lunes, 18 de febrero de 2019

Entrevista a Germán Garmendia: “Fui escritor antes que youtuber”



Nando Varela Pagliaro

Germán Garmendia nació en Chile en 1990. Cuando tenía apenas veinte años, empezó a subir videos a Youtube y su vida cambió de un modo abrupto. Actualmente es el segundo youtuber con más suscriptores del mundo y el primero hispano.
Aunque su talento incuestionable son las redes, Germán tiene una fuerte pasión por la música y su sueño, como el de tantos, es llegar a Hollywood. Ahora volvió a probar suerte en el mundo editorial con Di hola, su segundo libro y primera novela.

-Empecemos hablando del libro, ¿cómo surgió la idea de la novela?

-Lo complicado fue pensar en la historia de Natalie y Oscar, pero no solo en su historia, sino también en el tipo de personajes y en su esencia. Para eso lo que hice fue mirar mucho hacia atrás y traté de pensar por qué estas dos personas son así, por qué se encontraron y por qué tienen sentido. Con Oscar se me complicó bastante porque muchas veces es una persona difícil de querer porque es bastante egocéntrico y muy enfocado en sus miserias. A pesar de que tiene mucho éxito, siempre se las ingenia para hacerse la víctima.

-Me hablás de Oscar y Natalie, ¿con cuál te identificás más de los dos? ¿Hay cosas de ambos en vos?

-Creo que ellos dos tienen un poquito de todos porque todos en algún momento somos bastante pesimistas, estamos centrados en nosotros mismos, pero también somos personas que de vez en cuando, tratamos de ver el lado positivo de los problemas e intentamos levantarnos con el mejor ánimo posible. Quizás no siempre, pero estamos todo el tiempo pingponeando entre Natalie y Oscar.

-         Venís de las redes sociales, donde el feedback es casi inmediato; en la literatura eso es muy distinto. ¿Cómo estás haciendo para manejar la ansiedad?

-Es bastante raro porque yo estoy acostumbrado a que subo un video y al segundo ya veo si gustó o no. Aprendes y sigues avanzando. En cambio, con el libro el proceso ha sido más largo. Hasta el día de hoy, en las firmas, la mayoría llega con el libro a medio leer. Son muy pocos los que lo han terminado porque el tiempo ha sido muy poco desde que lo lancé, pero por suerte hasta ahora he recibido un buen feedback. Además, mis nervios son mayores porque el libro no tiene nada que ver conmigo, simplemente es una historia que yo creé. Todo es tan nuevo que no sé si va a funcionar, si las personas que lo van a leer van a tener la sensación de que leyeron algo que les ayudó o que los transportó a alguna historia.

-¿Te da miedo la repercusión que pueda tener porque es la primera vez que no ponés tu cuerpo en un proyecto?

-Es complicado porque siempre estoy contando historias, pero siempre estoy delante de cámara y mis seguidores siempre están involucrados con eso. Además, como hago videos todos los días, si alguno no es bueno me lo perdonan porque sigo siendo yo, pero ahora es totalmente diferente. Aunque también debo decir que lo pensé así: quería lanzar algo que no tuviera nada que ver conmigo, quería que si alguien llegara a pasar por una librería y viera el libro, lo juzgue por el contenido y no por quién lo escribió.

-Y a la hora de sentarte a escribir, ¿cuánto pensaste en tus seguidores?

- El primer libro lo escribí pensando el cien por ciento en ellos, en este en cambio hice todo lo contrario porque el objetivo era contar una historia que me gustaría leer a mí en determinado tiempo de mi vida. Lo único que quise fue entregar el contenido de mayor calidad que puedo hacer.

-Muchos imaginan que estás todo el día con el celular grabando videos. ¿Qué momentos te diste para la escritura?

-Le dediqué todas mis tardes, porque por las mañanas para mí Youtube es todo. Después de comer siempre tengo tiempo para trabajar en cualquier otro proyecto. Igual, reconozco que fue muy complicado porque para mí es difícil estar sentado y pensar en una sola cosa. Siempre estoy con varias cosas a la vez, pero para el libro tuve que poner toda mi concentración, no puedo estar pensando un video si estoy escribiendo el libro. Fue un proceso de mucha disciplina porque si no iba a terminar la novela con muchos tonos diferentes.

-En ese proceso, ¿te ayudaron mucho tus editores?

-Los editores me ayudaron muchísimo para darme feedback cuando ya estaba todo listo; me ayudaron a estructurar la historia y a administrar los detalles. Por lo tanto, fueron muy importantes para el resultado final.

-Tu relación con la escritura de un modo más profesional, por decirlo de alguna forma, ¿comienza con este libro o en tus videos hay mucho más guionado y no tanta improvisación como uno supondría?

-Cuando empecé en Youtube, en Hola soy Germán, mis videos estaban completamente guionados. Por eso creo que fui escritor antes que youtuber. Luego, cuando creé mi otro canal, Juega Germán, eso sí ya es más espontáneo: soy yo frente a la cámara, mucho más relajado. Eso me dio la oportunidad de poder crear otras cosas. De repente ahí tengo la oportunidad de hablar de temas más serios. De este modo, le enseño otra parte de mí a mis seguidores. Eso me ha ayudado a hacer música y este tipo de libros, por ejemplo. Gracias a ese canal mi audiencia ya sabe que hay un montón de Germanes.

-La escritura casi siempre suele ir de la mano de la lectura. En tu caso, entre tantos viajes y tanto Youtube, ¿cómo hacés para encontrar tiempo para sentarte a leer?

-En el avión siempre hay tiempo. La verdad es que siempre trato de encontrar un tiempo para leer, pero se me complica bastante. Para este libro he tratado de leer lo más posible con la intención de aprender de lo bueno y de lo malo de los libros que leía. No quería que nadie que viera el libro dijera que es una novela amateur. Si bien es mi primera novela, no quería que se viese así.

-¿Querés mencionar algunos de esos libros que te ayudaron mientras escribías Di hola?

- Cuando te lanzas al mundo de los libros es un mar muy grande y nunca sabes por dónde empezar. John Green fue como el primer paso, porque al ser ambos youtubers sentía que teníamos algo en común.  

-Mencionás a John Green, ¿pensás que tiene fecha de vencimiento el hecho de ser youtuber?

-Creo que la palabra youtuber tiene mucho que ver con la persona, con el creador. Como en la televisión hay programas que duran décadas y otros que están solo un verano, en Youtube es igual. Es muy importante cómo abordas tu contenido, cómo te reinventas. La palabra youtuber en general es muy vista desde afuera y todos piensan que somos todos iguales, pero luego si te metes adentro ves que no es así. Es como decir que la música es toda igual. Hay géneros, hay canciones más agresivas, más relajadas; hay canciones que duran para toda la vida y otras que suenan solo un añito en la radio y luego desaparecen, como el hit del verano. Youtube es lo mismo, hay muchos youtubers, muchos contenidos distintos, pero la duración depende solo del youtuber en particular.

-Y ahora tu camino, ¿lo ves más por el lado de los libros y la música o hay Youtube por mucho más tiempo?

-Se puede hacer todo. Obviamente la música y los libros llevan aquí muchos años más, es un tema más sólido. En cambio, Youtube todavía se está redescubriendo. Sin embargo, hay youtubers que llevan diez años y siguen siendo relevantes en todo sentido. Ahora para saber si el tema de los youtubers seguirá dentro de veinte años más, depende de los mismos creadores. De cualquier forma, yo creo que aún falta muchísimo para creer que esto puede acabarse. Youtube es un lugar donde cualquier persona puede crear y eso no se puede matar porque hay un montón de personas que constantemente están compartiendo su contenido y quieren estar en este medio.

-¿Pensás que para la gente de otras generaciones hay cierto prejuicio con el mundo Youtube?

-Me da igual porque creo que eso siempre va a pasar. Ocurrió lo mismo cuando estaba la radio y luego vino la tele.

-¿Te da miedo que los que vienen más del mundo de los libros puedan pensar en cómo un youtuber se va a atrever a escribir una novela?

