas.

¿Cuándo sentís que tuviste un día productivo, que justificaste tu día?

Depende el criterio, te diría que es casuístico. La semana pasada por ejemplo di un curso el lunes en Montevideo, el martes en el Konex y el miércoles en Rosario, y para mí el día más productivo de esa semana fue el jueves, que no hice un pomo. Me quedé en casa y me vi Intrusos entero. Me encanta ver la tele y ese tipo de programas. Ahí también ejercés un tipo de pensamiento. Nadie entiende la realidad en la que vive, si oculta la mitad de las cosas que pasan. Además, Intrusos tuvo virajes interesantes en los últimos meses. Por ahí pasó todo el feminismo, no solo a defender la postura feminista, sino también a hablar de la ley del aborto.

Cuando hablás de lo que hacés se te nota cierta pesadez. ¿Pensás que toda vocación, por más pasión que uno tenga, a la larga se termina convirtiendo en un trabajo, con todo lo malo que eso implica?

Me parece que hay un modelo productivo que desapasiona, pero después queda en cada uno cómo recuperar esa pasión. A mí en general siempre me pasa que cuando termino encontrándome con los estudiantes o el público y veo que de alguna manera lo que hago genera transformación, enseguida reconecto con la pasión.

Publicada originalmente en Revista Quid.

Entrevista a Andrés Barba: "Traducir es la manera más intensa de leer"


Por Nando Varela Pagliaro

“Cuando me preguntan por los 32 niños que perdieron la vida en San Cristóbal mi respuesta varía según la edad de mi interlocutor”. Así comienza República luminosa, la última novela de Andrés Barba, merecedora del premio Herralde 2017, dotado de 18.000 euros.
En este nuevo libro, el escritor español, entre otras cosas, se pregunta qué tiene que suceder para que nos veamos obligados a redefinir nuestra idea de la infancia y a contramano del lugar común, pone el foco en el lado oscuro y violento que puede habitar en el alma de un niño. Con él hablamos, una tarde muy calurosa de enero, en el bar El Galeón, frente al Jardín Botánico.

-Fabián Casas dice que para él la infancia es la edad en la que uno carga combustible. De la calidad de ese combustible va a depender el tipo de persona que uno va a ser cuando las papas quemen. ¿Vos tenés alguna definición propia acerca de la infancia?

-Lo que dice Fabián es muy psicoanalítico y está muy bien. Yo creo que la infancia por antonomasia es el lugar reconstruido por la ficción. Por eso, siempre es un lugar de una veracidad dudosa. Lo que hemos sentido y lo que hemos construido en esos años, nunca termina de quedar claro dónde lo hemos hecho. Si desde la edad adulta, proyectándolo y ficcionalizándolo o si realmente sucedió.

-¿Por qué tuviste la necesidad de meterte con la infancia, cuando es una de las pocas cosas que colectivamente ubicamos en una especie de paraíso perdido?

-Había varias cosas que me interesaban. Una, tenía que ver con esa mitología que se construye alrededor de la infancia, que culturalmente vamos desarrollando desde la Ilustración. Esa concepción de la infancia como paraíso perdido, que se anhela durante el resto de la vida. Pero por otro lado también me inquietaba el labo B: el miedo a la infancia y en el fondo nuestra inclinación hacia la educación como el lugar donde nos defendemos del niño. En última instancia, la educación es tratar de que un niño se convierta en adulto lo antes posible. Esa ambivalencia entre lugar perdido y lugar temible, me interesaba mucho. Cuando de una cosa se puede decir igualmente A y su contraria es que existe algo interesante.

-¿Cuánto creés que tuvo que ver la literatura con el mito que se construye alrededor de la infancia?

-Hay tanta literatura que confirma la cursilería del paraíso perdido como su contraria. A mí siempre me ha interesado mucho la literatura que ha interpretado a la infancia desde un lugar de oscuridad o al menos donde la oscuridad era posible. Toda la tradición francesa de Marcel Schwob con La cruzada de los niños o Jean Cocteau. Incluso los existencialistas, los relatos sobre la infancia que escribió Sartre en el muro. También me resulta muy atractivo cómo, desde nuestra perspectiva contemporánea, nos defendemos de cualquier manifestación de oscuridad que se produce en la infancia, cómo negamos la violencia protagonizada por niños, cómo negamos cualquier manifestación de sexualidad, cómo nos protegemos de esos territorios porque no queremos aceptar que se producen en el mundo infantil.

-Así como existe este tipo de literatura que pone el foco en el lado oscuro de la infancia, hay muchísima bibliografía que refleja todo lo contrario. Pienso en libros como El principito. En una nota reciente dijiste que el clásico de Saint Exupéry es algo así como el mal en la tierra. ¿Por qué creés eso?

-Por varias razones, El principito me parece uno de los libros más perversos del mundo. La primera es quizás su cursilería: es el libro cursi por antonomasia. Es un libro escrito por un adulto más que para niños, para adultos que se quieren sentir como niños. Además, tiene ese lado de la perversidad bestial, que es el episodio del zorro y la rosa. En aquel episodio, el niño le dice a la rosa que es especial porque él la ha elegido entre todas las rosas del mundo. Ese es un mensaje bastante perverso para poner en boca de un niño. Es decir, que la dignidad de la rosa la otorga alguien externo. Las cosas son dignas o indignas en sí mismas, nadie convierte en digno algo porque le otorga su amor. Este discurso cursi que sostiene que nuestro amor convierte a las cosas en especiales es totalmente perverso porque hace, por ejemplo, en el caso de mi novela, que los padres de los niños naturales de la ciudad de San Cristóbal consideren que sus hijos son más valiosos o más dignos de defensa que los 32 niños salvajes que han aparecido.
-Decís que nos cuesta ver a los niños como personas capaces de cometer actos de violencia, ¿te preocupa la lectura ideológica que se pueda hacer de la novela? Pienso por ejemplo en la derecha y su constante reclamo por bajar la edad de imputabilidad de los menores.

-Sin dudas, es una novela política y en ese sentido un discurso natural de la derecha es precisamente rebajar la edad de punibilidad legal. Es muy loco lo bipolar que es la derecha tradicional: el niño pasa de ser el individuo que hay que defender, a ser instantáneamente el sujeto sobre el que hay que hacer caer todo el peso de la ley sin ningún tipo de misericordia. Eso, en cualquier caso, es una visión hipócrita, primero de la dignidad del hombre y luego de qué es el sujeto que hay proteger. Uno no puede convertirse de un segundo a otro en un sujeto distinto. En la novela, me interesaba mucho narrar una situación en la que una ciudad lentamente se va deslizando a esa posición en la que se cree que lo mejor es penar a los niños menores.

-En España, ¿cómo funcionan los reformatorios? Acá son más bien deformatorios.