-No creo que eso pase mucho. Para mí depende de respetar el lugar en el que te mueves. Yo soy youtuber y respeto a mi comunidad y a las personas que estaban antes que yo. Creo que cuando te metes en la literatura o en la música debes hacer lo mismo, siempre hay que respetar el medio. Si llegas con demasiado ego, siempre te va a ir mal.

- Desde los chats hasta los videos, en la novela hay mucha tecnología que interfiere entre las relaciones. En tu caso, ¿cómo hacés para tener vida más allá del celular y las redes? ¿Te ponés ciertos límites?

-Es complicado porque es un tema que genera problemas que no existen. Es un teléfono pero constantemente tu cerebro está pendiente de eso. Yo trato de hacer cosas puntuales: por ejemplo antes de dormir mi teléfono no está en la habitación. Lo dejo bastante lejos y en silencio para no pensar en eso. De esta forma trato de desconectarme. Cuando estoy con mi novia, el teléfono lo pongo en mi bolsillo o mirando hacia abajo porque si no nunca paras, nunca estás en el lugar donde estás físicamente. La tecnología nos ayuda a conectarnos, pero al mismo tiempo nos desconecta. De cualquier forma, no creo que sea algo que empezó a partir de los smartphones, sino que viene pasando hace mucho tiempo. De hecho, hace poco vi un video sobre tres personas de más de cien años que daban consejos sobre su vida. Uno de ellos contaba que cuando tenía doce años se la pasaba con la radio hasta las cinco de la mañana. Eso de algún modo es muy similar al niño que ahora se pasa toda la noche jugando Fortnite y se olvida que tiene que dormir. Eso me ayuda a entender que estamos lidiando con los mismos problemas. Si hemos sobrevivido a eso, posiblemente sobrevivamos a esto también.

-A partir de las redes sociales, ¿pensás que es inevitable que las relaciones sean cada vez más efímeras?

-Creo que los millennials nos tuvimos que acostumbrar a lo nuevo, pero la generación Z ya nació con eso. Como cuando apareció Facebook y nos conectó con todo el mundo, pero más allá de que te conecte, también te empiezas a obsesionar con ciertas cosas.

Por último, ¿cuándo sentís que tuviste un día productivo?

-Si no trabaje en Youtube siento que no hice nada. Luego necesito tener un par de reuniones y ahí una vez que las termino ya me siento bien, siento que terminé el día. Lo demás ya es extra.

-¿No necesitás hacer nada que tenga que ver con lo físico o con lo espiritual?

-El tiempo extra trato de salir a caminar o a trotar con mi novia; trato de pasar tiempo de calidad con las personas que están alrededor mío, pero eso no lo veo como algo productivo sino como algo que me genera alegría.

-Las pequeñas cosas que te dan felicidad.

-Siempre pienso en estas cosas. Al trabajar en mi casa, siempre puedo tomarme breaks para hacer este tipo de cosas sencillas que me hacen bien, desde estar con mi novia o hacerle cariños al gato.

Publicada originalmente en Revista Quid.


lunes, 11 de febrero de 2019

Entrevista a Samanta Schweblin: "Soy una cuentista nata y eso es algo que no tiene solución"


Por Nando Varela Pagliaro

Samanta Schweblin nació en Buenos Aires en 1978. Sus libros de cuentos El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca y Siete casas vacías obtuvieron, entre otros, los premios internacionales Casa de las Américas, Juan Rulfo y Narrativa Breve Rivera del Duero. Su primera novela, Distancia de rescate, fue nominada en 2017 al Man Booker Prize. En 2018 ganó el premio Shirley Jackson y fue elegida por el Tournament of Books como el mejor libro publicado en Estados Unidos. Recientemente, acaba de publicar Kentukis, una novela sobre las conexiones y desconexiones humanas, el lenguaje y todos los desentendimientos de la comunicación. Actualmente vive en Berlín, Alemania, y en su última visita a la Argentina, dialogó con nosotros.

¿Cómo surgió la idea del libro?

Supongo que deben haber habido muchas cosas que se cruzaron. Por un lado, hace seis años que estoy viviendo afuera y para mí todo lo que son los dispositivos de comunicación, las apps, se volvieron mis fuentes de comunicación con los otros. Otra cosa que me pasó es que estuve viajando mucho y tenía esta idea de ir ciudad tras ciudad y que se me empiecen a confundir las ciudades. Por eso Kentukis sucede en veintipico de ciudades distintas y casi todas las conozco. También, el momento en el que apareció la idea fue acá en Buenos Aires, en un viaje que hice hace dos o tres años atrás en el que había un boom de imágenes de la ciudad tomadas desde drones. Era divino porque había un redescubrimiento muy fuerte de la ciudad.

¿ Cómo explicarías qué es un kentuki?

Un kentuki es un dispositivo que permite el acceso remoto de un ciudadano a la vida privada de otro. Lo que te da el Kentuki es movilidad en el espacio del otro. Entonces vos podés ser un ciudadano de la india y estar paseando por el departamento de un italiano al que fuiste asignado.

A mí los kentukis me hicieron acordar a una especie de Tamagotchis tamizados con Black mirror.

Claro, este dispositivo, al estar instalado adentro de un peluche entran en juego un montón de cuestiones alrededor de las relaciones que tenemos con nuestras mascotas. El concepto de mascota es medio extraño porque finalmente uno es el amo y el bienestar de esa mascota depende de uno. El bienestar del usuario que está ahí adentro también empieza a depender del usuario que está afuera y lo custodia. Se tiene que ocupar de muchas cosas para que esa vida siga latente ahí adentro.

A diferencia de Distancia de rescate, que fue un cuento que terminó transformándose en una nouvelle, Kentukis pareciera que de entrada fue pensada como una novela, ¿no? ¿Cómo fue ese proceso de escritura?

Hubo un primer borrador en el que esbocé los primeros capítulos y ahí ya estaba todo. Era claro que era una historia que iba a contar con muchas voces diferentes; iba a suceder en distintos lugares del mundo e iba a estar estructurada por capítulos. Aunque la idea hable de algo novedoso, creo que a nivel estructural es una novela muchísimo más tradicional si la comparo con toda la experimentación que rodeaba a Distancia de rescate. Para mí no se trata de incursionar en un género o en otro o de ser experimental o no serlo, sino más bien es una cosa muy intuitiva de pensar en qué es lo que puede necesitar cada historia. Distancia de rescate necesitaba un espacio asfixiante, una manera nueva de contar esa muerte por la extrañeza, por la propia fiebre y locura en la que ella se mete con su accidente. En cambio, Kentukisera una historia que tenía que ver con las conexiones y con el lenguaje.

Acostumbrada a escribir cuentos, ¿te sentiste cómoda como novelista?

No me hace más feliz, soy una cuentista nata y eso es algo que no tiene solución. Pero, si bien no me hace más feliz, me deja más tranquila la vida del novelista. El cuento es muy agotador porque la instancia del ser escritor es muy breve. En mi caso, primero pienso mucho sobre qué voy a escribir, juego con las voces y hasta que no entiendo muy bien al menos a nivel emocional por dónde va el cuento, no me siento a escribir. Una vez que me siento, todo sucede muy rápido porque me importa mucho que en un cuento breve, la idea central de lo que va a pasar quede plasmada en una única sentada. En ese sentido, el ejercicio del novelista es mucho más relajado porque todas las mañanas te levantás y sabés en qué estás trabajando; se parece más a un trabajo de oficinista, con rutinas y horarios.

Muchas veces dijiste que tus libros son más inteligentes que vos. ¿Kentukis es tu libro más inteligente?

Habría que pensar en qué sentido es el más inteligente. A nivel emocional te diría que el más inteligente es Distancia de rescate. A nivel literario, con el libro que me siento más identificada es con Siete casas vacías. Creo que en Kentukis aprendí a no ser tan cerrada en el control que tengo del lector, pude relajarme un poco y a entregarme a la historia. Ahora si eso es un movimiento más inteligente, no lo sé.

Ahora que sabés que cada vez sos más leída, ¿cuánto modifica eso tu escritura a la hora de sentarte a escribir?

Que uno escriba no significa que luego vaya a publicar. Hay una cantidad de material descartado o latente detrás de cada libro que se publicó que ni siquiera tiene que ver con ese libro. Lo que sí es cierto es que cuando uno empieza a tener más lectores, tiene una responsabilidad más alta con el pacto con el tiempo.

De todos tus libros, Kentukis es el que menos se parece al resto de tu obra, ¿vos ves algún punto de contacto con los demás libros?

Cuando lo estaba escribiendo no, porque sentía que estaba trabajando fuera de mi zona de confort y pensaba si eso no era un poco peligroso. Es mi primera novela coral, mi primera novela formalmente tan larga, está narrada por un narrador en tercera, que es totalmente ajeno a mí, porque yo siempre me involucro con los personajes en la primera persona. Además, el tema de la tecnología me parecía insólito. Pero llegando a la segunda parte del libro me di cuenta de que en realidad seguía hablando siempre de lo mismo: los vínculos, la incomunicación con los otros, el problema del lenguaje y la soledad. Además, había algo que es lo que al final me da confianza en mis textos que es sentir el latido de la tensión. Esa tensión que hay de fondo que me interesa tanto y que cuando no está yo misma la suelto como lectora de mis propios textos.

Sos una escritora muy de ficción pura o absoluta por etiquetarla de algún modo. ¿Es posible que alguna vez escribas algo más emparentado con lo que ahora llamamos literatura del yo? ¿Tenés alguna historia autorreferencial que tengas ganas de contar?

Tengo una historia que estoy descubriendo que tiene que ver con el pasado de mi lado paterno. Es un pasado muy tremendo, muy oscuro, que todavía estoy tratando de digerir y recién ahora estoy empezando a encontrar las formas, ni siquiera de entenderlo, pero sí de enterarme. Es algo muy nuevo y me doy cuenta, por el peso que tiene la historia, que tarde o temprano la manera de digerir todo esto va a ser escribir un libro. De todos modos, por más que uno tiene toda esa carga emocional después tal vez hace otro libro de ficción absoluta, que es lo que a mí más me está interesando ahora, pero no reniego de lo que llaman la literatura del yo.

¿Cómo lectora sí te interesa el género?

No es lo que más leo, pero por supuesto que hay libros muy buenos. Claus y Lucas, por ejemplo, es un libro de ficción absoluta y uno puede leer todo el tiempo la historia de Agota Kristof detrás de ese libro. Esos libros híbridos entre las biografías y los mundos absolutamente imaginarios de un escritor son hermosos.

Muchas veces te leí hablando sobre tu vida en Berlín. Tu abuela te decía que si estás preparada para la tristeza, la vida te sorprende con algunas alegrías. ¿Qué te da tristeza y qué te da alegría de vivir ahí?

Me da alegría la libertad. Esa es la gran diferencia entre vivir acá y vivir allá. Libertad en todo sentido: libertad económica. Allá trabajo un tercio de lo que trabajaba acá para vivir y todo el resto del tiempo es escritura. Es tremenda la diferencia de lo que sale comprar el tiempo libre allá para poder producir. La libertad física también es muy importante. Yo viví toda mi vida en Buenos Aires y no sabía que una mujer podía salir con sus amigas y volver sola a las tres de la mañana en bicicleta. No sabía que eso era un derecho y es hermoso. Eso es algo que nunca se nos ocurriría como latinoamericanas. Después está la libertad que uno siente en una ciudad en la que todo está pasando al mismo tiempo y uno puede elegir dónde se mete y dónde no. En qué momento te encerrás en tu propia burbujita y la ciudad te desconoce porque al final sos una extranjera.

Y con el lenguaje, ¿cómo te llevás?

Cuando llegué no solo no hablaba una palabra de alemán, sino que mi inglés era terrible. Por eso lo primero que hice fue estudiar inglés. Recién ahora estoy empezando a estudiar alemán. Me encanta, es un idioma precioso y súper difícil.

Dicen que la vida es muy corta para aprender alemán.

Ese es uno de los dichos que está colgado arriba de la puerta del instituto donde estoy estudiando. Eso nos recuerda que siempre hay un plan mejor que estar ahí aprendiendo alemán. Lo que pasa también con el alemán es que no lo necesito nunca para nada en mi vida en Berlín. Todo sucede en inglés o en español. Hay una comunidad hispanohablante enorme.

¿Te da miedo que tu español suene un poco anacrónico, como le pasaba a Cortázar cuando estaba en París?

Me pasa algo parecido. Me pregunto también cuánto tendrá que ver esta novela con ese ruido que tengo ahora en el lenguaje. Igual, se vive muy diferente que en el momento en el que vivió Cortázar. Lo que te pasa cuando vivís afuera, sobre todo en un microclima latinoamericano, es que tu porteño se neutraliza porque sabés que si decís “salgo en musculosa”, el otro te mira sin entender nada.  Para dejar de hacer ruido, empezás a neutralizar y también empezás a tomar palabras de los otros españoles que son hermosas y no existen en tu lengua. Lo que me pasa a mí cuando escribo es que mi cabeza vuela inmediatamente a Argentina porque todo lo que pienso sucede ahí, pero mi porteño es un porteño de hace seis años atrás. Entonces me pregunto: ¿qué es más natural: que mis personajes hablen como yo o que hablen como argentinos, cuando en realidad esto sonaría forzado porque no es mío de manera natural?

Sigamos hablando del lenguaje. No sé si leíste la nota de Alan Pauls en la que se oponía al lenguaje inclusivo muy enfáticamente. En tu caso, ¿qué opinás al respecto?

Para mí es muy extraño lo del lenguaje inclusivo porque no le escuché nunca tet a tetporque no vivo acá. Lo veo en las redes sociales, pero son contadas con los dedos de las manos las veces que los tuve en una conversación frente a frente. De cualquier forma, creo que es hermoso, que no lo sienta de manera natural porque estoy muy lejos, no significa que no me parezca algo realmente precioso. Me parece que ver mi lengua cambiando como está cambiando en vivo, girando sobre un eje tan puntual, es algo alucinante. Qué cosa más preciosa puede pedir un escritor que ver esta transformación en este momento.

¿Te ves formando parte del cambio y hablando así?

Lo escuché a Hernán Casciari diciendo algo que me parece que es justo lo que va a pasar. Hernán decía que para él es muy extraño entrar en una fiesta y decir “vamos todes afuera” porque no es de nuestra generación, porque no lo entendemos todavía, porque no es un ejercicio que nos salga de manera natural, pero va a llegar un punto en el que si en una fiesta decimos “vamos todos afuera”, solo van a venir los varones. Entonces, vas a tener que decir “vamos todes afuera” y punto. Porque a veces vos cambiás el lenguaje y otras, el lenguaje te cambia a vos.

Nombraste a Casciari. Hace un tiempo lo entrevistamos y nos decía que el hecho de vivir afuera a él le dio cierto prestigio. En tu caso, ¿pensás que el hecho de escribir desde Berlín te coloca en un lugar distinto?

No creo que estar afuera sume respeto. Conozco mucha gente que está afuera y que no respeto, pero sí me parece que hay algo con la figura del escritor que, al no estar tan al alcance de la mano, los lectores se movilizan más cuando venimos al país. Estar afuera ayuda a moverse de una manera un poco más ágil y más cómoda en un contexto literario internacional: viajar a festivales o a determinadas lecturas que te puedan invitar en Europa. Desde Argentina es muy difícil que un editor se arriesgue a invitarte a Croacia. En cambio, desde Berlín es posible. Ahí sí ser extranjera termina acercándote a tus lectores extranjeros, pero no sé si te acerca a los lectores de tu propio país.

¿Te ves volviendo o eso todavía no está en tus planes?

Es una sensación muy extraña porque cuando pienso en un futuro lejano nunca me pienso viviendo en Europa. Para mí mi futuro lejano es Buenos Aires, pero no me veo volviendo ahora. No solo por la situación argentina, sino porque una vez que uno sale de su país siente una libertad tan bonita que es más tentador ir a la ciudad siguiente que volver. Pero, siempre les hago el mismo chiste a mis amigos y les digo que, cuando vuelva a Buenos Aires, yo voy a ver elegido vivir acá, ustedes no.