-Claro, en el fondo pasa lo que dice Foucault en Vigilar y castigar, cuando habla del nacimiento de la prisión, básicamente dice que los estados conservadores son los que determinan cuál es la manzana podrida desde el inicio y sentencian a muerte a ciertos individuos de la sociedad. En el fondo, un reformatorio es un destino social. El que reflexionó mucho sobre este tema fue Jean Genet, él tiene un libro fascinante que se llama El niño criminal, en el que habla precisamente de los reformatorios como semilleros de criminales. Sartre, que escribió una biografía de Genet, cuenta un episodio en el que se ve a las claras cómo el destino social es algo otorgado por nuestro contexto. Jean Genet era un niño adoptado y hay un momento en el que él percibe, de una manera intuitiva, que sus padres no son como los padres naturales de sus compañeritos del colegio, pero como no sabe formular eso verbalmente no se le ocurre otra cosa que agarrar un collar de su madre y esconderlo debajo de la almohada. Eso hace que se produzca un gran revuelo en la casa. Todo el mundo empieza a buscar el collar hasta que finalmente aparece debajo de la almohada del niño Genet. La madre, al verlo lo señala con el dedo y le dice: “eres un ladrón”. El primer poema de Jean Genet se titula precisamente así: “Me llamáis ladrón, seré ladrón”. Es fascinante ver cómo él relata hasta qué punto somos sensibles al destino social que hemos recibido.

-Todos estos libros que mencionás, ¿estuvieron presentes en tu mesa de trabajo mientras escribías la novela?

-Estuvo mucho encima de la mesa La peste de Camus. Yo quería trabajar con un estado de excepción, como una ciudad de provincia aparentemente tranquila como San Cristóbal, donde de repente hay algo que obliga a sitiar la ciudad y que pone en compromiso todos los valores con los que esa sociedad se ha manejado hasta ese punto. Todo está en suspenso: la idea de la infancia, la idea del orden social, de la civilización, de la barbarie.

-¿El germen de la novela también tuvo que ver con estas lecturas?

-Al margen de lo literario, hubo un documental de unos directores polacos que se llama Los niños de la estación Leningradsky, sobre una comunidad infantil que vive en una estación de metro en Rusia. Ahí me gustó mucho ver cómo se comportaban estos niños y cómo hasta cierto punto esa comunidad funcionaba como una utopía anarquista totalmente horizontal, sin ningún tipo de jerarquía ni poderes. Me fascinaba ver cómo, lo que supuestamente eran los excrementos de la sociedad, en cierto punto eran lejos de la distopía, una utopía política.

-Ya te habrán dicho que la novela es muy visual. ¿Te la imaginás llevada a la pantalla?

-Sí, yo también creo que es muy visual. En este punto, creo que es una equivocación plantear desde el principio una novela pensando en el cine. Las novelas tienen que ser literarias, pero es cierto que hay novelas que salen más “peliculizables” que otras.

-Uno de tus libros anteriores, La risa caníbal, es un ensayo sobre el humor. En estos tiempos de hipercorrección política, ¿es cada vez más difícil hacer humor?

-Yo creo que el humor es una herramienta de agresión. Desde Terencio y Aristófanes hasta hoy, el humor es una prueba de resistencia de materiales idealistas, una especie de contraataque desde el materialismo hacia el idealismo; es fundamental para nuestra progresión cultural y nuestra conciencia social. En el libro hablo mucho de los momentos en los que el humor ha tenido un gran poder dialéctico. Determinar qué es risible y qué no es una acción política. Hay veces que las sociedades progresan y de una manera natural desarticulan la comicidad de ciertas cosas. Es evidente que una sociedad que cada vez es menos machista, no es que cada vez se censure más a sí misma, sino que va encontrando que es menos risible reírse de las mujeres. Sin embargo, en la Argentina es muy interesante cómo el movimiento feminista ha utilizado el humor como estrategia de intervención política. A mí Malena Pichot me parece un caso extraordinario en este aspecto. El humor pone de manifiesto lo desestructurado o lo débiles que son ciertas dialécticas porque son risibles. El machismo en última instancia es risible y ese feminismo que utiliza al humor como arma, en el fondo está atacando al machismo desde el mismo lugar en el que el machista atacaba a la mujer.   
-Supongo que debés ser un gran lector del género. Si bien el idioma es el mismo, los códigos y las referencias culturales son distintas. ¿Cómo es tu relación con el humor que se hace en nuestro país?

-El humor argentino es muy dialéctico; el español es más costumbrista y más negro. Nosotros bromeamos con mucha más facilidad sobre la muerte que los argentinos. El argentino es más fóbico para bromear con la muerte, pero el de ustedes es un humor mucho más político. Por otra parte, no hay nada tan sensible al cruce de una frontera como el humor, porque reímos colectivamente. Aunque uno esté solo en una habitación, se está riendo socialmente, con su nación, con su cultura, con su sexo y con sus ideas políticas. Cada vez que reímos, ríe una risa grupal.

-Además de tu trabajo como escritor, también te desempeñás como traductor literario. Hace un tiempo, lo entrevisté a Marcelo Cohen y él me decía que en nuestro país el de traductor es un oficio que no es todo lo que reconocido que debería serlo, ¿cómo es la situación en España?

-En España creo que hay un poquito más de reconocimiento a la labor del traductor y se manifiesta en dos cosas: está mejor pago y el traductor mantiene derechos. En Argentina, muchas veces, las traducciones pertenecen a las editoriales; en España, tú haces una traducción y después de unos años de sesión, esa traducción es de tu propiedad. Entonces, puedes volver a venderla. Es muy absurdo que esto no sea así en Argentina.

-En tu caso, el hecho de estar tanto tiempo en contacto con la palabra ajena, ¿es contraproducente para después hacer tu propia literatura?

-Todo lo contrario. A veces, traduciendo a autores maravillosos, te dan muchas más ganas de escribir. En este libro hay referencias muy claras de autores que he traducido.

-En alguna nota dijiste que la mejor forma de leer a un autor es traduciéndolo, ¿no?

-Sin dudas es así. Es muy fascinante porque uno empieza a vivir los textos con la misma incertidumbre con la que fueron escritos por sus autores. En muchos casos, recuerdo mejor los textos que he traducido que los que he escrito yo mismo.

-¿Se lee con mayor profundidad que cuando se hace una crítica?

-Se lee más profundamente y desde otro lugar. Yo creo que la traducción es la manera más intensa de leer.

-Te escuché decir que serías incapaz de escribir un texto de más de 200 páginas, ¿Creés que cada vez es más difícil encontrar lectores para grandes obras?

-Yo leo mucho y constantemente y a pesar de leer tres libros a la semana, cada vez tolero menos que un libro tenga más páginas de las estrictamente necesarias. Supongo que ya debemos tener una especie de impaciencia genética. Por otra parte, hay cosas que le perdono a los clásicos que ya no le perdono a los escritores contemporáneos. Creo que exigir más atención de la necesaria es una comodidad del autor, que no ha trabajado su texto todo lo que debería.

-Por último, me llamó mucho la atención que no estás en ninguna red social, ¿por qué no querés ser parte de ellas?