Este fue un año muy intenso y de muchos logros para las mujeres. En una nota te leí citar a Marguerite Yourcenar que decía que no quería participar de ningún espacio en el que por ser mujeres las pongan en un lugar aparte. ¿Pensás que la literatura y las mujeres escritoras tienen el deber de manifestar su postura?

Yo soy de las que creen que no hay que presentarse a esas mesas y te digo que este año he rechazado unas siete u ocho invitaciones a mesas de mujeres. Con respecto a si tenemos algún deber, creo que en todo caso el deber es como ciudadana, no sé si el deber está puesto en la literatura. La literatura es la que es y por ósmosis y transpiración dice lo que pienso y cómo veo el mundo. Para llevarlo a un lugar más personal y del día a día, la gran lucha este año fue el ejercicio continuo que estamos haciendo todas las mujeres en nuestros espacios íntimos de empezar a poner límites y barreras que antes no poníamos, simplemente porque antes no nos dábamos cuenta, pero ahora que te das cuenta es hasta cansador el ejercicio. Hay un ejercicio de revisionismo del mundo pequeño que está buenísimo, pero es muy cansador.

En el campo literario, ¿creés que sigue habiendo diferencias entre hombres y mujeres?

Sigue habiendo diferencias, pero no en la escritura. En la escritura no hay género, hablamos de diferencias en el mercado. Se nota muy bien la diferencia de cómo va creciendo el espacio de la mujer de generación en generación. Si mirás las generaciones más grandes, son todos hombres los que ocupan puestos de poder. En mi generación, eso ya es mucho más par y si ves las generaciones que vienen ya hay una mezcolanza preciosa.

Publicada originalmente en Revista Quid.

Entrevista a Darío Sztajnzrajber: "Vivimos una época sobrepoblada de sentido"


Por Nando Varela Pagliaro

A partir de 2011, cuando apareció Mentira la verdad en Canal Encuentro, Darío Sztajnszrajber se transformó en uno de los filósofos más populares de nuestro país, y sin dudas, el de apellido más difícil. Desde entonces, además de la televisión, ha llevado la disciplina a la radio, así como también a los escenarios con los espectáculos Desencajados y Salir de la caverna. Además, lleva dos libros publicados: ¿Para qué sirve la filosofía? (Planeta, 2013) y el reciente Filosofía en 11 frases. Con la excusa de la publicación de este último, nos recibió en su casa del barrio porteño de Villa Urquiza.  
  
Es muy común escuchar que un chico quiere ser futbolista o artista, pero no es tan habitual que alguien quiera ser filósofo, ¿cómo surge tu vocación?

Lamentablemente la elección vocacional con el tiempo se fue convirtiendo en una situación traumática, por no decir trágica, donde hay una presión social importante que piensa que en la elección vocacional se juega algo de la identidad, y que entiende que la identidad es algo que tiene sentido en la medida en que uno la encuentra. Cuando en realidad uno lo puede pensar al revés, que la identidad es una búsqueda abierta, permanente, que nunca debe encontrarse a sí misma y, por lo tanto, toda elección vocacional es contingente. En mi caso, me costó mucho decidirme entre Filosofía y Letras, pero lo que para mí era un dilema existencial profundo, para la mayoría de mis allegados era una pelotudez. Vengo de un hogar de clase media baja, comerciantes, en el que la palabra filosofía sonaba a una mezcla de terrorismo y drogadicción. Entonces, fue difícil instalarlo. Aparte, pasé mi secundaria en el pasaje de la dictadura a la democracia, con lo cual salí rápidamente a consumir toda la cultura psicobolche de mediados de los ochenta. Por eso, cuando llegué a la elección de la carrera, sabía que iba a ser complicada la aceptación, pero si no dudé fue porque siempre me interesó el tema.

Hace poco salió una nota en La Nación en la que analizaban de qué modo la serie Merlí y tu programa, Mentira la verdad, están incidiendo en la cantidad de chicos que se anotan para estudiar Filosofía. ¿Creés que con fenómenos así se alcanza a despertar el interés de los jóvenes en una carrera como esa?

Desde que estrenamos Mentira la verdad en el 2011, no hay localidad de la Argentina, y ahora te agrego Uruguay y Chile, en la que no se me acerquen y me digan que con mis programas se duplica la cantidad de ingresantes a la carrera. También es cierto que siguen egresando la misma cantidad.

A eso voy, es como cuando uno era chico, veía Karate Kid y enseguida quería salir corriendo a inscribirse para hacer karate, pero a los dos meses ya no tenías más ganas de ir.

Es un buen ejemplo, y tomando lo del karate es evidente que si lo estudiás, hay una cantidad de técnicas que en la película no las ves. Hay una formación que en la película no la tenés, pero también es cierto que, a diferencia del karate, lo que te puede inspirar una película como Karate Kid es a tener una relación más copada con tu cuerpo. Yo creo que la divulgación filosófica, esto es obvio, no suple un estudio universitario, pero puede inspirar a un tipo de abordaje de cuestionamiento, que en general en la vida cotidiana uno no le da pelota. Hay mucha gente que viendo nuestros programas, o los distintos espectáculos que hacemos, cambia algo en su manera de hacerse preguntas y de relacionarse con algunos fenómenos de lo diario. En la facultad no opera la misma lógica. Por eso para mí no compiten la divulgación y la academia, son idiomas distintos. Spinozeanamente te diría que son atributos distintos de la misma sustancia.

¿Te importa la mirada que tiene la academia sobre la divulgación?

Me importa porque se trata de un mismo espacio, pero creo que hay un tercer actor, en estas grietas que se arman, que es la docencia. Al docente la divulgación le sirve.

Muchas veces se termina hablando de la docencia y de lo importante que es inspirar a los alumnos. Desde los medios siempre se suele hablar del nivel de los estudiantes, pero es muy poco lo que se dice sobre el nivel docente. ¿Cómo lo ves?

Para responderte primero deberíamos discutir qué es tener nivel, en qué tipo de proyecto educativo inscribís la categoría de nivel. Para mí lo que está en juego es el modelo educativo. Yo creo que hay una crisis escolar histórica que excede las distintas coyunturas. Tiene que ver con que siempre el alumno responde a una generación nueva con una materialidad en juego diferente a la del docente. Hoy, la mayoría de los docentes están formados en el siglo pasado y tienen que lidiar con alumnos del siglo XXI, que tienen otro tipo de herramientas y de conceptualización sobre lo que es estar adentro de un aula. Hoy el aula está deserotizada, hoy ningún chico va al aula a aprender nada porque no le interesa ese formato. No es que los chicos están deserotizados, lo encuentran por otro lado. Hoy rinde más la educación no formal que la formal. El método educativo tradicional debería dejarse impregnar por otra lógica, porque los contenidos en el aula ya son una pérdida de tiempo. Yo no puedo dar una clase de Filosofía explicando el año en que nació Aristóteles. Cualquier alumno lo googlea en dos segundos. Saberse de memoria esas fechas es casi como una destreza de circo. Creo que hace falta una reinvención permanente de la tarea que hacemos.

Desde su publicación, Filosofía en 11 frases figura entre los libros más vendidos de no ficción, ¿por qué creés que la filosofía está cada vez más cerca del consumo popular?

Yo creo que hay un prejuicio que consiste en pensar que vivimos en una época vaciada de sentido. A mí me gusta pensarlo al revés, que está sobrepoblada de sentido. Hay recetas para todo y todo ya viene procesado, elaborado y con su manual de instrucciones para el uso y consumo cotidiano. Me parece que esa normalización industrial en la que advenimos genera una sensación de tedio. El tedio irrumpe ante la superpoblación de respuestas, no ante la ausencia. Como decía Martin Heidegger, el tedio es tedio por el todo, la angustia es angustia por la nada. Entonces, se trata de recuperar la nada frente a un sistema totalitario en el sentido existencial del término. Hay una necesidad de provocar una fisura que tiene que ver con la libertad. Lo que la filosofía de hoy te propone, a la inversa de la sociedad de consumo y de la autoayuda, es la incertidumbre, es reencontrarte con los abismos originarios, con la contingencia; reconciliarte con la idea de que todo está abierto; abrirse a la irrupción del otro, de ese que te lleva puesto y te resignifica todo el tiempo. Creo que ahí la filosofía tiene una entrada desde este discurso más escéptico, más cuestionador y que apuesta más a la apertura. Cuando el ser humano está demasiado consciente de su vértigo, busca esos fármacos que lo tranquilicen y lo fijen en ejes concretos, pero cuando está demasiado fijo en estructuras que parecen incólumes, busca sobrepasarse a sí mismo, que es lo que propone la filosofía que a mí me interesa.