-Prefiero no estar porque soy una persona que se relaciona mal con las redes sociales, soy demasiado -sensible al ruido negativo. Por este motivo prácticamente no leo nada de prensa cultural, a pesar de que yo también escribo reseñas. En el caso de los escritores, se activa una cosa muy fea que es el agravio comparativo. Además, creo que en el mundo de las redes sociales uno acaba reducido a su peor versión. De repente, te encuentras mirando las fotos del veraneo de una tipa a la que detestas en el mundo real. Uno descubre allí comportamientos completamente adolescentes. Hay redes que lo que hacen es exacerbar tus defectos naturales, desatan lo peor que hay en ti.

-Calculo que tu ausencia también tiene que ver con el uso que hacés del tiempo, ¿no?

-A mí me desgasta y prefiero invertir la energía en otro lugar.

-Y el hecho de no leer las reseñas, ¿no tiene más que ver con el ego?

-No lo sé. La gente tiene que entender que un escritor es un tipo que se pasa el año prácticamente solo adentro de una habitación, escribiendo un libro. Luego, cuando los publica, se pone en un lugar de exposición relativamente amplio. Uno está casi desnudo y cualquier persona puede decir lo que se le cante de ti. Así, hay cosas que uno lleva bien y otras que no. Por supuesto, estoy a favor de que la gente diga de mí lo que se le ocurra, pero eso no significa que yo tenga que escucharlo.

Publicada originalmente en Revista Quid.

Entrevista a Mauro Libertella: "Yo me purgo escribiendo"



Por Nando Varela Pagliaro

“Tal vez alguien pueda escribir libros autobiográficos para despertar algo, en mi caso funcionan más bien como una especie de despedida. Para mí los libros son clausuras”.
El que habla es Mauro Libertella, el mismo que acaba de publicar Un reino demasiado breve, su tercera novela, luego de Un invierno con mi generación. Esta vez, el autor de Mi libro enterrado, aborda los distintos tipos de amores, las distintas etapas y modalidades que atraviesan las relaciones de pareja, esa especie de “montaña rusa emocional” que llena de vértigo el día a día de la vida de Julián, el protagonista de la novela.

-“Era como si mi juventud se hubiera gastado de tanto usarla, había abusado de ella, como tantos escritores que la exprimen hasta sacarle la última gota de pasión”. Con tus tres libros, ¿sentís que pasó un poco lo que dice el epígrafe de Aira?

-El epígrafe lo puse como una forma de avisar, si es que hiciera falta, que este libro se podía leer en relación con los otros dos, como una especie de trilogía. Si bien éste está escrito en tercera persona, sigue siendo parte de la misma historia que vengo contando en los anteriores. Cuando encontré la cita de Aira, me pareció que funcionaba enhebrando este libro con los otros dos. Al mismo tiempo, también es cierto que ese epígrafe viene a decir que algo se agotó. Como si al poner la frase de Aira, ya no pudiera seguir escribiendo sobre la juventud. Aunque pienso que siempre queda algo más por escribir, es innegable que los mojones básicos de la época, ya los escribí: la parte familiar con el padre, la parte de la amistad y ahora el amor.

-Ahora que ya escribiste sobre los tres mojones básicos, ¿cuál te resultó más difícil?

-El del amor fue el que más me costó. El libro sobre el padre me costó menos por el hecho de ser un primer libro. En ese sentido, si bien está el miedo de escribir viniendo de una familia de escritores, también está la libertad que hay en todo primer libro. Piglia siempre decía que estaba muy interesado en los primeros libros, porque creía que el autor ahí todavía no está codificado por las lecturas que luego se puedan hacer o el lugar en que se lo ubique dentro de la tradición. Cuando uno se sienta a escribir por primera vez, hay una especie de libertad que después se pierde. Al menos, yo veo que la he perdido. Ahora escribo mucho más apuntalado por lo que sé que ciertos lectores me han dicho de lo que yo escribo. Tengo una escritura mucho más hiper-consciente de la que tenía en ese momento y esa hiper-consciencia puede ser una especie de peso. El segundo libro fue muy divertido de escribir porque es un libro más en tono de comedia, en clave de homenaje a los amigos, casi por momentos como una especie de chiste interno. Tenía tal vez la urgencia de sacarme de encima el primer libro, que fue un libro que gustó especialmente y sentía que podía caer en esa condena que generan los primeros libros cuando gustan, que te pueden paralizar. En el tercero, sabía que estaba trabajando con materiales que me podían generar ciertos conflictos en la vida cotidiana. Por eso, tomé la decisión de escribirlo en tercera persona, como un modo de despegarme, como si la primera persona fuera la autobiografía y la tercera, la ficción; lo que por supuesto es una falacia. Empecé a escribir y me resultaba mucho más difícil desde lo formal porque nunca había escrito en tercera persona y encima el tema eran mis exnovias, lo cual implicaba que ellas y mi mujer actual se podían enojar con lo que hiciera. Todo eso para mí era una especie de ágora luchando en mi cabeza, y ese temor que tenía sentía que lo traspasaba a lo que estaba escribiendo y no me gustaba. En un momento, empecé a re-trabajarlo, borré algunos capítulos y de a poco sentí que pude soltarme y poner las cosas en su lugar, tampoco es que todo es mi vida, ni se juega mi pasado, mi presente y mi futuro en un texto.

-No sé si es una sensación mía porque habría que tener algún dato firme como para decirlo con mayor certeza, pero desde hace unos años pareciera que cada vez se escriben más libros autorreferenciales. ¿Compartís esta apreciación? ¿Por qué hay tanta literatura del yo?

-Muchas veces pienso que tendría que formularme una especie de explicación de por qué eso sucede, pero la verdad es que no la tengo. Al mismo tiempo, me pregunto si realmente es así y si todos llegamos a ese consenso porque se ha dicho que hay un boom, pero tal vez, si miramos para atrás, había tantos libros de base autobiográfica como los hay ahora. Más allá de eso, se me ocurren ciertas tesis que seguramente ya han sido dichas, como esta cuestión del fin de las grandes verdades, de que el siglo XXI es un siglo astillado, que el siglo XX permitía pensar todo en términos más cohesionados. En cambio, en los años 90 todo fracasó, ganó el capitalismo y la posmodernidad. Tal vez ya no nos podemos pensar en términos tan macro y por eso prima la experiencia más cercana. Después, si ves cuáles son los libros más importantes de los últimos años, a mí gusto, son relatos voluminosos a la vieja usanza. Pienso en nombres como Bolaño o Levrero. El escritor uruguayo para mí es un caso de transición; es un escritor clave para los narradores de mi generación. Bolaño también lo es, pero Levrero hizo escuela en esto de la primera persona que venimos hablando.

-¿Creés que se va a agotar el interés por el género o le ves aliento para rato?

-Si consensuamos en que hay una oleada, te diría que sí porque las olas suben y bajan y después viene otra ola. Al mismo tiempo, siempre va a haber gente escribiendo libros muy cercanos a su vida. Yo al menos lo voy a seguir haciendo.

-¿En tu caso lo autorreferencial es una elección o también hay una imposibilidad con respecto a la ficción?