Y esto de cuestionarlo todo, ¿lleva a que uno esté mejor?

Es claro que la filosofía no trae felicidad, la filosofía angustia. Yo siento la paradoja de que a mí me hace feliz angustiarme, pero no en el sentido flagelante. Lo que me hace feliz es encontrar que con las preguntas puedo ir resquebrajando zonas muy macizas que encubren intereses dominantes. Es una sensación de liberación, no de libertad como algo definitivo, sino de estar liberándose permanentemente de ciertos dispositivos. A mí me hace feliz estar en movimiento, encontrarle siempre la quinta pata al gato. Obviamente, en un momento paro y voy a la cancha y grito un gol o estoy con mis hijos y les doy besos y no pienso en por qué el beso es la forma de relacionarte con el afecto, porque si no te enfermás. Yo digo siempre que, si estás veinticuatro horas haciéndote preguntas, no das un paso y te volvés un tarado, pero si no te hacés ninguna pregunta las veinticuatro horas, también te volvés un tarado. Se trata de ver qué tipo de tarado querés ser.

Uno de los grandes temas de la filosofía es el tiempo. En tu caso, ¿qué relación tenés con el tiempo?

Yo padezco el tiempo. Te diría que fue mi primera pregunta existencial. No entiendo la alegría de los cumpleaños, no entiendo qué se festeja. Para mí cada cumpleaños es como una mutilación de mi cuerpo. Ahora, la pregunta es: ser consciente de que el camino ineluctable es hacia la muerte, ¿es algo de lo que tenés que estar todo el tiempo pendiente? Yo creo que toda nuestra cultura fue pensada como un modo de aligerar esa consciencia. Te casás, tenés hijos y vas a la cancha para olvidarte de que te vas a morir igual. Cuando esa cultura te enajena tanto que olvidás tu condición de finitud, ahí hay que recuperarla. Como diría Heidegger, “una vez por semana acordate de que te vas a morir igual”. Eso modifica el lugar desde el que te relacionás con las cosas.

¿Cuándo sentís que tuviste un día productivo, que justificaste tu día?

Depende el criterio, te diría que es casuístico. La semana pasada por ejemplo di un curso el lunes en Montevideo, el martes en el Konex y el miércoles en Rosario, y para mí el día más productivo de esa semana fue el jueves, que no hice un pomo. Me quedé en casa y me vi Intrusos entero. Me encanta ver la tele y ese tipo de programas. Ahí también ejercés un tipo de pensamiento. Nadie entiende la realidad en la que vive, si oculta la mitad de las cosas que pasan. Además, Intrusos tuvo virajes interesantes en los últimos meses. Por ahí pasó todo el feminismo, no solo a defender la postura feminista, sino también a hablar de la ley del aborto.

Cuando hablás de lo que hacés se te nota cierta pesadez. ¿Pensás que toda vocación, por más pasión que uno tenga, a la larga se termina convirtiendo en un trabajo, con todo lo malo que eso implica?

Me parece que hay un modelo productivo que desapasiona, pero después queda en cada uno cómo recuperar esa pasión. A mí en general siempre me pasa que cuando termino encontrándome con los estudiantes o el público y veo que de alguna manera lo que hago genera transformación, enseguida reconecto con la pasión.

Publicada originalmente en Revista Quid.

Entrevista a Andrés Barba: "Traducir es la manera más intensa de leer"


Por Nando Varela Pagliaro

“Cuando me preguntan por los 32 niños que perdieron la vida en San Cristóbal mi respuesta varía según la edad de mi interlocutor”. Así comienza República luminosa, la última novela de Andrés Barba, merecedora del premio Herralde 2017, dotado de 18.000 euros.
En este nuevo libro, el escritor español, entre otras cosas, se pregunta qué tiene que suceder para que nos veamos obligados a redefinir nuestra idea de la infancia y a contramano del lugar común, pone el foco en el lado oscuro y violento que puede habitar en el alma de un niño. Con él hablamos, una tarde muy calurosa de enero, en el bar El Galeón, frente al Jardín Botánico.

-Fabián Casas dice que para él la infancia es la edad en la que uno carga combustible. De la calidad de ese combustible va a depender el tipo de persona que uno va a ser cuando las papas quemen. ¿Vos tenés alguna definición propia acerca de la infancia?

-Lo que dice Fabián es muy psicoanalítico y está muy bien. Yo creo que la infancia por antonomasia es el lugar reconstruido por la ficción. Por eso, siempre es un lugar de una veracidad dudosa. Lo que hemos sentido y lo que hemos construido en esos años, nunca termina de quedar claro dónde lo hemos hecho. Si desde la edad adulta, proyectándolo y ficcionalizándolo o si realmente sucedió.

-¿Por qué tuviste la necesidad de meterte con la infancia, cuando es una de las pocas cosas que colectivamente ubicamos en una especie de paraíso perdido?

-Había varias cosas que me interesaban. Una, tenía que ver con esa mitología que se construye alrededor de la infancia, que culturalmente vamos desarrollando desde la Ilustración. Esa concepción de la infancia como paraíso perdido, que se anhela durante el resto de la vida. Pero por otro lado también me inquietaba el labo B: el miedo a la infancia y en el fondo nuestra inclinación hacia la educación como el lugar donde nos defendemos del niño. En última instancia, la educación es tratar de que un niño se convierta en adulto lo antes posible. Esa ambivalencia entre lugar perdido y lugar temible, me interesaba mucho. Cuando de una cosa se puede decir igualmente A y su contraria es que existe algo interesante.

-¿Cuánto creés que tuvo que ver la literatura con el mito que se construye alrededor de la infancia?

-Hay tanta literatura que confirma la cursilería del paraíso perdido como su contraria. A mí siempre me ha interesado mucho la literatura que ha interpretado a la infancia desde un lugar de oscuridad o al menos donde la oscuridad era posible. Toda la tradición francesa de Marcel Schwob con La cruzada de los niños o Jean Cocteau. Incluso los existencialistas, los relatos sobre la infancia que escribió Sartre en el muro. También me resulta muy atractivo cómo, desde nuestra perspectiva contemporánea, nos defendemos de cualquier manifestación de oscuridad que se produce en la infancia, cómo negamos la violencia protagonizada por niños, cómo negamos cualquier manifestación de sexualidad, cómo nos protegemos de esos territorios porque no queremos aceptar que se producen en el mundo infantil.

-Así como existe este tipo de literatura que pone el foco en el lado oscuro de la infancia, hay muchísima bibliografía que refleja todo lo contrario. Pienso en libros como El principito. En una nota reciente dijiste que el clásico de Saint Exupéry es algo así como el mal en la tierra. ¿Por qué creés eso?

-Por varias razones, El principito me parece uno de los libros más perversos del mundo. La primera es quizás su cursilería: es el libro cursi por antonomasia. Es un libro escrito por un adulto más que para niños, para adultos que se quieren sentir como niños. Además, tiene ese lado de la perversidad bestial, que es el episodio del zorro y la rosa. En aquel episodio, el niño le dice a la rosa que es especial porque él la ha elegido entre todas las rosas del mundo. Ese es un mensaje bastante perverso para poner en boca de un niño. Es decir, que la dignidad de la rosa la otorga alguien externo. Las cosas son dignas o indignas en sí mismas, nadie convierte en digno algo porque le otorga su amor. Este discurso cursi que sostiene que nuestro amor convierte a las cosas en especiales es totalmente perverso porque hace, por ejemplo, en el caso de mi novela, que los padres de los niños naturales de la ciudad de San Cristóbal consideren que sus hijos son más valiosos o más dignos de defensa que los 32 niños salvajes que han aparecido.
-Decís que nos cuesta ver a los niños como personas capaces de cometer actos de violencia, ¿te preocupa la lectura ideológica que se pueda hacer de la novela? Pienso por ejemplo en la derecha y su constante reclamo por bajar la edad de imputabilidad de los menores.

-Sin dudas, es una novela política y en ese sentido un discurso natural de la derecha es precisamente rebajar la edad de punibilidad legal. Es muy loco lo bipolar que es la derecha tradicional: el niño pasa de ser el individuo que hay que defender, a ser instantáneamente el sujeto sobre el que hay que hacer caer todo el peso de la ley sin ningún tipo de misericordia. Eso, en cualquier caso, es una visión hipócrita, primero de la dignidad del hombre y luego de qué es el sujeto que hay proteger. Uno no puede convertirse de un segundo a otro en un sujeto distinto. En la novela, me interesaba mucho narrar una situación en la que una ciudad lentamente se va deslizando a esa posición en la que se cree que lo mejor es penar a los niños menores.

-En España, ¿cómo funcionan los reformatorios? Acá son más bien deformatorios.

-Claro, en el fondo pasa lo que dice Foucault en Vigilar y castigar, cuando habla del nacimiento de la prisión, básicamente dice que los estados conservadores son los que determinan cuál es la manzana podrida desde el inicio y sentencian a muerte a ciertos individuos de la sociedad. En el fondo, un reformatorio es un destino social. El que reflexionó mucho sobre este tema fue Jean Genet, él tiene un libro fascinante que se llama El niño criminal, en el que habla precisamente de los reformatorios como semilleros de criminales. Sartre, que escribió una biografía de Genet, cuenta un episodio en el que se ve a las claras cómo el destino social es algo otorgado por nuestro contexto. Jean Genet era un niño adoptado y hay un momento en el que él percibe, de una manera intuitiva, que sus padres no son como los padres naturales de sus compañeritos del colegio, pero como no sabe formular eso verbalmente no se le ocurre otra cosa que agarrar un collar de su madre y esconderlo debajo de la almohada. Eso hace que se produzca un gran revuelo en la casa. Todo el mundo empieza a buscar el collar hasta que finalmente aparece debajo de la almohada del niño Genet. La madre, al verlo lo señala con el dedo y le dice: “eres un ladrón”. El primer poema de Jean Genet se titula precisamente así: “Me llamáis ladrón, seré ladrón”. Es fascinante ver cómo él relata hasta qué punto somos sensibles al destino social que hemos recibido.

-Todos estos libros que mencionás, ¿estuvieron presentes en tu mesa de trabajo mientras escribías la novela?

-Estuvo mucho encima de la mesa La peste de Camus. Yo quería trabajar con un estado de excepción, como una ciudad de provincia aparentemente tranquila como San Cristóbal, donde de repente hay algo que obliga a sitiar la ciudad y que pone en compromiso todos los valores con los que esa sociedad se ha manejado hasta ese punto. Todo está en suspenso: la idea de la infancia, la idea del orden social, de la civilización, de la barbarie.

-¿El germen de la novela también tuvo que ver con estas lecturas?

-Al margen de lo literario, hubo un documental de unos directores polacos que se llama Los niños de la estación Leningradsky, sobre una comunidad infantil que vive en una estación de metro en Rusia. Ahí me gustó mucho ver cómo se comportaban estos niños y cómo hasta cierto punto esa comunidad funcionaba como una utopía anarquista totalmente horizontal, sin ningún tipo de jerarquía ni poderes. Me fascinaba ver cómo, lo que supuestamente eran los excrementos de la sociedad, en cierto punto eran lejos de la distopía, una utopía política.

-Ya te habrán dicho que la novela es muy visual. ¿Te la imaginás llevada a la pantalla?

-Sí, yo también creo que es muy visual. En este punto, creo que es una equivocación plantear desde el principio una novela pensando en el cine. Las novelas tienen que ser literarias, pero es cierto que hay novelas que salen más “peliculizables” que otras.

-Uno de tus libros anteriores, La risa caníbal, es un ensayo sobre el humor. En estos tiempos de hipercorrección política, ¿es cada vez más difícil hacer humor?

-Yo creo que el humor es una herramienta de agresión. Desde Terencio y Aristófanes hasta hoy, el humor es una prueba de resistencia de materiales idealistas, una especie de contraataque desde el materialismo hacia el idealismo; es fundamental para nuestra progresión cultural y nuestra conciencia social. En el libro hablo mucho de los momentos en los que el humor ha tenido un gran poder dialéctico. Determinar qué es risible y qué no es una acción política. Hay veces que las sociedades progresan y de una manera natural desarticulan la comicidad de ciertas cosas. Es evidente que una sociedad que cada vez es menos machista, no es que cada vez se censure más a sí misma, sino que va encontrando que es menos risible reírse de las mujeres. Sin embargo, en la Argentina es muy interesante cómo el movimiento feminista ha utilizado el humor como estrategia de intervención política. A mí Malena Pichot me parece un caso extraordinario en este aspecto. El humor pone de manifiesto lo desestructurado o lo débiles que son ciertas dialécticas porque son risibles. El machismo en última instancia es risible y ese feminismo que utiliza al humor como arma, en el fondo está atacando al machismo desde el mismo lugar en el que el machista atacaba a la mujer.   
-Supongo que debés ser un gran lector del género. Si bien el idioma es el mismo, los códigos y las referencias culturales son distintas. ¿Cómo es tu relación con el humor que se hace en nuestro país?

-El humor argentino es muy dialéctico; el español es más costumbrista y más negro. Nosotros bromeamos con mucha más facilidad sobre la muerte que los argentinos. El argentino es más fóbico para bromear con la muerte, pero el de ustedes es un humor mucho más político. Por otra parte, no hay nada tan sensible al cruce de una frontera como el humor, porque reímos colectivamente. Aunque uno esté solo en una habitación, se está riendo socialmente, con su nación, con su cultura, con su sexo y con sus ideas políticas. Cada vez que reímos, ríe una risa grupal.

-Además de tu trabajo como escritor, también te desempeñás como traductor literario. Hace un tiempo, lo entrevisté a Marcelo Cohen y él me decía que en nuestro país el de traductor es un oficio que no es todo lo que reconocido que debería serlo, ¿cómo es la situación en España?

-En España creo que hay un poquito más de reconocimiento a la labor del traductor y se manifiesta en dos cosas: está mejor pago y el traductor mantiene derechos. En Argentina, muchas veces, las traducciones pertenecen a las editoriales; en España, tú haces una traducción y después de unos años de sesión, esa traducción es de tu propiedad. Entonces, puedes volver a venderla. Es muy absurdo que esto no sea así en Argentina.

-En tu caso, el hecho de estar tanto tiempo en contacto con la palabra ajena, ¿es contraproducente para después hacer tu propia literatura?

-Todo lo contrario. A veces, traduciendo a autores maravillosos, te dan muchas más ganas de escribir. En este libro hay referencias muy claras de autores que he traducido.

-En alguna nota dijiste que la mejor forma de leer a un autor es traduciéndolo, ¿no?

-Sin dudas es así. Es muy fascinante porque uno empieza a vivir los textos con la misma incertidumbre con la que fueron escritos por sus autores. En muchos casos, recuerdo mejor los textos que he traducido que los que he escrito yo mismo.

-¿Se lee con mayor profundidad que cuando se hace una crítica?

-Se lee más profundamente y desde otro lugar. Yo creo que la traducción es la manera más intensa de leer.

-Te escuché decir que serías incapaz de escribir un texto de más de 200 páginas, ¿Creés que cada vez es más difícil encontrar lectores para grandes obras?