-Por un lado, me gusta considerarlo una elección porque disfruto de hacerlo. Si consideramos a la literatura como un espacio de cierta libertad, debería pensar que lo que hago es por elección pura. También te diría que, además de que me gusta hacerlo, me sirve. Me hace bien psicológicamente clausurar ciertas cosas que tal vez de otro modo me costaría mucho más. Al mismo tiempo, ya me metí bastante en ese mar y ahora me cuesta volver a la orilla y meterme en otro mar que sería el de la ficción. Además, todo lo que se me ocurre en ficción me suena demasiado falso.

-¿Como lector te pasa lo mismo o disfrutás por igual de la ficción más tradicional?

-Disfruto de otros géneros, pero los textos que más me gustan son los más autobiográficos. Es un poco triste porque suena egocéntrico decir que lo que más te gusta leer son los textos que se parecen a lo que uno escribe, pero es así. Yo no sé si llegué a escribir esto porque mis lecturas iban por este lado, supongo que hay una especie de contaminación mutua. Leer textos en clave autobiográfica me resulta inspirador, me sirve para ver cómo otra persona estructura su propia vida. En general, como lector me gustan los textos más fuertes, cuando una persona se mete a escarbar en lo peor de su vida: los traumas, las muertes, las enfermedades. Si me decís que un escritor que me gusta acaba de publicar una novela de ficción, seguro la voy a leer, ahora si ese mismo escritor publica un libro en el que cuenta su divorcio o cómo le fue diagnosticado su cáncer, compro una copia anticipada y espero en la librería a que llegue el primer volumen. Hay algo de voyeurismo que explica el por qué del boom de la literatura autobiográfica. Nos interesa el chusmerío y la vida privada del otro.

-En ese sentido, ¿te interesa ver cómo escriben tus contemporáneos?

-Con los escritores de mi generación lo que me parece muy interesante es poder seguir la trayectoria de un trabajo desde el principio y verla en vivo, porque uno puede reconstruir cualquier tipo de trayectoria, pero no es lo mismo verla cuando está sucediendo. Incluso cuando leo a alguien de mi generación me pregunto cómo va a salir de ese libro.

-En tu caso, ¿tenés pensado cómo salir de este libro porque de algún modo cerraste una etapa?

-Estoy trabajando en un libro sobre Levrero, pero es otra cosa muy distinta a lo que hago. Con respecto a la línea en la que vengo escribiendo, siendo un poco crudo, a veces sé cuáles son los libros que voy a escribir, pero todavía esas cosas no pasaron. Por ejemplo, sé que, si alguna vez me separo o si me voy de mi trabajo actual, voy a escribir un libro. Es terrible pensar así, pero de algún modo ya tengo ese chip en mi cabeza. Todos estos libros que te menciono son bastante a futuro, en términos más cercanos quizás tenga que probar la ficción o relajarme y ver qué va pasando. Pero es algo que me pregunto constantemente porque a mí me gusta tanto escribir que necesito hacerlo todos los días. Además, si no escribo estoy de mal humor. La escritura con todo el momento tortuoso que tiene atravesarla, a mí me sirve para descargar, yo me purgo escribiendo. Aunque esté en una playa paradisíaca, tengo la escritura en la cabeza.

-Sé que lo político te interesa bastante o al menos eso me dijiste alguna vez. Sin embargo, en ninguno de tus libros termina metiéndose la política. ¿Por qué creés que pasa eso?

-La verdad es que no sé por qué no entra de modo más categórico en los libros. Por un lado, siento que no sé lo suficiente. Me interesa, tengo mi ideología, pero siento que en términos intelectuales no estoy facultado para pronunciarme con respecto a la política. Puede ser que sea una pavada lo que digo, pero es lo que siento. Por otra parte, tampoco entran en mis libros porque en general escribo historias bastante cerradas en sí mismas. En el libro sobre mi viejo, casi ni entran otros miembros de la familia. El foco está puesto en los elementos que formaron ese vínculo. Con mi viejo mucho no hablaba de política; si eso hubiera sido importante, seguramente hubiera entrado. Con mis amigos sucedía algo más o menos parecido. En este último, en las relaciones de pareja hubo un momento muy fuerte con mi novia de la tercera relación. Justo fue el año de la 125 y fue muy complicado porque su familia era del campo. Ella era relativamente apolítica, pero, por una cuestión filial, se puso más del lado de su familia y yo estaba en contra del campo. Durante ese tiempo, tuvimos discusiones bastante fuertes, pero no sé por qué eso no entró en el libro. Ahora que lo pienso hubiera estado bueno incluir todo esto porque es un lindo conflicto para narrar.

-Las tres historias del libro son historias que no terminan bien. ¿Pensás que el amor es más difícil de ser narrado?

-En términos narrativos supongo que es más fácil de narrar el desamor. En El invierno con mi generación digo que no cuento mi infancia porque mi infancia fue feliz y no se puede contar la felicidad. Si bien hay muchos libros que narran la felicidad, a mí me resulta más tentador leer la infelicidad que la felicidad. Es muy difícil narrar la felicidad sin caer en lo cursi, es muy difícil escribir lo que termina bien. Por otra parte, yo tiendo al réquiem y a la elegía. Me gusta la puñalada, lo lacrimógeno, lo oscuro, porque me gusta la nostalgia, la melancolía, el invierno y los libros dramáticos. Después puedo hacer chistes y tener una vida feliz entre comillas, pero a la hora de leer tengo estas preferencias.

-En la vida de Julián aparecen los libros, pero no son lo más importante. En la tuya, ¿qué lugar ocupan?

-Ahora tengo una hija y eso cambió mi escala de valores. Pero si pienso que si no escribo estoy de mal humor, que gran parte del día pienso en libros, que cuando entro en Internet lo primero que busco tiene que ver con los libros, te diría que sí porque casi todo mi mundo está suscrito a esa especie de microcosmos. Los libros son casi lo único en lo que estoy inmerso, fuera de lo que es la vida coyuntural. De hecho, en los últimos años casi no miro más fútbol, que era algo que hacía bastante. No tengo otros placeres, como la gastronomía que ahora está tan de moda. Para mí comer es llenarme, no perdamos tiempo en esta pavada.

-Decías que cuando no escribís te ponés de mal humor. Cuando no leés, ¿te pasa lo mismo?

-Durante mucho tiempo sentía culpa si no leía. Ahora no me pasa eso, pero sí siento un malestar horrible cuando no encuentro un libro que me llegue. Me encanta encontrar esos libros que te pegan en serio, que cuando los leés pensás que en ningún lugar vas a estar mejor que ahí, adentro de esas páginas.

-¿Te ponés objetivos de lectura como hace Martín Kohan por ejemplo?

-A veces pienso en hacerme listas con todo lo que leí en un año, pero nunca lo hice porque creo que hacer eso es generarme un compromiso. Además, si lo pensamos seriamente, nos ponemos metas para todo, si con la lectura y la escritura hacemos lo mismo, estamos volviendo una obligación uno de los pocos placeres improductivos que tenemos en la vida. Pero al mismo tiempo es una tentación hacerlas. Yo, por ejemplo, siento que tengo que leer más ensayo y más poesía, pero nunca termino haciéndolo. Esa deuda siempre está ahí, por eso sé que la relación con la lectura no es una relación de puro placer.