-Yo leo mucho y constantemente y a pesar de leer tres libros a la semana, cada vez tolero menos que un libro tenga más páginas de las estrictamente necesarias. Supongo que ya debemos tener una especie de impaciencia genética. Por otra parte, hay cosas que le perdono a los clásicos que ya no le perdono a los escritores contemporáneos. Creo que exigir más atención de la necesaria es una comodidad del autor, que no ha trabajado su texto todo lo que debería.

-Por último, me llamó mucho la atención que no estás en ninguna red social, ¿por qué no querés ser parte de ellas?

-Prefiero no estar porque soy una persona que se relaciona mal con las redes sociales, soy demasiado -sensible al ruido negativo. Por este motivo prácticamente no leo nada de prensa cultural, a pesar de que yo también escribo reseñas. En el caso de los escritores, se activa una cosa muy fea que es el agravio comparativo. Además, creo que en el mundo de las redes sociales uno acaba reducido a su peor versión. De repente, te encuentras mirando las fotos del veraneo de una tipa a la que detestas en el mundo real. Uno descubre allí comportamientos completamente adolescentes. Hay redes que lo que hacen es exacerbar tus defectos naturales, desatan lo peor que hay en ti.

-Calculo que tu ausencia también tiene que ver con el uso que hacés del tiempo, ¿no?

-A mí me desgasta y prefiero invertir la energía en otro lugar.

-Y el hecho de no leer las reseñas, ¿no tiene más que ver con el ego?

-No lo sé. La gente tiene que entender que un escritor es un tipo que se pasa el año prácticamente solo adentro de una habitación, escribiendo un libro. Luego, cuando los publica, se pone en un lugar de exposición relativamente amplio. Uno está casi desnudo y cualquier persona puede decir lo que se le cante de ti. Así, hay cosas que uno lleva bien y otras que no. Por supuesto, estoy a favor de que la gente diga de mí lo que se le ocurra, pero eso no significa que yo tenga que escucharlo.

Publicada originalmente en Revista Quid.

Entrevista a Mauro Libertella: "Yo me purgo escribiendo"



Por Nando Varela Pagliaro

“Tal vez alguien pueda escribir libros autobiográficos para despertar algo, en mi caso funcionan más bien como una especie de despedida. Para mí los libros son clausuras”.
El que habla es Mauro Libertella, el mismo que acaba de publicar Un reino demasiado breve, su tercera novela, luego de Un invierno con mi generación. Esta vez, el autor de Mi libro enterrado, aborda los distintos tipos de amores, las distintas etapas y modalidades que atraviesan las relaciones de pareja, esa especie de “montaña rusa emocional” que llena de vértigo el día a día de la vida de Julián, el protagonista de la novela.

-“Era como si mi juventud se hubiera gastado de tanto usarla, había abusado de ella, como tantos escritores que la exprimen hasta sacarle la última gota de pasión”. Con tus tres libros, ¿sentís que pasó un poco lo que dice el epígrafe de Aira?

-El epígrafe lo puse como una forma de avisar, si es que hiciera falta, que este libro se podía leer en relación con los otros dos, como una especie de trilogía. Si bien éste está escrito en tercera persona, sigue siendo parte de la misma historia que vengo contando en los anteriores. Cuando encontré la cita de Aira, me pareció que funcionaba enhebrando este libro con los otros dos. Al mismo tiempo, también es cierto que ese epígrafe viene a decir que algo se agotó. Como si al poner la frase de Aira, ya no pudiera seguir escribiendo sobre la juventud. Aunque pienso que siempre queda algo más por escribir, es innegable que los mojones básicos de la época, ya los escribí: la parte familiar con el padre, la parte de la amistad y ahora el amor.

-Ahora que ya escribiste sobre los tres mojones básicos, ¿cuál te resultó más difícil?

-El del amor fue el que más me costó. El libro sobre el padre me costó menos por el hecho de ser un primer libro. En ese sentido, si bien está el miedo de escribir viniendo de una familia de escritores, también está la libertad que hay en todo primer libro. Piglia siempre decía que estaba muy interesado en los primeros libros, porque creía que el autor ahí todavía no está codificado por las lecturas que luego se puedan hacer o el lugar en que se lo ubique dentro de la tradición. Cuando uno se sienta a escribir por primera vez, hay una especie de libertad que después se pierde. Al menos, yo veo que la he perdido. Ahora escribo mucho más apuntalado por lo que sé que ciertos lectores me han dicho de lo que yo escribo. Tengo una escritura mucho más hiper-consciente de la que tenía en ese momento y esa hiper-consciencia puede ser una especie de peso. El segundo libro fue muy divertido de escribir porque es un libro más en tono de comedia, en clave de homenaje a los amigos, casi por momentos como una especie de chiste interno. Tenía tal vez la urgencia de sacarme de encima el primer libro, que fue un libro que gustó especialmente y sentía que podía caer en esa condena que generan los primeros libros cuando gustan, que te pueden paralizar. En el tercero, sabía que estaba trabajando con materiales que me podían generar ciertos conflictos en la vida cotidiana. Por eso, tomé la decisión de escribirlo en tercera persona, como un modo de despegarme, como si la primera persona fuera la autobiografía y la tercera, la ficción; lo que por supuesto es una falacia. Empecé a escribir y me resultaba mucho más difícil desde lo formal porque nunca había escrito en tercera persona y encima el tema eran mis exnovias, lo cual implicaba que ellas y mi mujer actual se podían enojar con lo que hiciera. Todo eso para mí era una especie de ágora luchando en mi cabeza, y ese temor que tenía sentía que lo traspasaba a lo que estaba escribiendo y no me gustaba. En un momento, empecé a re-trabajarlo, borré algunos capítulos y de a poco sentí que pude soltarme y poner las cosas en su lugar, tampoco es que todo es mi vida, ni se juega mi pasado, mi presente y mi futuro en un texto.

-No sé si es una sensación mía porque habría que tener algún dato firme como para decirlo con mayor certeza, pero desde hace unos años pareciera que cada vez se escriben más libros autorreferenciales. ¿Compartís esta apreciación? ¿Por qué hay tanta literatura del yo?

-Muchas veces pienso que tendría que formularme una especie de explicación de por qué eso sucede, pero la verdad es que no la tengo. Al mismo tiempo, me pregunto si realmente es así y si todos llegamos a ese consenso porque se ha dicho que hay un boom, pero tal vez, si miramos para atrás, había tantos libros de base autobiográfica como los hay ahora. Más allá de eso, se me ocurren ciertas tesis que seguramente ya han sido dichas, como esta cuestión del fin de las grandes verdades, de que el siglo XXI es un siglo astillado, que el siglo XX permitía pensar todo en términos más cohesionados. En cambio, en los años 90 todo fracasó, ganó el capitalismo y la posmodernidad. Tal vez ya no nos podemos pensar en términos tan macro y por eso prima la experiencia más cercana. Después, si ves cuáles son los libros más importantes de los últimos años, a mí gusto, son relatos voluminosos a la vieja usanza. Pienso en nombres como Bolaño o Levrero. El escritor uruguayo para mí es un caso de transición; es un escritor clave para los narradores de mi generación. Bolaño también lo es, pero Levrero hizo escuela en esto de la primera persona que venimos hablando.

-¿Creés que se va a agotar el interés por el género o le ves aliento para rato?

-Si consensuamos en que hay una oleada, te diría que sí porque las olas suben y bajan y después viene otra ola. Al mismo tiempo, siempre va a haber gente escribiendo libros muy cercanos a su vida. Yo al menos lo voy a seguir haciendo.

-¿En tu caso lo autorreferencial es una elección o también hay una imposibilidad con respecto a la ficción?

-Por un lado, me gusta considerarlo una elección porque disfruto de hacerlo. Si consideramos a la literatura como un espacio de cierta libertad, debería pensar que lo que hago es por elección pura. También te diría que, además de que me gusta hacerlo, me sirve. Me hace bien psicológicamente clausurar ciertas cosas que tal vez de otro modo me costaría mucho más. Al mismo tiempo, ya me metí bastante en ese mar y ahora me cuesta volver a la orilla y meterme en otro mar que sería el de la ficción. Además, todo lo que se me ocurre en ficción me suena demasiado falso.

-¿Como lector te pasa lo mismo o disfrutás por igual de la ficción más tradicional?