-En una charla anterior que tuvimos hablamos sobre el periodismo y tu postura era bastante apocalíptica. Ahora, ¿cómo está tu relación con el periodismo?

-Me acuerdo de esa charla y yo creo que te había dicho que estaba presagiando una especie de divorcio. La verdad es que el divorcio se está haciendo largo (risas). Hay muchos temas en esta decisión, uno es que el periodismo es algo que uno hace porque le gusta. Supongo que, si cambiara de trabajo drásticamente y me pusiera a limpiar piletas como Félix Bruzzone, cada tanto haría una entrevista porque es algo que me da placer hacerlo. Al mismo tiempo es un trabajo y eso hace que uno lo necesite y por más que crea que se cumplió un plazo, no es tan fácil conseguir otro laburo. No digo que me quede en el periodismo solo por eso, pero es un factor que no se puede desatender. Por otro lado, soy consciente de que trabajo en blanco, con obra social y en una revista de literatura, en el año 2018, en Argentina. ¿Cuántas personas como yo hay? Yo no creo que haya más de 40 en todo el país. La verdad no se me ocurre otro trabajo que hagan tan pocas personas, tendría que pensar mucho. 

Publicada originalmente en Revista Quid.

viernes, 23 de noviembre de 2018

CuestioNando

 Episodio I: Sebastián De Caro


Episodio II: Jorge Lanata


Episodio III: Felipe Pigna


Episodio IV: Liniers


Episodio V: Iván Noble



viernes, 9 de febrero de 2018

Entrevista a Haidu Kowski: “La carne es la droga argentina”



Nando Varela Pagliaro

Haidu Kowski (Buenos Aires, 1974) acaba de publicar Instrucciones para robar supermercados (Tusquets), una novela que es pura acción. A lo largo de las poco más de doscientas páginas hay incesto, antropofagia, orgías, tiroteos y prostitución. Sobre la novela, pero también sobre el marketing literario, el póker y Playboy hablamos en esta entrevista con el creador de los Jam de escritura.

-         ¿Cómo fue el proceso de escritura?

-         El libro lo empecé a escribir hace nueve años y habrán sido ocho de escritura. Yo no soy tanto de corregir lo que escribo, si algo no me cierra, lo escribo de vuelta. La última versión la empecé a escribir en el 2015, cuando ganó Macri. Ahí pensé que era un buen momento para un libro así. Desde esa última versión, fueron nueve meses intensos de escritura. En esa época, estaba sin laburo entonces iba a los supermercados sin saber muy bien por qué. Pero al tiempo empecé a ver que la gente tenía conductas muy diferentes: había algunos que se llevaban cosas para venderlas afuera; un pibito iba todos los días y tajeaba los sachets de leche, de puro anarquista.

-         Dijiste que a un libro así, le sentaba mejor un gobierno como el de Macri, ¿por qué creés eso?

-         No, no digo que iba a ser mejor. Yo sentí que para el personaje -por ser un pibe de clase media que se va para abajo- un gobierno así era un buen contexto para que esta historia ocurra. La novela para mí es apolítica, sí tiene algo antisistema. Más allá del país, en todo el mundo siempre hay una opresión del sistema hacia la gente.

-         ¿Cómo describirías a Franco, el personaje principal?

-         Franco es un personaje de clase media, educado por un padre estricto, que fallece cuando él tiene diecisiete años. A partir de ese hecho, la familia queda desmembrada en muchos aspectos, aunque tal vez al principio parezca que no. Por esas cosas del azar, se ve en medio de situaciones límite y eso hace que le nazca un gran instinto de supervivencia. Ese instinto lo llevó encontrar una salida para tratar de ser exitoso, exitoso en términos de lo que quiere el sistema, que mide todo en base al dinero.

-         También tiene una ética bastante especial, ¿no?

-         Sí, él se atreve a hacer cosas que no todo el mundo está acostumbrado a vivir.

-         Pero la moral del personaje aparece por ejemplo cuando decide a quiénes le roba a quiénes no.

-         Sí, en ese sentido pareciera que tiene una especie de Biblia a seguir. Esto de no robarle a pequeños productores lo tomo como algo divertido porque no deja de ser ficción.

-         Entre tantas cosas, tal vez de más valor, ¿por qué elige robar carne?

-         La carne para mí es un emblema, es la droga argentina. Somos adictos a la carne. Incluso, aunque seas vegetariano, te convertís en un extremista anti-carne. A partir de eso me puse a investigar y por eso llegué a lo de la carne humana. No quiero hablar más, así no spoileo el libro.

-         ¿Y qué te interesaba en especial del submundo de los supermercados?

-         En este caso el supermercado funciona como el establishment. Yo empecé a ver ahí poesía donde otros tal vez no ven nada.

-         Generalmente, cuando un escritor se sienta a escribir una novela tiene algunos libros de referencia en su mesa de trabajo. En tu caso, ¿cuáles fueron esos libros?

-         En mi caso, había ciertos personajes de Palahniuk que me gustan mucho. Por ejemplo Rant, que es el pibito que es adicto a las mordeduras de serpiente. También, a partir de una lectura posterior de El artista más grande del mundo de Juan José Becerra pude ver mi novela desde otro lado.
  
-         Me cuesta encontrar en nuestra literatura, libros que vayan por la línea del tuyo. ¿A vos te pasa lo mismo?

-         Tal vez Leo Oyola en Kryptonita tiene esta cosa de súperheroes que no son tales. Me parece que mi personaje también tiene algo de antihéroe.

-         Kryptonita fue llevada al cine, ¿te imaginás tu novela hecha película? ¿Te gustaría que la adapten?

-          Sí, la novela es muy cinematográfica. Me gustaría mucho adaptarla y hasta me imagino por dónde la empezaría porque es un libro que tiene muchos puntos de ataque.

-         ¿Te gustaría encargarte del guión?

-         Sí, pero no lo haría solo porque me volvería loco.

-         Antes contabas que la novela surgió en una época en que estabas sin trabajo. En nuestro país, un escritor a la par que elige ser escritor tiene que pensar de qué va a trabajar, ¿no?

-         Sí, tal cual. Yo tuve muchos laburos y algunos muy buenos. Primero trabajé en el negocio de mi familia y al poco tiempo decidí irme y una de las cosas que me dije cuando tomé esa decisión fue que nunca más iba a trabajar en algo que no me gustara. Por eso tuve la suerte de tener buenos laburos: fui guionista de Playboy, laburé en Inrockuptibles, en Haciendo cine, di clases, ahora hace ocho años que edito la revista Pokerface y me ligué al mundo del póker, que es algo que me gusta mucho.

-         Te lo habrán preguntado mil veces, pero es inevitable querer saber ¿cómo fue la experiencia de trabajar en Playboy?

-         Fue muy divertido. Como los programas los vendían a todo el mundo, se trabajaban todos con voz en off. Solo un programa lo hicimos en una isla, como si fuera un reality y fue una experiencia increíble. Yo hacía el guión e intentaba ponerle mucha poesía a los personajes. Ese tono que elegí tuvo mucha aceptación, por eso estuve trabajando cerca de cuatro años. Incluso, ahí conocí a la mamá de mi hija; yo le guionaba los textos a ella.

-         Antes decías que el sistema mide todo en términos de dinero. En tu caso, ¿qué es ser exitoso?

-         Para mí haber escrito una novela durante ocho años, de pronto volver a escribirla, terminarla en nueve meses, llevársela a Tusquest, que a ellos les cierre e incluso hagan una tirada extra, eso a mí ya me hace sentir exitoso.

-         ¿Y ahora qué esperás de la literatura?

-         Lo que vengo haciendo siempre, seguir escribiendo y sobre todo seguir leyendo. A veces los escritores nos metemos en el furor de la escritura y descuidamos esa parte. A partir del Jam de escritura, hace muchos años que el ochenta por ciento de mis lecturas son de escritores argentinos contemporáneos. Me pone muy contento que haya una camada tan buena de escritores.

-         Tus primeros libros los firmabas como Adrián Haidukowski, ¿por qué decidiste cambiarte el nombre?

-         En el 2015, Ediciones B me llama para hacer un libro de póker que no fuera de póker y como, en el póker todos me conocen como Haidu, preferí firmarlo así. Cuando salió el libro, me sentí mucho más cómodo firmando como Haidu Kowski que con mi nombre original.

-         ¿Fue una decisión que tuvo que ver con el marketing? Pienso en Fogwill, por ejemplo, que también hizo algo parecido.

-         El otro día, Horacio Convertini hizo una crítica y también reparó en el tema de mi nombre. De hecho, pensaba que era de afuera. Además, la foto que elegí también da un poco a escritor europeo.


-         En tu biografía, entre otras cosas, ponés que estudiaste marketing. A los escritores, ¿creés que le faltan ciertas estrategias de marketing para hacer circular mejor sus libros?

-         Si te digo que sí, y todos los escritores le pusieran mucho marketing a lo que hacen, deberían venderse muchos libros más y eso no va a pasar. Yo trabajo así porque es como me gusta moverme, forma parte de un todo. No se trata solo de escribir un texto bueno. Cuando hago la revista, me pasa lo mismo. Yo quiero que la revista entre, que se lea. Pensá que es una revista de póker y en 46 ediciones, solo tuve cuatro tapas con jugadores de póker, porque nadie los conoce. En los libros, no puedo dejar afuera mi costado de editor, por eso quiero que la tapa salga lo mejor posible, que el nombre llame la atención y que el título entre. Creo que, en este libro, esas tres cosas se dan y por eso está teniendo más aceptación.

-         Mencionabas el póker, ¿encontrás algo en común entre el póker y la literatura? ¿Hubo experiencias del mundo del póker que luego te sirvieron como escritor?

-         Claro, el póker en mi caso me sirvió hasta para entender el modo de vivir la vida. Además, me permitió conocer a personajes que piensan y avanzan en su vida de otra manera, con mucha más estrategia, buscando siempre sacar ventaja, porque eso tiene que ver con las reglas del juego. En mi caso, yo tuve cierta estrategia a la hora de ver cómo llevar adelante la novela. Fijate que es un texto que no cae nunca. En todos los capítulos, siempre hay algo diferente. Eso de ir jugándome todo y todo el tiempo, lo tomé del póker.

-         Además de editar la revista, ¿jugás frecuentemente?

-         Hubo un tiempo en que jugué mucho, pero no estoy como para jugar con profesionales porque al toque te sacan la ficha y es ir a perder. Yo reconocí que no soy bueno, pero de todos modos de vez en cuando voy y me saco las ganas, pero no mucho más. Para ser bueno hay que dedicarle horas todos los días y eso no es lo mío.

Gentileza de Revista Quid.

lunes, 8 de enero de 2018

Entrevista a Sergio Olguín: “A veces los escritores somos un poquito menos de lo que nos creemos”


Nando Varela Pagliaro.

“Cuando un libro mío vende un poco más de lo habitual, los tipos que están en contra del mercado editorial me pegan. Cuando salió Filo por primera vez, no dijeron nada, probablemente ahora, que sale una edición más grande, por ahí la critiquen”, dice Sergio Olguín café de por medio en uno de los bares típicos del barrio de San Cristobal.
El autor de La fragilidad de los cuerpos conoce el paño del que habla porque durante casi tres décadas trabajó en periodismo cultural. Ha escrito en diarios como Página/12, La Nación y Crítica; fundó las ya míticas V de Vian y El amante; fue jefe de redacción de La mujer de mi vida y editor de El guardián. Pero a la par siempre escribió ficción. En 1998 publicó Las griegas, un libro de cuentos y en el 2002, Lanús, su primera novela. Luego vendrían, Filo (2003), El equipo de los sueños (2004), Springfield (2007), Oscura monótona sangre (2009), con la que ganó el Premio Tusquets, y a partir de 2012 comenzó la exitosa saga de las novelas de Verónica Rosenthal: La fragilidad de los cuerpos (2012), Las extranjeras (2014) y No hay amores felices (2016). Su última novela hasta el momento es 1982 (2017). Con la excusa de hablar sobre la reedición de Filo, nos encontramos con Sergio Olguín un viernes muy caluroso de noviembre.

-Me imagino que no es tan sencillo hablar de un libro que uno escribió hace más de quince años. Para esta reedición de Filo, ¿volviste a releerlo, cambiaste algo?

-Lo revisé un poco y ahora que volví a mirarlo, después de publicarlo, me di cuenta de que lo tendría que haber corregido más. De todos modos, el texto en general me sigue convenciendo.

-En la novela aparece mucho el universo de Puán y todo lo que hay a su alrededor, ¿qué te dejó tu paso por la Facultad?

-La Facultad me permitió encontrar a mucha gente como yo, que amaba la literatura, que era algo que no había en mi familia ni en mis amigos del barrio. Encontrarse con ellos para hablar de libros, de poesía y compartir la pasión por determinados autores, fue muy importante desde lo humano. Ahí también descubrí a muchos autores que no conocía, incluso algunos fundamentales en mi vida como Boris Vian. También me dio la posibilidad de leer a autores y libros que sí conocía, pero que tal vez no me hubiera tomado el tiempo para leerlos, si no hubiera sido por la carrera. Y algo fundamental que aprendí en Puán fue a mirar con cierta desconfianza el predominio de la teoría literaria sobre la práctica. A mí la crítica académica nunca me interesó demasiado porque siempre le encontraba los hilos.

- ¿Terminaste la carrera?

-No, la dejé ya siendo un estudiante muy avanzado. Mi idea era especializarme en Literatura argentina y latinoamericana, que era el lugar de discusión ideológica, política y estética por excelencia, pero cuando empecé a hacer V de Vian me parecía medio contradictorio hacer la revista y continuar en la carrera porque nosotros éramos muy críticos con la facultad.