-Disfruto de otros géneros, pero los textos que más me gustan son los más autobiográficos. Es un poco triste porque suena egocéntrico decir que lo que más te gusta leer son los textos que se parecen a lo que uno escribe, pero es así. Yo no sé si llegué a escribir esto porque mis lecturas iban por este lado, supongo que hay una especie de contaminación mutua. Leer textos en clave autobiográfica me resulta inspirador, me sirve para ver cómo otra persona estructura su propia vida. En general, como lector me gustan los textos más fuertes, cuando una persona se mete a escarbar en lo peor de su vida: los traumas, las muertes, las enfermedades. Si me decís que un escritor que me gusta acaba de publicar una novela de ficción, seguro la voy a leer, ahora si ese mismo escritor publica un libro en el que cuenta su divorcio o cómo le fue diagnosticado su cáncer, compro una copia anticipada y espero en la librería a que llegue el primer volumen. Hay algo de voyeurismo que explica el por qué del boom de la literatura autobiográfica. Nos interesa el chusmerío y la vida privada del otro.

-En ese sentido, ¿te interesa ver cómo escriben tus contemporáneos?

-Con los escritores de mi generación lo que me parece muy interesante es poder seguir la trayectoria de un trabajo desde el principio y verla en vivo, porque uno puede reconstruir cualquier tipo de trayectoria, pero no es lo mismo verla cuando está sucediendo. Incluso cuando leo a alguien de mi generación me pregunto cómo va a salir de ese libro.

-En tu caso, ¿tenés pensado cómo salir de este libro porque de algún modo cerraste una etapa?

-Estoy trabajando en un libro sobre Levrero, pero es otra cosa muy distinta a lo que hago. Con respecto a la línea en la que vengo escribiendo, siendo un poco crudo, a veces sé cuáles son los libros que voy a escribir, pero todavía esas cosas no pasaron. Por ejemplo, sé que, si alguna vez me separo o si me voy de mi trabajo actual, voy a escribir un libro. Es terrible pensar así, pero de algún modo ya tengo ese chip en mi cabeza. Todos estos libros que te menciono son bastante a futuro, en términos más cercanos quizás tenga que probar la ficción o relajarme y ver qué va pasando. Pero es algo que me pregunto constantemente porque a mí me gusta tanto escribir que necesito hacerlo todos los días. Además, si no escribo estoy de mal humor. La escritura con todo el momento tortuoso que tiene atravesarla, a mí me sirve para descargar, yo me purgo escribiendo. Aunque esté en una playa paradisíaca, tengo la escritura en la cabeza.

-Sé que lo político te interesa bastante o al menos eso me dijiste alguna vez. Sin embargo, en ninguno de tus libros termina metiéndose la política. ¿Por qué creés que pasa eso?

-La verdad es que no sé por qué no entra de modo más categórico en los libros. Por un lado, siento que no sé lo suficiente. Me interesa, tengo mi ideología, pero siento que en términos intelectuales no estoy facultado para pronunciarme con respecto a la política. Puede ser que sea una pavada lo que digo, pero es lo que siento. Por otra parte, tampoco entran en mis libros porque en general escribo historias bastante cerradas en sí mismas. En el libro sobre mi viejo, casi ni entran otros miembros de la familia. El foco está puesto en los elementos que formaron ese vínculo. Con mi viejo mucho no hablaba de política; si eso hubiera sido importante, seguramente hubiera entrado. Con mis amigos sucedía algo más o menos parecido. En este último, en las relaciones de pareja hubo un momento muy fuerte con mi novia de la tercera relación. Justo fue el año de la 125 y fue muy complicado porque su familia era del campo. Ella era relativamente apolítica, pero, por una cuestión filial, se puso más del lado de su familia y yo estaba en contra del campo. Durante ese tiempo, tuvimos discusiones bastante fuertes, pero no sé por qué eso no entró en el libro. Ahora que lo pienso hubiera estado bueno incluir todo esto porque es un lindo conflicto para narrar.

-Las tres historias del libro son historias que no terminan bien. ¿Pensás que el amor es más difícil de ser narrado?

-En términos narrativos supongo que es más fácil de narrar el desamor. En El invierno con mi generación digo que no cuento mi infancia porque mi infancia fue feliz y no se puede contar la felicidad. Si bien hay muchos libros que narran la felicidad, a mí me resulta más tentador leer la infelicidad que la felicidad. Es muy difícil narrar la felicidad sin caer en lo cursi, es muy difícil escribir lo que termina bien. Por otra parte, yo tiendo al réquiem y a la elegía. Me gusta la puñalada, lo lacrimógeno, lo oscuro, porque me gusta la nostalgia, la melancolía, el invierno y los libros dramáticos. Después puedo hacer chistes y tener una vida feliz entre comillas, pero a la hora de leer tengo estas preferencias.

-En la vida de Julián aparecen los libros, pero no son lo más importante. En la tuya, ¿qué lugar ocupan?

-Ahora tengo una hija y eso cambió mi escala de valores. Pero si pienso que si no escribo estoy de mal humor, que gran parte del día pienso en libros, que cuando entro en Internet lo primero que busco tiene que ver con los libros, te diría que sí porque casi todo mi mundo está suscrito a esa especie de microcosmos. Los libros son casi lo único en lo que estoy inmerso, fuera de lo que es la vida coyuntural. De hecho, en los últimos años casi no miro más fútbol, que era algo que hacía bastante. No tengo otros placeres, como la gastronomía que ahora está tan de moda. Para mí comer es llenarme, no perdamos tiempo en esta pavada.

-Decías que cuando no escribís te ponés de mal humor. Cuando no leés, ¿te pasa lo mismo?

-Durante mucho tiempo sentía culpa si no leía. Ahora no me pasa eso, pero sí siento un malestar horrible cuando no encuentro un libro que me llegue. Me encanta encontrar esos libros que te pegan en serio, que cuando los leés pensás que en ningún lugar vas a estar mejor que ahí, adentro de esas páginas.

-¿Te ponés objetivos de lectura como hace Martín Kohan por ejemplo?

-A veces pienso en hacerme listas con todo lo que leí en un año, pero nunca lo hice porque creo que hacer eso es generarme un compromiso. Además, si lo pensamos seriamente, nos ponemos metas para todo, si con la lectura y la escritura hacemos lo mismo, estamos volviendo una obligación uno de los pocos placeres improductivos que tenemos en la vida. Pero al mismo tiempo es una tentación hacerlas. Yo, por ejemplo, siento que tengo que leer más ensayo y más poesía, pero nunca termino haciéndolo. Esa deuda siempre está ahí, por eso sé que la relación con la lectura no es una relación de puro placer.

-En una charla anterior que tuvimos hablamos sobre el periodismo y tu postura era bastante apocalíptica. Ahora, ¿cómo está tu relación con el periodismo?

-Me acuerdo de esa charla y yo creo que te había dicho que estaba presagiando una especie de divorcio. La verdad es que el divorcio se está haciendo largo (risas). Hay muchos temas en esta decisión, uno es que el periodismo es algo que uno hace porque le gusta. Supongo que, si cambiara de trabajo drásticamente y me pusiera a limpiar piletas como Félix Bruzzone, cada tanto haría una entrevista porque es algo que me da placer hacerlo. Al mismo tiempo es un trabajo y eso hace que uno lo necesite y por más que crea que se cumplió un plazo, no es tan fácil conseguir otro laburo. No digo que me quede en el periodismo solo por eso, pero es un factor que no se puede desatender. Por otro lado, soy consciente de que trabajo en blanco, con obra social y en una revista de literatura, en el año 2018, en Argentina. ¿Cuántas personas como yo hay? Yo no creo que haya más de 40 en todo el país. La verdad no se me ocurre otro trabajo que hagan tan pocas personas, tendría que pensar mucho. 

Publicada originalmente en Revista Quid.

viernes, 23 de noviembre de 2018

CuestioNando

 Episodio I: Sebastián De Caro


Episodio II: Jorge Lanata


Episodio III: Felipe Pigna


Episodio IV: Liniers


Episodio V: Iván Noble