-Hablando de la Facultad, en la novela también aparece la voz de David Viñas como profesor. De hecho, en uno de los capítulos citás un episodio en el que Viñas comparaba Esa mujer de Walsh con Santa Evita de Tomás Eloy Martínez y decía que lo de Walsh era literatura mientras que Santa Evita era marketing. ¿Estás de acuerdo con esa mirada o con los años cambió tu forma de entender la literatura?

-La verdad es que no cambió mucho mi relación con la literatura. Tuve la suerte de haber estado en la primera clase que dio David Viñas, cuando volvió del exilio. De hecho, esos fragmentos que aparecen en la novela son apuntes tomados de ahí. Ese para mí fue un momento culminante de mi formación ideológica y literaria. Yo siempre le tuve un gran cariño a Viñas, incluso no le critico ni los errores, pero en ese momento sí me pareció una exageración tratar a Santa Evita como una novela marketinera, cuando sabemos que el peronismo siempre fue una de las obsesiones de Tomás Eloy Martínez. Nadie puede pensar que él era un recién llegado a la discusión. A pesar de que yo en esa época tenía una especie de obsesión de burlarme de Tomás Eloy, con el seudónimo de Santiago Pazos, me pareció una cuestión de honestidad intelectual defenderlo y decir que lo de Viñas era una exageración.

-Mencionás a Santiago Pazos. Con ese seudónimo escribías tus columnas en V de Vian, ¿no?

-Claro, en la revista tenía una sección que se llamaba Cuánto vale tu silencio, donde Pazos se burlaba de la pedantería de los escritores argentinos o sea que tenía material para mucho tiempo. En un momento, para que no se dieran cuenta de que era yo, empecé a criticar a Sergio Olguín y con golpes bastante bajos. La verdad es que me divertía mucho haciendo esas cosas porque me las tomaba con mucho humor, no así la gente a la que criticaba. Me ha pasado de cruzarme con dos escritores muchos años después y acercarme a ellos y disculparme por cómo les pegábamos en V de Vian y extrañamente esas dos personas lo tomaron a mal; todavía seguían enojados con lo que no eran más que brulotes de jóvenes que querían meterse en el mundo literario pegándole a los más grandes.

-En Filo, Santiago Pazos dice que lo que él hace no es crítica literaria, sino que pone sangre donde otros pusieron agua o tinta. ¿Creés que faltan voces como la de Santiago en la crítica actual?

-Mientras Elvio Gandolfo siga escribiendo crítica, no nos va a faltar. Elvio siempre ha sido un modelo de cómo entender a la crítica. Él es muy amigo mío y cuando salió mi primer libro, lo comentó en Noticias y lo destrozó porque no le gustó. En ese momento, comiendo con él en un bar le dije: “Elvio, ¿cómo me vas a pegar así?” y él me respondió: “¿y qué querés que haga, si no me gustó?”. No entendía la posibilidad de hablar bien de un libro de un amigo si no le gustaba. Eso es lo que hace un crítico realmente. Siempre ha tenido esa actitud de honestidad intelectual que es lo que muchas veces falla. En estos tiempos, donde la honestidad intelectual de los periodistas falla de manera mucho más terrible por cuestiones más jodidas, que los críticos solo se dediquen a hablar bien de sus amigos y mal de sus enemigos, me parece un problema menor dentro del mundo del periodismo.

-Durante muchos años vos también trabajaste en periodismo, ¿extrañás algo de las redacciones?

-Extraño el contacto permanente con los periodistas. De hecho, me sigo reuniendo con amigos periodistas y me fascina hablar con ellos de política, de deporte, de espectáculo y de cultura. Me gusta mucho más juntarme con ellos que con escritores. Extraño el calor de las redacciones, pero también el vértigo de tener que resolver en las próximas horas una nota y estar tomándome un café con otro periodista, mientras vemos la Champions. Esa tranquilidad que tiene el periodista frente a la página en blanco siempre fue muy admirable en los demás y es algo que he intentado hacer como periodista. Un poco en broma suelo decir que cuando era editor, para mí lo más importante era que me entregaran la nota a tiempo y en lo posible en la medida en que se la pediste. Porque están los desgraciados que te entregan cinco mil caracteres más y te joden la vida. Encima, están los puristas que quieren cortarla ellos y te tienen dieciocho horas dudando si ponen mondadientes o escarbadientes y vos como editor, los querés matar. Porque si te dieran cinco mil caracteres menos, en el medio podés ponerle el código penal o un texto en griego, si total después nadie lee nada.

- Ahora que te alejaste, ¿cómo es tu relación con los suplementos culturales?

- No leo mucho los suplementos y las revistas literarias; un poco me cansaron. De hecho, tampoco sigo tanto la actualidad. Me pude liberar de eso. Una vez que dejé de hacer periodismo cultural, me encontré con un montón de libros que hacía muchísimos años que quería leer y que no leía porque estaba pendiente de todas las novedades, de tal o cual chico del que todo el mundo hablaba bien. Ahora por ahí también los leo, pero porque tengo ganas, no porque me lo exigen. Pero la verdad hoy no me interesa estar al tanto de la última novedad del mercado editorial. En V de Vian había algo conceptual que es que la cultura no la hace el mercado editorial, una revista cultural no tiene que estar atada a si Planeta o Sudamericana publican a fulanita o menganito o si Anagrama decidió por fin importar un libro y traerlo al mercado argentino.

-Alguna vez dijiste que el periodismo cultural es el más bobo de todos, ¿realmente creés que es así?

- Eso lo dije para provocar. Sí creo que el periodismo cultural es mucho más fácil que otros géneros. Escribir sobre libros, sobre películas es bastante diletante, es algo que hacemos por placer. En otros géneros, no es tan directo encontrar el placer. De todos modos, en periodismo cultural también se pueden hacer investigaciones y poner en evidencia ciertas contradicciones de la política, pero no es lo que más suele hacerse. De hecho, los suplementos culturales en general son los que menos vinculados están con la realidad política. Eso ha permitido que los periodistas que nos dedicamos a la cultura, siempre zafamos de las discusiones ideológicas.

-Volviendo a la novela, así como en varios libros retomaste el personaje de Verónica Rosenthal, ¿alguna vez pensaste en volver a escribir sobre Santiago Pazos?

-Santiago Pazos era un producto ideológico de lo que era V de Vian como revista. De la misma manera que no retomaría hacer V de Vian, a pesar de que uno de mis sueños recurrentes es que hago un número de la revista, tampoco retomaría a Santiago Pazos. Tal vez porque tiene mucho que ver con mi pasado y ahora creo que preferiría tomar otras zonas de mi pasado.

- ¿Hoy sería viable una revista como V de Vian?

- Me parece que los noventa están más vinculados con la realización de revistas. Hoy creo que si tuviera la edad que tenía cuando hice V de Vian, haría una editorial, no una revista.

- ¿Pensás que no tiene sentido porque la literatura hoy circula más por las redes sociales?

- La literatura nunca funciona en las revistas o en los suplementos culturales, lo que funciona ahí es el mercado editorial, no la cultura.  

-En tu novela y en tus libros en general suele haber muchas escenas sexuales. ¿Creés que nuestra literatura sigue siendo muy pacata para narrar lo sexual?

-Ahora por suerte no es tan pacata. De todos modos, quiero negar eso de que en todos mis libros hay sexo porque en los infantiles no hay ni una escena (risas). Me parece que de la misma manera que aparecen crímenes o descripciones de otras características, que aparezca la sexualidad de manera más explícita, me permite mostrar mejor el vínculo de esos personajes. Todavía esas escenas siguen llamando la atención, supongo que, con el tiempo, van a resultar más naturales. A mí me divierte incluir esas escenas y son un momento especial cuando las escribo. Por otra parte, creo que aportan mucho en cuanto a la construcción del personaje. Por ejemplo, Verónica Rosenthal no se entendería tan bien si no conociéramos su sexualidad.

-Mencionaste a Verónica Rosenthal, ¿trabajás con distintos lectores en tu cabeza cuando escribís sobre ella que cuando hacés libros como Oscura monótona sangre, Filo o 1982?

-No, sacando mis novelas para chicos o adolescentes, yo trabajo de la misma manera cuando escribo sobre Verónica Rosenthal que cuando escribo el resto de mis libros. En mi cabeza, siempre tengo el mismo lector medio nebuloso que sé que está del otro lado.

- Siempre decís que lo que buscás es entretener a ese lector, ¿pensás que todavía hay prejuicios con respecto a la literatura como forma de entretenimiento?

- Todavía hay un prejuicio muy grande de parte de muchos escritores, que se llenan la boca diciendo que no piensan en el lector ni en el mercado editorial, pero después ves que escriben novela policial, cuando hay que escribir novela policial; que escriben sobre política, cuando hay que escribir sobre política o que escriben sobre la dictadura, cuando hay que escribir sobre la dictadura. Es decir, no les preocupa, pero parece todo lo contrario. También hay otros a los que les interesa un mercadito mucho más chico, pero a veces con mejores resultados sociales, que es el mercadito de los profesores de las distintas carreras de Letras. A mí realmente lo que me interesa es entretener al lector. Lo podés entretener de distintas maneras: provocándolo, confundiéndolo, incluso volviendo tu prosa ilegible, pero siempre hay una intención de que ese lector se mantenga concentrado en lo que escribís, sino ¿cuál es el sentido de entrar en el mercado editorial? Todo aquel que firma un contrato con una editorial, que saca su libro y se distribuye en las librerías de la Argentina, de Buenos Aires o en las cuatro cuadras de Palermo, está dentro del mercado. Estar primero o último en ventas en Eterna cadencia o en El Ateneo, es ser parte del mercado. El no ser consciente de eso, tiene que ver con cierta cobardía de enfrentar lo que somos como escritores. A veces, somos un poquito menos de lo que nos creemos.

- Y la saga de Verónica Rosenthal, ¿de alguna forma pensás que termina opacando al resto de tu literatura?

-  Mi literatura se opaca sola, no necesita ningún otro libro que la ayude a opacarse. Tiende a la opacidad muy rápidamente (risas).

-Hablando en serio, tal vez la palabra no es opacar, pero sí los coloca en un segundo plano.

-Supongamos que fuera Brad Pitt, que trabaje mucho mis músculos y me pongo una musculosa y después me quejo de que la gente mira mis músculos y no mis ojos o mis pies. Bueno Brad, te pusiste una musculosa, tenés que ser consciente de que te puede pasar eso (risas). Yo hago determinado tipo de literatura, por ahí la de Verónica Rosenthal pegó más y seguí escribiendo sobre Verónica Rosenthal porque me encanta su mundo. Eso no opaca para nada lo demás que hago. De hecho, creo que ambos lectores coinciden bastante.

-Ya que hablamos de Verónica Rosenthal, ¿qué te pareció la adaptación de La fragilidad de los cuerpos?

-Yo quedé muy conforme, aunque tal vez no es lo habría hecho yo como guionista. Creo como autor uno no está muy preparado para opinar. El escritor es una persona molesta a la hora de hacer un guión, es un tipo que cree que hay que respetar las comas y las comas no se ven cuando las filmás. Entonces, en estos casos lo mejor que puede hacer es renunciar a participar activamente de la realización de un producto audiovisual. Yo creo que lo que hicieron con La fragilidad de los cuerpos fue desarmar la novela y con los elementos de la novela construir una serie, que es un producto artístico nuevo. En general, el resultado que obtuvieron es muy bueno. Estéticamente me gustó muchísimo, hubo un laburo de producción muy grande. Se esforzaron en hacer un producto de primera calidad para el mercado internacional.

-Ahora que para muchos Verónica Rosenthal es Eva de Dominici, ¿te condiciona eso a la hora de seguir escribiendo?

-No, no me condiciona. Me encanta que Eva haya sido Verónica, creo que la hizo muy bien, que se fue afirmando capítulo a capítulo y termina siendo una Verónica muy convincente. Me enorgullece que haya sido Eva, que es una excelente actriz. La de mi novela, es una Verónica relativamente distinta; no es tan linda, nunca me la imaginé como una mina perfecta y Eva de Dominici es de una belleza perfecta. La Verónica de mi novela es una chica que se cree más linda de lo que realmente es.   
     
- ¿Es posible encontrar la pasión que tiene Verónica por el periodismo en los periodistas actuales?

-Verónica tiene ese amor por el periodismo que tenemos todos cuando empezamos, pero que la realidad nos va quitando. Tal vez se sostiene todavía en los estudiantes de periodismo o en los tipos que entran a colaborar por primera vez en una redacción; después la realidad te va transformando en un tipo con más cinismo alrededor del oficio de periodista.

-Ya tenés varios libros publicados. Si tuvieras que elegir solo uno como carta de presentación, ¿cuál elegirías?

-Yo no digo que sea el que más me gusta, o el que más quiero, pero creo que La fragilidad de los cuerpos tiene algo de Oscura monótona sangre, algo de Lanús, algo de Filo, de El equipo de los sueños y de Springfield. Esa novela es la que mejor resume mis características como escritor.

-La última; en la revista La mujer de mi vida había una sección que se llamaba Las margaritas, en la que vos recomendabas cosas que te habían gustado mucho, poco y nada. Si tuvieras que hacerla hoy ¿qué cosas mencionarías?

-En “me gusta” pondría la serie Dr.Foster, es llevadera pero tampoco me vuelve loco. En “me gusta muchísimo” pondría un libro que estoy releyendo, porque lo voy a dar la semana que viene en un taller literario, que se llama Formas de amor, de David Garnett, un escritor inglés que lo reeditó Periférica, y originalmente lo sacó Sur en los años ’40. Y en “no me gusta nada” pondría que ya no soporto ver en televisión por aire y cable los programas vinculados a lo político; no soporto ni treinta segundos, ni una frase porque no son programas vinculados a lo político sino a las operaciones políticas.


Gentileza de Revista Quid.